Rafael Cavada: Los duros recuerdos de un reportero de guerra

El periodista asume que, tras tantos conflictos cubiertos personalmente, ha debido hacer terapia y refugiarse en su gente para tratar de superar el haber sido testigo de la peor cara del ser humano, la guerra.

Por Ángela Tapia. F., Emol
Mi. 24 de julio de 2013, 08:12
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Mauricio Pérez, El Mercurio.

Mauricio Pérez, El Mercurio.

Diez años se han cumplido ya desde que el nombre de Rafael Cavada quedó grabado en la mente de los televidentes chilenos que veían en vivo la caída del gobierno de Sadam Husein en la plaza Firdos. Era, sin duda, una de las imágenes emblemáticas del conflicto, junto con el bombardeo a Bagdad que dio inicio a la cruzada estadounidense por encontrar supuestas armas de destrucción masiva.

Arriba del tanque que empujaba la gigante imagen del ya difunto ex dictador iraquí, iba precisamente Cavada, un periodista chileno-uruguayo, nada menos que grabando todo desde un lugar más que privilegiado. “Fue muy raro todo eso. Lo dimensiono, pero aún no entiendo cómo se produjo”, recuerda el reportero. “Primero dispararon y la gente se bajó de todos los lugares donde pudiera llegar una bala. Después, los gringos, por seguridad, nos echaron. Pero negocié tres cajas de cigarro por quedarme arriba del tanque. Ahí tenía un mejor lugar para grabar, ésa era toda la ciencia”.

Después, a este profesor del ramo “Mundo Contemporáneo”, se le sumaría a su lista de adrenalínicos reporteos Haití, Libia, el Líbano, Pakistán, el tsunami del Sudeste Asiático, huracán Wilma y hasta Fukushima, con el temor mundial de una inminente explosión de su central nuclear.

“He hecho un camino largo”, dice este fanático por la noticia internacional, explicando que su interés por ir a meterse al medio de los bombardeos y desastres, es el gusto por el periodismo “químicamente puro” y por supuesto, su afán por hacer de todo, literalmente. Porque hay que recordar que hoy, además de conducir por tercera vez una temporada de “Aquí en vivo”, en Mega, se le ha visto rescatando delfines con Céline Cousteau (sí, la nieta de Jacques), haciendo de ‘nano’ en “La liga” y ahora último, reemplazando a Luis Jara en “Mucho gusto”.

“Es que me gusta hacer cosas. Creo que una de las razones que elegí esta carrera es que sabía que no iba a enfrentar una rutina”, admite.

-Pareciera que, en algunos casos, no te interesa mucho tu propia seguridad…
“No piensas mucho en eso. En lugares como Irak, uno mira desde dónde disparan o dónde están los tanques, y eso te da una suerte de ilusión de control. Es un recurso que uno usa para no volverse loco, porque si estuvieras preocupado de las cosas que te pueden pasar en un conflicto, no tendrías tiempo de reportear. Todos los que estamos en un conflicto así tenemos fe de que no nos va a pasar nada”.

-Los veteranos de guerra necesitan una terapia y mucho tiempo para poder recuperarse, si es que llegan a hacerlo. Un reportero de guerra, ¿tiene algún tipo de daño por todo lo que ve?
“Sí, y tengo mi terapia. Pasé por momentos muy desagradables. Pero (hace una pausa y sonríe) hay gente que me contiene. Tengo a mi familia, a mi pareja, mis sobrinos…
“Irak fue, sin duda, el lugar que más me impactó como conflicto. Ahí estuve en la primera fila, vi morir a un amigo, vi niños quemados… Después he estado en otros, donde lo que te impresiona es la reiteración: siempre niños, siempre mujeres y ancianos corriendo sin sus cosas, sin comer, sin agua, tirados al borde del camino. Es una cosa muy desesperanzadora”.

-Has dicho que tu trabajo es un poco cínico, que destruye tu vida personal…
“Sí, es un trabajo donde la cantidad de horas invertidas, versus la cantidad de resultados que ves no es proporcional. Al poner tu nota en pantalla, ¿a cuánta gente hiciste cambiar de opinión y pensar algo nuevo? Al final, defiendes lo indefendible. Esta pega te vuelve descreído, y es una lucha que eso no te gane”.

-¿Vale la pena todo el costo interno?
“No lo sé. Quiero creer que sí (ríe). Es que ahí está el periodismo químicamente puro. Vas  y entrevistas a una familia de diez personas que vive en una carpa al lado de una carretera, esperando que las organizaciones humanitarias les den ayuda… Al ponerlos en las imágenes, les estoy permitiendo que su voz se escuche algo más. También hay algo de adrenalina y algo de realización personal, al pensar en que los conflictos son los que cambian el curso de la historia de la humanidad.
“Supongo que no seguiré toda mi vida haciendo eso. Básicamente, porque los medios han perdido mucho el interés en estas cosas. Hace varias semanas cayó Egipto y no tuvimos ningún chileno allá. Nadie arriesga los seguros de vida o accidentes (dice riendo). A mí me habría encantado ir, pero tuve que reemplazar a Luis Jara en ‘Mucho gusto’”.

-¿Cuándo vas a escribir un libro?
“Algún día. Lo que pasa es que encuentro los libros autobiográficos tan aburridos… Es cierto que hay mucha gente que escribe y publica, pero eso no significa que eso quede bien. A mí me asombra  la patudez de mucha gente que publica libros. En mi caso, algún día voy a juntar el valor necesario… No quiero que sea algo que me dé vergüenza verlo en 10 años más”.

Rafael hace una pausa para mirar unas fotos de sus dos perros -“raza vagos”, según explica- que le mandan en ese momento por Whatsapp. “Los recogimos con mi novia de la calle. Uno se llama Jack, como Jack Sparrow, porque tiene un parche café en el ojo, y el otro Líber, por la carretera Líber Seregni de Uruguay, que fue donde los encontramos”.

Su polola, uruguaya, se encuentra en ese momento de visita en su país natal, por lo que el periodista es el encargado de sacar a sus dos mascotas a pasear por la mañana. “Cuando ella se fue, quedaron con la cara triste”, explica, agregando que el país charrúa sería un lugar ideal para retirarse, pero que a sus 45 años lo ve hoy como algo muy lejano.

-Te deben preguntar mucho por cuándo tendrás hijos, ¿no?
“Todo el mundo me tira tallas, pero nadie lo plantea en serio. O si lo hacen, no me doy cuenta. En eso soy muy uruguayo. Yo no le digo a nadie lo que tiene que hacer, así que no aguanto que nadie me lo diga a mí. Eso lo decidiremos mi pareja y yo, si estamos preparados. En general, los chilenos somos un poco impertinentes con esas cosas. ‘Oye, ya poh, ¿y pa’ cuando?’. Obviamente, me pregunto a veces por mi edad, y cuánto tendrán mis hijos cuando yo tenga 60”.

“Yo no me guío por la presión social. Mira a José Mujica, un hombre sin hijos, un revolucionario, ex guerrillero, que tiene una sensibilidad y una habilidad política increíble. ¿Viste lo que dijo en la Cumbre de Río? ‘Pobre no es el que tiene poco. Pobre es el que ambiciona mucho y nunca puede tener todo lo que ambiciona’. Tener cosas no es la felicidad, porque si no, te encontrás como yo: un viejo de setenta y tantos años pensando en cómo se me fue la vida’. ¡Wou, qué tipo, Dios mío!”.

-Y bueno para dar comentarios sobre Cristina Kirchner y su difunto esposo
“Claro, y después va y le dice a Cristina: ‘Y bueno, yo estuve en cana. Adquirimos un lenguaje carcelario. ¡Dale, Cristina! ¡Qué le vamos a hacer! ¡No te pongas así! (ríe)”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“De todos los lugares donde voy me traigo una piedrita. En ese sentido, tengo una vida armada de retazos de cosas; un recuerdo que me compré en Libia, otro en Siria, una piedra camino a tal parte… Pero un vicio mío, sin duda, es el café. Tomo todo el día. Tengo cafeteras y me traigo sagradamente café glaseado de Uruguay”.