Columna: Pasen a ver el circo

Era chico, tal vez demasiado, tal vez por eso cuando llegaron unos tipos en un camión, y levantaron una carpa demacrada muy cerca de la casa, y comenzaron a bajar unos animales flacuchentos, para mí fue como haber nacido en Africa.

Mis hermanos me dijeron que eso se llamaba "circo", pero para mí eso se llamaba magia, y era un terreno tan cerca de mi casa al que debía meterme. Como fuera.

Era tan chico que tal vez podría haberlo logrado. Una tarde, con mis amigos, estuvimos demasiado cerca de conseguirlo. Llegamos a estar en un rincón, agachados, con la guata en el barro, espiando a un señor que de una caja sacaba los colores hechizos que lo convertían en payaso. Yo quería esa caja, yo quería ser payaso, como mis amigos, como todos.

Apenas pudimos ver a unos gigantes de flacas patas de madera que caminaban como La Momia. Estábamos de lo mejor espiando a un cabro chico, como nosotros, que giraba con un tambor pegado en la espalda cuando apareció un tipo enorme, de bigotes, que juntó fuerte las palmas, un aplauso que nos espantó hasta llegar jadeando a la casa.

Pasó mucho tiempo antes de volver a meterme en un circo. Ya era grande, ya no me reía.

Fue una noche en que hacía frío y había mucha gente. No había carpa, pero desde una boca oscura aparecían malabaristas, chinchineros, zanquistas y cantantes. Ya era grande, ya no me reía, así que preferí pensar en otra cosa, tal vez rogué muy para callado que todo terminara luego, que no fuera a ser cosa que los circos no existieran y que después de tanta fiesta termináramos todos llorando con los payasos.
El Mercurio Electrónico
Miércoles, 28 de Junio de 2000, 10:46
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