EL LEGADO DEL WINNIPEG
Lo que el mar no se llevó
Revista El Sábado, El Mercurio. Sábado 28 de agosto de 1999

El próximo 2 de septiembre se cumplen sesenta años de la llegada del carguero francés que trajo a Chile a poco más de dos mil refugiados de la guerra civil española. Una historia colectiva que no sólo marcó a los forzados inmigrantes que desembarcaron en el puerto de Valparaíso, sino también al país que los acogió. El Teatro Experimental, la revolución tipográfica, la construcción del puerto de Arica, fueron hitos que terminaron dando forma a esta avanzada de la cultura española que llegó con sueños republicanos teñidos por el espíritu de la izquierda, con poemas y colores nuevos.

Winnipeg
Inmigrantes.- Arribo del Winnipeg, 1939

Miles de indeseables rojos, que profanaron templos, que asesinaron, llegarán pronto. La advertencia era publicada por El Diario Ilustrado, a poco de que Pablo Neruda, recién designado cónsul especial para la inmigración española, iniciaba la más noble misión que ejercí en mi vida según confiesa en sus memorias: la de traer a Chile a los refugiados de la guerra civil que vivió la Madre Patria.

La mañana del 3 de septiembre de hace sesenta años tras haber permanecido desde la noche anterior frente a Valparaíso, dos mil de esos indeseables rojos desembarcaron en el puerto. Venían arriba de un carguero francés, el Winnipeg, embarcación que tenía acomodaciones para una veintena de personas y que fue refaccionada para la ocasión.

En las bodegas se habían construido apoyos para tender series de literas con colchonetas, con estrechos pasillos y espacios reducidos que apenas permitían levantar la cabeza al pasajero acostado. La imagen recordaba los apilamientos de los campos de exterminio nazis, recuerda Leopoldo Castedo, historiador y viajero del Winnipeg, en sus Contramemorias de un transterrado.

Soportando el olor de las vomitonas, el asedio de los submarinos de Hitler peor que los tiburones, en palabras de Volodia Teitelboim y esa herida insoslayable que significó la muerte del proyecto republicano a manos de Francisco Franco, los refugiados se instalaron en su segunda patria, asentándose en Arica, Valparaíso y Santiago.

No vinimos para quedarnos, pero lentamente nos fuimos haciendo a la idea de que así sería; de que era un viaje sin regreso. Primero, por la prohibición de volver que pesaba sobre nosotros y segundo, por la eternización de esa España negra. Yo recién pude retornar dieciocho años después de llegar a Chile, dice la pintora Roser Bru, también pasajera del carguero.

Y aunque la mayoría de esos viajantes se alineó en lo que se conoce como mano de obra por expresa petición del presidente Pedro Aguirre Cerda, quien vio en esta migración la posibilidad de levantar la zona central del país, que se vino abajo por el terremoto de enero de ese año, un grupo importante se las arregló para ir dejando una huella que, en muchos casos, no se ha borrado hasta ahora.

El café miraflores

En el Santiago de la década del cuarenta había muchas fuentes de soda en las que se podían escanciar botellas de las más diversas raleas. También algunos cafés, como el Santos, en donde se acostumbraba tomar la once. Pero ninguno de ellos tuvo el perfil del café Miraflores.

Toda la intelectualidad chilena acudía allí. Era regentado por un republicano español, Pablo de la Fuente, y fue el núcleo de una nueva bohemia. No como la del Hércules o El Jote, de la generación del veinte, que quedaban en San Pablo y eran lugares más populares, centros de una bohemia más desenfrenada, más carnal, menos refinada. En el Miraflores se discutían ideas, el café se conversaba, la botella de vino también, no se vaciaban gratuitamente.

Enclavado en la calle Miraflores, casi esquina de Merced, albergó en sus dos pequeños salones a lo más granado del Winnipeg y a muchos de los republicanos españoles que llegaron al país a través de otros barcos, como el Formosa. Se mantuvo inalterable durante casi nueve años, como el enclave más representativo de la cultura hispana que debió dejar España por culpa de Franco.

En la pasada hacia la cocina estaba endosado un mueble aparador con varios objetos. Y allí era donde se apoyaban los dueños del café, haciendo pedidos y cuentas. Ellos eran la chilena Mina Yáñez; Pablo de la Fuente, español, y el vasco Joaquín Beresaluce, que ejercía su sabiduría culinaria en la cocina. Afuera, el rápido Rojas chileno muy habiloso con ademanes y saludos profesionales. Pantalón negro y una cotona-chaqueta blanca, como recuerda Roser Bru.

Allí incluso estuvo Albert Camus, cuando vino a Chile, comiendo las especialidades de la casa: el congrio a la vasca, el bife a lo pobre y la torta de milhojas.

El tiempo se encargaría de borrar la arquitectura propia del lugar y, a medida que el local fue cambiando de dueño, también su espíritu. Rojitas, el garzón, terminó heredando el café y las caricaturas de los parroquianos que adornaban sus murallas. Se mudó algunos metros más allá, hasta quedar en la esquina de Miraflores y Merced; pasó a manos de un argentino y luego a otras, hasta convertirse en un bar restaurante como muchos del microcentro.

Amster, el ángel de la tipografía

Cuando los refugiados españoles llegaron a la estación Mapocho tras haber desembarcado en Valparaíso, algunas de las personas que los esperaban en los andenes portaban carteles con sus nombres. La necesidad de ubicar al amigo militante forzaba las pancartas. Una de ellas decía: Mauricio Amster. Presentarse a la revista Qué Hubo. Huérfanos 926.

Volodia Teitelboim, en ese entonces director del semanario, recuerda aquel momento: Nos habían comunicado desde España que él era el número uno de la gráfica y que en tal sentido podía ser un aporte importantísimo para la revista. A la larga no sólo sería valioso para Qué Hubo, sino también para el desarrollo del diseño y la tipogafía en Chile. Lo suyo fue una verdadera revolución.

Amster quien nació en Lemberg, Polonia, en 1907 viajó a Madrid luego de estudiar en la Escuela de Artes Gráficas de Berlín. Allí se hizo comunista y militó hasta que su espíritu, rebelde, le hizo renegar del partido, lo que demoró cinco años. Con todo, luchó por la causa republicana antes de ganarse un cupo en el Winnipeg.

Su arribo a Santiago provocó una convulsión en los medios escritos y no sólo en diarios y revistas. Fue director artístico de Zig-Zag, trabajó en la editorial Jurídica, en Lord Cochrane y también en la Universitaria, pero sin duda que donde realizó una labor de mayor preciosura fue en la editorial Cruz del Sur, proyecto impulsado por los propios republicanos españoles.

Su viuda, Adina, lo recuerda Amster murió el 29 de febrero de 1980 como un hombre perfeccionista y lleno de humor: Amaba su trabajo de una manera poco usual, pero sin duda lo que más le gustaba era su labor de pendolista (aquél que escribe a mano los libros). En sus ratos de ocio los iba escribiendo. Lo hizo con El sermón de la montaña y también con Las coplas a la muerte de mi padre, por nombrar algunos.

A ello agregó una serie de libros relativos a los fundamentos de la técnica gráfica y el diseño, aportaciones que le valieron el título de ángel de la tipografía chilena.

Corbinos, un toro en la redacción

Isidro Corbinos

El periodista Isidro Corbinos, llegó a Chile a bordo del carguero francés Winnipeg en septiembre de 1939

Había en él una fuerza inusitada, una vehemencia taurina de la que daba cuenta en sus primeras incursiones periodísticas. Aunque este juicio quizás sea apresurado. Sí, de seguro lo es, porque Isidro Corbinos se inició en la redacción de Tribuna, un pequeño diario catalán, escribiendo la página necrológica. Actualizando defunciones, anunciando velatorios y redactando algún in memoriam, este aragonés no tenía grandes posibilidades de desplegar sus recursos y esa personalidad que lo hizo famoso en Chile, tiempo después, apoyándose en los seudónimos de Pérez o Isidro Gómez, descargando su artillería en columnas tales como Cajón de sastre, La torre de Babel o La guerra de los goles.

Cuando se dice de él que revolucionó el periodismo deportivo en nuestro país no es una frase de buena crianza que se ofrece al difunto porque Corbinos murió en 1966, sino la verdad misma, si la hay. Hasta antes de su llegada, la prensa deportiva nacional no pasaba de ser un mero relato de los hechos, salpimentado con aspectos emocionales en los que cundían palabras tales como pasión, valentía y adjetivos grandilocuentes de la talla de heroico.

Corbo como le decían exhibió un estilo personalísimo, frontal, con opiniones muy fundamentadas respecto de los aspectos propios del deporte, en especial del fútbol, terreno en el que incorporó el análisis de las tácticas en una época que éstas eran vistas con desconfianza. Desde su trinchera, detrás de la máquina de escribir, colaboró con la modernización del balompié, elevando de paso la categoría del periodismo deportivo.

Al margen de eso, sus crónicas ofrecían un plus, ya que invariablemente se colgaba de temas ajenos al deporte para elaborar sus artículos. Como reseña un diario de la época: No era posible que explicara la técnica con que un equipo había llegado a la valla adversaria, por ejemplo, sin contar previamente cuál fue el momento preciso en que Romeo declaró su amor a Julieta.

Castedo, el resumen de la historia

Cuenta Leopoldo Castedo que cuando el Winnipeg recaló en Arica, el 29 de agosto, un rumor, que él califica como despampanante, llenó de inquietud a los pasajeros del barco. Alguien, a quien él no recuerda, volvió de tierra trayendo la noticia de que la misión última de los refugiados sería la de actuar como sementales, ya que el terremoto que azotó al país había dejado miles de muertos y era preciso repoblar el territorio. El rumor no pasó de ahí, y aun cuando algunos se preparaban para sacrificarse por la segunda patria, no hubo necesidad de requerir los servicios procreativos de los recién llegados.

El que sí solicitó la colaboración del propio Castedo, atendiendo a su condición de licenciado en historia de la Universidad de Madrid, fue un individuo que es así descrito en sus Contramemorias...: De facciones duras, como cortadas con escalpelo, de tez oscura, labios abultados y con frecuencia salivantes cuando el entusiasmo de su fraseo lo arrebataba, acaecimiento asaz reiterado.

Ese hombre era Francisco Encina y de aquel acercamiento primigenio, que derivó en una larga unión profesional, surgió el que, en opinión de los estudiosos, es el libro más completo de aquellos encargados de rescatar el pasado de este país: los veinte tomos de la Historia de Chile, de Encina y Castedo.

Si bien Encina llevaba bastante tarea adelantada, el apoyo facilitado por Castedo terminó siendo fundamental, primero en una labor tan básica como la de secretario, tecleando la Underwood que Encina tenía en su casona de Alameda 1927: Mis observaciones se redujeron, desde entonces y en cuanto al lenguaje atañía, a la defensa de ciertos pruritos perfeccionistas: cacofonías, repeticiones cercanas de palabras, dudosos o inadvertidos hipérbatos, algunos neologismos chocantes.

Su participación sufrió un giro importante una vez que logró descifrar la endemoniada letra de Encina razón por la cual éste debía dictar sus anotaciones, en una tarea cercana a la de Champollion con la piedra roseta, acarreando cuartillas y transcribiéndolas, realizando sobre las mismas las correcciones de estilo pertinentes, como así también sus observaciones en la materia que él más dominaba, la historia de España.

La tarea iniciada en 1940 llegó a su término el 20 de enero de 1952. La obra más acabada del quehacer nacional estaba concluida.

Sin embargo, Castedo habría de cumplir con una nueva labor: llevar a cabo el resumen de tan monumental compilación, tarea que se hizo libro en 1954, en lo que fue una de las muchas aportaciones que este madrileño, vivo aún, ha entregado.

Bru y Balmes, dos pilares

Hay una imagen que a Roser Bru (73) la ha seguido como su sombra, aunque en este caso habría que hablar de una sombra iluminadora. Se trata del anarquista que Robert Capa el fotógrafo húngaro inmortalizó con su lente en septiembre de 1936, obra conocida como Muerte de un miliciano y en donde es posible advertir el instante en que el soldado cae fruto de una descarga certera.

Aquella foto siempre está colgada en algún lugar de mi taller. La he utilizado en innumerables grabados porque, de alguna manera, representa la muerte absurda. ¿Qué hace ese miliciano muriendo en un campo de trigos, en circunstancias que allí debería haber gente haciendo la cosecha?, se pregunta.


Roser Bru llegó en el Winnipeg con apenas dieciséis años, imaginando un país que le era desconocido: En ese tiempo no había libros como para saber dónde llegábamos. Algunos decían que era un lugar donde llovía mucho; otros afirmaban que hacía mucho calor. Ninguno se equivocó.

Junto a José Balmes a la sazón también un adolescente terminaron transformándose en pilares de la plástica chilena. Ingresaron en el Museo de Bellas Artes y fueron discípulos de Pablo Burchard, de quien heredaron una estética muy reconocible, a pesar de que ambos siguieron caminos diferentes: Bru concentrándose en el grabado, renegando de lo abstracto, yendo y viniendo del arte figurativo; Balmes apostando por lo gestual, deambulando por varias tendencias hasta llegar al informalismo.

Una vez que iba hacia el mar, a la costa, pasé por un lugar llamado Melipilla. Allí había unas mujeres, enteras vestidas de blanco. Vendían dulces. Los chilenos parecían no verlas, pero nosotros, que veníamos desde España, sí. Entonces pinté Una tarde en Melipilla. También realicé varios grabados. Creo que en este ejemplo se resume lo que fue finalmente nuestro aporte: la mirada desde fuera, reconoce Bru.

A ellos hay que agregar a Arturo Lorenzo, al mismo José Ricardo Morales y a Mauricio Amster; la labor del Taller 99 fundado por Nemesio Antúnez y del cual Roser Bru fue sostén insoslayable, amén de un misterio recientemente abierto.

Durante mucho tiempo se adjudicó a Arturo Lorenzo el lienzo que los tripulantes del Winnipeg desplegaron apenas arribaron al puerto de Valparaíso: era un retrato de Pedro Aguirre Cerda. Castedo y el propio Teitelboim sostuvieron esa versión, pero hace poco, en una investigación realizada por Julio Gálvez, hurgando en las intimidades del viaje, entrevistó a Lorenzo, quien, en un acto imprevisible, negó ser el autor del cuadro. ¿Cuestión de modestia solamente?

Los hermanos Pey

Diana Pey
Diana Pey llego a bordo del carguero frances Winnipeg, que trajo a Chile a refugiados de la guerra civil española

Los pasajeros del Winnipeg no contaban con un abanico muy amplio de distracciones a bordo. Durante el mes que duró el viaje, las partidas de ajedrez, la pequeña biblioteca, el canto y los tres discos de 78 dos tangos en francés y una versión de Valencia que sonaron hasta el hartazgo, fueron pasatiempos obligados. Sin embargo, había un instante que era esperado con cierta fruición: el momento en que Diana Pey se sentaba al piano porque arriba del Winnipeg había uno para tocar.

Era una mujer preciosa, muy joven y le sacaba al instrumento una música maravillosa, asegura María Corbinos, hija del destacado periodista deportivo Isidro Corbinos.

Pero a pesar de que ella realizó toda una carrera en la Escuela de Artes Musicales de la Universidad de Chile en donde llegó a ser vicedecana y decana subrogante, el gran aporte de los hermanos Pey fue la labor que les cupo a Víctor y Raúl, dos ingenieros que se encargaron de construir una infinidad de puertos, entre ellos el de Arica.

Allí había apenas un desembarcadero, muy pequeño. Los barcos no podían recalar. Lo hacían un kilómetro mar adentro y la gente era trasladada en botes o lanchas hasta tierra firme. La labor de los Pey, en ese sentido, como la de muchos otros españoles, fue civilizadora, cuenta Teitelboim.

En todo caso, ellos no llegaron de inmediato a Arica. Hay que recordar que la peripecia del Winnipeg fue a través del Canal de Panamá y que si bien un grupo de veinte personas desembarcó en esa ciudad el 29 de agosto, los Pey siguieron hasta Valparaíso. Diez años después, una vez convalidados sus títulos de ingeniero ayudaron a levantar ese puerto de la I Región. Y a ello agregan obras en Punta de Lobos, Huasco, Mejillones, Punta Arenas y Talcahuano.

Morales, las tablas y las letras

Quien no haya reparado que en Chile vive un señor que se llama José Ricardo Morales (83) que, precisamente, llegó en el Winnipeg, comete un acto que se puede calificar de reprochable. Su versatilidad es peculiar, pues se ha movido con maestría desde la dramaturgia a la pintura y de ahí a la paleografía, sin que su soterrada voz sufra algún vahído ni que su ironía se vuelva obvia o poco incisiva.

En esos años, el teatro profesional era algo deplorable, con escenarios de papel y cosas así; si había un poco de viento, los muros oscilaban. Entendí que lo importante era participar. Yo no era de aquellos que venían a hacerse la América, sino de los que trataban de contribuir a que América se hiciese. La situación era comparable con esa leyenda escrita en los muros de mayo del 68: Tengo algo que decir, pero no sé qué, y ellos (los jóvenes actores) tenían algo que decir, pero no sabían cómo, afirma Morales.

Su formación en España daba cuenta de un trabajo mancomunado en la Universidad de Valencia con Max Aub, en la dirección de la compañía El Búho en su calidad de director del departamento de cultura de la federación universitaria; un teatro que tenía su espejo en La Barraca, de García Lorca. Fueron estos dos referentes los que dieron forma al Teatro Experimental de la Universidad de Chile haciendo la salvedad del importante aporte de Pedro de la Barra, hasta el punto de que una de las obras que el propio Morales trajo de España fue la primera estrenada por el Teatro Experimental: Ligazón, de Valle Inclán, que él dirigió.

En 1990 le fue otorgado en España el Premio García Lorca por su incursión en el teatro del absurdo. Un reconocimiento avalado por el filósofo José Ferrater Mora, quien rescató el hecho de que muchas de las obras de Morales, pertenecientes a esta tendencia, fueron escritas con bastante antelación a las piezas de Ionesco y Beckett.

Cuarenta obras dramáticas, traducidas a varios idiomas, y la cofundación de la Escuela de Arte de la Universidad Católica, conforman su grano de arena bueno, más que un grano de arena al desarrollo cultural.

A sus cincuenta años como profesor de historia y teoría del arte en la Universidad de Chile, agrega la importación desde España de una ciencia que en Chile no existía: la paleografía, que es el arte de leer la escritura y signos de los libros y documentos antiguos. De hecho, el primer libro de paleografía escrito en este país fue obra de Morales, quien además creó la cátedra de esta disciplina en la Universidad de Chile.

Habría que agregar que dentro de la enorme cantidad de premios que ha recibido especialmente en España, de los varios artículos y publicaciones que han aparecido respecto de su obra siempre fuera de Chile, este año ha sido propuesto por tercera vez para el Premio Cervantes.