Mayor educación y poder adquisitivo: así es el nuevo perfil de los habitantes de campamentos en Chile

Las familias que viven en la toma Felipe Camiroaga de Viña del Mar son un ejemplo claro de esta nueva realidad, que Revista Viernes aborda en este reportaje.

20 de Marzo de 2017 | 12:13 | Por Natalia Ramos, Revista Viernes
Fotos: Sabino Aguad / Ilustración de portada: Edith Isabel
REVISTA VIERNES DE LA SEGUNDA

"Gente aprovechadora. Hasta antena de televisión tienen, y uno al tres y al cuatro", le decía Miguel Torres a su esposa cuando, yendo de Viña del Mar a Santiago, pasaban por fuera del campamento Parcela 11 en la ruta Las Palmas.

Miguel pensó así hasta el 2011. El sábado 25 de febrero de este año, justo antes del piscinazo que coronaría a Kika Silva como reina del Festival de Viña, fue uno de los dirigentes de la toma Felipe Camiroaga que protestó en las afueras del Hotel O' Higgins por la instalación de luz eléctrica en la toma. Detrás de un lienzo, resistió junto a los demás dirigentes al operativo de Fuerzas Especiales de Carabineros que intentó disolver la manifestación en la que también estaban las dirigentas Jessica Ortega y Katherine Riffo. Aguaron el piscinazo y las cámaras que venían a ver el cuerpo pintado de Kika Silva hicieron foco en un grupo de personas que, de manera desesperada, intentaban evidenciar una realidad que, dicen, es ignorada. Porque además de ser la ciudad con mejor calidad de vida del país, Viña del Mar tiene otros récords: es la comuna con más campamentos de Chile, y entre sus 74 asentamientos se encuentra el más grande del país, con más de 348 mil metros cuadrados habitados por 1.086 familias en los últimos 22 años.

¿Qué tuvo que pasar para que Miguel, una persona con estudios técnicos de contabilidad y que hasta 2011 pagó el arriendo de una casa, se convirtiera en el habitante de un campamento?

La nueva campamentación


Dicen que se enteraron por un dato. Que un conocido les comentó que arriba, literalmente en la punta del cerro, había un grupo de personas que se estaba tomando un terreno y que estaban iniciando un campamento. A Miguel Torres se lo comentó su esposa. A Jessica Ortega se lo dijo una apoderada del colegio de su hija. Ambos, que no se conocían, vivían en el sector de Forestal, en Viña del Mar, y habían postulado por años al subsidio habitacional, sin resultados favorables. Miguel, en ese entonces padre de dos niños, arrendaba una casa en la población Nieto, para la que destinaba 100 mil pesos de los 300 mil que ganaba mensualmente como administrativo de una empresa de mutualidad. "Tenía que andar consiguiendo plata porque me faltaba para la locomoción, para el agua, para la luz, para las cosas del colegio de los niños. De a poco también me empecé a endeudar, porque comprábamos las cosas en el supermercado con la tarjeta", dice.

Pero un día su esposa le comentó sobre la posibilidad del campamento. "Me dijo que nos fuéramos. Yo era sumamente reacio a esa idea, tenía muchos prejuicios, pero insistió hasta que me dio un ultimátum, porque ella se iba sí o sí", cuenta Miguel. En agosto de 2011 decidieron ir a ver de qué se trataba y, cuando llegaron arriba, presenciaron lo que hasta ese momento venían escuchando como un rumor: terrenos con malezas, quebradas, basura y las primeras casas del asentamiento que, inicialmente, se llamó Vista Las Palmas, por la panorámica privilegiada hacia esta ruta. El terreno, emplazado en el sector sur de la ciudad, cuenta con una conectividad privilegiada gracias a su cercanía a la ruta Las Palmas, que conecta hacia el interior de la región, y a la variante Agua Santa, que comunica con el centro de la ciudad.

Después de esa visita, se tomaron un terreno de 10 por 20 metros y lo cerraron. Lo limpiaron y todos los fines de semana se iban en una carpa, mientras Miguel trabajaba en la construcción de su casa. Se cambiaron definitivamente el 2 de junio de 2012. "Tenía mucho temor, porque íbamos a algo nuevo y muy distinto, estábamos acostumbrados a la comodidad. En mi casa apretaba un botón y prendía la luz, tiraba la cadena, abría la llave y salía agua. Aquí no había nada de eso. Son cosas muy simples, pero que cuando no las tienes es complicado", reflexiona.

Miguel es un ejemplo claro de "la nueva campamentación", concepto utilizado por el capellán de Techo, Juan Cristóbal Beytía (SJ), para explicar cuáles son los nuevos motivos por los cuales una persona podría vivir en una toma. "En el campamento Felipe Camiroaga encontramos incluso algunas familias que son profesionales, estamos viendo otras formas de pobreza. Una de las causas que estamos explorando para responder el porqué las familias llegan hasta esta situación tiene que ver con las deudas. Cuando empiezas con niveles de consumo mucho más allá de lo que puedes pagar, un pequeño desajuste pone en jaque todo ese equilibrio financiero. Puede ser que perdiste el trabajo, que quebró la empresa donde estabas o que se enfermó alguien. Es ahí cuando el campamento es el único receptor de situaciones de ese tipo", explica Beytía, haciendo hincapié en otras situaciones en donde el campamento se convierte en la única opción, como el allegamiento o los arriendos abusivos.

Este fue el caso de Jessica Ortega. Cuando escuchó que se estaba formando ese grupo le hizo sentido. "Todo el sector de Forestal ha crecido por tomas, desde la plaza hacia arriba", dice sobre este sector de la Ciudad Jardín, escondido en cerros que ni siquiera se ven desde la costa. Como estaba cansada de vivir de allegada en la casa de su mamá junto a su marido, su hija y otras diez personas más, cuando supo de la toma vio la posibilidad de surgir. "Fuimos a ver los terrenos con mi pareja, pero a él no le gustó porque lo encontraba muy lejos, sin luz y sin agua, ni siquiera había alcantarillado. Yo le dije que si quería me seguía, porque yo me iba a ir igual. Era la oportunidad que teníamos para lograr lo que uno quiere, que es la vivienda", recuerda Jessica.

De a poco, el campamento Vista las Palmas tomaba forma. Los pocos vecinos que había juntaron plata y arrendaron una máquina para que hiciera caminos. Hasta que en septiembre de 2011 ocurrió el accidente del Casa 212 en el archipiélago de Juan Fernández. "Las dirigentes de los cuatro comités que había en ese entonces quedaron muy afectadas, estaban casi de duelo con la muerte de Felipe Camiroaga, por lo mismo decidieron cambiarle el nombre a la toma, en su honor", cuenta Jessica. De ahí en adelante, las calles de más arriba recibieron los nombres de las víctimas del accidente y por esto es posible encontrar la Rodrigo Cabezón, la Roberto Bruce e, incluso, la Casa 212.

A fines de ese año, el campamento comenzó a aparecer en los medios de comunicación, principalmente por la novedad de su nombre. Ya no se trataba de dirigentes sindicales ni de frases esperanzadoras. Ahora, la bandera de lucha se enarbolaba bajo el nombre de uno de los animadores de televisión más populares del país. Esta decisión, completamente emocional y sin una estrategia de fondo, le dio la visibilidad que geográficamente no tenía, porque se encuentra en el borde sur, colgando entre la ciudad y el cerro con quebradas pronunciadas.

"Antes veíamos los campamentos mucho más cerca. Hoy, la ciudad ha avanzado y están en lugares donde no nos vemos obligados a pasar. Esta es una sociedad que así como oculta la fealdad, también oculta la pobreza. En eso somos muy buenos para mentir", dice Beytía, dando paso al problema mayor: "Se generó una sensación de que este fenómeno se había terminado. Pero no se esperó que las familias de los campamentos volvieran a los niveles que teníamos hace 15 años atrás. El mínimo que alcanzamos fueron 27 mil familias, y ahora estamos en 38.800. Eso tiene que ver con el ritmo de la política pública, de construcción de vivienda social, de migraciones internas. Por todo esto podemos afirmar que, actualmente, son más las familias que entran a los campamentos, que las que salen", dice enfático.

Sigue leyendo este reportaje en revista Viernes.
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