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Jurista Helmut Brunner:

"LA POSICIÓN CHILENA ERA IRREDUCTIBLE"

"En Argentina los juristas serios estaban contestes en que la posición oficial no tenía sustento en derecho, por lo que no convenía solución alguna que no fuera la negociación, en la cual valerse de su mayor peso".

Por Mónica Cerda. Entrevista publicada el 6 de agosto de 2004 por el diario La Segunda, en el reportaje especial "Historia Secreta del conflicto".

Ante la súplica del Cardenal Samoré que les decía a los delegados chilenos: "Denle algo a los argentinos, una pequeña cosa que sea", reaccionó así: "Con la mayor seriedad propuse levantar en el Cabo de Hornos, que era emblemático para los argentinos, un hospicio para náufragos y peregrinos bajo jurisdicción chilena, sujeto a la tuición de las jerarquías eclesiásticas australes chilenas y argentinas. Cuando salimos de la reunión mis compañeros me dijeron: 'Suizo, estás loco, el que se cae al agua allá no naufraga, se muere por hipotermia; los peregrinos no existen porque se los llevaría el viento, ¿quién va a peregrinar al Cabo de Hornos?'. No obstante, la propuesta del Santo Padre me reivindicó: ¡figuraba el hospicio!", cuenta riendo el jurista Helmut Brunner que a cosas tan "peregrinas", valga la redundacia, se recurrió a fin de mantener la Mediación.

- ¿Hay una estrecha relación entre el conflicto austral y el del Beagle?
- El conflicto austral es algo así como un hijo putativo del arbitraje del Beagle. A raíz de declarar insanablemente nulo el Laudo, Argentina volvió a plantear sus aspiraciones para ellos derechos sobre las islas australes, aunque no existía antecedente jurídico alguno que las sustentara. No era sino una pretensión geopolítica exacerbada, tendiente a obtener el dominio de ambos océanos. Todas las islas al sur del Canal Beagle eran chilenas, por tanto estábamos y siempre estuvimos en el Atlántico. En el juicio, Argentina sostuvo que el Meridiano del Cabo de Hornos decidía la soberanía en la zona. El litigio sobre las tres islas del Beagle se extendía a todo el borde oriental del cono austral americano; lo que era una controversia respecto a tres islitas pasó a serlo sobre toda la región austral con frente al Atlántico.

La "castrada" acta de Plumerillo

- En enero de 1977 fue el encuentro en Mendoza Videla-Pinochet. ¿A qué se debió su participación como único civil en esa reunión castrense?
- Por tratarse de un encuentro militar y la gravitación de don Julio Philippi, el Estado Mayor Presidencial estimó que su presencia no era conveniente, de manera que me embarcaron a mí como asesor. Fue una tarea muy difícil, pues ciertos círculos militares tenían la errónea idea que los diplomáticos y juristas estaban complicando el asunto y que los Presidentes, ambos soldados, se entenderían. Los generales Pinochet y Videla prácticamente solos, discutían y tiraban líneas. De tanto en tanto llamaban a sus asesores más directos para transmitirles sus ideas a fin de que les dieran cuerpo. El trabajo lo hicimos entre Ernesto Videla, que traía la información directa, yo que la traducía a términos diplomático-jurídicos y el entonces coronel Bruno Siebert, Jefe del Estado Mayor Presidencial, que los pasaba a máquina. La comitiva argentina, exclusivamente militar, se limitaba a discutir nuestro texto. Proponíamos delimitación marítima, ellos exigían "delimitación" a secas. Así se fue castrando el primer borrador del Acta de Plumerillo.

Las apremiantes negociaciones continuaron hasta convenir en el Acta de Puerto Montt. Esta estableció ciertos parámetros y un procedimiento, a través de dos comisiones: la primera, destinada a lograr un clima de distensión y entendimiento a fin de evitar roces. Una segunda comisión abordaría los temas de fondo.

- Ya se había declarado nulo el Laudo; ¿cómo eran las relaciones entre las delegaciones?
- Hubo tensiones, a pesar de los muchos contactos. A mí me tocó trabajar en la primera comisión y luego, con Julio Philippi, apoyando los trabajos de la segunda. En las sesiones de ésta, presidida por Francisco Orrego, se hicieron serios intentos para lograr una solución mediante proposiciones concretas, como facilidades de navegación para los buques argentinos en las aguas de los canales, con el objeto último de concertar la delimitación marítima austral.Todo en vano, los argentinos querían islas, querían tierra.
"Si cedíamos, sentábamos el precedente frente a Bolivia y Perú"

- ¿Cómo Chile, a pesar de su vulnerabilidad, logró mantener su posición respecto a las islas australes?
- El eximio defensor de Chile, el paladín del inclaudicable respeto a los tratados, Julio Philippi, llevó al Cardenal Samoré a decir en un momento: "Ahh, con este gran jurista no es posible llegar a ningún acuerdo". Con el dominio que tenía sobre la materia, en la primera reunión con el Cardenal expuso con toda claridad, con toda crudeza, los derechos chilenos y la ninguna base jurídica de las pretensiones argentinas. En una reunión posterior me correspondió la última exposición. Confesé que, descendiente de germanos, no era mucha mi fantasía, pero en este caso vislumbraba un amplio campo en el cual movernos, cual era el extenso mar. La delimitación de la zona económica exclusiva y de la plataforma continental entre Estados con costas adyacentes o enfrentadas, como era el caso en la zona austral, debía tender en último término, a una solución equitativa, conforme al moderno derecho del mar.

En definitiva la solución se dio en el mar

"En cierta oportunidad en Roma, el Cardenal me dijo que esta perspectiva 'le había levantado el ánimo'. En definitiva, la solución se dio en el mar".

- Sin embargo, el Cardenal Samoré, partió pidiendo islas para Argentina.
- Cierto, desde un comienzo el Cardenal fue sumamente duro, y por ello la actitud de Julio, tendiente a disuadirlo de que nos desprendiéramos de algunas islas, puesto que Chile no estaba en condiciones de dar un centímetro de tierra.

- ¿Aunque hubiera habido guerra?
- Nuestra posición jurídica era muy clara, amparada por un Tratado inamovible. Si cedíamos, sentábamos el precedente respecto a Bolivia y Perú, así como se ponía en entredicho el sistema de tratados que fija las fronteras de todos los países americanos y del resto del planeta. No obstante la diferencia de potencial económico y bélico, había en el gobierno una absoluta decisión de mantener y no alterar en nada esa posición. Pinochet nos decía: "Yo no quiero la guerra; soy militar y sé lo que significa, pero si me obligan voy."

- ¿No era algo intransigente la posición chilena?
- Era una posición de principios y es la misma que tenemos actualmente. Con un criterio en un momento dado más militar y práctico Pinochet se allanó a dar a Bolivia una salida al mar, mediante el canje de territorios. Bolivia se desentendió de este requisito y Perú en definitiva torpedeó el intento.