Antonio Campos: Confesiones de sexo, moteles y sex shop

Ha visitado tiendas de artículos sexuales en varios países y, como gesto romántico, lleva sus propias sábanas para ir a un motel. Aquí, el actor de “La sexóloga” analiza desde lo más banal a lo más profundo de la vida íntima.

Por Ángela Tapia F., Emol
Mi. 03 de octubre de 2012, 08:16
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Sergio Alfonso López, El Mercurio.

Sergio Alfonso López, El Mercurio.

"Ha sido un año bien redondito", dice Antonio Campos Di Girolamo, mientras juega con un mondadientes en su boca. El actor, hijo y hermano de colegas suyos (Cristián Campos, Claudia Di Girolamo y Pedro Campos), repasa lo que va del 2012 con bastante satisfacción.

Tras debutar como director en mayo, con una compañía recién formada, logró que la obra que dirigió -“El año repetido”, de la trilogía de Luis Alberto Heiremans, “Buenaventura”- fuera incluida en el Festival de Santiago a Mil del próximo verano. Además, en agosto se estrenó el largometraje “Bahía azul”, en el que participó junto a María Izquierdo, Catalina Saavedra y Mariana Loyola, entre otros.

Y si a eso se le agrega que ya va por su tercera teleserie, “La sexóloga”, tiene buenas razones para estar contento. Como cuenta, esta última producción le ha permitido ir agarrando más el oficio del formato televisivo, y mejor aún, es la segunda vez que comparte las cámaras con su mamá, en una misma producción dramática. “A veces me trae desayunito y todo. Es mi colega, pero es mi madre. Es una grande”, dice.

Su trabajo constante en televisión le ha permitido tener esa seguridad que todos aprecian en el plano laboral. Sin embargo, en su vida prefiere la incertidumbre. Le carga planificar cosas y si puede, se escapa solo o acompañado a donde se le antoje. De hecho, su último arranque de inspiración, cuando aún estudiaba teatro en la Chile, lo llevó hasta Ecuador, donde se quedó tres meses en la selva, conviviendo con indígenas, cosechando y cazando. “Fue una improvisación. Así de libre me creía”.

Pero aunque sus compromisos no le permitan hoy tanta aventura, ya tiene pensado irse por Latinoamérica con su polola, la actriz Sofía García. Obviamente, el lugar exacto no lo tiene claro, pero asegura que el concepto será “ni pachamámico ni burgués. Algo término medio, tranquilo; ir a la playa, pero también a la selva. Es rico quedarse tirado en la arena de guata al sol, pero es más gratificante ir con un machete por la selva”.

Mientras, las obligaciones en la ciudad lo mantienen entretenido con Lorenzo Núñez, su personaje en la nocturna de Chilevisión, donde interpreta a un cocinero talquino que queda perdidamente enamorado de Romina Carvajal (Bárbara Ruiz-Tagle), quien es dueña de un sex shop y de un motel.

Hasta el momento, se ha podido ver a Lorenzo maravillado con el desinhibido mundo que Romina le enseña -con disfraces de enfermera y colegiala incluidos-, pero pronto caerá en desgracia cuando quiera hacer más seria su relación, y su enamorada, simplemente, no esté ni ahí con comprometerse. “Lorenzo es ingenuo (...) Él se enamora de todo lo que aprende, ve y experimenta. Y, en buenas palabras, queda empotado y le cuesta pasar la página”, explica Antonio.

-Varias mujeres aconsejan ser así de osadas, como Romina, mientras otras, recomiendan ser más tranquilitas, porque éstas últimas son el tipo de señoritas que los hombres presentarán a la familia. ¿Cómo es la cosa?
“No me voy a mojar mucho el potito en esa pregunta, porque lo mejor y lo que yo necesito es un buen equilibrio. Para mí, mi mina loca y tierna, quieta e inquieta, es realmente muy atractiva, simplemente, por ser ella. Hay que hacer el esfuerzo de ver al otro como un entero. No lo digo como una utopía; si me haces pensar en la cuestión, es entretenido pensar que dos naranjas enteras se complementan, no una mitad a otra”.

-Sí, suena bien. Pero hoy estamos bombardeados de información que asegura que la sexualidad es parte trascendental en la vida en pareja.
“Es que sí tiene un papel que es tan importante que puede llegar a condicionar una relación. Pero es verdad que hay una sobre información, que es muy beneficiosa pero peligrosa a la vez. Somos seres susceptibles, y las historias que vemos en la televisión a veces forman paradigmas que terminamos creyendo. Desde el sexo, a que debo ser flaco para conseguir una mina o que necesito dinero y un auto bonito para conseguir amor. En eso, creo que le afecta sobre todo a las mujeres, más que a los hombres”.

-¿Lo dices porque ven a cualquiera haciendo un baile del caño? Algunas pueden compararse, sentirse fomes y piensan hasta que las van a gorrear.
“Claro, vienen las amenazas que uno se hace a sí mismo: ‘Va a buscar la cuestión en otra parte, es culpa mía’. No huevées, la cuestión es de a dos. Y si tu mina o tu hombre se te planta al frente y te hace un striptease, la raja. Eso va a ser por exploración propia, no porque responda al capítulo tres de ‘La sexóloga’. Hay que tener cuidado con las expectativas y las cosas que uno compra en los medios”.

-¿Qué hay de los hombres? A ellos se les presiona con teorías de tamaños, duración y la inalterable creencia de que siempre tienen que estar dispuestos.
“Hay tantos mitos, pero es responsabilidad de uno informarse bien. Sí hay una expectativa varonil que es la del macho alfa. Y si bien no todo el mundo lo busca, es entretenido el que lo encuentra, porque es atractivo. Uno quiere cumplir con las expectativas del otro, si parte de recibir placer es satisfacerlo.
“Pero insisto, aunque sea de manera externa, creo que la mujer tiene una presión súper fuerte con respecto a la apariencia, a la relación trabajo-embarazo, a las expectativas que se tienen ellas mismas. El hombre se va poniendo como el vino, supuestamente. Y a ellas, les llegó el viejazo”.

-¿Has ido a un sex shop?
“Sí”.

-¿De curiosidad o a comprar?
“Both (ambos). Siempre está esa sección donde uno pasa de largo... Si también me intimida la cuestión, pero me gusta que me impacte. Al final, me termino llevando un dulce de menta. He tenido la oportunidad de conocer tiendas en la capital y en otras partes del mundo, dándome cuenta de la cultura de ése lugar, si son más o menos audaces. Y es entretenido darse cuenta que con la vida sexual, en todas partes, se pretende lo mismo, que somos todos iguales. Es una necesidad básica de la raza humana, como comer”.

-Los moteles vendrían siendo los restaurantes. ¿Has ido uno?
“Sí, me gustan los moteles, el juego, el jacuzzi. A menos que seas un pequeño magnate, uno nunca tiene la oportunidad de usarlo y que la espuma te suba hasta el cuello. Y si eso conlleva a otras cosas, mira qué beneficioso. Voy, pero he llevado mis propias sábanas”.

-Precavido.
“Claro, es como un gesto romántico. Yo podría hacerlo en un estacionamiento (ríe)”.

-¿Has ido a un sexólogo alguna vez?
“No, pero mi hermana (Rafaella Di Girolamo) es sexóloga, y obtengo cierta información de ahí. Su pega es demasiado interesante, es más voyerista que la mía, y tiene una responsabilidad gigante”.

-Si es una necesidad básica, como comer, ¿qué crees que hace que las parejas tengan que recurrir a una terapia para poder tener una vida sexual plena?
“Es que para que cuajen los dos entes, tiene que ser muy perfecto. A veces existe la imposibilidad de comunicarse en todos los ámbitos posibles que puede haber o cosas que no se pueden destapar si no es gracias a un tercero. Así que un sexólogo puede ser muy beneficioso”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Sin ser rastafari ni nada, la marihuana. Lo digo por lo que pasó Fulvio Rossi; hay que desmitificar el vínculo que tiene la marihuana con la delincuencia. Antes, mi gran vicio era el cigarro, pero como determinación del Año Nuevo pasado, me propuse –en realidad fue idea de mi novia- un 2012 sin tabaco, y lo he cumplido súper bien. Siempre trato de buscar metas que impliquen un paso más al bienestar. Antes fue dejar de comer McDonald’s”.