LOS RINCONES OCULTOS DE ISLA NEGRA
Neruda íntimo
Por Marcelo Simonetti / Fotos: José Alvújar
Revista El Sábado, El Mercurio. Sábado 10 de junio de 2000

Si hay una casa en la que Pablo Neruda sigue dando vueltas, esa es la de Isla Negra. La recorrimos de pe a pa, sumergiéndonos en aquellos espacios que permanecen ocultos a la vista del forastero común y corriente.

Bar en la casa de Isla Negra
El bar por dentro. Neruda no desaprovecha ningún espacio para dar cuenta de su condición de coleccionista obseso. Aquí se observa el molino de café, las botellas de colores, las sillas y mesas que compró en un desguazadero de barcos.
Las reglas de la naturaleza lo dieron por muerto el 23 de septiembre de 1973. Sin embargo, hay quienes aseguran que el ave de rapiña que sobrevoló su casa de Santiago, era él cumpliendo su deseo de reencarnarse en águila. Otros dicen haberlo visto echando humo por su pipa y cruzando las puertas de vidrio de colores en su casa de Isla Negra. Los más creen que está ahí, frente al mar, enreverado en sus caracolas, en sus mascarones, en sus botellas, mapamundi y escarabajos; en sus relojes de sol, mariposas, catalejos, barquitos y calientapiés. Quienes se han adentrado por los corredores de su última residencia, pueden dar fe de ello.

Aquella casa, la de Isla Negra, comprada por Neruda en 1939, hecha y rehecha al arbitrio de la imaginación de su dueño, está consagrada a preservar la imagen del premio Nobel de Literatura, a mantenerlo como un alma en pena.

Casa de Isla Negra - la Guillermina
La Guillermina en todo su esplendor. Fue una de las últimas piezas que Neruda adquirió. La compró en Perú y al no tener mayores referencias de su origen, decidió bautizarla con el nombre de la niña que lo deslumbró en su infancia sureña y a quien dedicó el poema "¿Dónde estará la Guillermina?".

La Fundación Pablo Neruda enteró en mayo una década ejecutando ese propósito, mostrando la casa tal cual fue dejada por el vate antes de ir al encuentro con la muerte. Desde 1990 han sido varios miles los que se han enterado de las historias que encierra esa residencia hasta enero de 1999 sumaban 658.618 visitantes, los que han sabido de las lágrimas de María Celeste, el más preciado de los mascarones nerudianos, que en invierno, y al calor de la chimenea, suelta lágrimas de sus ojos de vidrio; o de la Guillermina, otro mascarón, que muestra sus pechos sin pudor alguno y que a él, al poeta, le evoca a esa niña de quince años que lo deslumbró un día de su infancia, o esa otra historia del madero que se balanceaba arriba de las olas, a pocos metros de la arena, y que Neruda, al descubrirlo con su catalejo, dijo "ahí viene mi escritorio".

Son las historias conocidas, las que la gente ve con sus propios ojos al pasar de una habitación a otra en la residencia nerudiana. Sin embargo, hay lugares en los que el celo es mayor, allí donde ni las miradas ni los pasos de los visitantes alcanzan a llegar. Son los espacios más íntimos del poeta, en donde han quedado sus borracheras, sus amaneceres: el bar; el dormitorio que compartió con Delia del Carril, La Hormiguita; el primer escritorio, en donde escribió Alturas de Macchu Picchu; la bodega de vinos que hoy está destinada a cualquier cosa. Es en esos lugares en donde el fantasma de Neruda aparece con mayor fuerza, donde uno puede oír su sonsonete nasal y puede ver su talle de oso, descorchando alguna botella o leyendo a Whitman.

La vuelta a la infancia

Casa de Isla Negra - la Medusa
La Medusa, uno de los trece mascarones de proa de Pablo Neruda. Él no podía evitar acordarse de Gabriela Mistral cuando la veía.
Y es que sin duda es en la casa de Isla Negra donde el espíritu de Neruda pervive de forma más pura, donde el niño que siempre fue aflora en su magnitud más envidiable, como para paliar una infancia que supo más de carencias que de cualquier otra cosa. Cuando vivía en Temuco, el sueldo que su padre ganaba como ferroviario no le alcanzaba para llenar de regalos al pequeño Ricardo Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, que con tal nombre fue inscrito en el Registro Civil y en esas circunstancias sus juguetes favoritos pasaron a ser la piña del pino, los insectos que atrapaba por las tardes, algún trozo de madera.

No es difícil explicar entonces sus múltiples colecciones, los barquitos que Carlos Hollander le embotellaba, barcos famosos que venían de Hamburgo, de Salem; los mascarones que compraba en los desguazaderos de Valparaíso o en las Ferias de las Pulgas de Francia; los colibríes, las caracolas. Hay una remisión constante a la infancia, a las imágenes que lo deslumbraron de niño, por eso persigue por años el caballo de papel maché, tamaño natural, que adorna una talabartería francesa en Temuco o la bota que publicitaba a una zapatería en las faldas del Ñielol y que solo consigue a cambio de un poema inédito.

Casa de Isla Negra - bar
Otra vista del bar, desde el lugar en donde sólo Neruda podía estar. Se pintaba un bigote con corcho quemado y atendía a sus amigos. Detalles interesantes son los grabados en que aparecen dos águilas con las alas extendidas. El vate siempre dijo que si le concedían la posibilidad de reencarnarse, quería volver a la vida convertido en un águila.

Él mismo lo dice en sus memorias: "En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche".

Allí también redime sus días de poeta pobre, cuando el hambre lo esperaba a la vuelta de la esquina y emborracharse era la mejor forma para olvidarse de ese presente que le punzaba el estómago. "No estoy en edad de no comer todos los días", le escribía en esos tiempos a su hermana Laura. El mundo suyo estaba circunscrito a una pensión gris, con olor a gas, de la calle Maruri. Neruda era hambre, carencia y patota poética a la que se sumaban Tomás Lago y Orlando Oyarzún. Fue Orlando quien dijo, en esos días de perro, según escribe Volodia Teitelboim en uno de sus libros: "Muchachos, no se preocupen. Esto va a cambiar. Tengo el pálpito".

Y claro que cambió. Algunas décadas después, Pablo Neruda aprovechaba pretextos tales como su cumpleaños, el 18 de septiembre o la llegada de un mascarón, para celebrar, a la vera de mar, banquetes de mesa larga y menúes surrealistas: humitas y antihumitas, sublime cochayuyo, hemisferios de tomate, empanadas elementales, asado por la pucha, cazuela nacional, pollo puro Chile. Antes y después del almuerzo se beberían diversos sputniks. Por eso no hay lugar en donde Neruda se haya sentido más a gusto que en el bar. Allí el niño feliz que hace bromas a sus invitados y el sibarita emergen sin cortapisas.

El bar y los amigos que no están

Casa de Isla Negra - botellas
Las botellas fueron uno de sus hobbies principales. La mayoría la trajo de los mercados populares franceses y un número importante, de las ferias mexicanas. Le encantaba coleccionarlas de diferentes formas y colores, porque, según él, los líquidos guardados en botellas de colores ganaban en sabor.
Habría que entrar a este lugar santiguándose o llevando la rodilla al suelo en señal de respeto. Hay mucho brindis que todavía resuena, mucha carcajada rebotando en las paredes, mucho Neruda pintándose un falso bigote con un corcho quemado para recibir a su cofradía. El bar es un verdadero santuario en Isla Negra. Es cierto que a veces él prefería subir al bote que tenía enterrado en el jardín y beber allí con sus amigos, imaginando que lo hacía en altamar, en la mitad de una tormenta. Pero era ese bar, que si uno mira desde dentro parece estar a punto de desbarrancarse hacia el Pacífico, en donde la tertulia y las borracheras cobraban otra dimensión.

Neruda pensaba que era un sitio indicado para registrar su recuerdo, junto a las botellas coloreadas, a los caldos y piscos del país, a los vinos navegados, para que los sobrevivientes, instalados ante las pequeñas mesas redondas, como en un café, pudieran beber, conversar y tal vez, en algún momento, fijar su mirada en los nombres inscritos en la dura madera y acaso evocarlos fugazmente recuerda Teitelboim.

Allí no sólo estaba el niño juguetón ni el hedonista, también el amigo de sus amigos, incluso de los que ya habían partido. En las vigas que sostenían el techo hizo tallar sus nombres. Cuando uno de ellos se moría, él escribía con tiza Cifuentes o Paul Eluard, y Rafita, el maestro carpintero que lo acompañó de por vida, apuraba el punzón y hacía surcos en la madera, siguiendo el trazo manuscrito del vate.

Casa de Isla Negra - dormitorio
El dormitorio del poeta y Delia del Carril, con vista al mar incluida.

No los escribí en la techumbre por grandiosos, sino por compañeros dijo Neruda. Rojas Giménez, el trashumante, el nocturno, traspasado por los adioses, muerto de alegría, palomero, loco de la sombra; Joaquín Cifuentes, cuyos tercetos rodaban como piedras del río. Federico, quien me hacía reír como nadie y que nos enlutó a todos por un siglo; Paul Eluard, cuyos ojos color nomeolvides me parece que siguen celestes y que guardan su fuerza azul bajo la tierra...

La idea del barco, presente en toda la casa, también está ahí. Las sillas y las mesas pertenecieron a un barco español de la línea Ibarra que Neruda compró en Valparaíso. Sobre las mesas hay vasos de cuero para jugar al cacho y un plato que tiene un huevo frito y dos vienesas de plástico con el que Neruda le gastaba bromas a sus invitados. La repisa que está tras la barra tiene botellas de colores y unos frascos en los que se lee algarrobilla, cascarilla entera y molida, extracto de campeche, chuño, raíz colombo, semilla de linaza. Las paredes tienen cuadros de naufragios y hay citas del estilo de "Respete y será respetado. El vocabulario retrata a las personas. No diga groserías".

Con un poco de esfuerzo, uno logra ver borrosamente a Neruda del otro lado de la barra, esa zona del bar que sólo él podía ocupar, mezclando líquidos, vaciando el coñac, el pisco y el whisky a una sola copa, preparando lo que él llamaba Coquetelón, brevaje que, invariablemente, dejaba out a más de uno.

El dormitorio de La Hormiga

Casa de Isla Negra - Sala huéspedes
La sala de huéspedes. En esta cama durmieron Mario Vargas Llosa y Olof Palme, entre otros.
La casa de Isla Negra fue, en un principio, nada más que dos paredes de piedra que se levantaban del suelo. Fue Neruda el que la fue inventando, teniendo a su lado a Delia del Carril. Ella, con cincuenta años, se le ha metido en la cama y en la mente forzando la separación de su primera mujer.

El amor por Pablo se apoderó de Delia de un momento a otro. Se entregó a su sentimiento sin pensar que tenía veinte años más que él. Tal vez haría en cierto momento el papel de la madre que perdió al nacer. Quizás podría refinarlo, porque era un joven mal educado en tabernas, criado en un rincón marginal del globo relata Teitelboim.

Pensando en ella construye la primera ampliación de la casa: la torre. Allí se encuentra ese dormitorio pequeño, en donde apenas cabe la cama de dos plazas, adornada con sábanas marineras, un ventanal curvo separado por dos molduras desde donde los enamorados observaban la lluvia repicando en el vidrio y el mar que se encrespaba, allá al fondo.

El océano Pacífico se salía del mapa. No había dónde ponerlo. Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana dice Neruda, para explicar esa vista que impresiona.

Cormoranes, albatros, gaviotas, pelícanos, alcatraces, chercanes, están atrapados dentro de los cuadros que adornan la habitación. Hay una puerta que comunica al altillo, donde estaba la biblioteca de Neruda, y que, además, conecta con el living en donde se hallan los mascarones. En esa puerta se puede leer avisos tales como: "Esta sala se rematará el domingo a la mañana" y "Horario de desayuno: entre 7.15 y 9.30. Después de este horario se considerará extra", de lo que se puede concluir que la mayoría de los desayunos del vate fueron "extras", dada su consabida afición al sueño.

Casa de Isla Negra - escritorio
Aquí escribió Alturas de Macchu Picchu, buscando inspiración en la fotografía aérea que le regalaron, luego de asombrarse in situ con la majestuosidad del lugar.

Contiguo a la sala se ubica el primer escritorio que tuvo el poeta. Es de una simplicidad que abruma, pero en las vetas que se dibujan en la superficie de la madera se reconoce su nobleza. No hay ventana alguna que permita la desconcentración del artista, sólo la piedra bruta convertida en pared. Sin embargo, una fotografía rectangular, que va de lado a lado del escritorio, delata el trabajo al que Neruda se abocó sobre él: es una vista aérea de Machu Picchu.

En esa ala de la casa, restringida al visitante común y silvestre, se halla además una segunda cama. Allí reposaban los invitados que pasaban la noche en Isla Negra. Allí se quedó Mario Vargas Llosa, también Olof Palme y el poeta ruso Eugenio Evtushenko.

Precisamente Evtushenko es quien cuenta una anécdota muy entretenida de la vez en que se quedó a dormir en casa de Neruda. Venían de un congreso de escritores en el que el vino y otros brevajes habían corrido sin discriminación. Evtushenko se acostó sin tener mucha conciencia de sus actos y al día siguiente partió en similar estado. Será necesario que Evtushenko regrese a Chile y pida ir a Isla Negra para que recién se entere del lugar en el que durmió aquella noche cuenta María Eugenia Zamudio, directora del museo.

No hay mucho más que ver.

La cocina y la bodega de vinos han cambiado absolutamente su cara. Ahí ya no hay rastros de Neruda. Ni siquiera su aliento embriagado de alcohol flota en el aire. Herramientas, cables, un tendedero. La bodega es un apiladero de objetos que nada tienen que ver con el poeta; y en la cocina, la comida rápida ha reemplazado al caldillo de congrio. La sensación de que es tan fácil borrar la huella de un poeta aparece repentinamente.

La retirada hubiera sido amarga de no mediar la voz que se escucha, casi como un susurro, cuando dejamos la casa. Una voz queda y nasal que dice: "Si he muerto y no me he dado cuenta, ¿a quién le pregunto la hora? ¿De dónde saca tantas hojas la primavera de Francia? ¿Dónde puede vivir un ciego a quien le persiguen las abejas? Si se termina el amarillo, ¿con qué vamos a hacer el pan?".