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Faucett
titulo A diez años del accidente victimas fotos testimonios
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"Si yo la seguía buscando a través de los sentidos, y me desesperaba porque no la veía o porque no la escuchaba, iba a morir en ese intento. Tal vez estaría totalmente destruida", confiesa.

Bernardita nunca se permitió tomar un tranquilizante producto de una convicción profunda de que todo el dolor que ella estaba sintiendo era por el inmenso amor que sentía por su hija. Así, se dio cuenta que la mejor forma de salir adelante era entregándose a la pena, no haciéndole resistencia. A los seis primeros meses de ocurrido el accidente, había bajado diez kilos y sufría taquicardias.

Hoy, diez años después, está tranquila, en paz consigo misma. Ya no siente angustia y pudo alcanzar una quietud que le permite sentir tristeza, pero no una aflicción desgarradora.

La penosa tarea de reconocer el cuerpo

Recién en la mañana del 1 de marzo de 1996, la familia Jarpa Lagos se enteró del accidente y lo hizo a través de la prensa. A una breve nota en el diario que hablaba de un avión estrellado en Perú le siguió una cadena de llamados telefónicos confirmando que había muerto Carolina.

Al igual que otros padres, esa noche Víctor Manuel Jarpa no había podido pegar un ojo, angustiado de no tener noticias de su hija, quien había quedado de llamarlo un día antes. El grito que sintió su mujer esa mañana fue ensordecedor.

Su hija mayor, de 22 años, estudiante de Ingeniería Comercial en la Universidad Católica, no volvería nunca más a la casa.

"La Carolina era demasiado regalona suya. Eran sus ojos. Para él fue un impacto, un dolor demasiado fuerte, fue una cosa que no pudo resistir", relata su mujer, María Inés Lagos, quien siente que una parte de ella también murió con Carolina. Y Pese al terremoto que la pérdida de un hijo produce en el matrimonio, asegura que ambos se unieron más como pareja.

El día en que se enteraron de la noticia no hubo mucho tiempo para meditar ya que había que partir rápido a Arequipa. Los cuerpos de las 123 personas que viajaban en el avión Faucett habían sido trasladados a la morgue local a la espera de ser reconocidos por sus familiares, mientras desalmados lugareños saqueaban los despojos de equipaje.

María Inés dice que pensó ingenuamente que la reconocería fácilmente por la medalla que solía llevar colgada y el anillo de su colegio. También se acordó que el segundo dedo del pie era más largo que el pulgar, sin dimensionar que los cadáveres estaban destruidos.

La tarea fue para todos, sin excepción, desoladora. "Nos costó encontrarla. Tenía un golpe fuerte en la cabeza, lo que al final me tranquilizó porque había sido una muerte instantánea y no de sufrimiento", explica María Inés al recordar la traumática experiencia.

El único consuelo en esos momentos fue encontrar sus objetos personales. El bolso de Carolina estaba completo, casi intacto, incluso con los regalos que traía para su familia. Entre los obsequios venía un papagayo de madera para su madre, que los coleccionaba, el que todavía tiene las huellas de los golpes. La toalla de playa aún estaba húmeda cuando la encontraron doblada adentro de una bolsa plástica.

Cada una de las cosas las conserva como un tesoro junto a las pertenencias de su hija. Igual que el resto de las madres.

Un regalo del cielo

Pocos meses después aparecieron los rollos de fotos del viaje, lo que fue interpretado como un regalo que las víctimas enviaban desde el cielo. "Uno ve lo contentas que estaban, lo felices, eso es súper rico haberlo tenido", dice la mamá de Carolina.

Ya han pasado diez años y María Inés todavía sueña en las noches que está con su hija. Quisiera retenerla y no despertar nunca, aun sabiendo que eso nunca será posible. Pese a que el tiempo la ha ayudado a mitigar el sufrimiento, asegura que "es una pena que la vas recordando siempre", como un dolor con el cual se ha acostumbrado a vivir.

"En un principio pensé que de verdad nunca más me iba a reír. Tu sientes que tu vida, para qué…Hasta se me borró el mundo, se me borró mi familia, los otros niños. Pero también te ayuda mucho la gente, las amigas, la familia. Todo esto te va ayudando a salir adelante. Hoy día estoy viviendo una vida absolutamente normal, siempre acordándome de ella, en qué etapa estaría. La conexión con la Carolina no se pierde nunca. Siempre me está acompañando o le estoy pidiendo cosas. Siento que tengo un pedazo de cielo comprado, un terreno que me está esperando".

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