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Perfil psiaquiátrico de los fanáticos
Mentes que asustan
El Mercurio
Domingo 30 de Septiembre de 2001

El fanatismo no es un producto exclusivo del Medio Oriente. Un fanático puede vestir túnica, jeans, ser ario, mestizo, moro o cristiano. Sujetos para los que todo es instrumental a su idea delirante y estática. Cualquier método es válido para salirse con la suya en un mundo en el que lo que abunda son los enemoigos. Bin Laden no es el primero, y cómo van las cosas, no será el último.


FOTO DE ALBUM.- Osama bin Laden con 21 de sus hermanos en 1971, en un viaje de vacaciones a Suecia. La normalidad puede esconder la conducta de un potencial fanático.
Oscar Contardo

Don Ramón Mejía fue encontrado en estado de descomposición el pasado abril en su natal Guatemala. Durante semanas no ingirió ningún tipo de alimentos; ni siquiera agua se permitía tomar don Ramón. Silencioso y con una voluntad a toda prueba, se impuso un castigo que cumplió estupendamente. Murió de inanición. Su muerte no sorprendió a sus familiares, que dijeron a un diario local que "estaba muy absorto por la religión". Mejía llevaba una vida ejemplar. Ni un asomo de queja entre sus parientes o vecinos. Sólo que un día se alojó una idea en su cabeza, creció y terminó por convencerlo de que la purificación y el castigo eran necesarios. De allí nadie lo sacó.

Después de los atentados del 11 de septiembre, el presidente de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA, en sus siglas en inglés), Richard Harding, envió un mensaje a los académicos. Allí abordaba un tema que rondaba en el ambiente y que vinculaba ciertos rasgos de la cultura árabe con una tendencia al integrismo religioso. Soterradamente se le estaba achacando a una cultura la exclusividad de una conducta patológica. En su artículo, Harding dejaba en claro que los terroristas son tan musulmanes como cristianos eran los miembros del Ku Klux Klan. El problema no es étnico. El problema es mental.

El solitario Ramón Mejía, campesino nicaragüense muerto por inanición, tiene mucho en común con el millonario saudita de aspecto inofensivo que tiene a medio mundo en vilo. Ambos son hijos de sus ideas, y no al revés. Sus creencias los sobrepasan; entraron en conflicto con el mundo y transitaron de la normalidad al delirio. Mejía en su solitaria penitencia, Bin Laden en su guerra contra el satán de barras y estrellas.

En psiquiatría se habla de ideas patológicas cuando éstas no toleran cambio ni sufren modificaciones por la experiencia propia o ajena, "cuando se cree con certeza absoluta e incorregible", explica el psiquiatra Alejandro Koppmann. Esa idea puede no entrar en conflicto con el entorno. Entonces podemos tener un Marshall Applewhite, quien funda una secta en apariencia inofensiva, trabaja, paga sus cuentas y consigue seguidores. El conflicto surge cuando, contrariando toda lógica, el señor Applewhite da como un hecho que tras el cometa Hale Bopp viene un platillo volador que se los llevará a él y a sus seguidores derechito al cielo.

Lo que para el resto del mundo es un fenómeno astronómico, en la mente de este fanático es una señal divina. Un delirio que costó la vida de 39 personas a quienes Marshall Applewhite mantuvo abstemios, libres de drogas y castos hasta que el cometa se asomó por el cielo. Una idea seductora, absolutamente ilógica, elaborada por una persona a la que le costaba vivir en sociedad, mantener relaciones y para quien cualquier contradictor era un enemigo. Lo mismo que Hitler, Koresh o Bin Laden.

Aunque no existe algo llamado "personalidad fanática" dentro de la psiquiatría clínica actual, esta categoría puede rastrearse entre las definiciones que se dan a las personalidades paranoides. En 1923, el psiquiatra alemán Kurt Schneider describió a los fanáticos en su libro Personalidades paranoides.

Para Schneider existían aquellos que él llamó excéntricos, identificables por su intensa suspicacia que les hacía atribuir constantemente intenciones veladas a las actitudes y opiniones del prójimo. Otra categoría era la que formaban los fanáticos combativos. Aquellos que no se conforman con la desconfianza y el recelo, consagrando sus energías a la lucha activa para imponer sus ideas. Un fanático se ve a sí mismo sufriendo de injusticias permanentes y su vida es un litigio eterno.

Desde la década del 50, año de la segunda edición del libro de Schneider, la descripción única de las personalidades fanáticas fue decayendo. Alejandro Kuppmann, profesor asociado de la Universidad de Chile, explica que actualmente el fanatismo forma parte de la descripción del subtipo paranoide. Con esta patología comparte rasgos como la excesiva desconfianza y el sentimiento de amenaza constante.

"Muchas de las estructuras fanáticas caen dentro de lo que se llama personalidades querulantes", agrega el psiquiatra Ramón Florenzano. Ya no se trata de sujetos simplemente conflictivos que defienden su idea con fuerza, sino de personas que pierden toda prudencia y pueden llegar a ser destructivos por defender su idea.

En términos psicoanalíticos, son personas con una patología en su superyó. Su apego extremo a las normas les impide flexibilizarse y ponerse en el lugar del otro. "No se dan cuenta del daño que provocan, en la medida en que tienen este superyó que los obliga a cumplir con sus objetivos hasta el fin: esto es destruir verbal, moral o físicamente al que él piensa como su enemigo", explica Florenzano.

Sexualidad perversa

Ritos matrimoniales que sustituyen el vals por los golpes, prácticas como la "prostitución santa" o derechamente la pedofilia rondan constantemente las sectas, la organización que más fuertemente se liga a los fanáticos. El sexo aparece entonces como un tema recurrente. Un vínculo que puede comprenderse desde el punto de vista freudiano.

Para Freud, las grandes motivaciones de la vida son la agresión y el sexo. Cuando éstas se desarrollan bien y funcionan integradamente se complementarán de una manera constructiva. Si la fusión es desordenada, el placer que se puede llegar a encontrar en la destrucción de las Torres Gemelas puede ser demoniacamente orgásmico.

Alejandro Kuppmann explica que como en general en psiquiatría no se sabe cuál es el origen de los trastornos de personalidad, se echa mano a las teorías psicológicas. Freud es el único que ha propuesto un vínculo entre la sexualidad y los fanáticos.

"Él plantea que bajo un carácter fanático y paranoico existe un temor a la homosexualidad". El mecanismo simplificado es el siguiente: El sujeto dice "yo quiero a Juan". Como querer a Juan es inaceptable, la siguiente afirmación es "Yo no quiero a Juan"; como esto tampoco es aceptable, se pasa a la proyección "Juan no me quiere a mí". De la proyección se llega a la racionalización; es decir, el paranoico fanático elabora razones de por qué Juan no lo quiere.

Este conflicto da pie para observar que en su mayoría los fanáticos son hombres. El sociólogo Humberto Lagos - experto en sectas- sostiene que la conducción masculina de estos grupos es la norma, en donde la mujer queda relegada a una función secundaria, casi siempre como mero instrumento sexual.

Una razón para esta especie de "sexismo" podría deberse a que el condicionamiento social funciona incluso en las patologías. Alejandro Kuppmann explica que se ha descubierto que varones que han sido sometidos a maltrato físico o sexual durante su infancia suelen desarrollar conductas antisociales, "lo que podríamos interpretar como un ataque al enemigo". En cambio, las mujeres sometidas a abusos durante su infancia, en su madurez, desarrollan conductas histéricas, "o sea, lo que hacen es seducir al enemigo".

Más centrado en la biología, Ramón Florenzano cree que una razón para esta diferencia entre sexo puede ser la constitución cerebral de la mujer, mucho más interconectada que en el hombre. El psiquiatra cree que el cerebro menos interconectado del hombre es la razón para que tienda a pensar de manera más abstracta que la mujer. Debido a que el fanatismo es la abstracción más absoluta - lo que importa es la idea, independiente de las personas, el contexto o las consecuencias- los hombres tienen más posibilidades de engendrar en sus mentes ideas delirantes que los lleven al terrorismo.

Sobre los factores sociales y de historias de vida de los fanáticos se tienen ciertos indicios a través del estudio de las sectas. En el caso de Marshall Applewhite, fue criado por una madre sumamente estricta y se crió en un ambiente emocionalmente perturbado. En general, no se trata de personajes salidos de la miseria o la marginalidad, como podría pensarse. En marzo del año pasado 530 personas murieron quemadas en Uganda, cuando el líder de su secta decidió hacer estallar el templo en el que se reunían. Hasta antes de fundar la secta, Joseph Kiwetere era un político de prestigio en su país. Nadie supo explicar cómo de la actividad pública pasó a liderar un grupo que desapareció en un suicidio colectivo que incluyó a 78 niños.

Debido a que rara vez un fanático llega a la consulta - para eso hay que sentirse enfermo, y eso no cabe en su mente- no existen historiales clínicos que puedan dar luces sobre un común denominador en sus experiencias. "Algunas pistas es que por lo general son hijos muy consentidos, por lo tanto no desarrollan ningún sentido de responsabilidad personal, no comparten ni sienten empatía por el prójimo", explica Kuppmann. Este cóctel ambiental cría niños con excesiva autoconfianza y para quienes no hay límites. Una vez lanzados a un mundo que no es el mismo al que conocieron en el living de su casa, chocan con la realidad. Y reaccionan. Pueden adaptarse o aislarse para terminar planeando cómo matar a los responsables de una sociedad que les disgusta. Algo de eso uno puede encontrar en la biografía de Osama bin Laden. Descrito como educado, tranquilo y extremadamente tímido por un profesor, Bin Laden nunca llamó la atención por su agresividad o alguna conducta anómala. Sin duda ser uno entre 57 hermanos no debió permitirle gozar de la atención plena de sus padres, pero se ve que los petrodólares sustituyeron el daño de manera eficiente.

Cronología: Morir por la causa

Durante los últimos 20 años se multiplicó la aparición de sectas fanáticas. El fin del milenio sirvió de estímulo para que el más variado grupo de personajes se atribuyesen la verdad con mayúsculas. Incluso Chile ha tenido sus profetas.

Humberto Lagos da un ejemplo. Un puñado de profesionales chilenos llegó a la conclusión de que el mundo se terminaba el 27 de abril. Llegado el plazo del Armagedón, cada uno de ellos abandonó trabajos y obligaciones para ir a refugiarse del cataclismo en las cercanías de Colonia Dignidad. No pasó a mayores y Lagos se reserva nombres. Los que siguen no tuvieron la misma suerte.

Noviembre de 1978. Los 914 seguidores de la asociación El Templo del Pueblo, fundada por James Warren, se suicidan en Guyana.

Diciembre de 1991. El reverendo mexicano Ramón Morales obliga a treinta de sus seguidores a aspirar gases tóxicos mientras rezan. Todos murieron.

Abril de 1993. David Koresh y 87 de sus seguidores mueren en un incendio que su líder inició para purificarlos.

Octubre de 1993. Cincuenta personas se suicidan en Vietnam, luego que su ciego líder de nombre Ca Van Liem se los ordenara.

Marzo de 1997. Suicidio colectivo de la secta Puerta del Cielo, encabezada por Marshall Applewhite.

Marzo de 2000. Más de quinientas personas mueren en Uganda luego que el creador de la secta Restauración de los Diez Mandamientos, Joseph Kibwetere, hiciera explotar el templo.

Criterios diagnósticos

Para diagnosticar un trastorno psiquiátrico la medicina echa mano de criterios elaborados por dos instituciones: La Organización Mundial de la Salud y la APA. El de mayor difusión es el creado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA), conocido por sus siglas DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico en sus siglas en inglés). En su última versión, la DSM IV, especifica los elementos que conforman un caso de trastorno paranoide de la realidad. Algunos de ello son:
Desconfianza y suspicacia general desde el inicio de la edad adulta, de forma que las intenciones de los demás son interpretadas como maliciosas, que aparecen en diversos contextos.

Sospecha, sin base suficiente, que los demás se van a aprovechar de él, le van a hacer daño o los van a engañar. Esto incluye sospechas de infidelidad de la pareja.

Alberga rencores durante mucho tiempo; por ejemplo, no olvida los insultos, injurias o desprecios.

Estas características no aparecen exclusivamente en el transcurso de una esquizofrenia, un trastorno del estado de ánimo con síntomas psicóticos u otro trastorno psicótico, y no son debidas a los efectos fisiológicos directos de una enfermedad médica.

*Extractado de "DSM-IV Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales". Masson, S.A. Barcelona, 1995.

En Internet

Sociedad estadounidense de Psiquiatría www.psych.org

 

 

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