Columna: La copa del mundo

07 de Junio de 2001 | 11:24 | Amanda Kiran
Ese domingo de invierno, en blanco y negro, empecé a escudriñar entre los libros viejos de mi papá que estaban escondidos en una caja que el cambio de casa me regaló sin querer.

Estaban tapados de tierra, casi desintegrados por el polvo y los años, lo que aumentó mis ganas de leer. Había uno con tapas verdes, gruesas, e ilegibles letras doradas que apenas revelaban el título -"Historia de un hombre", así, nada más- que sacudí suavemente para que no se rompiera, y me senté cómodamente a leer.

Me fui a la terraza, con una taza de té y un abrigo. El día era más negro que blanco y las primeras gotas cayeron en las hojas amarillas que tenía en mis manos. La brisa de invierno me calentaba suavemente los pies.

La primera frase era "Por Dios que extraño a este hombre..." Eso bastó para que me metiera en un texto que mezclaba pasado con presente, sangre y familia. Era la historia de un hombre que luchó toda su vida por salvar el deporte, sobre todo el fútbol, sus antepasados lo habían -por poco- inventado y él lo intentaba mantener en un país donde no existía la cultura de hacer un deporte colectivo. Tanto así que arbitraba gratuitamente algunos partidos que le pedían, para que no muriese, para que la gente se animara.

Uno de esos partidos que tuvo que dirigir fue el duelo entre Ferrobádminton -el equipo de sus amores- y Santiago National, por la final de la llamada "Copa de la Amistad". Cuando comenzó el partido, sus ganas de ser imparcial lo llevaron a cometer un error: por no demostrar su afición por el Ferro le empezó a cargar la mano cada vez más, al punto que el equipo comenzó a enfurecerse con él.

Volaron los insultos, la barra lo tapaba a garabatos y a escupos cada vez que se acercaba a la galería. Cuando terminó el partido, los propios jugadores de Ferrobádminton se le abalanzaron y lo dejaron magullado en el suelo. Había sido una tarde terrible.

Bastante triste, adolorido y desmoralizado, él ya sólo quería salir del estadio. Había ganado el National sólo por méritos propios. Un par de desconcentraciones del Ferro le había costado dos goles. El nada había tenido que ver.

Amanda KiranEl equipo perdedor se fue indignado al camarín, mientras que los vencedores recibieron una hermosa copa, gigante con un jugador de fútbol encima de ella. Era una copa dorada, que decía "Primer lugar de Copa de la Amistad".

En dos segundos me vino a la memoria una repisa, en la playa, en mi casa de la playa. Una copa gigante sobre la repisa de la casa en la playa que construyó mi abuelo, una copa que se había ganado mi abuelo en...

Volví a leer, y seguían contando que el equipo campeón, para compensar el mal rato, le regaló la copa al árbitro para que se sintiera mejor.

Era esa la copa que brillaba en los veranos. Reconocí a mi abuelo como el protagonista del libro, a quien conocí más esa mañana de domingo que en toda mi vida, porque había muerto cuando yo tenía 12 años.

Lo mas hermoso de todo es que no había terminado de sacudir bien. Después de limpiar el nombre en el lomo supe que el nombre del autor tapado por la tierra, era el de mi padre.

Amanda Kiran
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