"LO
QUE DIOS HA UNIDO"
(Mt 19, 6)
C a r t a p a s t
o r a l
sobre la estabilidad e indisolubilidad
del matrimonio
del Cardenal Arzobispo
de Santiago
† Francisco Javier Errázuriz Ossa
a las familias,
a los sacerdotes y diáconos,
a los religiosos, religiosas y
demás personas consagradas,
a los agentes pastorales,
como también a todos los demás
miembros
de esta porción del Pueblo de Dios,
y a disposición de
quienes
se interesan por el bien de la
familia
en nuestra Patria.
“
L O Q U E D I O S H A U N I D O ”
Mt. 19, 6
Queridos
hermanos y hermanas en Cristo,
1. Hace muy pocas semanas les escribí una carta pastoral sobre la espiritualidad
de la comunión, que es el alma de toda comunidad cristiana; también
el alma de nuestro esfuerzo por construir una sociedad unida y solidaria.
Lleva por título palabras de Nuestro Señor que son una gracia a la vez
que una misión: “Permaneced en mi amor”. Hacia el final compartía con
Uds. algo que constatamos a diario: “nuestra Patria lleva en su alma
un sueño de felicidad”; “Chile anhela que todos tengan una familia,
y que ésta sea un santuario de la vida, un hogar de fidelidad y esperanza,
un espacio interior de amor, de confianza y de paz”.
2.
Hoy pesa sobre mí el imperioso deber pastoral de escribirles nuevamente,
para reafirmar una de las condiciones más importantes para realizar
este sueño. Debo invitarles a reflexionar acerca de la estabilidad e
indisolubilidad del matrimonio, fundamento de la familia.
I. I N T R O D U C C I Ó N
3.
Tres son las circunstancias que me mueven a escribirles sobre la estabilidad
del matrimonio y de la familia. Es muy dolorosa la herida que sangra
en nuestra sociedad porque los hijos y los esposos, en un gran número
de hogares, no gozan del amor estable
que tanto anhelan. Por otra parte, los proyectos de ley que estudia
el Senado nos obligan a considerar nuevamente esta materia. También
hemos de hacerlo, porque cambian los valores en nuestra sociedad, como
efecto de una comunicación mundializada.
Los
tiempos cambian
4.
Es inevitable analizar los aspectos más vulnerables y discutidos de la
estabilidad del compromiso matrimonial. En el paso al nuevo milenio
y a una nueva época de la historia, que ocurre en el contexto dinámico
de la globalización cultural, se plantean numerosos interrogantes a
los valores que caracterizan nuestra tradición cultural. ¿Cuáles expresan
nuestra identidad, y debemos fortalecer y vivificar? ¿Qué costumbres
y ordenamientos jurídicos ya no corresponden a una percepción más acabada
de los derechos humanos y del bienestar para todos, y deben ser modificados?
¿Cómo es esa nueva síntesis que, respetando y fortaleciendo las raíces
culturales de nuestro pueblo, elabora y asimila valiosos elementos que
aportan los nuevos tiempos? Pienso en esa síntesis que hará de nuestra
cultura un árbol capaz de crecer con vigor en tiempos tranquilos y tormentosos
y de producir excelentes frutos para todos los chilenos, no menos que
valiosos bienes culturales para el intercambio con otros pueblos. Estas
preguntas son ineludibles; también cuando se refieren al matrimonio.
El
dolor de muchos hogares permanece
5.
Era necesario escribir sobre este tema porque, junto con constatar la
alegría de muchísimos matrimonios que son santuarios de la vida, comparto
el dolor de todos los sacerdotes y diáconos y de tantos otros agentes
pastorales que palpan, día a día, el sufrimiento de muchos hogares donde
no se vive con amor y de muchos otros que no logran la estabilidad que
desean y corren peligro de deshacerse. Escuchamos de maridos que se
fueron, sumiendo en la desesperación y en la pobreza a la esposa y a
los hijos, y tantos otros relatos, a veces desgarradores. Hay algo en
nuestra cultura y en la formación de los jóvenes que está mal. Hay costumbres
y convenciones sociales que dañan a la familia y a los hijos. No podemos
pasar por alto este problema, que requiere una solución global y cuyas
repercusiones son tal vez las más graves. La realidad nos impone una
tarea trascendente. La carta pastoral que les escribo quiere ser un
primer impulso para responder a ese desafío.
Una nueva legislación
6.
Hay además otra razón por la cual urge una reflexión acerca de este tema.
El Senado de la República discute proyectos de ley sobre el matrimonio
civil. El tema suscita un debate apasionado, porque incluye el propósito
de aprobar el divorcio vincular, un
verdadero “dogma de la modernidad”, y de
acabar así con la indisolubilidad del matrimonio, uno de los valores
más queridos para un sinnúmero de chilenos, particularmente para nuestra
Iglesia. Acerquémonos entonces al tema con amor a la verdad y con serenidad,
con mucha paz en el corazón, para obtener de Dios la luz que el espíritu
busca y necesita. Se trata de optar por los caminos de la vida y la
felicidad, sobre los cuales reposa la bendición de Dios.
El
objetivo de esta carta pastoral
7.
Con esta carta pastoral quisiera dejar en manos de Uds. diversas razones
por las cuales como Conferencia Episcopal hemos pedido unánime y encarecidamente
que se valore una de las cualidades esenciales del matrimonio, la de
unir al hombre y a la mujer para toda la vida. Esta es la doctrina de
la Iglesia. En efecto, su Magisterio nos enseña que la indisolubilidad
es una propiedad esencial del matrimonio ya en el orden natural, y que
ella alcanza en el matrimonio cristiano una particular firmeza por razón
del sacramento.
Con esta carta me propongo confiarles la enseñanza de Jesucristo, propuesta
una y otra vez a los largo de los siglos y de los últimos decenios por
el Magisterio de la Iglesia, valiéndome principalmente de recientes
discursos de Su Santidad, Juan Pablo II, sobre la materia, como
también de su Exhortación Apostólica “Familiaris Consortio”. Es
preciso que reflexionemos sobre este tema, nos confrontemos con su verdad
y su significado y desprendamos las consecuencias que corresponden.
II. U N A E
N C R U C I J A D A E N E L C
A M I N O
Nuestra
realidad familiar es débil y está amenazada
8.
Antes de entrar de lleno en materia, les pido que tomemos conciencia
de un hecho. Si bien es cierto que la familia es, a mucha distancia,
el bien más apreciado por nosotros los chilenos, no es menos cierta
la debilidad de nuestra realidad familiar. En nuestra Patria es muy
alto el porcentaje de chilenos que cuentan con un hogar en el cual sólo
uno de los padres comparte la vida con sus hijos; las más de las veces,
tan sólo la madre. Es muy elevado el número de
hogares en los cuales hay familiares que sufren la violencia,
de palabra o de hecho, que desata uno o más de sus miembros. Son muchísimas
las familias que viven en casas o piezas demasiado estrechas; no pocas
comparten el mismo lecho. Esto no las ayuda a construir el respeto,
la intimidad y la confianza entre sus miembros. Es más, la vivienda
tan reducida favorece la vida en la calle de numerosos hijos y sus perniciosas
consecuencias.
9.
También es doloroso comprobar que en todas las comunas un gran número
de jóvenes y adultos no tienen empleo, lo que daña la dignidad del jefe
o la jefa de hogar y hiere a la familia. A esto se agregan las ausencias
prolongadas de los padres por motivos de trabajo
-debido a las grandes distancias, los horarios, los trabajos
dominicales-, que también dañan y, a veces, hasta destruyen el calor
de la convivencia y la unidad familiar.
10.
Por otra
parte, es muy alto el porcentaje de hogares que son fruto de una mera
convivencia. No tienen por fundamento el matrimonio, y viven expuestos
permanentemente a la separación y el abandono. Entre amigos y familiares
son también numerosos los cónyuges que gozan de nuestro aprecio y cariño
cuyas crisis matrimoniales terminaron en rupturas, frecuentemente con
un dolor desgarrador para todos, particularmente para los hijos. Después,
entre incertidumbres y esperanzas, con variada fortuna, un número considerable
de ellos ha sellado nuevas uniones.
El
divorcio, ¿una manera de reconstruir la esperanza?
11.
Tomemos
conciencia también de las motivaciones que existen para dar solución
jurídica a los problemas matrimoniales. Nos estremece el sufrimiento;
¡cómo quisiéramos ahorrárselo también a los seres más queridos! Nos
indigna el abandono que puede sufrir un familiar, que muchas veces sentimos
tan injusto y humillante. Nos conmueve ver a niños que quedan interiormente
divididos cuando se divide el hogar. Y entre nosotros más de alguien
piensa que es natural que todos tengan una nueva familia si fracasó
la primera, y que después de una ruptura nadie podrá gozar de la felicidad
que ofrece este mundo, si no establece una relación conyugal con otra
persona. Considerando numerosas situaciones individuales que conmueven
profundamente, una gran cantidad de chilenos piensa en la posibilidad
del divorcio como una manera de procurar el bien de quien ha sufrido
la ruptura y de sus hijos, como también de reconstruir la esperanza,
pero sin considerar suficientemente que el divorcio es un mal en sí
mismo, tampoco sus consecuencias en toda la sociedad, ni menos el futuro
de la institución familiar y el bien de las generaciones futuras.
Una
corriente cultural que cobra fuerza entre nosotros
12.
Esta
manera de pensar se refuerza con un rasgo central de una corriente cultural
que ha cobrado fuerza entre nosotros. Ella centra toda su atención más
en la persona como individuo que como ser social que vive con otros,
de otros y para otros; más en la realización propia que en el servicio
a los demás; más en la plena libertad de cada uno que en los compromisos
que asume; más en los derechos que en las obligaciones; más en la actualidad
del hoy que en la permanencia del siempre; más en la experiencia que
en la verdad; más en el placer del momento que en la renuncia conducente
a una mayor felicidad. En esta corriente aflora una reacción vigorosa
contra la preponderancia del bien común, cuando éste prescinde erradamente
del bien individual; reacción también contra una manera de entender
las obligaciones, que no da cabida a la libertad. Expresa asimismo un
rechazo contra una manera de insistir en la verdad, que olvida la experiencia humana
y el gozo.
13.
Sin embargo,
en sus expresiones extremas, no dará buenos frutos la sobrevaloración
del hoy, del placer, de la experiencia, de los propios derechos, de
la realización personal y de la indomable libertad. No se puede inmolar
la verdad, la lealtad, los compromisos asumidos, el trabajo constante,
el servicio abnegado ni la renuncia que busca bienes superiores; tampoco
la entrega a un tú ni el amor gratuito e incondicional que gesta una
familia. Los que optan por sacrificar estas dimensiones de la vida construyen
obstáculos insalvables a la generosidad de una madre, que siempre privilegia
al niño; a la responsabilidad de un padre, que nunca debe abandonar
a los suyos, ni espiritual ni físicamente; y a la unión y fidelidad
de los esposos en un “nosotros”, colmado de benevolencia, de aceptación
mutua, de donación de sí y de solidaridad, precisamente para toda la
vida. No es de extrañar que esta corriente cuestione actualmente la
estabilidad e indisolubilidad de la alianza conyugal. No del matrimonio
sacramento, sino del matrimonio natural.
La
unión indisoluble, la casa y sus muros
14.
Así como hay factores que debilitan la vida matrimonial, hay otros que
refuerzan su unidad. Reflexionemos sobre el vínculo conyugal como un
signo de la vocación de la familia, y consideremos las ventajas que
encierra la unión conyugal como unión indisoluble. Para ello quisiera
proponerles una comparación. No conocemos casas sin muros exteriores.
Ellos no impiden el contacto con la ciudad. Por sus puertas entran los
bienes de la cultura, de la amistad, del campo y de la técnica. Pero
las murallas son realmente necesarias para delimitar y proteger el espacio
interior.
15.
La característica distintiva del contrato matrimonial, de ser para toda
la vida, es comparable a los muros de la casa. De hecho, la estabilidad
cierta de los vínculos familiares contiene y da permanencia a todo lo
que es interior en el hogar, ya que acoge y protege la alegría de los
encuentros, el cariño y la confianza, la lealtad y la solidaridad, los
recuerdos y la nostalgia, el apoyo mutuo en las pruebas, las tareas,
las enfermedades y las desgracias, y los gestos renovados de gratitud,
perdón y misericordia. Permite al espíritu de familia alcanzar su madurez,
da a los hijos la experiencia de contar con el respaldo del amor incondicional
de sus padres, y asegura continuidad a su tarea educativa. Es más, esos
muros exteriores son necesarios para que crezca y madure cuanto enriquece
a la familia su relación con la sociedad, y para fortalecer a sus miembros
como constructores de la misma. Abren un ambiente propicio al desarrollo
de proyectos comunes y a la esperanza.
16.
Para los esposos y los hijos cuya convivencia está compenetrada por
la fe y constituyen una ‘iglesia doméstica’ en la estabilidad incondicional
del espacio interior que anima el amor de los padres, siempre habrá
cabida para agradecer el pan de cada día, para orar en los momentos
de aflicción, para adquirir la fortaleza interior que permite cumplir
los encargos del Señor y para gustar la Palabra de Dios como lo hacía
la Virgen Santísima, contemplando el paso del Señor por la historia
y colaborando con Él, y dejando en su corazón el presente y los proyectos
futuros. Esos que realizaremos “si Dios quiere”.
17. Es
claro, si no existiera más que la indisolubilidad, es decir, si esos
muros que dieron consistencia a la casa sólo protegieran un ámbito de
indiferencia, egoísmo, infidelidad, mentira, opresión o violencia, vale
decir, un ámbito en que se destruye la dignidad de las personas, se
cercenan los vínculos y se demuele la confianza,
la indisolubilidad sería sentida como una cadena que ata a una
cárcel. Sería todo lo contrario de su sentido auténtico. En tales situaciones
no es de extrañar que aflore la nostalgia del proyecto de Dios, que
fundó la familia no como una casa de enemistad y destrucción, sino de
comunión; no como una escuela de desarraigos, inseguridades y adicciones,
sino de salud, de paz y de amistad; no como un taller del desconcierto
y la desesperanza. La necesitamos como una escuela en la cual el ejemplo
de los padres y de los hijos se constituye en ruta de esperanza para
todos, en un lenguaje vivo y comprensible sobre el sentido de la vida
y sobre el compromiso con los necesitados, y en una vivencia del amor
fiel y fecundo de Dios, que quiere ser comunicada a otros.
Con
esperanza, misericordia y espíritu constructivo
18.
Tengamos
presente los dolorosos problemas de numerosísimos hogares y sus carencias, que día a día salen a nuestro encuentro,
las corrientes valóricas que se abren espacio entre nosotros, como asimismo
el sueño de tantos chilenos y los frutos del matrimonio para siempre.
En este contexto vivo, los invito a tratar el
tema de la indisolubilidad del matrimonio con mucha esperanza,
confiando en la gracia y el amor de Dios; con mucho respeto y misericordia,
recordando a todos los que sufren dolorosas situaciones en sus hogares;
y con la decisión más vigorosa de impulsar múltiples iniciativas en
bien de la familia, de manera que se multipliquen aquellas que sean
santuarios de la vida, del respeto y de la paz.
III.
UNA NUEVA LEGISLACIÓN PARA EL MATRIMONIO CIVIL
Hay
problemas reales para un proyecto de ley
19.
Ciertamente
los proyectos de ley que estudia el Senado quieren hacerse cargo de
numerosos problemas reales que afectan a los esposos y a los hijos.
En efecto, es necesaria una nueva ley que se ocupe, por ejemplo, de
la preparación al matrimonio, de las condiciones que deben ser cumplidas
para celebrar válidamente el compromiso conyugal, de su misma celebración
y de las razones por las cuales cabe dictar la separación entre los
esposos; que se ocupe también de los deberes que permanecen después
de establecida la separación, de las causas por las cuales un matrimonio
fue nulo desde un comienzo y posteriormente debe ser declarado
inexistente, de las instancias que deben ayudar para superar
las crisis que pueden terminar en rupturas definitivas, como también
de los hogares que surgen después de una ruptura irreparable. Pero el
proyecto que se estudia no trata tan sólo de los asuntos enumerados.
Lo que despierta el mayor debate es la introducción del divorcio en
nuestra legislación, como un instrumento para dar solución a las dolorosas
situaciones de ruptura definitiva.
Pero
no hay lugar para confusiones
20.
Hay quienes
tratan de quitarle importancia a este hecho, argumentando que en Chile
ya existe el divorcio, puesto que las declaraciones fraudulentas de
nulidad deshacen matrimonios válidamente contraídos. Pero una cosa es
una acción basada en declaraciones falsas, que finge la disolución de
un matrimonio válido,
y otra cosa es introducir en nuestra legislación, por primera vez, una
herramienta jurídica para disolver matrimonios válidos, a saber, el
divorcio.
Está
en juego la naturaleza del matrimonio
21.
Las situaciones
de ruptura definitiva existen. Y, sin lugar a duda, surgen derechos
y deberes entre quienes toman la decisión de comprometerse con otra
persona, formar un nuevo hogar con ella, y tener hijos de esta unión.
Cuando esta realidad se presenta con frecuencia, la ley debe hacerse
cargo de ella. Pero una cosa es buscar las soluciones legales más adecuadas
para estas situaciones particulares, y otra introducir el divorcio,
negando la indisolubilidad del matrimonio y estableciendo además que
‘la acción de divorcio es irrenunciable’, esto es, desnaturalizando
la definición del contrato conyugal. No hay que equivocarse, lo que
está en juego con la nueva legislación es nada menos que la misma naturaleza
del matrimonio: lo que entendemos por matrimonio y por el bien de los
esposos, de los hijos y de las familias, con todas las demoledoras consecuencias
que puede entrañar una comprensión equivocada de lo que es la célula
básica de la sociedad.
Para
toda la vida, ¿es sólo la intención de quienes se casan?
22.
Antes
de continuar con esta exposición, detengámonos en el significado de
la palabra “indisolubilidad”. Digamos, en primer lugar, que la persona
humana tiene la capacidad de comprometerse libremente para toda la vida,
y que tomar tales decisiones es parte de su vocación humana. Es más,
la fidelidad durante toda la vida a la palabra empeñada la ennoblece.
Y en Chile, gracias a Dios, casi todos los novios que contraen matrimonio,
civil o religioso, llegan a esa hora solemne
con una intención clara: quieren casarse para toda la vida. En
nuestra cultura no se designaría matrimonio a una unión por poco tiempo,
o carente de la voluntad de forjar una comunidad humana para siempre.
Ahora bien, la indisolubilidad, como propiedad del matrimonio natural,
agrega algo más a la mera intención de unirse en matrimonio para siempre.
Expresa que, entre los diversos tipos de contrato existe uno, el contrato
conyugal, que tiene constitutivamente una característica propia: la
de ser para toda la vida. Y como el contrato mismo tiene esta propiedad
esencial, no hay autoridad humana que lo pueda disolver, es indisoluble.
Dos
definiciones incompatibles entre sí
23.
Hasta
ahora nuestra legislación se ha basado en una noción de contrato conyugal
según la cual en el matrimonio hay bienes y propiedades esenciales.
Los bienes de la alianza conyugal, desde el mismo orden natural, son
la unión y el apoyo entre los esposos, como asimismo los hijos que de
ésta nacerán. Sus propiedades esenciales son la unidad (llamada también
unicidad) y la indisolubilidad, vale decir, la unión de un solo varón
con una sola mujer, y su permanencia en el tiempo hasta la muerte. Todos
estos elementos están en la definición que Andrés Bello estampó en nuestro
Código Civil el año 1855: “El matrimonio es un contrato solemne por
el cual un hombre y una mujer se unen actual e indisolublemente, y por
toda la vida, con el fin de vivir juntos, de procrear, y de auxiliarse
mutuamente”.
24. Sin afán
de polemizar, propongo a todos los católicos y a las personas que se
sientan interpretadas por la definición que nos legó don Andrés Bello,
que comparen esa definición, que todavía rige en Chile, con la idea
de matrimonio que aparece en el Mensaje del Ejecutivo, presentada hace
pocos meses como el fundamento de las indicaciones al proyecto de ley
que estudia el Senado. Ella desdibuja una de las realidades fundantes
de nuestra sociedad. El Mensaje dice que el matrimonio es “la formalización
de una unión heterosexual, con voluntad de permanencia, ante un representante
del poder público”. Aquí ya no se trata de la promesa con la cual los
cónyuges sellan su alianza, ni de un contrato, sino de una mera unión.
No se extiende por toda la vida ni se menciona la indisolubilidad, puesto
que no se dice qué permanencia deba tener en el tiempo. Por último,
nada se expresa sobre la finalidad de esta unión heterosexual. En efecto,
con una definición tan abierta podría prescindirse de la vida en común,
de la procreación y del auxilio mutuo. Como finalidad, podría bastar
una meta comercial.(*)
(*) La diferencia entre la legislación
vigente y la que nos propone la Cámara de Diputados y el Poder Ejecutivo
también aparece con nitidez cuando se les examina desde la perspectiva
de la protección que da el Derecho al contrato matrimonial. La legislación
vigente ha valorado en tal medida la importancia
del matrimonio en vista de la familia, y la trascendencia de
ésta como célula básica de la sociedad, que no hay en nuestro ordenamiento
jurídico otro contrato que sea tan protegido y regulado por el Derecho
como el pacto conyugal. Por eso las normas que lo regulan son de derecho
público. Hay que cumplirlas, porque comprometen el interés de toda la
sociedad. Sin embargo, si se adoptase el divorcio que se nos propone,
el contrato matrimonial adquiriría características propias de un contrato
privado, y pasaría a ser uno de los contratos menos protegidos de nuestro
ordenamiento jurídico. En el caso del contrato conyugal, el juez tendría
que considerar como causa suficiente para disolver el contrato la decisión
unilateral e injusta de quien
no cumplió con su compromiso. Pero ni siquiera un contrato comercial
puede ser disuelto por la simple voluntad de quien no ha cumplido con
sus obligaciones.
IV. L A E
N S E Ñ A N Z A D E J E S Ú S
Lo
que Dios ha unido
25. Como
escribo a quienes comparten la misma fe en Jesucristo, me referiré en
primer lugar a sus palabras. Más adelante reflexionaremos sobre otros
argumentos que no precisan la fe. El Santo Padre, para dar “una respuesta
válida y exhaustiva” al tema de la indisolubilidad, nos expresa que:
“es necesario partir de la palabra de Dios. Pienso concretamente en
el pasaje del evangelio de san Mateo que recoge el diálogo de Jesús
con algunos fariseos, y después con sus discípulos, acerca del divorcio
(cf. Mt 19, 3-12). Jesús supera radicalmente las discusiones de entonces
sobre los motivos que podían autorizar el divorcio, afirmando: ‘Moisés,
teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar
a vuestras mujeres; pero al principio no fue así’ (Mt 19, 8)”.
Poco antes Cristo había dicho: “¿No habéis leído que el Creador desde
el comienzo les hizo varón y mujer y dijo: ‘a causa de esto dejará el
hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos
( ...) una sola carne, de suerte que ya no son dos, sino una sola carne’?
Lo que Dios, pues, unió no lo separe el hombre” (v. 4-6).
26. El
Santo Padre comenta así estas palabras de Cristo sobre el matrimonio
en el orden natural: “Según
la enseñanza de Jesús, es Dios quien ha unido en el vínculo conyugal
al hombre y a la mujer. Ciertamente esta unión tiene lugar a través
del libre consentimiento de ambos, pero este consentimiento humano se
da a un designio que es divino”.
Como la unión conyugal es para siempre por designio divino, al aceptarse
mutuamente los esposos para toda la vida, también dan su consentimiento
a ese designio de Dios, que los une para siempre, sin que hombre alguno los pueda separar (*). Con sus palabras el Papa transmite
la enseñanza del Concilio Vaticano II: “Fundada por el Creador y en
posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida
y amor está establecida sobre la alianza de los cónyuges, es decir,
sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano,
por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante
la sociedad, una institución confirmada por la ley divina”.
(*)
Ya en los tiempos apostólicos surgió una situación en la cual se disolvía
el matrimonio natural. Las conversiones al cristianismo de gente pagana
y ya casada, planteó un problema. ¿Qué cosa se debía hacer cuando uno
de los cónyuges se convertía, y el otro, reaccionando contra la fe del
converso, lo abandonaba o le impedía vivir en paz? San Pablo les permitió
contraer un nuevo matrimonio, disolviendo, por lo tanto, el anterior.
Por eso, hubo que armonizar dos afirmaciones: la de Cristo, según la
cual el “hombre” no puede desunir lo que Dios unió (Mt 19,6), y la de
San Pablo, que concedió el así llamado “privilegio paulino” (Cf. 1 Co
7, 15). Este cese de la indisolubilidad
ha sido comprendido en la Iglesia como una excepción realizada con la
autoridad que Dios le confirió al Apóstol, para actuar a nombre suyo,
y no con su autoridad como persona humana.
No
es una unión cualquiera
27. Pero,
¿dónde dejó escrita Dios esta voluntad suya? A esta pregunta responde
el Papa, diciendo que ese designio se halla inscrito en la dimensión
natural de la unión, agregando más concretamente, que es “la naturaleza
del hombre modelada por Dios mismo, la que proporciona la clave indispensable
de lectura de las propiedades esenciales – que son la unidad y la indisolubilidad
- del matrimonio”. Dios dejó escrito este designio suyo en la
naturaleza del tipo de relación que se crea entre los esposos cuando
sellan entre sí una alianza, y establecen así una íntima comunión conyugal
que “hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el
hombre y la mujer, y se alimenta mediante la voluntad personal de los
esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que
son; por esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente
humana”. “Esta unión íntima, en cuanto donación mutua
de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena
fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad”.
Así, “el matrimonio no es una unión cualquiera entre personas humanas,
susceptible de configurarse según una pluralidad de modelos culturales.
El hombre y la mujer encuentran en sí mismos la inclinación natural
a unirse conyugalmente”.
Como este designio divino está inmerso en las exigencias de la naturaleza,
corresponde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, y a
él “se han conformado innumerables hombres y mujeres de todos los tiempos
y lugares, también antes de la venida del Salvador, y se conforman después
de su venida muchos otros, incluso sin saberlo. Su libertad se abre
al don de Dios, tanto en el momento de casarse como durante toda su
vida conyugal”.
Un
dato intrínseco: “No lo separe el hombre”
28. Como
hemos visto, la indisolubilidad no es una ley extrínseca al matrimonio.
Por el contrario, ella “se inscribe en el ser mismo del matrimonio”,
que es “una unión que implica a la persona en la actuación – diríamos,
plena - de su estructura relacional natural”, es
decir, de la manera de ser, natural e intrínseca, de la relación conyugal.
Por eso, el “ulterior fortalecimiento (de las propiedades esenciales
del matrimonio, es decir, de la unidad y la indisolubilidad) en el matrimonio
cristiano a través del sacramento, se apoya en un fundamento de derecho
natural, sin el cual sería incomprensible la misma obra salvífica y
la elevación que Cristo realizó una vez para siempre con respecto a
la realidad conyugal”.
La fe y la tradición de la Iglesia no han agregado nada al matrimonio
natural al afirmar que es para toda vida. Lo que hace la Iglesia es
reconocer que esta propiedad emana de las mismas exigencias de la alianza
matrimonial, si bien ella tiene conciencia que “la seguridad que asiste
a los que siguen a Cristo acerca de la naturaleza del pacto conyugal
la obtienen sobre todo de la enseñanza de Nuestro Señor”.
V. U N A V
E R D A D A S E Q U I B L E
A L A
R A Z Ó N
Como
toda realidad del orden natural
29. Las
palabras de Jesús dan “una respuesta válida y exhaustiva” a este tema.
En ellas él quiso dejar atrás toda duda sobre la voluntad del Padre
acerca del matrimonio antes de toda realidad sacramental. El Señor confirma
así que estamos ante una realidad del orden natural. Por eso escribía
la Conferencia Episcopal a fines del año pasado: “No es nuestra intención
convencer mediante un dato de la revelación de Dios a quienes no comparten
nuestra fe; tampoco imponer una verdad, a pesar de considerarla decisiva
para el bien de las familias, los esposos, los hijos y la sociedad.
En realidad, se trata de verdades asequibles a nuestra capacidad de
razonar. No es necesaria la fe para fundamentar el anhelo del ser humano
de vivir en familia, ni para pensar que la alianza matrimonial entre
un hombre y una mujer es el fundamento de la familia, y que la característica
decisiva de esta alianza es la de ser sellada para siempre”. Agregábamos:
“a la hora de legislar sobre esta materia, estimamos necesario que se
reflexione sobre la naturaleza del pacto conyugal, y que se tome en
cuenta el mal que ha producido en incontables familias y pueblos la
introducción del divorcio”.
También
para quienes no comparten nuestra fe
30. Por
consiguiente, queridos hermanos y hermanas de la Arquidiócesis, cuando
Uds. tengan que proponer la indisolubilidad del matrimonio a personas
que no comparten nuestra fe, es necesario proporcionar argumentos que
sean asequibles a ellas, ya sea de orden antropológico, sociológico,
jurídico, económico, etc. La verdad que proponemos, “como todo el mensaje
cristiano, está destinada a los hombres y mujeres de todos los tiempos
y lugares”.
Es cierto que hay diversas culturas, y que ellas desentrañan y expresan
desde distintos ángulos, con sus ideas y sus costumbre, la riqueza extraordinaria
del ser humano. Pero ya nadie dirá que en los miembros de una etnia
poco conocida no se encuentre la misma esencia del ser humano que en
un holandés o un inglés. Igual cosa ocurre con el matrimonio, que expresa
precisamente las características esenciales de la unión conyugal entre
un hombre y una mujer. En cuanto a la esencia del matrimonio no puede
introducirse una ideologización, como si existieran diversos conceptos
igualmente válidos, según diferentes parámetros culturales. Si
bien es cierto que hay uniones que se asemejan al matrimonio (precisamente
porque hacia él tiende la relación íntima, con voluntad de permanencia,
entre el hombre y la mujer), el concepto esencial y pleno es uno, al
cual podemos llegar también con la razón mediante un trabajo desapasionado,
intenso, constante e interdisciplinario. (*)
(*) Santo Tomás distingue entre los preceptos primarios
y los preceptos secundarios de la ley natural. Los primeros son evidentes
a todo hombre con uso de razón. Así ocurre con el primer precepto de
la ley moral que no necesita demostración alguna: la obligación de hacer
y proseguir el bien y de evitar el mal. (cf. Santo Tomás, Suma Teológica
1-2 q. 94, a.2). Los preceptos secundarios desprenden su obligatoriedad
del mismo principio fundamental de hacer el bien y evitar el mal. Su
evidencia, sin embargo, no aparece de inmediato a todos los hombres.
Por este motivo, costumbres contrarias a ellos, intereses creados, pasiones
y otras causas pueden nublar su conocimiento y hacer dudar de su vigencia.
Sin embargo, por contribuir al bien de la naturaleza humana, la inmensa
mayoría de los hombres siente una inclinación natural hacia ellos como
hacia un fin que quieren lograr. Santo Tomás estimaba, con cierta vacilación,
que la indisolubilidad del matrimonio pertenece a esta categoría. (Cf.
Supl. Q. 67, a.2)
31. Es
cierto que en tiempos revueltos como los nuestros es leal y sencilla
la “fe del carbonero”, que afirma lo que la Iglesia cree y el Magisterio
enseña, simplemente porque él lo enseña. Pero no es menos cierto que
debemos estar siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida
razón de nuestra esperanza.
Sobre todo quienes tienen mayor responsabilidad por la cultura y por
la misma sociedad, necesitan formarse para ser capaces de comprender
las razones de nuestra doctrina: aquellas que provienen realmente de
la fe, como en este caso, y aquellas que proporciona la razón, también
como en este caso. Sólo así estaremos en condición de dialogar con quienes
no comparten con nosotros esa rica fuente de sabiduría que es la Revelación.
Dejemos
hablar al orden propio de la naturaleza
32. No es difícil encontrar numerosos signos que hablan
de esta nota característica del contrato conyugal, que configura una
inclinación dominante de la naturaleza. Tomemos uno de ellos: prácticamente
todos los novios llegan al matrimonio con la intención de compartir
unidos y con hijos no una parte de la vida, sino toda la vida, hasta
que la muerte los separe. El fenómeno es tan universal, que no se explica
adecuadamente sólo como una suma de innumerables decisiones personales.
Más bien muestra que este tipo de donación y compromiso mutuo ‘es’ para
toda la vida, y que así está inscrito en el corazón de los novios. Veamos
otro signo. Algo similar ocurre con las expectativas de los hijos. Podrán
desear que la unión entre sus padres sea más gozosa, más pacífica y
de mayor diálogo, pero nunca querrán que se rompa la relación entre
ellos. Esta constatación es tan universal, que cabe postularla como
un dato de la naturaleza de la vida familiar. También la familia se
presenta como una comunidad de vínculos estables, para toda la vida.
Una tercera constatación arroja luz sobre el tema. Cuando una persona
ha pasado por todo el sufrimiento y las decepciones de una ruptura,
y decide unirse a otra persona con la ilusión de formar un nuevo hogar,
lo único que quiere es que esta vez sea para toda la vida. Ésta es una
tendencia que, sin duda, proviene de la naturaleza de este tipo de unión.
De lo contrario, dado el dolor anterior, no querría una unión sin condiciones,
para siempre, ya que podría ser causa de nuevas y deprimentes decepciones.
Y
constatemos el desmoronamiento, cuando no se le respeta
33. Pero
hay también otras razones, fáciles de comprender, que comprueban que
la indisolubilidad es un deber natural del matrimonio. Éstas son las
consecuencias devastadoras para la familia, los hijos, el cónyuge más
débil y la sociedad, tanto de las legislaciones que suprimen la estabilidad
del matrimonio para toda la vida, como de las corrientes culturales
que las inspiran y acompañan. Informes científicos sobre
los desarrollos posteriores a la entrada en vigor de la ley de divorcio
muestran que existe un incremento en el número de disoluciones matrimoniales.
Y con ello, más personas
se ven enfrentadas a sus efectos negativos. Al aprobarse una ley de divorcio, suele presentarse
un elevado número de recursos a ella en el primer año de su vigencia.
Muchos estiman, y con razón, que se trata sobre todo de los casos que
esperaban la aprobación de la ley para divorciarse, y suponen que éste
sea un efecto puntual, sólo del primer período. Sin embargo, ello no
es así. El número de divorcios se mantiene e incrementa al paso de los
años. Comparando los promedios de divorcios que se dieron 20 años después
de su introducción con los que se produjeron apenas introducido, se
puede comprobar en los países estudiados que la cifra siguió creciendo,
y que actualmente se mantienen cifras muy superiores a entonces. Siempre
es superior al 50%. En un país, la cifra es seis veces superior a la
del primer año. En países como Alemania, Australia, Bélgica, Canadá,
Estados Unidos, Reino Unido y Suecia, por cada 100 matrimonios que se
realizan en un año se producen actualmente más de 45 y hasta 60 divorcios
en el mismo período.
34. Diversos
estudios
muestran que los hijos de padres divorciados, en comparación con los
de las familias que mantuvieron su unidad, tienen en promedio -es decir,
no cada uno de ellos, sino en promedio- mayores problemas psicológicos
y de aprendizaje, mayores tasas de precocidad sexual y de hijos extra
matrimoniales, tienen el doble de probabilidad de ruptura matrimonial,
y presentan mayores índices de delincuencia, violencia, alcoholismo
y drogadicción. Por otra parte, está comprobado que al divorcio entre
los padres sigue, en la mayoría de los casos, el ‘divorcio’ con los
hijos, sobre todo de parte del padre, ya que con frecuencia termina
no cumpliendo los encuentros regulados por el juez.
35. Sobre todo
las mujeres y los hijos experimentan un grave empobrecimiento tras el
divorcio, efecto que se ve ampliado a medida que los maridos se casan
nuevamente, porque en la mayoría de los casos les resulta imposible
contribuir adecuadamente al mantenimiento de dos o más hogares. En el
caso de las mujeres, y dependiendo del tipo de medición que se considere,
las caídas en su ingreso varían entre un 20% y hasta un 60%. Como consecuencia
de lo anterior, el divorcio contribuye fuertemente a la formación de
hogares monoparentales de jefatura femenina que viven mayoritariamente
en condiciones de pobreza (más del 50% en EE.UU y más del 75% en Gran
Bretaña).
Esta situación pasa a ser una carga durísima para la mujer y para los
hijos que ella sostiene, como también un gasto social enorme para el
Estado y los contribuyentes.
¿Quién
quiere estos males para Chile?
36. Queridos hermanos, es difícil pensar que alguien
quiera estos males para Chile. Por desgracia, quienes piensan que el
divorcio es una de las banderas irrenunciables del progreso y de la
modernidad, muchas veces no se detienen suficientemente a sopesar estos
fenómenos de destrucción de la sociedad. Pero ellos muestran la importancia
de la indisolubilidad del matrimonio. En efecto, si se arranca esta
viga maestra de la construcción, con frecuencia la casa -es decir, el
matrimonio y la familia- se desmorona. Estos males confirman que el
bien de la familia, como lo pide su propia vida y su misión en favor
de los padres y de los hijos, está ligado inseparablemente a la indisolubilidad
del vínculo que la une. Lo aseveraba Juan Pablo II a comienzos de este
año: “El matrimonio ‘es’
indisoluble: esta propiedad expresa una dimensión de su mismo
ser objetivo; no es un mero hecho subjetivo. En consecuencia, el bien
de la indisolubilidad es el bien del matrimonio mismo; y la incomprensión
de su índole indisoluble constituye la incomprensión del matrimonio
en su esencia”.
37. Por eso,
no es de extrañar que sintamos el deber moral de entregar a los católicos
la enseñanza de la Iglesia, y de proponer a todos los que no pertenecen
a ella que tengan a bien sopesar las reflexiones que se apoyan en la
sola razón, y los hechos devastadores que se desprenden del divorcio.
Prestemos nuestro apoyo a la renovación de la ley de matrimonio civil,
que puede y debe ser mejorada, pero sin dar carta de ciudadanía al divorcio.
No contribuye al bien de las familias de nuestra Patria y de sus hijos.
No
seamos el último país en evitar tanto deterioro
38. Es cierto,
somos uno de los últimos países del mundo occidental sin ley de divorcio.
En lugar de avergonzarnos de ello y de pensar que también nosotros debemos
incorporarnos a todos los dictados de ‘esta’ modernidad, podemos aprender
de las experiencias en los países que ya las tienen. Actualmente hacen
grandes esfuerzos por reducir las nocivas consecuencias de sus legislaciones.
Nosotros tenemos la chance de elaborar una legislación moderna y creativa
que evite la causa del grave deterioro que se ha generado en ellos,
atienda la situación de las uniones después de una ruptura matrimonial,
y conduzca realmente al fortalecimiento de la familia.
VI. S E A M O S C O H E R E N T E S
cuando
en nuestra sociedad corren aires favorables al divorcio
Ante una mentalidad divorcista
39. A comienzos de este año, el Santo Padre nos
exhortó con estas palabras: “No
hay que rendirse ante la mentalidad divorcista: lo impide la confianza
en los dones naturales y sobrenaturales de Dios al hombre. La actividad
pastoral debe sostener y promover la indisolubilidad”. Y
ante el desafío de dar razones convincentes en una sociedad pluralista,
invita a “responder con la humilde valentía de la fe, de una fe que
sostiene y corrobora a la razón misma, para permitirle dialogar con
todos, buscando el verdadero bien de la persona humana y de la sociedad”.
Y agrega que “considerar la indisolubilidad no como una norma jurídica
natural, sino como un simple ideal, desvirtúa el sentido de la inequívoca
declaración de Jesucristo, que rechazó absolutamente el divorcio, porque
“al principio no fue así”(Mt 19,8)”.
40. No
debemos olvidar que el Papa pronuncia estas palabras en Italia, un país
que tiene ley de divorcio desde hace muchos años. Sin embargo, dice:
“Podría parecer que el divorcio está tan arraigado en ciertos ambientes
sociales, que casi no vale la pena seguir combatiéndolo mediante la
difusión de una mentalidad, una costumbre social y una legislación civil
favorable a la indisolubilidad. Y, sin embargo, ¡vale la pena! En realidad,
este bien se sitúa precisamente en la base de toda la sociedad, como
condición necesaria de la existencia de la familia. Por tanto su ausencia
tiene consecuencias devastadoras, que se propagan en el cuerpo social
como una plaga -según el término que usó el Concilio Vaticano II para
describir el divorcio (G.S. 47)- , e influyen negativamente en las nuevas
generaciones, ante las cuales se ofusca la belleza del verdadero matrimonio”.
Preocupémonos de la legislación
41. El
Santo Padre en el discurso citado se refiere no sólo a las costumbres,
sino además a la legislación civil, dado que el matrimonio indisoluble
es un bien, por así decirlo, de utilidad pública. Por eso afirma que
“el valor de la indisolubilidad no puede considerarse objeto de una
mera opción privada: atañe a uno de los fundamentos de la sociedad entera.
Por tanto, así como es preciso impulsar las numerosas iniciativas que
los cristianos promueven, junto con otras personas de buena voluntad,
por el bien de las familias (...), del mismo modo hay que evitar el
peligro del permisivismo en cuestiones de fondo concernientes a la esencia
del matrimonio y de la familia”.
Y agrega a continuación: “Entre esas iniciativas no pueden faltar las
que se orientan al reconocimiento público del matrimonio indisoluble
en los ordenamientos jurídicos civiles. La oposición decidida a todas
las medidas legales y administrativas que introduzcan el divorcio o
equiparen las uniones de hecho, incluso las homosexuales, al matrimonio
verdadero, ha de ir acompañada - en el ámbito de los ordenamientos (de
los países) que, lamentablemente, admiten el divorcio - por una actitud
de proponer medidas jurídicas que tiendan a mejorar el reconocimiento
social del matrimonio”.
Apoyemos a nuestros legisladores
· actuar
en conciencia es imprescindible, como también formarla
42. Como
bien lo sabemos, también los legisladores tienen que actuar siempre
siguiendo los dictámenes de su conciencia, y nunca contra ella. Nadie
puede dispensarles de este deber. La conciencia es la norma inmediata
de la acción. Pero por esta misma causa, también tenemos la obligación
de formarla, buscando la luz que la razón, apoyada por la fe en el caso
de los cristianos, nos puede entregar. Así la conciencia puede alzarse
sobre la tentación de dejarse avasallar por lo que “se” piensa o “se”
hace, y formarse un juicio recto acerca de lo que es útil al bien común.
Tratándose de una materia de tal trascendencia, invitamos a todos los
legisladores a dedicar su mejor tiempo y sus mejores esfuerzos al estudio,
al análisis y al discernimiento que esta materia exige.
·
Haciendo
el bien y evitando el mal
43. El
precepto en que se fundan todas las obligaciones de la moral consiste,
como lo hemos visto, en “hacer y proseguir el bien y evitar el mal”.
Por eso la primera pregunta clave para el discernimiento es siempre
la misma: ¿me encuentro ante un bien o ante un mal? Sin lugar a dudas,
la unión estable y para toda la vida del matrimonio es ese bien que
hay que hacer y proseguir. Y en cuanto al mal que se debe evitar, esta
carta ha expuesto numerosas razones por las cuales incontables hombre
y mujeres, con la luz que aporta el Magisterio de la Iglesia y aun sin
ella, están ciertos de que el divorcio es un mal, sobre todo en vista
del bien común. Confrontarse con los argumentos es del todo necesario.
·
No son pocos
quienes quieren proseguir el bien
44. También
se desprende del principio fundante de la moral el deber de respetar
la voluntad de millones de chilenos que quieren contraer matrimonio
indisoluble y tienen derecho a ello. Hay que mantener, al menos para
ellos, la posibilidad jurídica de alcanzar este bien, que es ampliamente
reconocido como tal. Al contraer el sacramento del matrimonio, según
lo veremos más adelante, el vínculo conyugal de su alianza
indisoluble no queda sujeto a autoridad humana alguna que se quisiera
arrogar el derecho de disolverlo. El vínculo matrimonial indisoluble
subsistiría y perduraría no obstante una eventual acción de divorcio
civil.
·
Reduciendo
¿qué mal existente? Evitando ¿qué mal mayor?
45. En esta discusión se ha insistido,
y con razón, que el legislador tiene la obligación de considerar la
realidad del pueblo que será regido por la ley. Esto es innegable, si
bien la realidad nunca hará de un bien un mal, o viceversa. Para considerar
adecuadamente la realidad, se ha recurrido a un juicio de Santo Tomás,
según el cual un legislador, también un legislador cristiano, ante el
mal existente e imposible de erradicar, puede aprobar una ley que aminore
sus efectos, de manera que el mal sea menor, para proteger a las personas
y evitar un mal mayor. Lo que no puede hacer es introducir el mal. Al
aplicar a este caso la reflexión de Santo Tomas, surge una pregunta.
¿Cuál es ese mal existente e imposible de erradicar? Ciertamente hay
tres situaciones que pueden ser consideradas tales: la existencia de
matrimonios nulos, las separaciones y las nuevas uniones, no basadas
en el matrimonio. Estas realidades existen, y no pueden ser erradicadas
por ninguna ley. Cabe legislar sobre ellas para dar solución a la primera,
y aminorar los efectos negativos de las otras dos. Pero la realidad
que no existe es una ley de divorcio vincular, y no son equiparables
a ella las disoluciones fraudulentas. Optar por una ley de divorcio
es introducirlo en el ordenamiento jurídico.
Por otra parte, ¿cuál es el mal mayor que se evita introduciendo el
divorcio? Según los estudios que conocemos, no se evita un mal mayor,
sólo se agrega uno, el divorcio y todas sus consecuencias. En efecto,
más allá del bien que se busca para situaciones individuales, si se
piensa en el bien de la sociedad, de las generaciones futuras y de la
institución matrimonial, las razones que hemos considerado llevan a
pensar que la introducción del divorcio no disminuye los males, sino
los aumenta.
·
Tienen derecho
a contar con nuestro apoyo
46. Estas son las preguntas claves
que los legisladores abordarán. Buscan respuestas de enorme trascendencia
para nuestra cultura, no sólo en el ámbito familiar sino también en
muchos otros, ya que la familia es la cuna de incontables actitudes
y proyectos. Apoyémoslos con la oración, proporcionándoles antecedentes
y reflexiones, pero sin ponerlos bajo presión, ni aceptar que sean presionados
por sus partidos o por otros grupos. Deben votar libremente, conforme
a su conciencia, después del exigente esfuerzo que hagan por formarla.
47. Sobre
este juicio ético, que también los servidores públicos deben formarse,
el Papa llegó a una conclusión,
refiriéndose recientemente a otro caso en el mismo ámbito legal, esto
es, a la acción de los jueces y de los abogados en aquellos países en
los cuales existe una ley de divorcio. Expresó que “los agentes del
derecho en campo civil deben evitar implicarse personalmente en lo que
conlleve una cooperación al divorcio”.
VII. E N E
L M A T R I M O N I O C R I S T I A N O
Un
mandamiento nuevo
48. En
Jesucristo apareció el amor de Dios a los hombres
en toda su hondura, su fidelidad y su belleza. La experiencia del amor
de Cristo llevó a San Juan a decir sobrecogido que Dios ‘es’ Amor.
Esta revelación conduce a la persona humana, hecha a imagen y semejanza
de Dios, al descubrimiento de su propia vocación. No obstante las limitaciones,
enfermedades y huellas del pecado, la fe nos da una certeza: Dios nos
ha creado y redimido para que el amor sea lo que más nos caracterice,
puesto que participamos de su amor. En la Última Cena Jesucristo reveló
algo sorprendente. Debemos amarnos los unos a los otros como Él nos
ha amado.
Junto con proclamar el mandamiento nuevo, revelaba así las raíces trinitarias
de nuestro amor, ya que Él nos ha amado como el Padre lo ama.
El Espíritu Santo ungió a los discípulos de Jesús y los envió a predicar
el Evangelio hasta los confines del orbe, siendo ellos mismos buena
nueva para la humanidad, buena noticia de la inmensidad del amor de
Dios. La Nueva Alianza es la expresión indestructible y el cauce vivificador
de ese amor; es la alianza de eterna paz y de fecunda fidelidad de Dios
con el hombre, del hombre con su Dios y de los hombres entre sí.
El vínculo conyugal,
testigo del amor fiel del Señor
49. Esa
alianza revela las verdaderas dimensiones del proyecto de Dios para
el amor conyugal. Si bien no lo sabíamos, la sabiduría de su plan dispuso,
desde un inicio, que la unión conyugal entre el varón y la mujer, justamente
por ser creados a su imagen y semejanza, fuera siempre como una proyección
en este mundo de su amor a los hombres. El amor esponsal, maternal,
paternal y filial debían evocar y hacer presente la ternura, la generosidad,
la fidelidad y la fuerza vivificante y transformadora de su amor a la
humanidad. En la plenitud de los tiempos, Jesucristo elevó la alianza
matrimonial entre bautizados a sacramento, y dotó a los novios de la
gracia de ser sus ministros. Así Dios asumió y elevó cuanto es natural
en el matrimonio, con sus bienes y propiedades esenciales, confiriéndole
la capacidad, la gracia y el encargo de ser un signo elocuente y un
instrumento eficaz “del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre
y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia”. El
matrimonio sacramento actualiza y refleja la irrevocable unión de Cristo
con la Iglesia en la Nueva y Eterna Alianza. De esta manera, el vínculo
conyugal y la misma indisolubilidad adquirieron una dimensión y un significado
nuevo. En la unión sacramental, en la cual revive el amor de Cristo,
por un nuevo título más firme y claro que el anterior, el vínculo de
la alianza conyugal es irrevocable, así como lo es la fidelidad incondicional
de Cristo a su Iglesia.
Una vez consumado el sacramento, por su propio significado ya no es
disoluble (*).
Amarse así, como Cristo ama a los suyos, es una propiedad intrínseca,
irreversible, de la promesa que se dan los esposos al casarse en la
Iglesia.
(*)
Esta es una doctrina firme en la Iglesia católica. La expresa el canon
1141 del Código de Derecho Canónico: “El matrimonio rato y consumado
no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa
fuera de la muerte”. (Ver Discurso del Papa Juan Pablo II, de fecha
2l de enero de 2000 n.6-8.) Sin embargo, el matrimonio no consumado
puede ser disuelto por el Romano Pontífice, si hay una causa justa (cf.
canon 1142). Vale decir, la Iglesia considera que el vínculo irrevocable
resulta sólo del acto libre y sacramental de los esposos y de la consumación
del matrimonio, y que la alianza que así se gesta está garantizada por
la fidelidad del mismo Dios. Por eso, cuando no hay consumación, con
la potestad de Vicario de Cristo, el Romano Pontífice puede disolver
el contrato contraído sólo de palabra.
El
anuncio alegre de la Buena Noticia sobre la familia
50. La gracia que reciben, se transforma en una
relevante misión. Por eso, “corresponde a los cristianos el deber de
anunciar con alegría y convicción la ‘Buena Nueva’ sobre la familia”
y sobre “la perennidad del amor conyugal”. Nos
lo recuerda el Santo Padre en su Exhortación Apostólica acerca de ella.
Tenemos que dar nuestro propio aporte, orando y colaborando con Dios,
de modo que en nuestras familias sea muy fecunda la gracia del sacramento,
y que ellas abran caminos de esperanza en la sociedad. En efecto, “el testimonio esencial sobre el valor de la indisolubilidad
se da mediante la vida matrimonial de los esposos, en la fidelidad a
su vínculo a través de las alegrías y las pruebas de la vida”.
51. Será
este testimonio elocuente, vivo y vivificante, el que más atraerá hacia
la alianza conyugal a tantos jóvenes y adultos jóvenes que conviven
y no valoran todavía la riqueza del matrimonio. Vayamos hacia ellos
con mucho respeto, estimando sinceramente sus grandes valores, y dialoguemos
con ellos, ya que nos importa entrañablemente su bien. Abrámosles las
puertas de hermosas experiencias de familia. Tal vez no las han tenido
a lo largo de su vida.
Y que el trabajo silencioso y lleno de ardor de nuestras comunidades
parroquiales, nuestros movimientos y nuestros colegios, como también
de tantas personas y matrimonios a los cuales Dios mismo les ha insinuado
que impulsen o colaboren con la pastoral familiar, sea una gracia y
un aliciente para ellos, como también para todos los miembros de nuestra
Iglesia que han recibido el don y la misión de ser familia en Cristo
Jesús.
Cuando
la familia es casa y taller de comunión
· Los
proyectos del amor conyugal
52. Valoremos, en primer lugar, los proyectos del
amor conyugal. Los novios quieren contraer matrimonio para toda la vida. Quieren
compartir la vida y ayudarse. Ven en los hijos la proyección del futuro
que desean y sólo quieren darles lo mejor de sí. Piensan que una realización
en común será más plena y más vivificadora para cada uno de ellos. Saben
que se presentarán problemas en la convivencia y a veces tienen temor
ante ellos, pero están deseosos de asumir con pasión y esfuerzo ese
desafío, y de construirla sana y rica en valores compartidos. Presienten
que en esa unión, con lealtad a la persona que aman profundamente, realizarán
su proyecto de vida y ganarán en humanidad. Están seguros, con el conocimiento
y la intuición natural que Dios ha puesto en sus corazones, que únicamente
haciéndose uno con aquel con quien compartirán el futuro y velando por
su felicidad, construirán el hogar que hará feliz a los hijos y hará
valiosa la vida en común. Creen que por ese proyecto vale la pena sufrir
y luchar, a veces en contra de deseos y pasiones que incluso pueden
cegarlos en algunos instantes. Están llenos de esperanza de lograr esa
unión tan única. La gracia sacramental les inspira una gran confianza,
puesto que el mismo Señor se ha comprometido con ellos, de modo que
el amor recíproco refleje la capacidad del amor de Jesús de despertar
amor y de ser ilimitadamente fiel.
·
La preparación
de la alianza
53. Una excelente
preparación al matrimonio, que contribuya a valorar su riqueza y su
misión, y exprese la confianza que la Iglesia cifra en los novios y
en su futura familia, se hace cada vez más necesaria. Ella les ayudará
a comprender en profundidad lo que más desean, esa alianza personal
que los unirá durante toda la vida, en la cual resplandecerá el amor
fiel de Cristo a la Iglesia. Aprenderán que quienes se entregan y se
reciben mutuamente en matrimonio y consuman esa donación,
fundan así una familia que ha de ser para ellos, para sus hijos
y para su entorno, en las horas de gozo y en las dificultades, un verdadero
remanso de confianza y amistad. Se prometerán no sólo construir esa
alianza, sino también luchar por ella, afrontando dudas y complicaciones.
Y como ambos todavía son peregrinos hacia la santidad, han de tener
conciencia de que están amenazados por el pecado. El amor conyugal necesita
la experiencia de la redención. ¡Cuántas veces deberán recurrir al perdón
de Dios, y al perdón del cónyuge y de los hijos! Porque no ser perdonados,
no ofrecer perdón y no perdonar, es parte del infierno; también en esta
vida. Nada de eso tendrá el testimonio del matrimonio que los prepare:
les infundirá la confianza de vencer en esas batallas, y de hallar,
con la ayuda de Dios, humildad, fuerza y amor en las derrotas. Así la
firme resolución de ser uno
para el otro, con el otro y en el otro, será el acorde constante y agradecido
de la opción libre que han hecho por amor, de sellar un pacto conyugal
hasta que la muerte los separe.
·
El derecho
a rehacer la vida
54. Muchas
veces, pero sólo después de una ruptura, se habla de “el derecho a rehacer
la vida”. Rehacer la vida, sin embargo, es una obra que puede y debe
empezar mucho antes de la ruptura. Consiste, más que en buscar a otra
persona, en aceptar el compromiso que libremente se ha escogido y en
aportar de sí lo mejor: la capacidad de redescubrir en el otro el destello
del amor y la belleza de Dios que le sedujo; la capacidad de amar con
olvido de sí mismo y la disposición de valorar el misterio de ser padre
y madre. En una palabra, la vocación de constructores de esa vida que
no necesita ser rehecha con otra persona, sino ser reconstruida en sus
mismos cimientos, sobre el mismo
fundamento que se amaba al casarse. Rehacer la vida es no dañar
a los hijos ni al cónyuge, y si se les ha inferido un daño, saber
que el Padre que busca nuestra felicidad quiere perdonarnos, infundir
nuevamente su Amor en nuestros corazones y ayudarnos a tomar la cruz
que El nos presenta, como la presentó a su propio Hijo. Él enseñará
nuevamente a mirar desde sus ojos y a hablar desde su corazón para reparar
y reconstruir, para reemprender el camino y volver a la gratuidad y
a la gratitud del amor. Él quiere dar la gracia de amar el rostro de
su Hijo, como asimismo su belleza, su gracia y su fidelidad, en el rostro
cansado, dolido y a veces desleal del esposo o la esposa que se ha escogido
como compañía por propia elección, para ser uno y vivir juntos una alianza
de amor, de fecundidad y de paz.
55. Rehacer
la vida es reemprender la marcha detenida, tomar de la mano al ofendido
o al ofensor y dar testimonio personalmente, con humildad y perseverancia,
de cómo es el Amor de Dios, cuál es el Camino, cómo se busca la Verdad
que nos hace libres, y dónde se encuentra la Vida. La felicidad que
buscamos también está en seguir a Cristo por las rutas torcidas, sobre
las cuales él escribe derecho, sabiendo “que en todas las cosas interviene
Dios para bien de los que le aman, de aquellos que han sido llamados
según sus designios”.
Y si la oración, que acompañará constante la búsqueda y el dolor, no
parece a veces llevarnos a donde quisiéramos ni nos acerca al otro,
oyendo a Pablo sabremos que “la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia,
guardará nuestros corazones en Cristo Jesús”.
56. Como
cristianos no podemos desconfiar de la capacidad de amar que hemos recibido
de Dios, y que en el caso de los esposos es vivificada por la gracia
del sacramento, porque la lealtad la ha impreso él mismo en nuestro
espíritu, y nos acompaña en el amor a la Patria, en el sacrificio de
la vida, en nuestros actos más sagrados y nobles. Posponer y olvidar
oportunamente todo lo que nuestra lealtad rechaza, es tener muy buena
memoria, es recordar a nuestro Padre y su plan de amor, es ser dócil
a las mociones del Espíritu. Luchar por restituir el bien a quien le
pertenece, es redescubrir el amor verdadero cuando no sabíamos encontrarlo,
y es darle transparencia a la imagen de Dios, como él la quiso imprimir
en nosotros. Construir la familia es asumir una vocación muy grande:
es ingresar en una escuela de paz, generosidad y abnegación, en un taller
para hijos de Dios, es construirse a sí mismo y edificar la mejor sociedad
humana y la más hermosa Patria.
El doloroso camino de la distancia y la separación
·
Con mucha
esperanza, a solas con Jesús
57. El camino
de la alianza conyugal también conduce a escuchar esas palabras de Jesús
que invitan a hacer las buenas obras cuando nadie las vea ni las agradezca,
salvo el Padre de los cielos. Recordándonos
que nuestro amor debe ser semejante al amor fiel del Señor, él puede
solicitar incluso que en la vida conyugal se acepte la soledad, porque
amamos a nuestro Padre y su santa voluntad. En su sabiduría puede pedir,
en distintas circunstancias de la vida, compartir la esperanza y el
sufrimiento a solas con él, por un tiempo breve o prolongado, pensando
en el bien de la unión conyugal, de los hijos, de la sociedad, y en
el ejemplo que reforzará otros matrimonios. Aceptar esa soledad interior
es decirle “sí” a Cristo cuando, mirándonos hondamente a los ojos, como
al joven rico que lo abandonó porque tenía mucho que perder, nos pide
dejar tantas cosas y seguirlo por su camino.
· La separación,
un remedio extremo
58. A veces
la soledad es más profunda, y está unida a grandes tensiones y a la
imposibilidad de mantener la convivencia. Es más, a veces en la convivencia
se producen tales daños, que
la separación llega a ser un deber. Escribe el Santo Padre: “Motivos
diversos, como incomprensiones recíprocas, incapacidad de abrirse a
las relaciones interpersonales, etc.; pueden conducir dolorosamente
el matrimonio válido a una ruptura con frecuencia irreparable. Obviamente
la separación debe considerarse como un remedio extremo, después de
que cualquier intento razonable haya sido inútil. La soledad y otras
dificultades son a veces patrimonio del cónyuge separado, especialmente
si es inocente. En este caso la comunidad eclesial debe particularmente
sostenerlo, procurarle estima, solidaridad, comprensión y ayuda concreta,
de manera que le sea posible conservar la fidelidad, incluso en la difícil
situación en que se encuentra; ayudarle a cultivar la exigencia del
perdón, propio del amor cristiano y la disponibilidad a reanudar eventualmente
la vida conyugal anterior”.
· Y una
puerta hacia un encuentro personal con el Señor
59. Nos cabe
respetar y acompañar a quienes tuvieron que tomar la dolorosa decisión
de separarse. Tuvieron que asumir no sólo su propio sufrimiento, sino
además el dolor de las personas que fueron profundamente afectadas por
su decisión, lo que la hizo aún más dura.
Es difícil hablar a quienes la han sufrido, cuando no se ha experimentado
ese mismo dolor. Pero hay algo que sabemos y que todos hemos vivido:
el sufrimiento puede ser la puerta de acceso a una mayor unión con Cristo.
En efecto, el sufrimiento que inclina a buscar el mensaje que el Padre
nos envía a través de él, y a recibir y conquistar ese bien que el Padre
persigue cuando sus entrañas se conmueven al vernos sufrir, ese sufrimiento
nos enaltece, abre el corazón y prepara para una nueva manera de vivir
con Dios. Él nos llama y nos busca en el dolor. Las personas separadas
pueden responder a la voz del Señor desde su situación, a partir de
su experiencia nueva, y con el corazón purificado y preparado para nuevas
tareas, que serán emprendidas con más comprensión, con más compasión
y más humildad. El dolor puede traernos dones que consuelan y aportan
paz interior. No en vano dijo Nuestro Señor: “Felices los que lloran,
porque ellos serán consolados”.
60. Con mucha
delicadeza habrá que pensar en el bien de los hijos, y lograr que ellos
mantengan, dentro de lo posible, una relación filial con ambos padres.
A veces el marido queda muy desvalido después de una separación, y necesita
mucho apoyo de sus familiares y amigos. Pero con frecuencia es la mujer
la que llevará el peso del hogar y de la educación de los hijos, y la
que recibe poco apoyo de la sociedad. Lo necesita más que nunca.
· También
un camino de santidad
61. Con gran
admiración he conocido a hombres que han llevado de manera muy meritoria
su separación, y sobre todo a mujeres que han sufrido la separación
de sus maridos, y que han resuelto vivir íntegramente, con mucha fe
en la gracia sacramental, la promesa de fidelidad en Cristo, y entenderla
como un camino de santidad. Se han unido en grupos de oración y de sincera
amistad. Han vitalizado su encuentro personal con el Señor, meditando
y saboreando la sabiduría de su Palabra, acudiendo a los sacramentos,
encontrándolo en la comunidad y en los hijos, también dándole más cabida
en la vida a la comprensión y la bondad. No olvidaron el misterio de
la cruz, que pesa sobre nuestra existencia como misterio de salvación,
y que abre puertas hacia una vida interior más misericordiosa, más contemplativa
y más plena. Era algo conmovedor descubrir en el rostro de estas mujeres
separadas mucha paz y alegría interior, y en su vida un signo elocuente
de la fidelidad irrevocable de Cristo a la Iglesia.
· El matrimonio,
¿habrá sido realmente válido?
62. A
veces uno de los cónyuges o ambos, llegan a la conclusión que la separación
es una ruptura definitiva. Sucede sobre todo cuando a pesar de numerosos
intentos y después de recurrir a instancias de consejo y mediación,
la convivencia los ha alejado irrecuperablemente o les infiere un gran
daño y se ha hecho del todo imposible. También ocurre cuando la otra
parte funda un nuevo hogar. Cabría solicitar la declaración canónica
y civil de la separación. Pero a veces sucede que la causa del desencuentro
reside en el hecho de haber contraído inválidamente el matrimonio. Por
eso, es aconsejable examinar si el primer matrimonio fue válido o inválido
desde el primer día. Se puede recurrir a una persona experta, para investigar
si el matrimonio fracasó porque faltó algo necesario para que fuera
válido. Los tribunales eclesiásticos tienen abogados que conocen los
principios de la Iglesia, y los Tribunales civiles que se ocuparán de
las causas familiares ya contarán con abogados expertos. En ambos foros
se podrá obtener un consejo calificado y un trato justo.
Son hermanos nuestros quienes han establecido
una nueva unión
· Hay situaciones muy diversas
63. Nos
conmueve profundamente el dolor y la esperanza de quienes han sufrido
el impacto de la destrucción de su familia, y pensaron que debían tomar
la difícil decisión de fundar un nuevo hogar. Los cientistas sociales
llegan a la conclusión que la infidelidad estable de uno de los cónyuges
es la causa primera del término de la amistad conyugal y de la ruptura.
Otras fallas son perdonadas; ésta difícilmente. Pero hay, como sabemos,
otras causas que inclinan hacia una nueva unión: por ejemplo, la convicción
del cónyuge abandonado de ser demasiado débil para seguir viviendo,
por el resto de sus días, sin un apoyo cercano con quien compartir la vida. Las situaciones
son muy diversas entre sí. El mismo Santo Padre recomienda a los pastores
que, por amor a la verdad, hagan un buen discernimiento de las situaciones,
y no confundan entre aquellos que “sinceramente se han esforzado por
salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente,
y los que por culpa propia han destruido un matrimonio canónicamente
válido”. También menciona el Papa otra situación, la de aquellos “que
han contraído una segunda unión en vista de la educación de los hijos,
y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente
matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido”. Pero
es seguro que casi todos los que han sellado una nueva unión esperan
que la sociedad la reconozca, y que la equipare, lo más posible, al
matrimonio.
· Esperan nuestro respeto
64. Un
primer paso será reconocer que quienes han sufrido las separaciones
definitivas y han tomado la decisión de sellar una nueva unión esperan
el respeto de la sociedad. La decisión la han tomado en el foro de su
conciencia. Es cierto, abandonaron objetivamente lo que pide Nuestro
Señor, quien les ofrecía su gracia para reflejar su amor fiel e irrevocable,
como la ofrece en virtud del sacramento a quienes lo han contraído.
Pero aun así, esperan sentirse respetados por nosotros. Desde luego,
no conocemos sus motivaciones subjetivas. No sabemos con qué formación
llegaron a su primer compromiso; con qué apoyo contaron en las dificultades;
si solicitaron un consejo y qué consejos recibieron en las situaciones
de profunda crisis; cuánta debilidad, qué desvalimiento y a veces cuánta
desesperación experimentaron después de la separación; con qué libertad
y con qué preparación y energía espiritual han podido abordar su presente
y su futuro; cuántos errores y qué errores cometieron, o en qué faltas
personales y culpas pueden haber incurrido. Tampoco sabemos con qué
disposición subjetiva optaron por seguir una ruta diversa de la propuesta
por el Creador como un camino estrecho, que nos asemeja al grano de
trigo que ha de morir si quiere producir mucho fruto. Conscientes de
nuestra ignorancia, de la debilidad que muchas veces nos amenaza, de
nuestras propias desviaciones y errores, del misterio de la dignidad
de todos los hijos de Dios y de la asombrosa clemencia del Padre celestial,
queremos tratarles de la misma manera como nosotros quisiéramos ser
tratados si estuviéramos en su lugar. También por eso no queremos juzgarlos.
Además no podemos olvidar la enseñanza del Maestro: “Sed misericordiosos,
como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados,
no condenéis y no seréis condenados”.
65. Los
hermanos y las hermanas nuestras que han seguido este camino esperan
también el reconocimiento de su voluntad noble de dar estabilidad a
los hijos en el hogar que han fundado, de educarlos en la fe y de lograr
que en su casa brillen el amor, la confianza, el apoyo mutuo y la alegría.
En los anhelos, en los esfuerzos y en el dolor de estas hijas e hijos
suyos, el Señor llama a su Iglesia, para que “rece por ellos, los anime,
se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y
en la esperanza”.
Con este espíritu ha de procurar “con solícita caridad que no se consideren
separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados,
participar en su vida”.
· Y tienen derecho a mucho más como hermanos nuestros
66. Es
cierto que estas parejas, si llevan vida conyugal, no pueden participar
de la “comunión eucarística, dado que su estado y situación de vida
contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia,
significada y actualizada en la Eucaristía”, pero
ello no significa que estén “excomulgados”, es decir, fuera de la comunidad
de los bautizados. Es más, la Iglesia exhorta a sus pastores y a toda
la comunidad de los fieles que los ayude y les exhorte a escuchar la Palabra
de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración,
a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad
a favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar
el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día
a día, la gracia de Dios”.
Hay sobradas razones para darles un trato verdaderamente fraterno, respetuoso
y lleno de caridad. Suelen participar en comunidades que buscan un conocimiento
más profundo de las Escrituras y en acciones solidarias, sirviendo a
los que más sufren. No pocas veces dan su contribución económica a la
Iglesia, aun ayudan con su experiencia a esposos en dificultad. Muchas
veces nos admira su espíritu de oración y sus generosas obras de misericordia,
practicadas con gran discreción, mediante las cuales esperan alcanzar
la misericordia que el Señor prometió a los misericordiosos. Así crecerá la confianza de poder retomar un
día, con la ayuda de la gracia y del sacramento de la reconciliación,
la plena participación sacramental en la comunidad del Pueblo de Dios.
Nos escribe el Santo Padre: “La Iglesia está firmemente convencida de
que también quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en
tal situación, pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de
la salvación, si perseveran en la oración, en la penitencia y en la
caridad”.
· Al Estado le importa su bien y el bien de sus
hijos
67. También
al Estado debe importarle el bien de los esposos cuyo hogar se rompió,
el bien de los hijos que nacieron en ese primer hogar, el bien de los
hijos de la nueva unión, como igualmente la estabilidad del nuevo hogar.
El Estado tiene que hacer lo suyo por atender estas situaciones, ofreciendo
soluciones legales coherentes con el bien social. Sobre ellas, la Conferencia
Episcopal manifestó lo siguiente: “Nuestra intención no es agobiar a
los hogares que se formaron después de una ruptura matrimonial, ni impedir
que el Estado, tomando ciertas cautelas, proteja estos hogares cuando
son estables. También en estos casos el bien de los hijos requiere la
protección de la ley. Pero para ello creemos que no es necesario ni
conveniente alterar la naturaleza del vínculo matrimonial y reemplazar
este firme fundamento de la familia por la inestabilidad del ‘matrimonio
divorciable’”. No
queremos que más personas sufran las consecuencias de este mal.
VIII. L A F
A M I L I A ,
F
U N D A M E N T O V I V O D E L F
U T U R O D E C H I L E
Protegerla
y fortalecerla es deber del Estado
68. La tarea
social más decisiva para nuestra Patria es la que plantea la Constitución
Política de nuestra República. Ella afirma que “la familia es el núcleo
básico de la sociedad”. Es más, cuando declara que la finalidad del
Estado es promover el bien común, afirma que es “deber del Estado” dar
protección a la familia y propender a su fortalecimiento. Precisamente
la debilidad de la familia, los obstáculos que encuentran los jóvenes
para comprometerse para siempre, la destrucción permanente de incontables
familias, el sinnúmero de hijos que no nacen en un hogar constituido
por sus padres, como asimismo las ideologías, los temores, la falsa
comprensión de la sexualidad y los falsos valores que propician esta
situación, éstas son las realidades más preocupantes que deben ser abordadas
con energía. El Estado no debe debilitar la familia, sino fortalecerla.
69. Por eso,
todos los Obispos de la Conferencia Episcopal expresamos que “la tarea
primaria del Estado en este ámbito (y podríamos agregar que lo mismo
vale para la sociedad civil y las múltiples organizaciones que velan
por el bien del país y de sus habitantes) es ofrecer -y abrir espacios
para que diversas instancias ofrezcan- los medios que ayuden a la familia
a consolidarse y a cumplir con su misión. Es decir, a que ella sea unida
y estable, próspera y feliz; a que sus miembros sean fieles a los compromisos
contraídos; a que el hogar sea centro de transmisión de los valores
más nobles de nuestra cultura, y un lugar en que se ayude a superar
tensiones, sufrimientos y problemas, gracias a la calidad de las relaciones
entre las personas que forman parte de él, y gracias a su confianza
en Dios; y que sea también una escuela de ciudadanos que saben poner
sus talentos, con espíritu constructivo, al servicio del bien común,
atentos a los más débiles”.
Familia,
riesgo social y pobreza
70. Sabemos
que cuanto se hace por fortalecer la familia ayuda a solucionar graves
problemas como el alcoholismo, la drogadicción, la violencia y la depresión
por no hallarle sentido a la vida. El fortalecimiento de la familia
también redunda en la superación de la pobreza. Por eso, cuando el país
se declara en lucha frontal contra la pobreza para erradicar absolutamente
la indigencia, si quiere ser consecuente con su gran proyecto, no debe
aprobar leyes, como ésta del divorcio, que conducen a la pobreza y a
la miseria a un alto porcentaje de hogares que se transforman en monoparentales
a causa del divorcio.
Fortalecer
la familia, una misión global
71. En
una palabra, la debilidad familiar que constatamos nos exige abordar
unidos, con todas nuestras energías, un conjunto de tareas favorables a la formación y el fortalecimiento de familias estables,
y ricas en valores sociales y religiosos. Juntos, cada uno desde su
propia responsabilidad, hemos de impulsar todo lo que propicie la creación
de más empleo, las oportunidades de capacitación y, con ella, el aumento
de sueldos y salarios de las familias que viven con mayor estrechez
o en la pobreza; también proyectos comunicacionales, habitacionales
y recreativos favorables a las familias; asimismo, iniciativas de preparación,
temprana y próxima, al matrimonio, como también de mediación y consejería
familiar, entre otras.
En
el norte de toda educación; también de la reforma
72. De
decisiva importancia son los objetivos y los programas de educación.
Deben preocuparse de la formación de jóvenes capaces de contraer matrimonio
y de forjar familias estables. Entre nosotros es débil la cultura matrimonial.
Se puede constatar que muchas veces el varón no logra responder a los
compromisos propios de la unión conyugal y familiar. Este objetivo transversal
de la educación debe ser cabalmente considerado, para que todos valoren
el respeto y la amistad, adquieran una visión profunda de la sexualidad
y no silencien su tendencia hacia el matrimonio, sean aptos para contraer
vínculos para toda la vida, sean capaces de ser fieles a ellos, y de
renunciar con alegría cuando se trate del bien de los demás, sobre todo
de los más débiles. Esta sigue siendo una de las tareas de mayor
trascendencia en vista del bien de Chile y de su futuro.
IX.
C O N C L U S I Ó N
73. Volvamos
al proyecto de Dios. Él quiso dar un cauce al matrimonio y a la familia,
el cauce de la indisolubilidad, no para que el río sea un lecho seco
y pedregoso, sino para que sea, con el aliento del Espíritu Santo, un
torrente cristalino y vivificante, que lleva a la sed de mucha gente
el agua que reclaman y el murmullo de su caudal, despertando y alegrando
infinidad de vidas. Es él quien inspira a los esposos a dedicar infatigablemente
sus mejores desvelos y energías a cuidar y acrecentar el amor, para
construir, con la ayuda de la gracia, la familia que Dios les ha regalado,
a imagen de la comunión que reina en la Trinidad Santísima.
74.
Junto con encomendar
las intenciones de todos Uds. a la Virgen María, Madre y Reina de la
Familia, y Madre de la Sabiduría, del Amor Hermoso y de la Santa Esperanza,
les pido que durante los próximos meses acompañemos a nuestros legisladores
y a todas las familias de nuestra Patria, rezando el rosario en familia,
como asimismo frecuentemente la Oración por la Familia, con la cual
concluyo esta carta pastoral. De corazón les deseo que la bendición
de Dios Todopoderoso, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, descienda
sobre todos Uds. y les acompañe siempre.
Santiago,
sábado 22 de junio de 2002.
+
Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal
Arzobispo de Santiago
75. ORACIÓN POR LA
FAMILIA
Dios
Padre Todopoderoso,
tú creaste al hombre y a la mujer
a tu imagen y semejanza,
y les diste como vocación el amor.
Te agradecemos que hayas instituido desde el principio
el matrimonio indisoluble,
para que los esposos se amen generosamente
y sean padres abnegados de sus hijos.
Queremos acoger las enseñanzas
de tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor,
que nos mandó: “lo que Dios ha unido,
no lo separe el hombre”,
y que elevó la unión conyugal a sacramento.
Infunde en nuestros corazones el Espíritu Santo,
fuente de amor, respeto y felicidad,
para que nuestras familias
crezcan en las dificultades
y lleguen a ser santuarios de la vida, del amor y de la paz.
Virgen del Carmen, Reina de Chile,
te suplicamos que guíes a los que velan por el bien común,
para que nuestras leyes fortalezcan
el vínculo conyugal y la unión matrimonial,
y la familia sea fundamento vivo
del futuro de nuestra Patria. Amén.