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ANIMITA DE LA MARINITA

El 24 de mayo de 1945 una pequeña niña aparece degollada en el Parque Cousiño, al pie de un árbol frente a la calle Antofagasta, entre la Avenida Beaucheff y la tribuna de la elipse. El cuerpo de la víctima presentaba heridas profundas en la región del cuello inferidas con arma blanca. La cabeza se encontraba casi completamente separada del cuerpo.

El hallazgo macabro ocurrió a las nueve de la mañana. Como a las doce horas se logró identificar a la víctima, quien resultó ser Marinita Silva Espinoza, domiciliada en calle Roberto Espinoza N°1641, de tres años a quien se buscaba a raíz de una denuncia de desaparición hecha por su padrastro Pedro Castro San Martín, a la Cuarta Comisaría de Carabineros.

A los pocos minutos de descubrirse el cadáver de la niñita acudieron al sitio su madre, doña Regina Espinoza Pávez, y el padrastro. Llamó la atención de la policía la tranquilidad de estas dos personas al contemplar el cadáver de la chica con la garganta cortada. Fue esta situación la que dio la pista para descubrir el autor del crimen.

En efecto, interrogada severamente, la madre dijo al poco rato que el autor era su marido. Éste, a su vez, fue sometido a otro interrogatorio, confesando con toda frialdad su terrible delito. Relató a la policía que desde hacia un tiempo venía planeando la muerte de su hijastra, a quien odiaba profundamente, pues, según dijo, era la causa de las frecuentes desavenencias entre él y su esposa.

Así fue como ese día 23 de mayo, poco después de las 18 horas, llevó a la pequeña al parque con el pretexto sencillo de dar un paseo. Esperó a que oscureciera, se internó con ella hasta el sitio que estimó y allí sacó un cortaplumas que había afilado premeditadamente. Tomó a la niña, que en esos momentos empezó a llorar y despiadadamente empezó a cortarle el cuello. Relató que a los gritos de la niñita introdujo más la hoja homicida hasta que hizo una profunda herida de la cual emanaba la sangre a borbotones. Ya la párvula no pudo gritar más y expiró. En seguida limpió el cortaplumas y sus manos en el pasto, y tranquilamente volvió a su casa dejando el cuerpo inerte de su indefensa y débil víctima entre los matorrales del parque.

ANIMITA

La muerte horrenda la convirtió pronto en animita en el mismo lugar, al pie del frondoso olmo del degüello. Empezó a ser conocida como la 'Animita de Marina Silva Espinoza', 'Animita de la Marinita', 'Animita del Parque' y 'Santa Marinita'.

Con el tiempo se levantó una glorieta con numerosas pilastras, rodeada de un muro bajo, que se cubre de placas. De las cruces una se destaca por tener en el centro una fotografía de la niña. En un mástil cuelgan juguetes: baldes, cascabeles, muñecas, zapatos de criaturas, lo que indica que las madres agradecen favores otorgados a sus hijos. Testimonios de males curados son muletas y zapatos ortopédicos.

Y siempre, los exvotos. Estos se renuevan cada cierto tiempo, y siempre testificando los milagros realizados de personas en mala situación económica, cesantes desesperados, mujeres que han perdido el amor y solicitan recuperarlo u otros infortunios que hieren el alma femenina; estudiantes en apuros y adolescentes enamorados no correspondidos forman la cofradía en torno a la pequeña martirizada.

La fe popular transformó a la menor en toda una 'santa'. Testimonios de males curados hacen a la animita de un culto. Le piden favores a cambio de pagarlos con velas, penitencias, oraciones y visitas.

Los días sábados y domingos asisten carretistas y jinetes de la hípica impulsados, tal vez, por la cercanía del Club Hípico y por el culto de milagrosa que se le rinde a esta animita.

Siempre hay personas acompañándola. Junto a los creyentes chilenos los hay de Argentina, Paraguay y Uruguay.

Penitentes vienen todos los lunes a verla. Colocan flores, prenden velas, recibe entre mil y mil quinientas diariamente; a la distancia se percibe el olor a cera quemada. Formulan sus peticiones, se escuchan alabanzas y se van.
Pocos conocen la real historia de esta tragedia y que este padrastro pagó su deuda en la cárcel y fue muerto por sus compañeros de celda. Así es la ley de los presidiarios cuando se procede con una menor.

(L’Animita, Hagiografía Folclórica, Oreste Plath, Editorial Grijalbo 1995)