Por Verónica San Juan

Poeta de la humanidad violentada

Octubre no era un buen mes para Neruda. No lo fue desde los primeros años de la década del 50, cuando el poeta sueco y miembro de la Academia, Artur Lundkvist, inició una incansable y obstinada campaña para postularlo al Nobel de Literatura. Durante veinte años esperó. No fue una espera grata. Se sentía en una situación incómoda, próxima al ridículo. Eran demasiadas cabezas giradas sobre él cada mes de octubre. Neruda comparaba su postulación con una carrera de caballos: él era uno de los caballos y siempre perdía en las apuestas. “No tengo ningún interés personal. Un premio siempre es algo exterior a la obra de uno y siempre se me pone como candidato, aunque yo nunca me he situado como candidato”, comentaba.

Neruda debió mirar cómo celebraban otros notables: Ernest Hemingway (1954), Boris Pasternak (1956), Albert Camus (1957), John Steinbeck (1962), el rebelde Jean Paul Sartre que declinó el premio (1964), Miguel Angel Asturias (1967), Yasunari Kawabata (1968), Samuel Beckett (1969). Todos ellos antes que él.

Portada de El Mercurio del 22 de octubre de 1971

Investigaciones posteriores afirman que las derrotas no siempre fueron literarias. En el libro La Cia y el mundo de las artes y las letras: la Guerra Fría cultural (1999), la periodista Frances Stonor Saunders revela que la agencia de inteligencia norteamericana, CIA, torpedeó las candidaturas del poeta chileno, especialmente la de 1963, un año en que su nombre pesaba más que el de los otros postulantes. Según la autora, el ataque se centró en un único argumento: no se podía separar al Neruda poeta del Neruda comunista. Su poesía constituía un peligroso instrumento de propaganda política. Tras la nueva derrota, el permanente nominado escribió un artículo para el diario El Siglo:
“Cuando por la radio dijeron, repitiéndolo varias veces, que mi nombre se discutía entre los otros candidatos al Premio Nobel de Literatura, Matilde y yo pusimos en práctica el Plan N° 3 de Defensa Doméstica. Pusimos un candado grande en el viejo portón de Isla Negra y nos pertrechamos de alimentos y vino tinto. Agregué algunas novelas policiales de Simenon a esta perspectiva de enclaustramiento.
“Los periodistas llegaron pronto. Los mantuvimos a raya. No pudieron traspasar aquel portón. El gran candado de bronce no sólo es bello sino poderoso. Detrás de él rondaban como tigres. ¿Qué se proponían? ¿Qué podía decir yo de una discusión en que sólo tomaban parte académicos suecos en el otro extremo del mundo? Sin embargo ahí estaban los periodistas mostrándome con sus miradas sus intenciones de sacar agua de un palo seco. Pronto emigraron”.

El ganador de ese año fue el griego Giorgio Seferis.

Ahora sí

Ese 21 de octubre de 1971, en la residencia de la Embajada de Chile en Francia, Neruda preparó el rito de la espera. Sólo quería enterarse si el ganador sería el australiano Patrick White, el francés André Malraux (el favorito), el norteamericano Wystan Hugh Auden, el alemán Gunter Grass, o el senegalés Leopold Senghorsus, sus contrincantes de mayor volumen. Alguno de ellos y no él –ya era una tradición de dos décadas- se llevaría las 450 mil coronas y el reconocimiento mundial. Eran 106 candidatos y él uno más de la nómina.

Un grupo de periodistas lo aguardaba esa mañana en las afueras de la embajada. Ellos ya sabían la noticia. Habían escuchado por radio el fallo de la Academia de Letras que leyó el secretario Karl Ragnar Hierow, y sólo esperaban sus declaraciones. Neruda demoró su discurso. Estaba más preparado para una nueva derrota que para un buen anuncio. Ni la presencia de los reporteros ni las felicitaciones telefónicas, ni los cables, lo persuadían. Esperó dos horas más, hasta que el embajador de Suecia en París, Ingemar Hagglof, le entregó la confirmación oficial. Sólo después de ese gesto, el poeta enfrentó a los periodistas en el salón de la embajada. Llevaba una chaqueta negra, un pantalón gris, una corbata roja. Junto a él, estaba su esposa Matilde Urrutia, el poeta francés Luis Aragón y su hermana Laura Reyes.

Acomodado en un sillón, habló: “Ya saben que nosotros los poetas, siempre estamos esperando milagros. Y el milagro se realizó”. El poeta sin religión recurría a una explicación religiosa para su demorado triunfo.

En Chile hubo una pequeña revolución. Los trabajadores de Editorial Quimantú detuvieron sus faenas y la actriz María Maluenda les leyó poemas en el patio de la empresa. Los habitantes de la población Neruda embanderaron sus casas; los de la población Juan Noé crearon un centro de madres y lo bautizaron con su nombre. Las librerías de Valparaíso agotaron los ejemplares de sus libros, dos días después de la noticia. Las radios Almirante Lynch y El Salitre de Iquique transmitieron ciclos de poesía con su voz. La Dirección de Educación Secundaria envió a rectores y directores una circular con material pedagógico para que cada colegio realizara jornadas sobre el poeta. El directorio del Banco Central decidió emitir billetes con fragmentos de Canto general. Lo homenajearon los trabajadores de Endesa y los alumnos y profesores del Liceo de Hombres de Temuco: “Este liceo no puede negar su orgullo de haber tenido el honor de contribuir en el aprendizaje del hombre Nefatlí Reyes, hoy inmortal Pablo Neruda. El mundo honra hoy al poeta, pero el poeta honra al hombre ferroviario que era su padre. El inmortal de hoy fue el hombre sencillo de ayer; y José del Carmen Reyes Morales y Trinidad Candia, con su sencillo amor de ayer forjaron al hombre inmortal de hoy”, escribió el rector Daniel Rodríguez.
En la Cámara de Diputados y en el Senado se realizaron sesiones especiales. Todos prepararon discursos ampulosos. Sus opositores políticos se concentraron en su trabajo creativo. Por algunos días, el Premio Nobel de Literatura aquietó las pasiones de un país dividido ideológicamente. También hubo gestos inesperados. En una declaración insólita y pública, un grupo de académicos de la Universidad de Chile de la sede Osorno, le exigió que renunciara al galardón. Fue una carta radical, que revelaba la radicalidad de la época.: “La euforia creada en Chile en torno a esta nominación conduce a pensar erróneamente que el premio enngrandece al poeta y a su poesía. No es así, muy por el contrario, ya que el otorgamiento y la aceptación que Ud. ha hecho, tiende a prestigiar a este prostituido y reaccionario galardón literario”. Una declaración parecida emitió, desde el otro lado de la arena política, el crítico Hernán Díaz Arrieta, Alone: “Pablo Neruda es un genio y soy el primero en alegrarme por habérsele distinguido con el Premio Nobel de Literatura. Creo, sin embargo, que si es consecuente con sus ideas políticas debiera rechazarlo de plano, como lo hizo recientemente el escritor comunista Jean Paul Sartre”.

También hubo repercusiones en el extranjero. El New York Times llevó la noticia en portada y le dedicó una página completa, con dos estudios sobre su obra. En una biblioteca pública de Manhattan se multiplicaron las consultas por sus textos y los administradores del lugar debieron improvisar una exposición con sus libros. La misma alta demanda se vivió en los centros de estudios literarios de París consagrados a la literatura de América. En la brasileña Universidad de Minas Gerais, estudiantes y académicos se reunieron en un coloquio en torno a su obra. En París, Neruda retomaba sus labores diplomáticas y se preparaba para el ritual que venía añorando hace tanto tiempo.

En una iglesia anglicana

Esa tarde del 10 de diciembre Pablo Neruda ingresó a un templo protestante. La iglesia Filadefia fue el lugar escogido por la Academia para entregar los galardones. Se sentó junto a Earl Sutherland (Medicina) y Simón Kuznets (Ciencias Económicas). En la misma fila estaban Denis Gabir (Física) y Gerhard Herzberg (Química). Desde las cuatro y media de esa tarde, uno a uno, fueron recibiendo el premio de manos del Rey Gustavo Adolfo de Suecia. Sólo los diplomas y la medalla. El dinero les sería entregado al día siguiente, en un acto más privado. El secretario perpetuo de la Academia, Karl Ragnar, presentó al chileno: “Captar la esencia de Neruda en unas pocas palabras es como querer cazar un cóndor con una red de mariposas. Neruda en una cáscara de nuez es imposible…la médula rompe la cáscara”.

Fue en el Ayuntamiento de Estocolmo donde Neruda leyó en castellano y ante 800 invitados, uno de sus dos discursos memorables:

“Venimos de muy lejos, de fuera o de dentro de nosotros mismos, de idiomas contrapuestos, de paisajes que se aman. Aquí nos encontramos, en Estocolmo, en esta noche central del mundo.

“Vuelvo a las calles de mi infancia, al invierno del sur de América, a los jardines de lilas de la Araucanía, a la primera María que tuve en mis brazos, al barro de las calles que no conocían el pavimento, a los indios enlutados que nos dejó la conquista, a un país, a un continente oscuro que buscaba la claridad. Y si este resplandor se prolonga desde esta sala de fiesta y llega a través de tierra y mar a iluminar mi pasado, está iluminando también el futuro de nuestros pueblos americanos que defienden su derecho a la dignidad, a la libertad y a la vida.

“Yo soy un representante de aquel tiempo, y de las actuales luchas que pueblan mi poesía. Perdón por haber extendido mi reconocimiento hacia todos los míos, hacia los olvidados de la tierra que en esta ocasión feliz de mi vida me parecen más verdaderos que mi expresión, más altos que mis cordilleras, más anchos que el océano. Yo pertenezco con orgullo a la multitud humana, no a unos pocos, sino a unos muchos, y aquí estoy rodeado por su presencia invisible.

“En nombre de todos ellos y en el mío propio doy las gracias a la Academia sueca por el honor que hoy le concede a artesanía de poeta. Doy las gracias a este país de inmensos bosques y profundas nieves, cuyo sentido de la igualdad, cuyo amor a la paz, cuyo equilibrio y cuya generosidad impresionan al mundo. Doy las gracias y vuelvo a mis trabajos, a la página blanca que espera cada día a los poetas para que la llenemos con nuestra sangre y nuestra sombra, porque con sangre y sombra se escribe, se debe escribir la poesía”.

Tres días después leería en el edificio de la Bolsa sueca, su manifiesto biográfico y estético.

Pasó más de un año hasta que Neruda regresó a Chile. El gobierno le preparó un acto en el Estadio Nacional. Ese 5 de diciembre de 1972 llegó en un auto negro descubierto. Dio una vuelta completa por la pista del estadio. El marcador de goles tenía inscrito un pez, el sello acuñado por Neruda. El Presidente Allende estaba en Argelia y fue el general Prats quien se hizo cargo de la bienvenida. Neruda leyó un mensaje: “Europa es una gran construcción contradictoria y su cultura aparece vencedora en el tiempo y la guerra. Francia entre todas las naciones me acogió en su eterna lección de razón y belleza. Tuve, es claro una emoción que humedeció los ojos cuando el soberano de Suecia, el sabio Rey que ha cumplido 90 años, me entregó un saludo de oro, una medalla destinada a ustedes todos los chilenos. Porque mi poesía es propiedad de mi patria”.