Inspector Vallejo: Al otro lado de la ley

Para no pasar hambre se ganó la vida como vendedor de artesanías por toda Sudamérica, pero la policía lo tomó preso un montón de veces por trabajar así. El hombre que por años ha comentado casos policiales y consejos de seguridad a la ciudadanía en la TV, recuerda los años en que convivió con hippies y prostitutas que le ayudaron a salir adelante y cumplir su sueño, recopilar experiencias para escribir.

Por Ángela Tapia F., Emol
Mi. 25 de abril de 2012, 08:00
Más Ménos
Macarena Pérez, El Mercurio.

Macarena Pérez, El Mercurio.

José Miguel Vallejo cree en el destino, y que cuando llega la hora de morir, no hay nada que se pueda hacer para evitarlo. Está convencido de ello, después de contar al menos seis balas que lo rozaron en sus 20 años de trabajo en la PDI y de más de una anécdota que lo tuvo cerca de la muerte.

Una de ellas ocurrió hace mucho tiempo, cuando este hombre de 57 años había cumplido recién sus 20, y decidió agarrar un poco de ropa y recorrer Sudamérica a dedo por doce meses. Convivió con hippies, entre ellos, una brasileña que le enseñó a ganarse la vida haciendo aros y anillos de mostacilla. Fue apaleado por la policía, y durmió en más de un lugar que fue escenario de asesinatos, mientras él descansaba.

Su travesía, como cuenta, le sirvió como gran universidad para su profesión policial, y sobre todo, dirigiendo la Brigada Antinarcótico de la Región Metropolitana. “El destino me ayudó de una manera increíble porque pasé por mil pellejerías. Y varias veces miro para atrás y no entiendo cómo no me pasó nada”, recuerda.

Pero su inclinación por el peligro y las aventuras no tienen otro origen que su pasión por escribir. De los veinte libros que ha hecho hasta hoy, ha publicado seis, y todos basándose en los casos policiales que más le han impresionado. Y aunque admira a Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, asegura, que prefiere no leer novelas de detectives ni películas policiales para no caer inconscientemente en la imitación. “Soy más viejo que Carlos Pinto. Mucha gente me decía que yo lo imitaba, peor no. Yo soy anterior y vengo haciendo lo que hago en televisión -hoy en ‘Bienvenidos’- desde el año 84”, cuenta.

No le gusta decir dónde vive, porque su mujer se lo tiene prohibido. En más de una ocasión, y desde que apareció en “Sábados Gigante”, “Venga conmigo” y “Morandé con compañía”, relatando casos policiales, el inspector Vallejo recibió más de una amenaza en la puerta de su propia casa. “Lo más cerca que han estado de hacerme algo fue que me siguieron. Nunca me atacaron y nunca usé guardaespaldas, siempre anduve solito. A veces los delincuentes que andan en la calle dicen cosas para provocarme. Pero lo habitual es que se acerquen señoras a contarme sus problemas. Uno se queda con la sensación de que este país, realmente tiene mucha más delincuencia de la que las autoridades reconocen. Y al hablar con colegas, uno se convence de que las políticas de antidelincuencia, por largos años, han sido mediocres, por decirlo menos”.

-¿Debemos vivir con más temor hoy en día?
“Creo que el temor no es justificado, pero la desconfianza sí. Hoy usted puede ver a una persona inválida, solicitándole dinero en la calle. Pero muchas veces, la casa de esa persona está en mejor situación que la suya. Ése es nuestro país; uno confía y le da su monedita a quien cree necesitado, y no es así”.

-Siempre se tiende a culpar las diferencias socioeconómicas, entre otros factores, para justificar la delincuencia. Pero se supone que hoy Chile está mejor que antes, en términos de igualdad. ¿Qué pasa entonces?
“Es que hoy uno va a poblaciones y el rango que ellos tienen es equivalente, en muchos aspectos, al que tiene la gente de clase media. Tienen internet, cable, buenos televisores; mucho mejores de los que uno tiene a veces. Yo vivo en un sector modesto del sector sur de Santiago, y le puedo decir con certeza que la gente que uno cree modesta, tiene autos mucho mejores que el de uno, aunque los compren a plazo. Yo ya no creo tanto en esa pobreza, mucho menos como causal. En lo que sí creo es en que hay mucha gente que realmente es floja en este país”.

-¿La flojera es causa de la delincuencia?
“Claro. La delincuencia le permite ganar dinero sin necesidad de trabajar, y es la causa tangencial por la cual hay tanto delincuente. Si analizamos el modo de vivir de los delincuentes, veremos que son flojos, que tienen una vida holgazana, y eso significa que se levantan a las doce del día, y ni siquiera cuando ganan grandes cantidades invierten en su familia. Son enormemente individualistas. Invierten en sí mismos y usted los ve con zapatillas de muy buen precio, etcétera. Así que esa vieja costumbre nuestra de creer que el delincuente es así porque es pobre, está totalmente desestimada. Es porque es flojo y tiene hábitos negativos para nuestra sociedad. Lo lamentable, es que son demasiados”.

-¿Faltan policías?
“Creo que las políticas son erróneas, y lo digo respetuosamente. Los gobiernos invierten poco en la PDI y eso obliga a los fiscales, cuando se ven atiborrados, a requerir del concurso de Carabineros. Y con todo respeto, no se puede esperar la misma respuesta profesional de un funcionario que ha estudiado cuatro años y que tiene un título universitario, con la de un funcionario de Carabineros que, a veces, no tiene ni siquiera el 4° medio”.

-¿Cómo fue para su familia sus veinte años en la PDI?
“No vi crecer a mis hijas porque no tuve vacaciones o muy pocas. Eso lo que más me pesa de toda esta historia, porque me entregué en cuerpo y alma a esa profesión. Ahora disfruto de la vida de hogar que no tuve en esos años”.

-Su señora debe ser una mujer con paciencia.
“Sí, y aprendió a vivir con cosas como que yo no llegara en las noches, que a las 4 de la mañana fuera a ver un decomiso de drogas... Yo dormía con un walkie-tolkie, donde los funcionarios a mi cargo me comunicaban al dedillo cuánta droga decomisaban, cuántos detenidos había, y yo iba a verlos. Ésa es la diferencia; a mí me gustaba ver las cosas en directo, y creo que es el método que debieran seguir todos los jefes. Pero como hay algunos que son flojos, ni verifican lo que hacen sus funcionarios y ahí se produce la corrupción”.

-Hay un chiste que habla de eso, que decomisan diez kilos de droga y hasta la comisaría llegan dos con suerte...
“Justamente. Y es responsabilidad del jefe que no ocurra eso. Si no, que no sea policía y menos jefe.
“En la época en la que yo estaba en la PDI, 1995, la institución tenía un 80% de corrupción, así que para formar la Brigada Antinarcóticos, tuve que llevar a pura gente joven que no viniera maleada. Así de grave era. Al final, creo que me fui asqueado el año 96, pero hice bien. Afuera seguí ganándome la vida, y seguí emparentado con el tema policial. No me he arrepentido”.

-¿Alguna vez ha hecho algo fuera de la ley?
“Como me crié con una madre jueza que era muy honesta, siempre estuve muy dentro de la ley, así que no pasé por esa experiencia. Ni siquiera he probado drogas, habiéndolas tenido siempre cerca. Cuando di la vuelta por Sudamérica, vagué, conviví y compartí con consumidores de drogas y con la gente más variada, incluyendo prostitutas. Durante todo ese tiempo pude haber delinquido un montón de veces, pero no lo hice porque el afán que tenía en ese tiempo era el mismo que tenía al ser policía: ver y escribir, pero no participar”.

-¿Conoció en su viaje a personas generalmente perseguidas por la policía, que le prestaron una mano?
“Por supuesto. Recuerdo que estaba muerto de hambre en Bogotá y no podía vender artesanía porque la policía me apaleaba; me pillaban en la puerta de las iglesias y me llevaba a los cuarteles, era muy humillante. No podía comer porque no tenía qué vender. Estaba mirando en un restaurante, unas carnecitas que tenían sobre una parrilla. Y debí haber tenido mucha hambre, porque se me acercó una niña muy feita, de unos cinco años más que yo, muy humilde, que me preguntó qué quería comer. Yo le agradecí mucho y le pedí una longaniza. Después, me llevó al cité donde vivía, uno muy humilde y delictual. Ella era una prostituta de muy mala vida. Me acostó en su cama, no nos tocamos. Me dio de comer esa noche y me dejó dormir ahí. Salió a hacer su trabajo, volvió en la mañana y cuando me quise ir, me quiso pasar dinero, pero le dije que no aceptaba. Le dí un beso de mucho cariño y con más de una lágrima, porque el gesto humanitario que ella tuvo lo voy a recordar toda la vida (se emociona)”.

-Aún le conmueve ese recuerdo.
“Es que yo había estado en la puerta de las iglesias, en la época de Navidad, y los curas a los que les pedía dormir adentro, me echaban para afuera. Pero esa mujer hizo de buena samaritana. Fue alguien de quien menos espera uno ayuda”.

-Tras las últimas protestas, la figura de los policías se ha visto cada vez más afectada por golpizas y persecuciones que parecen injustas ante los ojos de algunas personas. Usted, que estuvo del lado del apaleado, ¿qué piensa de eso?
“Creo que si estos caballeros que apalean hubiesen vivido lo que uno, verían las cosas distintas. El joven, en el caso del estudiante, necesita un grado de comprensión, y uno debe marcar las diferencias cuando se tiene a un muchacho que está convirtiéndose en un vándalo y otro que está alegando por algo que considera justo. Al final, lo que uno ve es que la policía no tiene ese poder de medición. Recibe una orden y la cumple. Y si la orden es apalear, ellos apalean. Eso es lo malo”.

-¿Cuál es su vicio privado?
“Tengo una tradición familiar de alimentar perros vagos. Con mi señora y mis hijas lo hacemos desde hace mucho tiempo y hacemos el mismo recorrido semanalmente, donde vamos alimentando a perritos que han sido abandonados de la manera más cruel. Tenemos nuestras perritas en nuestra casa, siempre hembras, porque son las más perseguidas. Y si puedo llamar a alguien a que lo haga, hay que hacerlo. No cuesta nada dejar comida de perro por ahí”.