Alberto Lerda: Los límites de la belleza

El prestigioso maquillador no solo ha trabajado con las mejores modelos, haciendo lo que ama, que es embellecer los rostros de la gente. También ha conocido en carne propia los excesos de la moda y la imagen, sufriendo anorexia y bulimia, creyendo que eran el camino al éxito.

Por Ángela Tapia F., Emol
Mi. 18 de abril de 2012, 08:24
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Sergio López, El Mercurio.

Sergio López, El Mercurio.

Dice que Kate Moss es un amor, que cuando la maquilló, supo llevarse bien con la famosa modelo inglesa, gracias a una amiga que hacía de traductora. Con Alessandra Ambrosio le fue igual de bien en conexión, cuando la exitosa maniquí lo eligió entre varios maquilladores para una campaña publicitaria que hizo en Chile. Podría decirse que Alberto Lerda (37, bonaerense), ha estado con las mejores. Pero no deja de comentar que antes de toda la producción hecha a ambas mujeres, reconocidas por su extrema belleza, llegaron al set como dos “chicas normales”.

Ha trabajado en al menos el 90% de las revistas de moda argentinas, y en los Fashion Week de Sao Paulo y Buenos Aires. Su trabajo en editoriales ha sido tan destacado, que hace unas semanas fue nominado para Mejor Maquillador de Editorial por la Cámara de la Moda española. Aquí en Chile, además de dar consejos y renovar los looks de varias mujeres en el “Buenos Días a Todos”, es el maquillador oficial de Natura, y divide sus días entre spots publicitarios y sesiones de fotos. No para, pero está contento.

Llegó hace ocho años a Santiago, escapando del corralito argentino y de un entorno que lo enfermó. Pensó en regresar a Italia, donde había estudiado su carrera con Pascal Firenze (el maquillador de Sofia Loren, Madonna, Monica Belluci, etc.), pero decidió probar en el país al que, como buen argentino, había venido a vacacionar desde siempre. “Los primeros seis meses fueron duros. Acá no era nadie y tuve que partir de cero”, recuerda Alberto.

Sin embargo, llegar a Chile fue un paraíso, con un gran porcentaje de sus mujeres habituadas a ir de cara deslavada o con un mínimo de maquillaje rutinario, que apenas revelara algún tipo de producción matutina. “El desafío es doble que al llegar a un país acostumbrado a maquillarse, y donde la mujer ya tiene su estilo. Ahí solo llegás a calcar lo que les gusta. Pero aquí hubo que imponer un hábito para que se vieran maravillosas. Y eso, hasta el día de hoy, ha resultado. Nunca he tenido quejas (ríe)”.

-Eso con las mujeres, pero, ¿qué pasa con el maquillaje para hombres? Para algunos de ellos, hablarles de eso es como decirles que se pongan un vestido.
“En Argentina, aproximadamente hace diez años que el hombre se está preocupando más de verse bien; se limpia la piel, se la tonifica, se la hidrata, usa contorno para ojos, bases livianas... Hay algunas líquidas que ni se perciben en la piel y la unifican, y allá es normal usarlas”.

-Pero aquí no es raro encontrarse con hombres que creen que por solo echarse perfume ya se están produciendo.
“Eso es extremo. Pero creo que pronto aquí van a comenzar a aparecer hombres que se cuiden, porque van a ver que la mujer se adelanta mucho. Es lo que pasó en Argentina, donde las mujeres avanzaron tan rápido que los hombres se empezaron a quedar atrás, y se dieron cuenta de que debían cuidarse y preocuparse de lo estético. Aunque bueno, allá está el morbo por eso, por estar flacos, espléndidos. A mí me pasó.
“Yo mido 1,81, pero llegué a Chile con 68 kilos. Era flaco, flaco, flaco. Talla 36-38 de pantalón. Todavía tengo guardado uno (ríe). Siempre tuve la maldita suerte de tener tendencia a engordar. Al ser hijo de italianos, mi mamá siempre fue de comida y comida y comida”.

-¿Por qué llegaste a ese extremo de delgadez?
“Porque hubo una época en que lo pasé pésimo, ni comía, porque en el circuito de la moda en Argentina te exigen ser flaco, verte bien. Y cuando venían a buscar a los maquilladores para dar entrevistas y notas, buscaban a los que mejor estaban. Es que era horrible estar en un desfile y que de diez maquilladores dijeran ‘vos, vos y vos’, y quedaran siete en un costado que no podían ir a la sala donde se hacían los backstage porque no encajaban en el perfil de ellos”.

-¿Acá no pasa eso?
“No, te aceptan tal como sos. Allá, si sos gordo o gorda, tienes pocas posibilidades de avanzar. La mujer argentina tiene que tener cola, tetas, cintura, meterse al gimnasio y ser lo más rubia posible, porque se supone que eso tiene éxito. El hombre tiene que ser musculoso, flaco, con una sonrisa maravillosa... Yo tengo la suerte de trabajar aquí, en fashion week afuera, hacer editoriales en Buenos Aires, pero yo ya no pertenezco al circuito de la moda en Argentina. Acá como, trabajo feliz, y a nadie le importa nada. No dicen ‘uy, estás gordo. No me servís’”.

-¿Qué tan grave fue lo tuyo?
“Yo pasé en un momento por bulimia y anorexia. Estuve quince días comiendo una galleta de arroz al día. Y los últimos cuatro días tomaba solo agua. Ya ni comía las galletas, porque pensaba que engordaban. Previo a eso, comía y vomitaba, hasta que mi mamá se dio cuenta de que algo estaba funcionando mal y empecé con un tratamiento. Tenía 24 años en ese minuto. Hacía un millón de cosas; trabajaba en las cinco mejores revistas de Argentina, que allá eran como tocar el cielo con las manos. Estaba muy feliz, pero me autodestruía por otro lado. Quería alcanzar más metas, y eso significaba dejar de comer si era necesario. En Argentina hay un universo inmenso de bulimia y anorexia por eso”.

-¿Y en Chile?
“Acá pasa que muchas veces se elige una modelo brasileña o argentina, porque la chilena -que puede estar en un peso perfecto-, no está extremadamente flaca como las otras. En algún minuto deberían tomar conciencia de eso y generar leyes que protejan a las mujeres en ese sentido. Me pasó varias veces, ver modelos en desfiles que comían del catering y a los cinco minutos las escuchabas que detrás de bambalinas estaban vomitando”.

-¿Tú cómo saliste de eso?
“Con tratamiento, psiquiatra. Para que te hagas una idea, yo, después de doce años, recién me subí a la balanza. Después del tratamiento, una de las primeras reglas era no pesarse, porque antes estaba todos los días haciéndolo. Mi problema duró como dos años; arrancó una cosa con la otra y se formó una bola gigante que nadie paraba. Mi concepto siempre era ‘no tengo hambre’. Este país me hizo muy bien, y que no existiera ese morbo tan extremo con el tema de la estética. Ahora estoy hecho un chancho, pero no importa (ríe)”.

-Pero eres feliz.
“Soy feliz, no tengo problema, pero sí me preocupo por una cuestión de salud. Así que arranqué con una nutricionista para hacer las cosas como se deben. Hoy tengo la cabeza distinta y ya no pienso tantas tonteras como antes. Tengo una familia maravillosa en Argentina, mi casa acá en Chile, trabajo en lo que me gusta, estoy en un país que amo, me va bien. Puedo seguir haciendo cosas, pero ya no estoy focalizado en querer ser el mejor a costa de mi salud”.

-¿Dónde está el límite?
“En saber hasta dónde uno puede tranzar su vida por la meta que quiere alcanzar. Tal vez, si yo hubiera seguido en Argentina al mismo ritmo que tenía en ese minuto, hoy podría estar muerto. Y, ¿de qué me hubiera servido? De nada”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Me encantan los bolsos, así que colecciono de todos los tipos, de todos los tamaños, y todas las formas. Debo tener setenta. Todo lo que tenga que ver para guardar, me encanta. Es una obsesión”.