Miércoles 2 de marzo de 2016

Hay cosas viejas en los medios (de comunicación) modernos. Estas letras que usted lee lo son. Varias de ellas datan de los comienzos de la escritura. Más viejas aún son algunas palabras, que ya estaban ahí cuando no sabíamos escribirlas. Y tan pretérito como las antiguas palabras es el horóscopo, que existe desde antes que inventáramos las letras. Hay presagios basados en configuraciones de estrellas y planetas compilados –en tabletas de arcilla con escritura cuneiforme– ¡hace más de cuatro mil años!
La astrología nació con nosotros y se complejizó a medida que mutamos de cazadores-recolectores nómades a agricultores sedentarios, y los requisitos sociales y económicos se hicieron cada vez más sofisticados. Al principio tuvo toda la lógica. Estábamos en el centro del universo y la conexión con el cielo era la continuación de nuestra relación íntima con el entorno. Los astros eran dioses. Y así como su devenir y configuraciones nos permitían conocer las fechas de los ritos de trabajo o celebración, asumimos que también codificaban mensajes sobre eventos o tendencias del futuro.
Este intento inicial de penetración en los secretos del universo perdura aun en el zodíaco. Los ejemplos son candorosos: Los signos "de agua" coinciden con las épocas de lluvias y crecidas en la Babilonia de hace cinco mil años. Leo, con la estación en que las manadas de leones se acercaban a los grandes ríos mesopotámicos y a sus ciudades. El planeta rojizo se asoció al dios Marte, a sangre, guerra y desgracia. Marte subiendo desde el horizonte es un mal augurio, en el cenit es ominoso, y poniéndose en el horizonte es un portento inquietante pero con buen pronóstico final. Son los principios de correspondencia de la magia empática, descritos por James Frazer en "La rama dorada", los que permiten entender el sentido y la coherencia de las conexiones astrológicas originales.
Pero, el mundo cambió. Las lluvias se alejaron de Babilonia. La precesión del eje de rotación terrestre corrió los solsticios de forma que el sol de julio no amanece en Leo, sino en Géminis y, sobre todo, la astrología parió a la astronomía y ésta a la física. Ellas sacaron a la Tierra del centro del universo, liberaron a los astros de sus dioses y limpiaron al cielo de esas fantasías.
Aun así, siglos después de que su base teórica y filosófica fue desmantelada, los horóscopos perduran. Hay algo llamativamente fuerte y peligroso en ello. Creo que la resiliencia se debe a que, aunque errada, la astrología sigue siendo para muchos una conexión accesible con el universo. En un mundo donde cada vez tenemos menos cielo, tierra, agua y, en general, menos naturaleza, el horóscopo es todavía una vía de contacto con aquello que nos trasciende.
Lo peligroso es que la conexión astrológica está basada en el pensamiento mágico: La misma lógica que justifica los supuestos poderes de los signos del zodíaco explica, por ejemplo, el supuesto poder afrodisíaco del cuerno de rinoceronte y que los tengamos al borde de la extinción.
Pero la exploración del universo nos regala hoy una visión diferente: somos protagonistas del drama épico de organización de la vida, que evolucionó desde formas simples hasta seres complejos con conciencia de sí mismos. Este nuevo escenario nos permite una síntesis empírica, no mágica, donde la Tierra y su ecosistema aparecen como tesoros que tenemos que preservar para poder transcender.
Dejar el horóscopo de lado sería, culturalmente, como soltar la mano del abuelo que nos ayudó a dar los primeros pasos. Sería una señal de maduración que nos permitiría, seguramente, no matar más rinocerontes por algo tan pueril como el símbolo que imaginamos en la forma de su cuerno.