Jaime Campusano: Profesor rebelde

Aunque lleve décadas enseñando el correcto uso de las palabras, este académico es de los que defiende la forma de hablar más coloquial de Chile. No por nada se ha encargado de reunir en sus libros los “shilenismo” y hasta el COA. ¿Será que su pasado hippie le permite abrir su mente a nuevas formas de expresión? Aquí, el profe nos revela su pasado más salvaje, siguiendo la Revolución de las Flores.

Por Ángela Tapia F., Emol
Mi. 06 de abril de 2011, 08:00
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Macarena Pérez, El Mercurio.

Macarena Pérez, El Mercurio.

“¿Sabe por qué este dedo se llama pulgar?”, pregunta en su departamento de Manquehue, rodeado de sus colecciones de opalina turquesa con tapa, el profesor Jaime Campusano. “Porque es con el dedo que se mata las pulgas”.

Es imposible no aprender algo nuevo de la lingüística, cuando se habla con él. Acostumbrado a enseñar por televisión la gramática, desde los años 70 que el profesor aparece corrigiendo la ortografía más porfiada de los famosos, siendo “un cultor del idioma”, como explica. Hoy por hoy, lo vemos estricto entre los jóvenes de ‘Yingo’ con el “dictado maldito” y, paralelamente, intenta analizar los nuevos chilenismos o “shilenismos”, como prefiere llamarlos él, en su columna de La Cuarta.

“Yo trabajo el ‘shilenismo’, de una patria llamada ‘Shile’, que para alguna gente se llama así. Hay dos naciones idiomáticas, una que es Chile, que es formal, culta, de gente que va a la escuela, a veces ABC1, y hay otra, donde la gente dice que se va a dar una ‘dusha’, y tiene pleno derecho a hacerlo”, explica, antes de mostrar orgulloso varios libros de su autoría, de entre los cuales destaca los últimos, un diccionario de COA, otro mapuche, y su texto más preciado, uno de gramática. “Es el sueño de cualquier profesor de castellano tener uno. Es que así uno está proponiéndole algo al idioma castellano, a la forma de hablar en Chile”, comenta.

Y esa manera de hablar es especial. No sólo sacando las eses de varias palabras, sino que también cuantas vocales se le puedan ahorrar a la lengua. “Es que aquí en Chile, la gente dice yo te ‘quero’, cuando es ‘yo te quiero’; ‘apreta’, y es ‘aprieta’; ‘hubieron’, cuando es ‘hubo’... ¡Y los plurales! Aquí es la única parte donde la gente tiene dos espaldas. ‘A mis espaldas está la catedral’, dicen los periodistas. Está el adverbio ‘nadien’, el verbo ‘jue (fue)’, o ‘arrímate al jueguito (fueguito)’. Hay problemas articulatorios que obligan a hacer una gramática castellana aplicada a Chile, y eso hice”.

-¿Está de acuerdo en acoger esas palabras?
“La forma de hablar hay que acogerla. Cómo se te ocurre decir ‘usted, no diga esto’, como otro colega mío. No puede ser. La gente que no ha tenido escuela, una pobladora de Calama, tiene pleno derecho a decirle a su hijo ‘Lusho, anda a buscar un barde (balde)’. No puede alguien ir a decirle ‘señora, que es ordinaria usted’. Hay que entender que el sha, she, shi, sho, shu viene un poco del mapudungún. Por lo tanto, es natural que exista en ciertos estratos. En cambio, en otros, por no decir ‘Lusho’, dicen ‘Lutcho’. Tampoco puede uno reírse de que la gente dice ‘erupto’, ‘colepta’, ‘picsa’. Mejor, uno lo pronuncia bien y que la gente vaya viendo que si lo dice ese viejito que sabe de gramática o que es un poco líder idiomático, así debe ser. Eso hago en ‘Yingo’.

-¿Qué le han dicho de su participación ahí?
“Mucha gente me dijo ‘¡qué ridículo haces en ‘Yingo’! Qué haces ahí, tú, que te vemos en la reunión de la Academia de la Lengua, que tienes libros de gramática’.
“Tengo muy buena percepción de los chicos de ‘Yingo’. Son tan tiernos. Cuando salen del rol de famosos, son tan humildes y afectuosos que a veces he llegado a pensar que, tal vez, les falta afecto de papá, abuelito, mamá, de hogar. Cuando llegas te ofrecen el asiento, se paran para que te peinen y te maquillen primero. Me preguntan cómo anda la guatita... Después del choque, todos me llamaron por teléfono. ‘Cómo estás viejito, tata, profe’. Cada uno preocupado. Y me ha gustado mucho eso, porque todo el mundo cree que son minas huecas y minos aprovechando su momento de cuarto de hora. La gente prejuzga, pero yo me he llevado una gran sorpresa. Yo pensaba que era un viejo de más”.

-¿Son un referente para evaluar los conocimientos gramaticales de la juventud de hoy? A veces tienen unos errores garrafales.
“Yo los pillé. Si llegan a tener la palabra buena cuando les hago el ‘Dictado maldito’, no llaman la atención. Saben escribir la palabra, pero la escriben mal porque así están un minuto más en cámara y los pelan toda la semana”.

-¿A usted le complica el tema de las arrugas?
“No, la edad. Yo tengo una suerte enorme, la misma que tiene Mario (Kreutzberger), Sergio Livingstone, Ricarte (Soto), Italo (Passalacqua), la poca gente mayor que está en televisión, que son contados con un dedo de la mano. Botaron a Javier Miranda, a Gina Zuanic, Gabriela Velasco, Patricio Bañados, que son personas que deberían estar ahí. Me encanta que aún en Chile haya gente que respeta las arrugas, las canas y las várices de uno.
“Obviamente, la gente nueva va olvidándose de las generaciones anteriores, eso es natural. Pero me da pena el matinal del 13. A Martincito (Cárcamo) lo quiero harto y a Tonka la encuentro muy simpática, pero había una tracalada de muchachos chicos, imberbes, gusto a leche, insípidos, sin ningún encanto, que me fui otra vez donde Camiroaga, que lo estimo porque ha sabido flotar”.

-¿Le da temor envejecer?
“No, porque lo comido y lo bailado no me lo quita nadie”.

-Le preguntaba porque la portada del diccionario mapuche que escribió el año pasado está bien photoshopeada.
“Sí, esa fotito es de Photoshop. Bendito Photoshop, porque a uno le saca las bolsitas y los dientes quedan más blanquitos. Después le ponen un puntito en el iris y los ojitos quedan claros, sacan la papada... Es marketing, porque así ofrecen el libro de un viejito con la cara maquillada, como sale en la tele, y no como anda todos los días. Yo entiendo eso, y está bien”.

-Volviendo a los programas de televisión, ¿cree que la gente de los medios aún tiene la responsabilidad y obligación de enseñarle a la gente en sus casas cómo expresarse bien?
“Así era hasta Raúl Matas, hasta Julio Martínez, hasta la época de los grandes locutores chilenos, el señor Hernán Pereira, Eduardo Brunner... Ellos educaban a las personas que escuchaban los programas en vivo de la radio”.

-¿Qué le parece el Presidente diciendo “tusunami” y “marepoto”?
 “Eso fue un lapsus”.

-¿“Cubrida” lo fue también?
“No, pero tenemos otros grandes casos de eso, no lo podemos culpar. El campeón de todos estos condoros idiomáticos, era el Almirante Merino que dijo que no se ha ‘escribido’ aún la historia. En el fútbol es igual. Algunos dicen que qué les vamos a pedir, pero creo que no tienen porqué hablar mal los futbolistas. De hecho, a mis amigos con los que converso, les digo ‘cuídate del ‘bueno’. No partas diciendo ‘bueno’ cuando te pongan un micrófono. No hables en tercera persona de ti mismo, como Martín Vargas’. Y así han ido aprendiendo bastante. Aunque ahora la mayoría de los futbolistas ya tienen, por lo menos, una carrera técnica. Han dado la PSU. Son más producidos, se enchulan más. Han mejorado la calidad”.

Preocupado de las malas palabras, el profesor asegura, algo indignado, que jamás dice garabatos y que está realmente consternado por la manera de hablar de las jóvenes estudiantes. Propone, en vez de tratarse de ‘huevonas’, ‘ováricas’. “Mucha gente cree que como ‘huevón’ está en el diccionario, se puede decir. Pero, ¿quién le ha dicho que el diccionario autoriza decir un garabato? Aparece ahí porque la palabra existe y al lado dice ‘vulgarismo’. También está ‘rechucha de tu abuela’, pero dice, clarito, ‘vulgarismo’. Es coprolalia”.

-¿Cómo podemos insultar con educación?
“Con bromas. Siempre a la gente antipática, les digo ‘por qué no te vas un ratito al molusco bivalvo de tu progenitora’, y me retiro. A la media hora se ríen. Hoy en día, un ‘tarado’, un ‘imbécil’, un ‘guachaca’ pueden herir a la persona. Así que lo mejor es buscar en el diccionario algún término que sea sinónimo de ignorante, de ridículo, estúpido, como bobo, necio, inicuo. En otros casos, pasa lo contrario. Una vez le dije a una persona que era la hija putativa de alguien y se indignó. A otro señor le dije que su esposa era experta en el arte culinario y también se sintió. ‘Usted no tiene derecho a ofenderla’, me dijo”.

-¿Cuál es su palabra favorita?
“Mi palabra favorita no es la que pronuncio seguido, como una muletilla. Es aquella que tiene una belleza interior. Me gusta mucho la palabra ‘sutil’. La encuentro llena de sutileza. ‘Cristal’, la encuentro bella. Pero mi palabra favorita es ‘Iquique’, emocionalmente hablando. Nací allá, me gusta esa ciudad. Soy tan iquiqueño que le pondría a mi hijo Iquique”.

-¿Cuál es su vicio privado?
“Tengo la colección más grande de los cantantes de rock de los años 50. Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Elvis Presley, Bill Halley, Brenda Lee... De rock puro, rock and roll, rockabilly, folk rock... Me encantan  todas las manifestaciones del rock americano de esos años”.

-¿Le traen buenos recuerdos?
“Sí, recuerdos de una buena música. El rock cambió el mundo, como los Beatles, como Presley, como Abba cambió el pop y ahora Lady Gaga hace lo suyo. Nosotros fuimos esa onda. Me sentí un James Dean. Me gustó tener una chaqueta de cuero y una motoneta. En esa época nos empezamos a destetar para ser menos tontos que nuestros hermanos, que tenían que decir sí a todo. Los americanos empezaron a soltarse y nosotros lo hicimos a través del rock”.

-¿Fue un rebelde con o sin causa?
“Con causa. Yo leía (Allen) Ginsberg, (Jack) Kerouak... Después me fui preparando para ser el hippie de los 60, viví la transición de la Revolución de las Flores. La disfruté, fui a Estados Unidos, me fumé un huiro. Fui a California, donde nació la Revolución, donde estaban The  Mamas and the Papas, Bob Dylan, Frank Zappa... Yo fui a vivir eso. Aquí en Chile, los huevones creían que eran evolucionados, pero no, había que ir a conocer cómo era realmente el movimiento, sentir a Jim Morrison, no escucharlo.
“Sentíamos que venía un mundo distinto, uno donde los viejos ya no iban a mandar, que el mundo no estaba regido por hombres con terno gris o café. Tenían que abrirse al jean, a los pata elefante, a la camisa floreada, aunque te dijeran ‘maricón’. Había que vencer cosas como que si tenías el pelo largo te dijeran ‘mariquita’, tatuarse la espalda...”.

-¿Usted tiene un tatuaje?
“Sí, en el omóplato. Es un escorpión. En esa época no era como los tarados que se los hacen para llamar la atención. Nosotros los hicimos porque significaba ‘la piel es mía’. En esa época no podías ponerte una inyección si tu papá no te llevaba. Pero no, este cuerpo es mío, incluyendo mi sexualidad, mi pelo, mi exterioridad, mi piel. Yo me pertenezco. Hay que tener respeto por el mayor, pero dejarle claro que no soy de él”.