Las casas de Pablo Neruda
Por Gloria Urgelles
Fotografías: Patricio Baeza
Revista del Domingo, El Mercurio. Domingo 15 de septiembre de 1991

Visitar las residencias del poeta en Santiago, Valparaíso e Isla Negra es participar de un turismo cultural aún no aprovechado en Chile.

Las "Chascona", Matilde/ Rosario, pintada por Diego Rivera. El perfil de Neruda está mimetizado -en la fotografía- en el lado derecho de su pelo.

Pensando en Capri, de donde venía con recuerdos y un libro, Pablo Neruda se enamoró de un terreno vertical, que limita con el zoológico, cubierto de zarzamoras, "musicalizado" por el agua de dos canales y heredero del viejo molino San Cristóbal. Lo compró en 1953 par acoger a Matilde Urrutia, chilena y cantante lírica, con quien se encantó en México y cuyos amores se abonaros en la italiana isla de Capri.

Se reunieron clandestinamente en esa casa de calle Márquez de la Plata -lanzada de a poco y por partes en el cerro-, hasta cuando él terminó con Delia del Carril.

Es Matilde quien "recibe" en La Chascona. El pintor mexicano Diego Rivera le pintó el cuadro-anfitrión de dos caras -de Matilde/Rosario- que preside la casa santiaguina (Neruda, para no dar a conocer el nombre de este amor, y también como una especie de juego, la llamaba Rosario).

Decía Rivera que "los amantes nunca dan la cara, siempre se esconden tras las mujeres". Y mimetizado en el pelo de Matilde/Rosario, pintó el perfil del poeta.

Cuando la pareja estuvo en Carpi, los italianos decían a ella, por su melena, "Medusa". Y él: "En Italia te bautizaron "medusa" por la alta y encrespada luz de tu cabellera, y yo te llamo "chascona" y enmarañada mía…"

Por la geografía del terreno, la casa fue construida en desniveles separadaso, cada uno con su bar: centro de encuentro.

Neruda se ponía una chaqueta roja y se dibujaba bigotes para convertirse en barman. Luego hacía su "coquetelón". El pintor chileno Mario Toral nos da la receta: "Primero, coñac español, que encontraba el mejor, cointrau, jugo de naranjas, y, al final, champaña francesa. Se caía tumbado después de dos". Sus amistades, al irse, se equilibraban apenas en las escaleras, alturas y pendientes de la esparcida Chascona.

El poeta construía con la naturaleza hacia dentro. Sus casas resumen los bosques del Sur con su madera, a veces puesta en bruto; lo inmutable de nuestro paisaje, con piedras de muchas canteras. Y, sobre todo, el mar. Sus puertas son puertas de barcos, ventanas que miran por ojos de buey, escaleras con ondas-olas que entrelazan las iniciales P y M. Decora con redes, mascarones, caracolas, brújulas, faroles, botellas, astrolabios, timones.

Pez-llave, en su bar de La Chascona
La Chascona es para recibir. El bar-comedor-estar fue diseñado como un barco que navegaba por el canal de la Chimba, que iba paralelo a los ventanales y se sumergía debajo de la cocina, antes de su abovedamiento. Lo avivan artesanías, cosas antiguas o viejas, cuadros regalados por sus amigos Toral, Antúnez, Carreño y bodegones comprados. Un ropero, que esconde una puerta para arrancar hacia la siesta, contiene aún su cerámica, loza inglesa y copas rojas mexicanas.

-Aquí todo se usa: la casa y las cosas del poeta. Porque lo dice su testamento. Cuando hay visitas importantes de la Fundación, que funciona aquí, se les invita a almorzar. La Chascona tiene que vivir, él lo pidió -dice Ana María Díaz, jefa administrativa de la Fundación Neruda.

Por el pasillo secreto del ropero se sube al dormitorio donde Matilde se mudó después de la muerte de Neruda. Todo allí es traído de viajes, de mercaderes y vendedores: biombos, espejos, una caja de porcelana Limoges, otra con joyas artesanales, muebles de barco. Un biombo. Esferas de cristal que multiplican imágenes.

-El conjuto ed cosas no vale, es sólo el sentido que él les dio- dice Ana María.

También está la oficina de Matilde, donde sacaba las cuentas ("él vuela, ella aterriza"). Después de viuda quiso afincarse en La Chascona y no en Isla Negra. Se dedico a publicar lo inédito, recopiló, produjo la obra póstuma de Neruda: los siete libros que él quería autorregalarse a los setenta años, uno por década. Murió a los 69.

De ese "módulo" se vuelve a uno más arriba por donde pasaba un brazo de otro canal, que deslindaba libre con el zoológico. Después que irrumpió un león, se levantó una cerca.

En el living de allí fue velado Neruda, cuando murió el 23 de septiembre de 1973. semeja una cabina de barco, abarrotada de objetos traídos de todas sus navegaciones y regresos, mezclados por color, similitud, sonido, procedencia: como jugando.

Allí se coloca, para las visitas, una grabación con los Versos del Capitán.

En el que fuera su dormitorio (debiera restituirse una vez que se desocupe) están lo que él escribió y sus traducciones. Desde el Yo Invisible, poesía de adolescente, donde aparece la fotografía de Rosa Neftalí Basoalto, su madre. Él se llamó Neftalí por ella.

En Santiago, La Chascona vive, se usa. Y sus libros sirven a investigadores, quienes se sientan en el sillón de Neruda para documentarse.

También Crepusculario, los Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada. Y todas las primeras ediciones de sus libros, que suman cuarenta y nueve. También sus trabajos póstumos y las treinta y cinco traducciones de su obra.

Está el primer libro de los Versos del Capitán: 44 ejemplares sin autor. Sólo reconoció esos apasionados poemas-para-Matilde diez años después. No quería herir a Delia. El ejemplar conserva hojas y flores recolectadas en Capri. Cuarenta y cuatro textos numerados, y con los nombres de los amigos íntimos que ayudaron a publicarlo. El número uno lleva el de Matilde; el dos. El nombre del hijo que ella esperaba y que perdió ("Neruda-Urrutia"); el tres, el de Neruda. También el de Jorge Amado; el de Lucino Visconti.

-Las visitas se programan de acuerdo a los intereses. Hay gente que viene exclusivamente a ver la parte literaria, que no se da en Isla Negra.

El poeta se entretenía mucho en esta casa. Era un juego bajar, subir, ir de un lugar a otro. Construir. Levantó diferentes dormitorios-departamentos. Itineraba dentro de sus casas.

Subiendo más, se encuentra el ahora taller de poesía, con diez becados anuales de la Fundación Neruda. Trepando el cerro están la biblioteca y su lugar de trabajo. mantenidos a veinte grados, como el resto de los "módulos", para proteger libros y objetos. Allí hay cerca de 10 mil ejemplares, todos los que tenía hasta su muerte. "Va a quedar como biblioteca muerta, sin crecer. Será testimonial; está toda su vida".

Contiene una de las colecciones más importantes en historia de Chile. Todos los libros de Cochrane. El original de la Enciclopedia Francesa, que data de 1751, en estupendo estado de conservación.

Hay también increíbles diarios de viaje, ediciones casi únicas. Las obras completas del capitán Cook.

-La mayoría de los libros los había leído. Casi todos están marcados -cuenta Ana María Díaz.

La biblioteca se usa, incluso el sillón de Neruda y el piso donde descansaba sus pies. Todo.

Abierta a investigadores, una pintorea fue a estudiar en un libro de Neruda las alas de los pájaros. Una escultora va a mirar las caracolas y textos para inspirarse y poder tallar en piedra caracolas marinas.

También llena de vericuetos, la biblioteca puede ser vista por grupos pequeños. Allí es posible observar sus primeras ediciones de Rimabud, Baudelaire, Víctor Hugo, Flaubert. O la novelas policiales de Simeon. Colecciones antiquísimas de Julio Verne. Sus incunables (hay uno de fines de 1440), o la primera traducción de La Eneida al español, con la crítica escrita por Ercilla con pluma de ganso.

La Sebastiana

La Sebastiana, en Valparaíso, se reabrirá a fin de año, con campanadas,y vino tinto, como en 1961.

Neruda escribió que Santiago es una ciudad prisionera, cercada por sus muros de nieve. "Valparaíso, en cambio, abre sus puertas al infinito mar…"

Tal vez llevado por esta idea, le pidió a la escritora Sara Vial que le encontrara "una casita para vivir y trabajar tranquilo. No puede estar un muy arriba ni muy abajo. Debe ser solitaria, pero no en exceso. Vecinos, ojalá invisibles. No deben verse ni escucharse. Original, pero no incómoda. Muy alada, pero firme. Ni muy grande ni muy chica. Lejos de todo pero cerca de la movilización. Independiente, pero con comercio cerca. Además, tiene que ser muy barata".

Y Sara la encontró…

Es la más vertical de sus casas. La tenía, inconclusa, el imaginativo español Sebastián Collado, quien la empezó para él y su familia, detrás y arriba del incendiado teatro Mauri, en el cerro Florida. La soñaba con helipuerto (¡1958!) y pajarera de vidrio en el último piso.

"La Sebastiana", por Sebastián Collado, y porque "es nombre de goleta". Cerrada y deteriorada por años, ahora se restaura con fondos de la Telefónica Española. Rojo, verde cata, amarillo, azul, celeste, rosado, se mezclan en pintusa que visten los muros de la más estrecha de las casas nerudianas. Y la más "teatral".

En su afán de crecer e itinerar, Neruda sólo pudo ir con ella hacia arriba. Las angostas escaleras caracol terminan sorpresivamente en panorámicas espectaculares de la bahía.

Un catre de bronce con cuatro perillas predomina en el rojo dormitorio principal. Sentado en su cama, el poeta podía ver desde allí todo el puerto.

Jaime Pérez (28) restaura. Como un juego, resucita relojes-cuadro, cajas de música, fanales con pájaros rosados, azulejos dibujados, sillones floridos que la volverán a poblar.

Por lo estrecha, la casa se mostrará a grupos pequeños. De abajo ya emigra su vecino y amigo por años, el doctor Francisco Velasco. Con la suya y "La Sebastiana" se habilitan un museo y un lugar de encuentro para artistas e intelectuales.

- Compramos simultáneamente, pero él terminó tres años antes su parte. La pintó con colores violentos para imitar las de los cerros de Valparaíso... con esos verdes, esos paquetes de vela que tanto gustaban a Pablo.

Muchos años nuevos pasaron allí el poeta y sus amigos. Dentro de los planes, se sueña con invitar a quienes fueron a su inauguración. Habrá empanadas, vino tinto y cielo azul, como aquel 18 de septiembre de 1961, cuando, vestido de huaso, Pablo Neruda abrió "La Sebastiana", su "casa en el aire!".

Isla Negra

Encontré una casa de piedra frente al océano, "en un lugar desconocido para todo el mundo, llamado Isla Negra"
Isla Negra es su "casa en la arena". La única horizontal, su refugio. Cabalgando por sus playas la encontró cuando era apenas una cabañita de dos aguas frente al océano. Fue de Eladio Sobrino, capitán de navío socialista y español. Se la ofreció en venta, y el poeta la compró en 1939. la quería como lugar de trabajo.

Para escribir su Canto General.

Ayudado por Rafita, su carpintero, fue añadiendo habitaciones, botando muros, hundiendo lapislázuli en otras paredes, cambiando piedras por grandes vidrios para sumergirse más en el mar. La transformó en una caracola que, retorciéndose paralela y disimuladamente por la costa, muestra los cambios de su existencia.

La llenó de sus juguetes, como a las otras. "Los he juntados a través de toda mi vida, con el científico propósito de entretenerme solo". Juguetes: botellas llenas de barcos, máscaras y "mascaronas" (María Celeste, Cimbellina, Bonita, Micaela, Sirena de Glasgoro, ¿Gabriela?, Medusa, Marinera de la Rosa); fotografías, patas de piano multicolores. Ancla, locomóvil. Campanas, campanitas. Instrumentos inverosímiles.

Esta casa es ahora un museo, y fue restaurada con el aporte de Suecia y Alemania. Todos los días recibe a chilenos y extranjeros que suben y bajan mirando la torre con su dormitorio de barco, o el otro más amplio, con la cama colocada al medio, para no perderse ninguna ola; con closets que guardan ponchos, sombreros para disfrazarse, sus enormes zapatos, y el smoking con el que fue a recibir el Premio Nobel en 1971.

El típico bar lo transformó en la taberna Alberto Rojas Jiménez. Y sólo se muestra por fuera, porque contiene frágiles colecciones de cristales y botellas.

Living, salas y nuevas "prolongaciones" fueron adaptados con estanterías y protectores para mostrar sus pertenencias.

Previsor, hizo una pieza especial para el caballo de la Talabartería Francesa de Temuco, al que acariciaba diariamente la nariz al ir a su escuela. Con los años -y mucha tenacidad- lo obtuvo, todo chamuscado, tras un incendio ("después, idealizado, pasó a ser el caballo de Joaquín Murieta).

Sus vitrales y ventanales rompen cualquier estilo de arquitectura. Es la anarquía… armónica.

Sus "juguetes" invaden cada una de sus casas. En Isla Negra anidó mascarones, botellas y caracolas.
-Él tenía varias salidas. Iba abriendo y cerrando puertas- dice María Eugenia Zamudio, administradora y conservadora del Museo de Isla Negra.

Esta casa empezó de piedra y terminó de madera en bruto. Su última pieza de trabajo, la "covacha", la hizo con ventanas más pequeñas, enfrentando mucho verde y apenas un pedazo de mar. Le puso cortinas tejidas a crochet por su hermana Laurita, y el pupitre escolar grande y tosco de su padre, José del Carmen.

Allí escribía sobre una tabla de bodega que arrojó el mar, y se rodeó de juguetes antiguos. Puso las cosas primeras de su vida. Volvía a su-Sur.

La última prolongación, que será la "sala de las caracolas", y donde por ahora se restauran objetos, parece una capilla sin serlo: ¿pensaba en un encuentro final?

Junto a la casa se levanta un centro cultural que se abriría en el verano, con biblioteca, sala de exposiciones y video. Habrá cafetería, una tienda donde se venderán sus libros, postales y recuerdos. Y un gran anfiteatro que enfrentará al mar…

Como la tumba definitiva de Pablo y Matilde. La lápida de mármol travertino espera envuelta bajo una escalera. Al lado del ancla, sellará la casa definitiva de un poeta que dejó de itinerar.