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Carta Pastoral "Lo que Dios ha unido"

MENSAJE DE NAVIDAD 2002


"El trabajo y los estudios del año están concluyendo con el cansancio de siempre. Algo habríamos equivocado si no fuera así. No habríamos trabajado con toda el alma ni habríamos estudiado a conciencia. Tenía que venir el cansancio. Y los últimos días antes de Navidad, cuando no ponemos al centro la esperanza y la oración del adviento, para preparar la venida de Jesús, sino nuestros deseos laudables, pero a veces desorbitados, de regalar y enviar saludos, acrecientan nuestra fatiga.

Pero este año nos pesa otro motivo de cansancio. Entre nosotros - y tal vez en nosotros mismos - ha cundido cierto desconcierto que es causa de tristeza. A ratos estamos confundidos, porque nos ahoga una maraña de problemas, de desencuentros, de malas noticias, aún de amenazas. Sobre el futuro cae la neblina. Disminuye la esperanza de bienestar, material y espiritual, y de paz. Nos confunden a veces las denuncias de oscuros homicidios y de brotes de violencia, la inseguridad laboral, las desavenencias familiares, la deprimente falta de entendimiento entre tantos políticos, la corrosiva corrupción, como también las redes de abusos de menores y de la droga. Y nos confunde en el horizonte la posibilidad de una nueva guerra de imprevisibles proporciones. Pero tanta confusión y tanta inseguridad nos invade, sólo cuando nos olvidamos de la fuente de esperanza que es la Navidad, y de su hondo significado.

Muchas veces Dios había contemplado desde lo alto nuestros desaciertos, nuestros propósitos violentos, nuestros desconciertos y nuestros males. Un buen día, por así decirlo, resolvió darle un vuelco a la historia, darle un nuevo comienzo. No lo hizo, implantando nuevas leyes para las conductas humanas. Tampoco, sólo pidiéndonos algo, por ejemplo, la superación de los egoísmos y las difamaciones. Tomó la decisión de regalarnos más luz, más confianza, más ardor interior, más vida, más amistad, más caminos de arrepentimiento y clemencia, más semillas de felicidad. En su corazón decidió darnos un nuevo impulso, transmitiéndonos su amor, su alegría, su benevolencia y su paz.

Y en lugar de enviarnos cosas, tomó la decisión de venir él mismo y de poner lo suyo en el corazón de la humanidad. Ya nos había profetizado su voluntad de hacer con nosotros una alianza de paz. También nos había revelado un secreto de su corazón, cuya realización lo involucraría personalmente: "Yo mismo apacentaré a mis ovejas; yo las llevaré a reposar" (Ez 34, 11). Recorriendo otros lugares de las Escrituras, lo pudimos entender mejor. Nos había querido decir veladamente: Yo mismo tomaré la iniciativa y vendré a la ciudad de mi siervo David. Yo mismo entraré a la historia, y seré pan bueno para los hombres, pan bajado del cielo, alimento para que el mundo tenga vida y esperanza (Jn 5, 33). Yo mismo seré la Luz que buscan, Luz que viene de lo alto, a fin de iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte; yo mismo guiaré sus pasos por el camino de la paz (Is. 9,1; Lc 1,79). Yo me haré presente como un niño, sin honores ni riquezas, sin otro poder que no sea el del amor. Me costará la vida, pero así abriré los caminos del perdón y la misericordia, de la justicia y del servicio abnegado, del amor a los pequeños y a los abatidos, del amor hasta el extremo. Y destruiré el mal, el que siembra mentiras y calumnias, rencores, odios y enemistades, el daño incalculable de retribuir mal por mal, la locura de ocupar los primeros lugares a costa de la honra, de los bienes y de la paz de los demás. Destruiré el mal, sembrando la verdad y haciendo el bien, y entregándoles mi Espíritu, para que sean hijos de mi Padre y hermanos entre ellos, y puedan amarse como yo los he amado.

Queridos hermanos, en Belén fue acogido por su madre María y por San José. Los pesebres que tenemos en nuestros hogares, que admiramos en lugares públicos o que visitamos en las iglesias, muestran cómo fue recibido en este mundo: con cuánto cariño, con qué espíritu generoso y contemplativo, con qué delicadeza y con cuánta disponibilidad para atender sus deseos y apoyarlo en su misión. Después llegaron los pastores llenos de alegría. Lo encontraron al igual que nosotros: en la pobreza del pesebre, con María y José (Lc 2, 16). Habían llegado hasta él por el anuncio de los ángeles, que proclamaban la gloria de Dios, y la paz que inundaría a los hombres que lo recibieran (Lc 2, 13s).

Acojámoslo a él, que es nuestra paz. Acojamos su amor, su ejemplo, y sus caminos de esperanza. Nos alejan del desconcierto. No vivamos confundidos ni en sombras de muerte. Dondequiera que vivamos, con quienquiera que estemos, seamos con Jesús constructores de la paz.

A todos les deseo una muy feliz Navidad".

 

+ Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago

Santiago, 24 de Diciembre 2002

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