La dura experiencia de un aborto espontáneo vista por un padre

Impotencia, aislamiento y la creencia de que su dolor jamás se compararía al que debe estar sufriendo la mujer, son algunos de los sentimientos que abordaron a un escritor cuando perdió a su hijo a solo 9 semanas de embarazo. “Ha sido el punto más bajo de mi vida”, confiesa.

Emol
Do. 08 de septiembre de 2013, 07:00
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“Fue como ser un espectador de mi propia tragedia”, así describe Ben Wakeling la pérdida de su segundo hijo, a las 9 semanas de embarazo.
Jess había llegado hasta la cocina, donde él se preparaba un café, para darle la noticia de que estaba embarazada. El hijo de ambos, Isaac, jugaba entre los pies de Ben. “Me quedé petrificado, con la cuchara en la mano”, recuerda él, tras escuchar las palabras de su esposa, llenas de temor.

Aún estaba latente el recuerdo del hijo que habían perdido la Navidad anterior; esa tragedia de la que Ben aún no se recupera del todo, y que lo motivó a escribir “How I Came to Hold You”, un libro que relata las historias de 17 familias que sufrieron la pérdida de sus hijos –antes de nacer o al poco tiempo de vida- y que lograron seguir adelante, superando el miedo a un nuevo embarazo.

En el caso de Ben y Jess, fue en la víspera de Navidad que comenzaron los problemas. Los repentinos sangrados en ella motivaron que la pareja fuera de urgencia al hospital, donde le recomendaron reposo absoluto. “Continuamos con la fachada de las fiestas por el bien de Isaac, que apenas tenía un año. Pero al ver las fotos de esa Navidad, del año 2008, se puede ver el miedo en nuestros rostros”, recuerda. Al día siguiente, de vuelta en el hospital, el médico confirmó que Jess había sufrido un aborto involuntario.

“No me acuerdo del regreso a la casa, para nada. Mi único recuerdo de esa noche es el de mi mujer llorando en los brazos de su mamá (…) Yo quería desesperadamente decir algo para que se sintiera mejor, pero no pude encontrar las palabras. Todo parecía muy cliché. Todo lo que podía hacer era abrazarla fuertemente”, relató Ben, ahondando luego en su propio dolor como padre, y cuyo relato apareció en el medio de su país, Daily Mail.

“Sentí profundamente nuestra pérdida, y estaba seguro de que la pena de Jess, al perder al bebé que crecía en su interior debe haber sido aún mayor. No había diferencia de que hubiéramos perdido a un bebé de “tan solo” nueve semanas. Era nuestro segundo hijo, íntegramente y amado”, escribió, explicando que ya que habían tenido un primer embarazo sin problemas, jamás se esperaron este duro golpe en sus vidas.

“La derrota fue salvaje. Y estaba sorprendido por la profundidad de mi dolor. No soy un hombre emocional; muy rara vez estoy molesto, y puedo contar con una mano las veces que he derramado una lágrima. Pero el aborto espontáneo de mi esposa ha sido el punto más bajo de mi vida. En privado, lloré por días. Después, en público, me reprimía”.

“Porque ésta es la gran diferencia entre hombres y mujeres; mientras ellas pueden confiar fácilmente en otros, los hombres son por naturaleza más privados. Y hablar de tus sentimientos con otro hombre, es tal vez el acto más tabú de todos”, dijo, agregando que luego de saber su caso, dos amigos le confesaron haber pasado por lo mismo en años anteriores.

Ben y Jess se acercaron a Sands, una asociación que ayuda a las parejas a sobreponerse tras la muerte de una guagua. Allí dice haber comprendido que es normal que el hombre piense que la mujer se lleva la peor parte, tomando en cuenta que el hijo se estaba desarrollando en su vientre, y esto provoca que el dolor masculino, y el sentimiento de responsabilidad de ser un apoyo para su pareja, hace que éste se aísle y reprima sus sentimientos. “Como sociedad, debemos darle a los hombres el mismo permiso de sufrir”, comentó una de las representantes del grupo de apoyo.

En la actualidad, además de Isaac, la pareja tiene dos hijos más, Noah, que nació en 2010 y Jemima, quien llegó a sus vidas el año pasado. Sin embargo confiesa que tanto él como su esposa piensan todos los días en ese cuarto hijo que se fue.

“Sin una tumba en la que pudiéramos enfocar nuestro dolor, sentí que debíamos crear un memorial físico para nuestro tan querido y añorado hijo. Así que una semana después de nuestra pérdida,  Jess y yo llevamos a Isaac al parque local y plantamos una pequeña rosa amarilla en la base de un árbol. Ahora, cada vez que pasamos (por ahí), me detengo para saludar al bebé que nunca tuvimos”.