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Matías Assler: El guapo actor lleno de fracturas y cicatrices

Lejos de su reventado personaje en “Vuelve temprano”, este actor es un sano deportista que bota su energía con escaladas y bicicleta. Eso ahora, porque en su niñez su espíritu inquieto le costó suspensiones y hasta la expulsión de un colegio.

09 de Abril de 2014 | 08:21 | Por Ángela Tapia Fariña, Emol.
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Sergio Luis Lépez, El Mercurio

Reventado, bueno para el alcohol y las drogas. Así es el personaje que Matías Assler (@matiasassler) interpreta en “Vuelve temprano”, siendo su debut en televisión, con un protagónico que, pese a estar ya muerto en la historia, mantienen aún en suspenso, a base de flashback, a todos los que siguen la nocturna de TVN y quieren saber quién mató a Ignacio Goycolea.

“A la teleserie le ha ido súper bien. Cuando entré estudiar teatro, mi meta era vivir de la actuación. Y hasta el momento, no me puedo quejar”, dice agradecido, un tranquilo joven de 24 años, con carita de bueno y ojos azules.

Es guapo, así que no pasó mucho tiempo desde que empezara a salir en pantalla para que las colegialas se le acercaran por montones a tomarse una foto con él. De momento, dice que eso no le molesta y que incluso aprovecha lo que entrega la televisión, para participar en agrupaciones sociales y ofrecerse él mismo a fotografiarse con mujeres, como lo hizo hace unas semanas, entregando flores en Baquedano, para Fundación Chile Unido. “Es rica esa alegría que le puedes causar a otros sin hacer mucho, haciendo tu pega no más”, agrega.

En la misma línea de modestia, y reflexionando un poco sobre el éxito laboral del que hoy disfruta, comenta: “Nunca he pensado que todo es mérito mío. Aparte de toda la ayuda de los profesores que tuve, la gente de producción de aquí, siempre he sentido que hay alguien arriba que me lo manda, que mi abuela o mi abuelo que fallecieron, me han tirado alguna ayuda”.

Sentados en el patio principal de su canal, conversamos con este inquieto actor sobre sus pasiones y el personaje que lo ha hecho famoso, en medio de una trama en la que hijos y padres parecen vivir una vida oculta unos de otros. “Los adultos también tuvieron 18 años e hicieron cosas que no le contaban a sus papás. Así que encuentro interesante que la teleserie toque eso, que no cierren sus ojos ni se hagan los tontos, creyendo que tienen hijos perfectos. Al final, lo único que uno generan con eso es alejarse”, asegura.

-¿Cómo te portabas tú? ¿Fuiste un hijo perfecto?
“Siempre me porté pésimo y me castigaban en el colegio. De chico fui bien revoltoso e inquieto”.

-¿Te echaron?
“Sí. De uno no más, eso sí. Pero era chico, cuarto básico. No hice nada importante; detalles, peleas, cosas así. Ahora lo veo, y pienso que echar a un niño de cuarto básico es un poco innecesario. Igual estoy agradecido, porque no me gustaba el colegio donde estaba, y por eso mismo me portaba mal… finalmente entré a otro, y hasta cuarto medio nunca tuve un problema… Bueno, casi…”.

-¿Qué hiciste?
“El primer año que llegué al colegio, se me ocurrió con unos compañeros llenar unas bombitas de agua con témpera y las tiramos desde el tercer piso a un estacionamiento que estaba afuera.  Era una obra de arte. No te imaginas lo bonito que se veía todo con los manchones de diferentes colores, alucinamos. El problema fue que no sabíamos que esos eran los autos de los profesores y después nos suspendieron y tuvimos que limpiar todo. Mis papás no estaban muy contentos en ese tiempo. Pero después ya crecí y caché que tenía que ordenarme un poco”.

-¿Te llevabas bien con ellos o fue una relación complicada?
“Yo vengo de una familia de papás separados, cosa que es muy normal hoy en día. De hecho, creo que el que hayan estado separados me ayudó a acercarme más a ellos. No tenía nada que esconderles. En mi caso, y dependiendo del problema, siempre tuve la opción de contarle a alguno de los dos. Si me había agarrado a combos, se lo contaba a mi papá, porque sabía que me iba a encontrar un poco la razón, y mi mamá me habría retado. Y si me habían pateado y tenía pena, se lo contaba a mi mamá, porque sabía que me iba a acurrucar, que era lo que necesitaba en ese minuto. Por eso, para mí, tener papás separados no fue algo malo. Creó una cercanía especial y así lo veo ahora. En su tiempo, obviamente, igual se rompió la familia y hubo minutos en que tuve miedo”.

-¿Miedo?
“Es que era el mayor y un día, cuando tenía como 13 años, entraron a robar a mi casa. Mi mamá me despertó y tuve que bajar a la cocina para apretar el botón de pánico, sin saber si los ladrones seguían ahí o no. Bajé con un bate de beisbol. Era un mocoso, no le pegaba a nadie, pero tenía que hacerlo. Por suerte no vi a los ladrones, ya habían arrancado, apreté el botón de pánico y subí temblando. Igual son cosas que te ayudan a crecer”.

Pero Matías no solo logró madurar, sino también vencer sus miedos. Tanto así, que hoy pese a las clavículas rotas o fracturas expuestas, nada lo detiene para dedicar todo su tiempo libre a subir cerros. “El deporte es algo que me gusta desde chico. Incluso llegué a ser segundo nacional en snowboard. Hoy, con el trabajo, a veces no puedo hacer nada en como un mes y ahí me empiezo a volver loco. Tengo mucha energía. Me gusta escalar, hacer trekking, kitesurf, andar en bici… Y ya estoy casi recuperado de una fractura expuesta del peroné, así que espero poder retomar el skate”, explica.

-¡¿Cuándo te pasó eso?!
“Todavía estaba en la universidad. Iba a clases en una moto y un auto no me vio y me chocó. Vi cómo se me salieron los huesos afuera del pantalón. La recuperación fue de un mes en cama y un año con muletas. Partí los ensayos de la obra de egreso en silla de ruedas y la terminé con muletas. Por lo menos pude egresar y sacar todo adelante. No me atrasé en nada y aperré como pude”.

-¿Eso ha sido lo peor que has pasado?
“En bicicleta, bajando un cerro, una vez me caí y me quebré la clavícula. Pero no fue muy grave. La recuperación fue rápida y en tres meses ya estaba escalando de nuevo. También me he fracturando un par de dedos cuando chico, pero no es nada al lado de lo otro”.

-¿Por qué seguir con esos deportes? ¿No te asustaron las fracturas?
“Dejé de andar en moto en la ciudad. Desde cuarto medio que era mi transporte –sí, era agrandado (ríe)-, pero cuando me pegué el costalazo no la usé más. En las calles de Santiago no hay mucha cultura con las motos, así que es un riesgo innecesario”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Colecciono piedras, conchitas y maderas que me encuentro en los cerros o en la playa o ríos. Mi pieza es como un nido, con cuerdas, como con raíces y cosas colgando. También tengo cortezas de árboles en el techo y mucho verde”.

-¿Y harta araña?
“No. Soy bastante limpio en ese sentido. Al principio creo que había, pero han ido desapareciendo. No puedo evitar traerme esas cosas de afuera. Voy caminando, encuentro una piedra bonita y me la llevo”.

-¿Te vas a escalar ahora?
“Sí, termino aquí, almuerzo y me voy a escalar al Arrayán todo lo que queda del día”.


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