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Cuando Chile estuvo a escasos minutos de la guerra
(continuación)

Argentinos alardeaban con la guerra

El coronel Sergio Silva era el comandante del regimiento Pudeto, cuya labor fue vital en la frontera.

Al otro lado de la frontera, los preparativos se hacían con aspavientos. Se consideraba que Chile era un rival de armas inferior, y varios de los miembros de la Junta de Gobierno que encabezaba Jorge Rafael Videla lo desautorizaron en más de una ocasión.

En momentos en que parecía que todavía la paz era posible, los “duros” de la administración trasandina se encargaban de imponer sus ideas de que la guerra era inevitable.

A diferencia de Chile, donde los preparativos de guerra se hicieron en medio de gran reserva para no alarmar a la población, los argentinos se movilizaron en medio de sonoras concentraciones al grito de “el que no salta es un chileno”, con oscurecimientos en sus principales ciudades, varias de ellas inalcanzables para el rango de vuelo de los envejecidos aviones de guerra de la fuerza aérea chilena, que estaba una generación atrás de la argentina.

El triunfo argentino ante Holanda en el Mundial de Fútbol de 1978, no hizo sino exacerbar los ánimos nacionalistas, que se dispararon con las declaraciones de las autoridades de la época.

Al referirse a la supuesta facilidad con que vencerían a los chilenos, algunos jefes militares argentinos incluso llegaron a hablar de “tomar champaña en La Moneda” para después ir a “orinar a Valparaíso”.

Espías argentinos capturados en suelo chileno

Durante la época de mayor tensión con Argentina, muchas versiones se multiplicaron hasta el nivel de mito. Algunas hablaban de enfrentamientos menores entre dos enemigos que llevaban meses apuntándose, pero no hay registros claros acerca de la intensidad de estas escaramuzas.

En cambio, hay hechos concretos, como la captura de espías argentinos en suelo chileno.

El coronel Sergio Silva, a cargo en esa época del regimiento Pudeto en Punta Arenas, cuenta de primera fuente el episodio: “Tuvimos prisioneros argentinos, entre ellos un oficial, a cargo de una patrulla”.

“Él se pasó con una patrulla del límite, por ahí cerca de Punta Arenas y Porvenir se les pescó. Se capturó a la patrulla y a un oficial. Eran 7 hombres. Fue sin tiroteo. Se les rodeó, y se les capturó. A la patrulla se le llevó al regimiento y al oficial también”, recuerda Silva.

“El oficial argentino contó todo. Era de inteligencia. Contó la distribución de las tropas, todo. Y después, cuando lo entregamos, dijo que lo habían torturado, pero era mentira. Pasando al otro lado, lo dieron de baja”, cuenta el coronel Silva.

Sus colegas chilenos recordarían, años después, el costo de esa soberbia tras la derrota en la guerra de Las Malvinas.

De estallar la guerra, Chile tenía la certeza de que era más que probable que se incorporaran Perú y Bolivia, alimentados por el deseo de reivindicar territorios que perdieron en la Guerra del Pacífico. Es lo que se conoce en términos militares como Hipótesis Vecinal 3, o HV3, que implica librar una guerra en tres flancos.

Frente a esta posibilidad, las autoridades chilenas resolvieron mantener el poderoso contingente que actúa como disuasivo en el norte y no mover ni uno solo de sus efectivos.

El flanco sur, sin embargo, fue reforzado desde la zona central del país, con numerosos efectivos que eran llevados en vuelos que despegaban a diario. Así, el número de efectivos llegó a ser respetable en el sur, aunque los argentinos seguían teniendo una amplia superioridad numérica.

Según cifras de la época, Chile tenía un contingente de 80 mil hombres, contra los 135 mil de Argentina, que en sus cálculos más alegres sostenía que era capaz de movilizar a 500 mil efectivos.

El “Día D” argentino, la gran batalla que no fue

En las islas Picton, Nueva y Lenox, la infantería de marina Chilena se había hecho fuerte, a la espera de un desembarco que los argentinos amenazaban con concretar. Teniendo en cuenta las características de esta fuerza, que tiene una naturaleza ofensiva, era lógico pensar que los chilenos no esperarían mucho después de recibir el primer golpe.

“Habría sido una carnicería”, han declarado responsables militares de la época.

Los chilenos conocían las dificultades de la zona gracias a las prácticas de sus blindados.

En el mar, la escuadra chilena aparecía en mejor pie que el resto de las fuerzas chilenas en comparación con las argentinas. Con tres cruceros, cuatro destructores, dos fragatas y tres submarinos, tenía la mejor dotación para oponerse a cuatro destructores, cuatro fragatas, dos corbetas, cuatro submarinos y el crucero Belgrano. Este último, sería hundido después, durante la Guerra de Las Malvinas.

Argentina tenía, eso sí, un arma que podía resultar desestabilizadora: el portaaviones “25 de mayo”. Sin embargo, las tempestuosas aguas australes dificultaban las maniobras de esta nave, que llevaba a bordo aviones de combate que, en otras circunstancias, podían haber causado grandes daños a las fuerzas chilenas.

Bajo el mando del almirante Raúl López Silva, la escuadra nacional se había preparado durante un año para vencer a los argentinos, por lo que cuando se supo que el ataque era inminente, recibieron la orden de salir a encontrar y frenar ese avance.

La fecha del ataque era clara: 22 de diciembre de 1978, a las 22 horas.

“El momento más difícil fue cuando anunciaron que al día siguiente se iba a iniciar el ataque. Nosotros estábamos ahí mismo, así que sabíamos como era el asunto”, dice el coronel (r) Silva.

Coincide el coronel (r) Feliú: “Poco antes del 22 de diciembre estábamos todos preocupados, sabíamos lo que podía haber sucedido”.

En el mar, donde probablemente comenzaría a definirse la guerra, los marinos chilenos vieron que la hora pasaba y que la agresión nunca llegó.

El teniente coronel Jorge Feliú era el jefe de logística en la zona de conflicto.

Varias versiones circulan para entender por qué la mecha de la guerra se apagó a último momento. Una de las más conocidas dice que la escuadra argentina se vio sorprendida por una tormenta en el mar que dejó muy maltrecha a su tripulación como para garantizar el éxito de la embestida inicial.

Otra versión, que circula en medio militares chilenos, dice que los argentinos se enteraron de que había submarinos nacionales en el área en que pasarían, por lo que vieron en ese momento la posibilidad cierta de ver notoriamente reducida su fuerza de mar por un ataque sorpresa.

La versión oficial argentina, sin embargo, dice que horas antes de iniciar el ataque se recibió la orden de frenar la ofensiva y aceptar la mediación del Papa Juan Pablo II.

El jefe de la escuadra, almirante López Silva, contaría después la frase con la que se despidió de su tripulación una vez que le guerra se alejó: “Les dije que, si bien el año 78 nos exigió estar muy lejos de nuestras familias y de nuestros amores, también nos permitió el privilegio de estar muy cerca de la gloria”.



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