En el colegio San Ignacio, "contentos, Señor, contentos"

Éste es un testimonio personal. Porque si ya es difícil ser objetivo en el periodismo, intentar serlo en esta nota simplemente no corresponde. Así que como ignaciano que soy, acá les cuento cómo estuvo la fiesta en el establecimiento de Alonso Ovalle, donde alguna vez San Alberto fue alumno y profesor.

23 de Octubre de 2005 | 08:23 | Felipe Gálvez Tabach, El Mercurio en Internet
SANTIAGO.- Buena música. Comida, sonrisas, aplausos y abrazos por montón. Sólo alegría, y también reflexión. El Colegio San Ignacio Alonso Ovalle pasó esta noche "en banda". Eran las 07:00 AM y nadie todavía pensaba volver a casa. Nunca los niños habían querido seguir tanto rato en el colegio.

Hoy no había diferencias. Curas, profesores, apoderados, auxiliares y alumnos eran iguales. Y todos tenían un mismo motivo para festejar: un ex estudiante ignaciano, que además hizo clases y celebró misas en este colegio, era proclamado Santo chileno. Cómo no estar contentos.

Ya antes de las 22:00 horas de anoche, era imposible estacionarse cerca del colegio, en San Ignacio con Alonso Ovalle. Yo llegué tarde, pero no había apuro alguno. Lo importante era estar y querer pasarlo bien.

Vistiendo orgulloso mi viejo polerón del colegio, volví a caminar por esos anchos pasillos; a correr por las multicanchas de cemento; a pisar con un inexplicable cuidado las tablas llenas de historias de las salas de clases; todos lugares donde alguna vez Alberto Hurtado comenzó a formarse como persona. Donde descubrió a Dios. Donde comenzó a enseñar y dejó un legado eterno, que hoy identifica al ignaciano.

Pero esta vez fui un poco más allá. Porque como había una fiesta, se organizó una visita especial a la pieza del sacerdote jesuita, aquel lugar de murallas blancas corroídas por el paso del tiempo, donde, sin lujo alguno, aún es posible ver los antiguos muebles y el catre donde a veces descansaba. También su Biblia, rayada con lápiz mina con apuntes y reflexiones de su propia mano. Sencillamente conmovedor.

Misión de patroncito

Mi relación con el padre Hurtado se inició el mismo día en que me convertí en alumno del San Ignacio. Su nombre resuena en cada rincón del colegio. Nadie teme repetirlo muchas veces, porque es a él al que queremos seguir.

Más ahora que es Santo. Cómo no estar felices.

La liturgia del padre Alejandro Longueira nos hizo reflexionar bastante, pero también nos motivó a cantar sin miedo al desafino. Y los aplausos y abrazos se repetían a cada momento. A pesar de eso, nadie tuvo problemas en aguantar las horas de la vigilia.

Nadie salvo los niños. Los pequeños "ignacianitos" agradecían a sus padres la preocupación de llevarles sacos de dormir, frazadas y cojines. El gimnasio, entre las 02:00 y las 04:00 era casi un albergue, así como esos que ideó una vez Hurtado para acoger a los que no tenían donde dormir.

En una de las canchas donde el Santo corrió y jugó fútbol como alumno, ahora dos mediaguas y una camioneta verde, como la del padre Hurtado, pero modelo Chevrolet, servían de escenografía para retratar la vida de aquellos a los que protegió. En medio de un acogedor ambiente de pobreza, se realizaban la confesión y se compartían reflexiones en torno a la figura del sacerdote.

También hubo una charla en grupos, donde la pequeña Ana de 10 años nos aseguró que de aquí a 2025 no habría más pobreza en Chile. ¿Cómo?, le preguntamos entre asombrados e incrédulos. "Porque para ese año los adultos seremos nosotros y como ahora estamos aprendiendo del padre Hurtado, entonces haremos las cosas mejor", respondió con una convicción que nos hizo sentir culpables. Pero claro, es justamente por los niños que San Alberto realizó gran parte de sus esfuerzos. Por sus "patroncitos".

Canto, baile, emoción

La transmisión televisiva desde Roma, a través de dos pantallas gigantes, concentró la atención de un gimnasio repleto. El silencio y nerviosismo inicial, sin embargo, se rompió apenas apareció la imagen de Hurtado en un pendón colgando de la sede del Vaticano. Eran explosiones de júbilo. Más aún cuando el Papa Benedicto XVI lo nombraba, con ese acento tan italiano, y cuando aparecían los chilenos que tuvieron la suerte de estar allá.

Pero no había envidia. Sólo había alegría. Desde acá enviamos gritos de apoyo, flameando banderas chilenas y también amarillas con la "S" y la "I" de San Ignacio. La oración del sacerdote jesuita se repitió varias veces, así como el himno oficial de la canonización y el del colegio que terminó con el clásico grito del "San Ignacio, colegio San Ignacio", pero ahora entonado con mucha emoción por los alumnos mayores – y ex alumnos como yo o Edison o Jerónimo o tantos otros de generaciones pasadas con los que compartimos la misma pasión: somos hinchas de Alberto Hurtado.

La fiesta no paró, incluso después de que Benedicto XVI oficializara el nombramiento. Ahí siguió con más fuerza, con mucho baile, con más abrazos y hasta con lágrimas de emoción. Fue como una catarsis de un colegio completo, colmado esta vez no sólo por alumnos y profesores, sino también por papás y mamás y gente que simplemente quiso festejar a Hurtado en la que fue su casa.

El 23 de octubre amaneció con un San Ignacio encendido. Como nunca. Y es que este día nunca más será igual. Porque las luces de la mañana, éstas que veo ahora mientras escribo estas líneas, traen consigo la noticia de que un ignaciano, un jesuita, un chileno, es un Santo. Cómo no estar contentos, señor, contentos.
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