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El Beagle en tiempos del conflicto

Por
Jaime Ercilla

Jaime Ercilla en sus años como redactor de Defensa en el Beagle

No he vuelto por esas latitudes. Me gustaría hacerlo ahora que está todo calmo, aun cuando las aguas son siempre bravas allí.

Mi viaje por el canal Beagle en abril de 1980 en misión periodística _ acompañando a científicos de la Universidad Católica a bordo de la barcaza Elicura de la Armada Nacional_ tuvo buena cuota de adrenalina para todos nosotros, especialmente para los civiles.

La zona del Beagle estaba en disputa y sometida a la mediación del Papa, que logró el Tratado de Paz cuatro años después. Antes de ese acuerdo histórico existió siempre el temor de escaramuzas porque Argentina reclamaba derechos sobre las islas Picton, Nueva y Lénox.

Entonces, era fácil encontrarse con las patrulleras argentinas que navegaban veloces y amenazantes, con un gran cañón en ristre.

En tanto, nuestra Elicura cumplía misiones de transporte y abastecimiento en la zona austral con una sola ametralladora para una eventual defensa.
El escenario tampoco ayudaba mucho al sosiego.

La Elicura cabeceaba con las grandes olas y la nieve no dejaba de caer formando una cortina blanca y acumulándose sobre la cubierta del barco. La tierra firme apenas se distinguía a la distancia, con un manto blanco.
Hermoso, pero “terrorífico”.

Y aquí viene lo bueno, más bien el colmo de los sustos.

En medio de la nevazón comenzaron a dejarse ver dos de las temidas
patrulleras argentinas. A corta distancia, como escoltándonos, pero amenazantes.

Los civiles con los ojos bien abiertos, asustados. Los marinos, cada uno en sus labores. Una de las patrulleras se colocó detrás a poca distancia, con el cañón que apuntaba. Nos preguntábamos: ¿ qué pretendían, qué haríamos?
Corría fuerte viento.

El capitán de la Elicura, inmutable, dio la orden: ¡La basura por la popa! Así fue que dos encargados de la cocina alzaron el barril con desperdicios y lo vaciaron íntegro. La basura se fue con velocidad con el túnel del viento y fue a caer esparcida sobre la patrullera que nos seguía de cerca.

Santo remedio. El navío viró a estribor y se alejó veloz, mientras nosotros aplaudíamos aliviados.

Alto el paso

Navegamos hasta Puerto Toro y la Elicura era en verdad en esos momentos un barco científico. Los investigadores estudiaban el comportamiento de las biomasas y los organismos vivientes en esas heladas aguas, ocupando casi 500 horas de buceo. Ese estudio era interesante para el dossier que los mediadores debieron tener en cuenta para definir que la flora y fauna del Beagle correspondía al Pacífico y no al Atlántico.

Así que la Elicura cumplía una misión histórica que debía parecer rutinaria.
Dejamos a los científicos en Puerto Toro y volvimos a Puerto Williams, donde había más sorpresas.

Un paisaje espectacular. El poblado parece pintado con un escenario de montañas nevadas, tierras negruscas, lengas inclinadas con el viento y el indómito Beagle al frente.

No puede uno resistirse a dar una vuelta por esos parajes de tanta belleza.
A poco andar, un cartel ordenaba: ¡NO PASAR!

¿Por qué? Si el bosque de lengas se ve tan hermoso, casi bucólico.
Haciendo ver mi calidad de reportero de Defensa, con curso de corresponsal de guerra nada menos, convencí a mis guías-anfitriones que develaran el misterio.

Hoy, después de 20 años, creo que lo puedo contar: Entre los árboles había otros que no eran tales. Bajo las mallas de camuflaje estaban, como bestias quietas, poderosas piezas de artillería, listas para entrar en acción.
Me sobrecogió, pero también sentí un sentimiento de poderío. Pensé: con razón todos se ven tan seguros por aquí .