Francisco Medina: Recuerdos de glamour, plumas y transformistas

El actor revelación de 2011 con su rol en “Cabaret” se repite el plato como maestro de ceremonia con “Tacones y algo más", el espectáculo de transformistas que pretende devolver al país el brillo, y la magia de los shows de antaño. Aquí el nominado al premio Altazor recuerda el Santiago de antes y despotrica, entre varias cosas, contra la falta de musicales y varieté en el país.

Por Ángela Tapia. F., Emol
Mi. 12 de diciembre de 2012, 08:19
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Sergio Alfonso López, El Mercurio.

Sergio Alfonso López, El Mercurio.

“La vida es un cabaret, my friend”, canta Francisco Medina (30) con un vozarrón en un café de Lastarria, recordando no solo a Emecé, el personaje que le dio una nominación a un Altazor 2012, sino que a veces las cosas en la vida no son como uno la quisiera, así que mejor ser feliz como se pueda.

Muerto de la risa, y a ratos casi tan histriónico como el maestro de ceremonias del Kit Kat Club, nos cuenta cómo pagó recién hace un mes su deuda universitaria, la que tras 10 años de egreso, había subido de 4 a 8 millones. La plata la había juntado con trabajos en la tele (como “Los exitosos Pells” y “Manuel Rodríguez”) y entre su ranking de notas siendo el mejor de su generación, su nominación al premio nacional y  sus clases de voz y galardones internacionales a su compañía, logró que le condonaran la mitad de la suma adeudada. “¿De qué me sirve haber sido el actor revelación en 2011? Igual estuve cuatro meses sin pega. La Cata Saavedra habló de eso, después de ir al Sundance por ‘La nana’: “Pero mañana voy a estar haciendo Los Venegas, porque tengo que pagar las cuentas del gas”’.

Pero tal fue la popularidad alcanzada por este actor y profesor de voz que nuevamente estuvo presente en un nuevo musical estrenado en el país, con La novicia rebelde, y hoy suma -además de su trabajo con su premiada Compañía Teatro Niño Proletario- “Tacones y algo más”, un show en el que nuevamente hace de maestro de ceremonias, esta vez, para presentar brillantes y estilizados show de transformistas, entre los que se presentan incluso un número de Los Hermanos Quintana.

La propuesta para integrar el show la recibió apenas hace unas semanas, antes de viajar a Milán a recibir el premio Teresa Pomodoro por la obra “El olivo”, y con la cabeza puesta en “El taller” y “El otro”, dos montajes que presentará en enero para el “Santiago a mil”. De sorpresa, lo contactó Marcelo Álvarez para pedirle que fuera el hilo conductor de un sueño que tenía: traer a Chile nuevamente la magia del varieté, con todo lo que eso implica: mucho dinero en bailarinas, trajes, piedras, brillos, plataformas y, por supuesto, plumas. De hecho, con un presupuesto de 100 mil dólares, solo en este último ítem se gastaron 20 millones de pesos.

“Me fui, volví y me encontré con esta maravilla. Sentí que tenía mucho que aprender. Es un privilegio ver cómo llegan tipos con pinta de skater o un overol, y después de un trabajo de artesanía, cambian completamente. Ellos buscan todo, hasta el último detalle, las pestañas, las técnicas de cómo arreglar su cuerpo. Los hermanos Quintana son totales. Con esponja se ponen cadera, poto, y con una huincha de embalar se hacen cintura. Es impresionante. Es un cambio interno tan profundo que se proyecta hacia afuera. Hacen el mismo trabajo que un actor”.

-Suena como toda una novedad entre los espectáculos que se ofrecen hoy en el país.
“Absolutamente, pero más allá de la novedad, presentar algo así en Chile -donde no existe este tipo de espectáculos-, representa acto político. Me ha pasado que muchos periodistas me preguntan por los travestis de este show, pero no son travestis, son transformistas. Entonces, por la ignorancia que existe y la discriminación, hacer esto hoy en día es un acto de denuncia tremendamente valiente. Es como decir: ‘Oye, estamos acá y lo estamos haciendo la raja’”.

-Has dicho que quieren devolver a Chile este tipo de shows.
“Claro. Todo este fenómeno de la cosa más revisteril se quiebra con la dictadura y los toques de queda, y ese vacío cultural nunca se recuperó hasta el día de hoy. En Argentina también se cortó pero lo recuperaron, por eso tienen 17 años de diferencia en cuanto a un público adaptado para musical, para revista, para teatro de humor”.

-Parece que hablamos de un Chile que ya no existe.
“Tengo un tío abuelo que es fascinante. El tío Mino, que tiene ya cerca de 80 años y se está quedando ciego. Siempre fue de puteríos, de caballos y apuestas, de tomar vino en cañita. A veces se desaparecía semanas y cuando volvía, decía que había andado por Chiloé. Así era. Me gusta preguntarle cómo era Santiago antes, y su voz chillona -como de ‘los Hueseros’- me cuenta que estaba la avenida Maipú, con las ‘casas de huifa’, la tía Carlina… Me cuenta de la Candy Dubois y el Blue Ballet. ‘Yo no he visto hombres más lindos que estos’, me dijo. Él tiene toda esa bohemia que Chile ya perdió. Ya no quedan espectáculos con la pluma, con este juego del glamour, el perfume, las marquesinas, e ir vestido especialmente para la ocasión”

-Pero la cultura de la vedette se mantuvo, ¿no?
“De vedettes, ¿quién podría ser hoy una gran vedette? La Marlen Olivari pudo haberlo sido, pero hacía un show revisteril vulgar. SI ves en Argentina, hay shows con cuarenta bailarines increíbles, veinte mujeres estupendas y entre medio  sale la Moria Casán, con 80 años, gorda como una vaca, pero el público la ovaciona porque es la gran diva. ¿Qué diva tenemos acá? ¿La Bolocco va a hacer un show así?”.

-Llevas dos musicales y ahora un varieté. Parece que te gusta jugar con esa nostalgia del Chile de antes.
“Es un privilegio estar en la novedad. Cuando me ofrecieron hacer ‘Cabaret’ varios actores, porque somos muy atroces, dijeron que me estaba pasando de la tele al teatro comercial. Y ahora, con ‘Tacones…’, decían que iba a quemar mi carrera por trabajar con transformistas. ¡Qué carrera, por favor! Si  José Sosa, que es uno de los actores más importantes de Chile, decidió actuar con mi compañía cuando se lo pedimos, ¡quién soy yo para decirle que no a un grupo de personas que está haciendo una cuestión a toda raja! Miro a estos grandes actores, como Alfredo Castro, que me cuentan que han actuado desde ‘Teleduc’, que han hecho funciones de circo. Pero hoy el exitismo del actor es ser el huevón que está en la tele y que le pagan cuatro millones de pesos por hacer nada”.

-¿Eres de esos que evitan la tele?
“Más que evitarla, soy súper selectivo. Hay veces que necesito plata y digo que sí. La tele es un tremendo medio pero está muy mal aprovechado, y cada día hay menos actores y más rostrillos, modelos y aficionados. Cuando me metí en ‘Cabaret’ me peleé con los productores porque, claro, ellos invierten mucha y quieren que se venda. Y lo mejor que se les ocurre siempre es poner un rostro de la tele a hacer la cuestión. Yo les dije: ‘Tú pones un rostro y me bajo del escenario. Tienes que poner a alguien que sea talentoso y que esté aquí porque se lo merece. Y con eso vamos a hacer que esto sea un buen espectáculo’. ¿Y qué pasó? ‘Cabaret’ ha sido el musical con mejores críticas. Por eso creo que hay que educar a los productores, a los directores y al público, para que dejen de ir a ver un pésimo espectáculo con unos actores horrorosos solo porque salen en la tele y quieren ver cómo cantaba o era en persona”. La calidad tiene que ser sinónimo de éxito, sino, no tiene ningún sentido”.

-¿Cuánto de glamour hay en tu vida? ¿Una copita de champaña de vez en cuando?
“¿Quieres glamour? Yo te voy a tirar glamour. He tenido la suerte de viajar mucho durante los últimos cuatro años, por pega. No soy un tipo de gustos refinados, pero si hay algo que me gusta hacer cuando estoy en otro lugar -como fineza, no sé-, es sentarme en un lugar donde la gente hable un idioma que no conozco, solo, con mi cámara de fotos, a comerme un plato exquisito. Me gasto plata en eso, para ponerme a mirar, a escuchar e imaginar qué está hablando el resto, y que se acerque alguien a preguntarme algo y decirle ‘i don’t speak english’, 'je ne parle pas français', o 'ich spreche kein Deutsch’. Es sentirse especial, es un regalo que me trato de hacer si puedo. Pero en la vida no me gusta mucho la champaña, prefiero un terremoto”.

-¿Te preocupas de vestir punta en blanco para los estrenos y eventos del estilo?
“Sí, por respeto. Cuando llegas a un estreno es tanto trabajo que hay detrás, lo sé en persona. Así que cuando me invitan a uno que me interesa ir, sé que la gente que está de fondo se ha sacado la chucha. Es como ir a una cita de amor. Te arreglas para ver su trabajo, demostrando buena disposición y respeto al colega que está en el escenario”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Me gustan las cicatrices, así que cada vez que me encuentro con una, si estoy con mi cámara, le tomo una foto. Me interesan porque en cada cicatriz hay una historia, generalmente una dolorosa, que modifica a la persona. Me gusta pensar cómo era alguien antes y después de tener su cicatriz. He visto en la cara, en la cabeza, en los brazos, las piernas. Es un poco enfermo, pero me gusta coleccionar cicatrices (ríe)”.

-¿Tú tienes alguna?
“Internas tengo muchas (dice con cara sufriente, a modo de broma), y por fuera, la del apendicitis. Me acuerdo que tenía como 12 años y le pedí al doctor que por favor no se notara mucho el tajo porque quería ser actor”.