Columna: Cuando un amigo se va

02 de Agosto de 2000 | 18:13 | Enzo Pascal, El Mercurio Electrónico
SANTIAGO.- A mi hermano mayor le debo muchas cosas. Varias no pienso pagárselas. Una de ellas fue en septiembre del '75, mejor dicho, una madrugada de septiembre del '75.
Un gran momento. Borg jugando con Cornejo y la raqueta quebrada

Tenía ocho años y esa noche él llegó tarde, tarde para mí y para mis papás que lo traían de un asado familiar para grandes. Los retos se metieron en mis sueños: había intentado estacionar el auto y lo había chocado contra el peugeot del dueño de casa.

Entreabrí la puerta de mi pieza y lo vi sentado en el living aguantando el sermón. No volví a quedarme dormido, tal vez porque nunca había visto a mi hermano con la mirada perdida, tal vez porque de puro nervio había encendido la antú y calladito vi aparecer a Jaime Fillol jugando en un raro estadio de Suecia.

Quedé sorprendido, porque vi a un tipo que al día siguiente me hizo pedirle a mi papá una raqueta de tenis, el mismo tipo que me hizo olvidarme de las láminas de los álbumes, de ponerme tímido con mi vecina o de querer ser capitán y presidente de curso.

Era un rubio, chascón, que después de apabullar a Fillol, los suecos se habían abalanzado a él para tomarlo en andas.

Mi obsesión por el tenis llegó a tal punto que quería ser profesional. Quería ser rubio, incluso.

Con el tiempo, lo vi ganar cuantas veces quiso a cuantos tipos quiso.

Hoy me enteré de que Borg -el rubio chascón a quien seguí sus noticias incluso ahora que jugaba en los seniors- cuelga la raqueta. Debe tener como cien años.

Nunca supe qué le dijeron a mi hermano. De hecho, creo que nunca supo que su literal metida de pata me hizo plantearme seriamente en ese momento mi futuro como pastelero.

Nunca fui tenista. Nunca fui pastelero. Mi hermano aprendió a manejar y a chocar. Mientras tanto, Borg seguía jugando.
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