USA y Libre Comercio: nos usa o los usamos

Tras la asunción de George Bush a la presidencia de Estados Unidos, la firma de un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Chile se ve mucho más accesible. Al menos eso se puede concluir de las intenciones planteadas por su gobierno y de las primeras medidas y directices que ya están en marcha por parte de los negociadores de ambos países.

05 de Febrero de 2001 | 10:30 | Columna de Opinión por Walter Sánchez
SANTIAGO.- El gobierno y la oposición cifran demasiadas esperanzas en un acuerdo con Estados Unidos. Es el segundo intento desde que asumió la Concertación y le serviría como un maná caído del cielo para dar optimismo a un ambiente de incertidumbre y en un año electoral.

La oposición también mira con más simpatías este acuerdo con Estados Unidos que el del Mercosur y, por lo tanto, legitimó el giro de la diplomacia del Mapocho para mirar hacia el Norte. El sector privado, con el TLC, tiene una mirada moderada y algo que poner sobre la mesa que no sean frases de pesimismo sobre el futuro económico del país. Eso es lo que aparece al observador independiente y en un mundo de apariencias; esa es la realidad política.

El dilema planteado a los chilenos es si a Estados Unidos es posible usarlo o el Tío Sam el que nos usa. Ni uno ni lo otro. Veremos porqué.

La oferta de Clinton a Chile fue como la del Padrino: imposible de rechazar. Para salir bien parado de este callejón se necesita que ambos países ganen en esta negociación que se inicia, y para ello deberían ser capaces de crear algunos valores o dividendos comunes, que los haga buscar intereses compartidos y en los cuales ambos sean ganadores, o al menos anticipen sus pérdidas.

Más que negociar posiciones o tratar de ganar a cualquier precio, conviene buscar intereses recíprocos, hacer alianzas estratégicas, hacer redes con los consumidores y electores de algunos estados, mostrando algo que a las partes les sea atractivo y apetecible. Si la fórmula de persuadir y crear incentivos comunes todavía no se encuentra, por ahora operan los mitos y estos tienen la virtud de explicar con argumentos simples asuntos muy complejos.

Como hasta el momento no se ven claros cuáles serían las expectativas compartidas por la partes y sus utilidades, abundan declaraciones bonitas y pensamientos deseados. En breve, varios mitos que resumo a continuación:

1.- Un TLC podría lograrse con Bush, porque es un asunto de familia. Lo prometió el papá Bush y lo terminará su hijo. Es el honor de la familia el que se juega. Si bien hay algo de verdad en esa afirmación, no es suficiente.

2.- Estados Unidos debe mostrar al Continente otra cara que no sea punitiva, como es el Plan Colombia, y por eso desde Washington un TLC con Chile serviría para compensar algunas consecuencias negativas de ese plan.

3.- Después de los acuerdos con Jordania y Singapur, conviene hacer algo con los vecinos naturales, en especial con Chile, un aliado estratégico en las políticas de apertura y desregulación auspiciadas por los Estados Unidos.

4.- Si bien el embajador de Estados Unidos lo ha negado, se dice que la eventual compra de aviones norteamericanos sería la ganancia neta para ambos países. También sería una forma de mitigar los dolores provocados por las desclasificaciones de la CIA.

5.- Estados Unidos necesita llegar en abril con un esquema de ALCA avanzado a la III Cumbre de las Américas a realizarse en Canadá. La forma de un TLC con Chile fijaría el paradigma de un eventual ALCA con la región.

6.- Bush necesitaría mostrar algo concreto en su primer año y la firma de un TLC con Chile sería una inversión de bajo riesgo. Lagos vería con buenos ojos una foto firmando un TLC, sobre todo en una año electoral. Si bien es cierto que Estados Unidos es nuestro principal socio comercial, el TLC nos conviene porque tendremos más intercambios a menos costos, más certidumbre con medios de arbitraje claros, nuevas inversiones y tecnología para ser competitivos.

7.- La economía chilena ha dado pruebas de crecer y ser menos insegura que otras, lo que se traduce, en último término, en que con Chile se hacen buenos negocios y si los demás lo imitan podrían ser invitados al mismo banquete.

Hay otras fábulas que circulan en los ambientes donde se ha debatido el tema. Brasilia nos criticó de oportunistas, con cierta razón, y creen que el giro de Chile hacia el norte fue producto de la presión de EE.UU. -que con ello desbarató la estrategia de Itamaraty- que buscaba lo contrario: primero el Mercosur y segundo el ALCA.

Al final, detrás de cada uno de estos mitos hay parte de verdad, pero lo que explica el TLC es otra lógica de poder nacional. El argumento más convincente es que el TLC es un símbolo que expresa con excelencia la estrategia de inserción múltiple de Chile a la globalización y a la nueva economía. Esa es la verdad de fondo detrás del TLC y por eso lo hace atractivo para el gobierno y la oposición. Pero esa ambición crea temores en sectores que podrían verse afectados por el acuerdo e incluso sus detractores ya se están organizando.

El TLC es un "upgrading" como esfuerzo país. Chile usará y será usado. Lo importante es que la excelencia anterior de gran promesa y gran olvido, se aproveche. Incluso en Chile algunos privados ya enviaron "lobbistas" y se preparan otras avanzadas para reconocer terreno y ver -quién es quién- en el proceso negociador.

La Cancillería también prometió preparar mejor a sus embajadores políticos e impulsar nuevas modernizaciones, que cada vez son más urgentes. Su nivel de coordinación con otras agencias del sector interno y externo, inclusive la defensa, será vital para un buen desempeño político.

El tema del TLC es en esencia político y supone alterar el status quo, lograr más capacidad de influencia y liderazgo. Un "upgrading" cualitativo mejorará la oferta país como un todo para negociar con sentido país y mejor que antes.

Ya se hicieron dos rondas de negociaciones y los aspectos técnicos se han debatido. Los desmalezadores ya limpiaron el terreno y ahora debe hacerse una apreciación político-estratégica y un reposicionamiento país para medir los costos y beneficios de un TLC.

Llegó la hora de hacer realidad una Política Exterior con vocación de país, donde lo que se discute y se firma en los salones sea debatido a puertas abiertas con la sociedad civil, el Congreso, las regiones remotas y también a puertas cerradas, en la pieza del lado, en estrecho contacto con los afectados.

Si se plantea esta negociación, como el logro de un plus político y económico como país, donde los que usan y son usados, saben lo que van a perder y ganar, nadie podría restarse a este esfuerzo. Lo peor sería continuar perdiendo terreno al dar una imagen de país controvertido y polémico y caer en la arrogancia de decir "adiós a América Latina".

El TLC con México fue y es paradigmático. Esos países del Norte se conocen muy bien entre ellos. Salinas se adelantó y se logrará más de lo que él obtuvo. La alternativa sería que cada parte, ministerio o sector a espalda del otro, trate de obtener su propio "deal" según sus intereses creados o lograr un trato especial sin una visión de país. Ese camino sería no aprender la lección mexicana que fue corporativa y centralista.

Si Chile negocia desunido y descoordinado, para Estados Unidos es más fácil imponer un TLC más parecido al de Jordania, con sanciones laborales y ambientales. No se puede aceptar un TLC a cambio de un puñado de monedas y olvidar los intereses de la soberanía nacional.

Chile no debería apresurarse ni hipotecar su interés nacional, pero puede ser flexible en lo secundario. Llegar a tiempo es clave. El "timing" es la regla número uno. Por eso es urgente robar cámara, aunque sea un minuto en los próximos 90 días en Washington, sobre todo en los pasillos del Congreso y los staffers. Si Chile no entra en el radar de Bush y Robert Zoellick, ya pasó el tren de este año. El 2001 también es año electoral en Estados Unidos y la nueva fecha sería el 2003.

Tropezar con la misma piedra es fácil, sobre todo por la ansiedad del Gobierno. Ya aparecen signos de presiones indebidas desde el extranjero y el típico chaqueteo entre las agencias e intereses locales creados. Abundan los autodenominados expertos en Estados Unidos , y los ávidos "lobbistas" que esperan usar y a veces abusar de los ingenuos.

La carrera para llegar primero ya se inició, pero no se debe olvidar que lo que importa, para el bien de Chile y las futuras generaciones, es saber llegar.

Por Walter Sánchez G.
Ph.D
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