Miércoles 25 de marzo de 2015

Sin duda, uno de los eventos científicos más importantes del 2014 fue la llegada de la misión Rosetta de la Agencia Espacial Europea (ESA por sus siglas en inglés) a su objetivo: el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko. El punto más intenso del viaje, que comenzó en 2004 y que recorrió 6.400 millones de kilómetros, lo marcó, en noviembre pasado el descenso de la sonda Philae hacia el cometa después de separarse de su nave madre Rosetta. Una gran cantidad de personas en todo el planeta estuvimos expectantes mientras Philae descendía hacia su objetivo, un evento que no estuvo exento de drama.
El "acometizaje" proveyó de fuertes emociones: los harpones que debían anclar la sonda al cometa no se dispararon oportunamente, haciendo a Philae rebotar dos veces antes de, finalmente, posarse a un kilómetro del lugar planeado. Como consecuencia de ello, el aparato no recibe suficiente luz solar para recargar sus baterías. Debido a esto, Philae recolectó información por sólo 64 horas y ahora está en estado de hibernación con la esperanza de que a medida que el cometa se acerque al Sol éste pueda revivir. Pero por mientras, Rosetta está orbitando al cometa recolectando datos cruciales para aumentar nuestro conocimiento de este tipo de objetos.
A pesar de los rebotes de Philae, la misión Rosetta fue un gran éxito para la ESA y un hito en la historia de estudios cometarios. Por primera vez se puso un satélite en órbita alrededor de un cometa, el que además lo acompañará a medida que éste se acerca al Sol y desarrolla su característica cola. Y también, por primera vez, se posó un instrumento en la superficie de uno de estos objetos.
Pero más allá de lo impresionante que, es desde el punto de vista técnico, esta misión, ¿qué es lo que se busca científicamente con ella? Está por cierto, en primer lugar, el interés intrínseco de determinar la estructura física y química del cometa y entender de manera detallada las transformaciones que éste va sufriendo a medida que se acerca al Sol.
Pero también hay otra gran meta. Los cometas son fósiles de la época de formación del Sistema Solar, remanentes prístinos del material que estaba presente hace 4.600 millones de años, y al estudiarlos podemos entender mejor las condiciones que existían en ese entonces.
En este contexto, uno de los objetivos más interesantes es dilucidar el origen del agua en la Tierra, uno de los elementos fundamentales para la vida. Por la posición de nuestro planeta en el Sistema Solar, no creemos que el agua haya estado presente en la Tierra cuando se formó. Una de las hipótesis es que el agua pudo haber sido depositada en su superficie o por cometas o por asteroides que impactaron en ella tras su formación.
Entonces, ¿cómo podemos tratar de comprobar la hipótesis de que el agua terrestre fue traída por cometas? Existen moléculas de agua más pesadas porque contienen hidrógeno con un neutrón además del usual protón en su núcleo. Esto es importante porque la razón (o proporción) entre el número de moléculas de ese tipo de agua y el de la normal es una característica que debiera ser igual tanto en los océanos terrestres como los cuerpos que los originaron. Rosetta midió esta razón en el cometa 67P y mostró que no es similar a la de los océanos terrestres.
Combinando estos datos con mediciones previas, podemos concluir que cometas como el 67P –pertenecientes a la familia de cometas Jovianos– no pudieron ser la fuente principal de agua en la Tierra, favoreciendo de esta forma la hipótesis de que fueron asteroides y no cometas los agentes que trajeron el agua. Así, el caso no está cerrado. Será necesario seguir investigando a estos pequeños habitantes de nuestro sistema solar para determinar si ellos son los responsables o no del origen de este elemento vital.