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"El clan polaco": La angustia de los "cercanos"

Si bien rechazan la idea de la marginación, los polacos que estuvieron en torno al Papa durante estos 26 años no dejan de estar apesadumbrados. En estos días, probablemente los últimos que muchos de ellos pasarán tras los muros del Vaticano, se agolpan los recuerdos de años y un sentimiento patriótico inextinguible frente al que consideran un héroe nacional.

06 de Abril de 2005 | 08:50 | Juan Antonio Muñoz H, desde Roma

Secretario personal de Karol Wojtyla, Estanislao Dziwisz.
ROMA.- Está fría Roma en esta primavera que comienza. El sol es luz pero no calor y las golondrinas que suelen llenar los parques todavía no llegan. Todas las iglesias de la ciudad están abiertas; muchas de ellas, día y noche, como ocurrió ayer con la propia Basílica de San Pedro, dispuesta para que los fieles rindan su postrer homenaje al Papa y al Padre.

Antes del traslado de los restos, la sala Clementina sirvió de espacio para que algunas autoridades italianas y el cuerpo diplomático del Vaticano presentara sus condolencias. El esplendor del lugar, con los frescos de Cherubino Alberti, parecía desaparecer ante la imagen del Papa muerto, vestido con sus ornamentos. A pasos de la capilla, se oía un rumor de rosarios a media voz y algún llanto que fue imposible reprimir. Eran las cinco hermanas polacas del "Appartamento papale", tercera generación de las monjas que en estos 27 años han servido y amado a Juan Pablo II. También había otras religiosas vinculadas y fieles, pero era en el rostro de las polacas donde las heridas del dolor y la pérdida parecían más fuertes. En ellas, que lo cuidaron, que velaron sus noches, que cocinaron para él su rica tarta de frutas con la que le gustaba celebrar su cumpleaños.

Entre los ajenos la pregunta era qué será de ellas ahora. Y no sólo de ellas sino de toda la delegación polaca en el Vaticano, incluido el secretario personal de Karol Wojtyla, Estanislao Dziwisz. La respuesta no es fácil para nadie, pero lo que está claro es que nada será como antes.

“Ahora será difícil trabajar para nosotros’’, dice Jarek Cielecki, bautizado en la parroquia donde Juan Pablo II comenzó su trabajo como sacerdote y director de “Teleservice News”. Lo confirma también la tristeza de monseñor Pawel Ptasznik, jefe de la sección polaca en la Secretaría de Estado. Ambos piensan que no habrá dificultades reales sino que los problemas provendrán de su propio ánimo.

Ptasznik dice que durante el tiempo largo de la agonía, el Papa se veía "tranquilo, sereno, como un santo; pero nuestro entorno ya estaba agitado".

Agitado en el espíritu de los polacos cercanos, pero también desde el mundo exterior, donde hace ya mucho tiempo se especula de un "clan nacional polaco" al interior de la Santa Sede, con un poder imposible de igualar. Lo comenta a su modo la retratista del Papa, la rusa Natalia Sarkova, cuyo taller se encuentra en la plaza Barberini de Roma: "Para todos mis encuentros con el Pontífice tomé contacto con Don Estanislao. Si él quiere, tú puedes ver al Papa".

Cielecki desvirtúa la idea de la marginación. "No tenemos miedo de eso. Que todo cambie es algo absolutamente natural. Es necesario decir la verdad; vendrá un nuevo Papa y traerá su propio grupo de gente. Es su derecho. Debemos aceptar la voluntad de Dios. Imagínense que sea un latinoamericano; seguramente querría que su gente hable español. Nadie nunca dijo que debíamos quedarnos aquí la vida completa".

El silencio de los polacos y polacas vaticanos es una prueba de su discreción pero también de que su angustia es real. Una que se suma a la de la propia patria, todavía en vilo por esas palabras dichas por Juan Pablo II: "Mi corazón queda con ustedes", frase que ha servido para alimentar la esperanza de que el Papa pidió en su testamento ser enterrado junto a sus padres y no en las criptas vaticanas.
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