Recordando la primera Copa América: La peculiar queja de Chile, un espectador goleador y una final con desmanes

El elenco nacional fue goleado por Uruguay y Argentina, aunque rescató un empate con Brasil.

26 de Junio de 2019 | 10:39 | Redactado por Felipe Santibáñez, Emol

Uruguay, el primer campeón.

Conmebol
Era el año 1916, el mundo se agrietaba con los fusiles utilizados en la Primera Guerra y Argentina padecía una época de crisis económica y turbulencias políticas. Sin embargo, el país trasandino quería conmemorar a lo grande el centenario de su independencia. Y el fútbol, ese deporte traído por los británicos y que había calado hondo en la cultura popular, no podía quedar fuera de los festejos. Así, se organizó el primer Campeonato Sudamericano.

Los participantes, además de los argentinos, fueron Uruguay, Brasil y Chile, que logró superar las rivalidades entre sus dirigentes para armar un equipo. Se jugó bajo el sistema de todos contra todos, armando el fixture para que los elencos rioplatenses definieran el título en la última jornada.

Chile reclamó por dos jugadores afrodescendientes


En el partido inaugural, "La Celeste" barrió con Chile. Goleó por 4-0 con dobletes de José Piendibene e Isabelino Gradín.

Gradín era un extremo izquierdo relampagueante, superdotado físicamente. Salió de uno de los barrios más pobres de Uruguay, tenía raíces africanas y sus abuelos habían sido esclavos en Lesoto. Años después, el famoso escritor Eduardo Galeano le rendiría culto con su pluma, pero en ese momento a los dirigentes chilenos no les hizo gracia alguna su actuación.

Una vez finalizado el partido, presentaron un reclamo por la inclusión de dos "componentes africanos" (el otro era Juan Delgado). La protesta fue desestimada y el charrúa acabó como goleador del torneo.

Tras la caída con los orientales, el cuadro nacional perdió 6-1 con Argentina y rescató un empate a uno con Brasil. Los comentarios sobre la actuación de Chile extenderían sus ecos por las décadas siguientes.

"El cuadro chileno tiene un defecto visible desde el primer instante. La falta de picardía, diríamos la viveza o la suspicacia necesaria para engañar a los contrarios y prever la acción ofensiva del rival (...) Los jugadores paran poco la pelota, rechazándola de inmediato por temor. Son ingenuos. Les falta práctica con cuadros ingleses o de otras naciones para ir aprendiendo la cantidad de habilidades de más provecho para el resultado del partido", escribió el periódico La Razón.

De las tribunas a la cancha


En el duelo de Argentina con Brasil se vivió un hecho que tensó nervios, pero que con los años ha sido narrado en tono de comedia. El delantero Alberto Ohaco, ídolo de Racing y autor de dos goles ante Chile, no pudo llegar a tiempo de un viaje laboral. Sin él, el cuadro local no podía completar el mínimo de futbolistas requeridos e iba a perder el encuentro.

Los directivos, contra el tiempo, se enteraron de que Ricardo Naón, jugador de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, estaba en el estadio y partieron a hablar con él. Sin embargo, Naón no quería saber nada, estaba indignado. En el pasado había sido parte de la selección, pero hacía dos años que no lo llamaban y recurrían a él solo por una emergencia.

A los dirigentes les cambió el color de la piel. Iba a ser un bochorno y, peor aún, jugando en casa. Pero antes de que los consumiera la angustia, Pedro Martínez, jugador de Huracán, les dijo que su compañero José Laguna estaba en las tribunas.

El "Negro" Laguna era un buscavidas, un moreno del interior que llegó a Buenos Aires con poco en los bolsillos y tan preocupado de su sobrevivencia como del fútbol. Fue un volante de trazos finos que nunca perdió la “malicia” del potrero. Lo habían convocado al equipo nacional, aunque solo a prueba.

Laguna, que ya tenía 31 años, iba vestido con su mejor traje, un pañuelo blanco en el bolsillo de la chaqueta y su sombrero chambergo. A diferencia de Naón, no demoró en decir que sí aceptaba. En cuestión de minutos ya lucía la camiseta de su país.

No se amilanó por las 16 mil personas que había en las gradas ni por la solemnidad del momento. Salió con la adrenalina a tope y con el mismo desparpajo que mostraba en el barrio. A los 10' le llegó la pelota y sacó un gran derechazo para abrir la cuenta. Una sonrisa pícara asomó en su rostro. Brasil empató a los 24', pero la alegría no se la quitaba nadie al "Negro".

Una final con desmanes


La igualdad ante los brasileros obligaba a Argentina a vencer a Uruguay en el último partido. El partido debía jugarse originalmente el 16 de julio en el Estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires. Sin embargo, la multitud que se aglutinó superaba por mucho la capacidad del recinto y empezaron los desmanes. El duelo se tuvo que suspender a los cinco minutos. Era el primer gran escándalo del fútbol sudamericano.

"Debía jugarse la final del campeonato sudamericano en el local del club Gimnasia, cuya capacidad es sólo para 15 mil espectadores. Entraron, sin embargo, 60 mil que invadieron la pista imposibilitando el juego. El público protestó y pasando a mayores incendió las tribunas que quedaron destruidas, y cometió otros excesos", explicó un corresponsal del diario El Comercio de Perú.

La noticia llegó a Montevideo y produjo molestia . Los charrúas creían que el caos se desató adrede para evitar el triunfo de "La Celeste". "¡Abajo Argentina!", gritaba la turba que salió a manifestarse en las calles.

Finalmente, el partido se disputó al día siguiente en la cancha de Racing. El local lo intentó, pero no pudo pasar de un empate a cero que convirtió al cuadro uruguayo en el primer campeón de lo que más adelante se llamaría Copa América.

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