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Mensaje de Pascua de Resurrección 2003

"Mensaje de Pascua de Resurrección - 2003"

Cuando nos sumergimos en el recuerdo de la pasión y muerte de Nuestro Señor, y recorremos con la mente y el corazón, paso a paso, su camino hacia el Calvario, nos cuesta reponernos de la dolorosa experiencia vivida durante la Semana Santa. No es difícil imaginar el sufrimiento estremecedor de su madre, la Virgen María, que lo acompañó en el tormento de la cruz; tampoco el dolor insoportable de sus discípulos. Sus sentimientos de ilimitada admiración y de honda gratitud hacia el Señor, el profundo amor que sentían hacia su persona, y la admirable esperanza que sus palabras y sus obras habían despertado en ellos, haciéndolos revivir, habían sido brutalmente golpeados por la fuerza del mal que se volcó contra Jesucristo, para arrancar su vida de nuestro mundo.

¡Cómo fueron capaces de volcar tanta traición, tanta falsedad, tanta ingratitud, tanta injusticia y violencia contra él! Tanto mal se desató contra aquel que pasó por el mundo haciendo el bien, y que vino a abrirnos los caminos de la esperanza y de la paz; a salvar y no a condenar, a darnos vida y no a precipitarnos hacia la muerte, a confiarnos la verdad acerca de Dios y también del ser humano, para que nuestra existencia fuera más plena y viviéramos reconciliados entre nosotros. San Juan lo resumió en dos frases: Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Simplemente porque las tinieblas rechazan a la luz.

Pero Jesucristo no se desvió de su camino. Ni siquiera las amenazas de muerte que lo acechaban en el juicio religioso y en el juicio político lo llevaron a suavizar la verdad. En la hora del dolor, no ocultó quien era. Era el Mesías, el Hijo del Dios bendito. Había venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Era Rey, pero de un Reino que no es de este mundo. Tampoco se apartó de su misión. Había venido a vencer el mal, haciendo el bien. Lo hizo hasta el último instante de su vida, preocupándose de su discípulo Juan y de su madre, la Virgen María; pero también del ladrón que lo admiraba y que alcanzó a arrepentirse, a quien le prometió el paraíso; como asimismo de quienes lo tenían en el suplicio, condenado a morir con atroces dolores. Por ellos rogó al Padre, pidiéndole que tuviera a bien perdonarlos, porque no sabían lo que estaban haciendo.

Selló su vida, amándonos hasta el extremo de entregarla por nosotros. Selló su obra, reconciliando a la humanidad con Dios, y abriendo ese espacio interior que es la nueva alianza, la alianza de paz entre los seres humanos y Dios, nuestro Padre, y entre todos nosotros. Y Aquel que era y es el más valioso regalo del Padre a la humanidad, Aquel que era, que es y que será la Buena Noticia de nuestra historia, no permaneció en el reino de la muerte. Con su resurrección nos dio una noticia de incalculable valor: la muerte y el mal no tienen la última palabra. Fuimos creados para el bien, la verdad, la vida, la felicidad y la paz. Ése es el proyecto de Dios. En su realización emplea toda su sabiduría, su ilimitada misericordia y su gran poder. Nos invita a trabajar con él para que alcancemos lo que esperamos con toda el alma.

Con convicción proclamamos los cristianos este mensaje de paz y de bien en esta hora de nuestra patria. No nos confundamos. El mal, la falsedad, la desunión, la infidelidad, la injusticia, la corrupción, los abusos deshonestos, la drogadicción y la violencia, no tienen el poder que necesitarían para vencer sobre el bien. Nuestra convivencia está sostenida por tantos hombres y mujeres laboriosos y de bien; por tantos jóvenes que van al encuentro de Cristo y de los necesitados, extendiendo la solidaridad; por tantas familias que dan lo mejor de sí para ser santuarios de la vida, de la confianza y de la paz; por ancianos que han atesorado su experiencia con sabiduría y bondad; como también por la alegría de incontables niños, que esperan mucho de sus mayores. En esta red social, es tanto lo que se hace por anunciar los caminos del Evangelio, y son tantos los trabajadores y profesionales que se esfuerzan por hacer su labor, apoyándose en grandes valores y buscando el bienestar de la sociedad.

En una palabra: son innumerables las semillas de vida, de verdad y de bien que han llegado hasta nosotros porque Cristo resucitó y es el Señor de la vida. Busquémoslas, valorémoslas, colaboremos para que la atmósfera de nuestra convivencia no las dañe, sino que sea favorable a su crecimiento, de modo que fructifiquen.

Jesucristo se acerca día a día a nuestra convivencia, de igual manera como se acercó a los apóstoles reunidos en el Cenáculo esa primer domingo de resurrección. Nos expresa con mucha confianza, como el Señor que venció en el duelo entre la muerte y la vida: ¡La paz esté con vosotros!

De corazón les deseo su paz.

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