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David Rieff, periodista y escritor: "Vamos a vivir décadas de indigenismo, de feminismo y de generismo"

Crítico de la "izquierda identitaria" y de los usos políticos de la memoria, el intelectual estadounidense analiza cómo esas tendencias también se manifiestan en nuestro debate constitucional, cuando el mundo atraviesa por "un momento de puritanismo y de visiones utópicas del futuro".

10 de Septiembre de 2021 | 08:44 | Por Álvaro Valenzuela Mangini, Crónica Constitucional
El Mercurio
"Me encanta esa persona. Es puro Balzac... ¡Estoy cien por ciento con él!".

La carcajada le brota espontánea al periodista y escritor norteamericano David Rieff cuando se entera de la historia de Rodrigo Rojas Vade y su falso cáncer. A Rieff, un escéptico en toda la línea y un crítico decidido de la cultura woke —el movimiento que, en nombre de la corrección política, se ha tomado el mundo intelectual en Estados Unidos—, el caso del "Pelao Vade" le recuerda historias de su propio país, como las de profesoras blancas que, en el ambiente universitario norteamericano, se han presentado como negras: "Eso también me encanta... Me encanta la complejidad y mi problema con la izquierda identitaria de nuestra época es que ellos odian la complejidad".

Tales palabras no provienen de un intelectual conservador. Por trayectoria y diríase que hasta por genes —es hijo de la famosa escritora Susan Sontag—, lo que parece mover a Rieff —autor de controvertidos libros como "Elogio del olvido" o "Una cama por una noche" y colaborador de medios como New Yorker o New York Times— es un espíritu de constante cuestionamiento y confrontación de las ideas con la realidad. Fue su experiencia cubriendo la guerra de los Balcanes la que lo llevó a reflexionar sobre la "memoria", al advertir que esta también puede ser usada para agredir y conculcar libertades, y que en ciertos momentos el olvido puede ser una opción razonable. Así, tal como destaca por una parte el Museo de la Memoria chileno —lo visitó en 2018—, critica sin eufemismos experiencias argentinas como el Parque de la Memoria en Buenos Aires o el Museo de Sitio en la ESMA —"esa mierda izquierdista"—, pues, dice, promueven "una memoria más o menos montonera", que señala como víctimas incluso a quienes participaban en acciones terroristas y murieron mucho antes del golpe militar.

El analista no solo conoce Chile —ha estado viniendo desde la década de 1990 y su red de contactos incluye desde el constituyente Patricio Fernández hasta el escritor Arturo Fontaine—, sino que ha seguido con atención el proceso que se iniciara el 18 de octubre de 2019, cuando no pudo viajar a Santiago justamente por los incidentes que cambiaron nuestra trayectoria política. Si lo de esos días lo sorprendió, tratándose de un país donde parecía que nunca ocurrirían cambios, hoy piensa que existen posibilidades "bastante radicales", dependiendo de lo que pase con la futura Constitución y el próximo gobierno. "Uno podría imaginar algo aún más radical que el país de la Unidad Popular. Porque, después de todo, también Allende era un miembro de la élite... Pero, bueno, hablo como si fuera un experto, y de ninguna manera lo soy".

Con esa advertencia es que Rieff acepta analizar algunas de las tendencias que han asomado en estos dos primeros meses de Convención Constitucional.

Llama la atención cómo en los debates de esta Convención la memoria está teniendo un protagonismo inmenso: la memoria más reciente, el régimen militar, pero también la conquista española o la relación del Estado con el pueblo mapuche. ¿Por qué las batallas de la memoria pueden tener tanta presencia cuando un país discute su proyecto de futuro?

—La izquierda tiene ideas sobre la culpabilidad de las élites en toda América Latina, y obviamente también en Estados Unidos, una idea de restitución, de disculparse, pero también de dar "voz", entre comillas, a las voces reprimidas u ocultadas: que ahora las voces de la narrativa tradicional, nacionalista, se callen la boca y que escuchemos durante no sé cuánto tiempo la narrativa feminista, la narrativa, sobre todo en el caso de Chile, indígena, y vamos a reconstituir una sociedad diversa, justa.

"El problema para mí es que esas personas no tienen la menor idea de la economía. Hemos visto en los Estados Unidos, por ejemplo, el triunfo del woke, de la critical race theory, y ahora no quieren que sigan habiendo departamentos de griego en las grandes universidades, pero al mismo tiempo han crecido la desigualdad y la pobreza a un nivel inédito. No creo que sea algo consciente, pero pienso que inconscientemente saben que para manejar la economía no hay ideas alternativas en este momento, solo distintas versiones del capitalismo, y por eso es más fácil focalizarse en los asuntos culturales y presentar estos asuntos como centrales, evitando hablar en serio de la economía. Porque, ¿qué van a hacer? Uno podría imaginar un alza de salarios, pero ¿cambiar el sistema? No creo que la Convención lo vaya a nacionalizar todo".

En este contexto, ¿son realmente batallas por el pasado las batallas de la memoria?

—No, son batallas por el presente. No hablamos de la memoria histórica en términos de lo que sucedió, no sé, en Antofagasta en 1849; estamos hablando de qué pasó en Antofagasta en 1849 que nos parezca relevante para nuestras ambiciones, nuestros ideales, nuestras ideas culturales. Por eso, hay un enfoque, por ejemplo, sobre la historia de la literatura gay o la de las mujeres pintoras, escritoras, ocultadas por el poder hegemónico masculino, etc. Y en el caso de los mapuches en Chile, creo que el concepto de Freud tiene mucha relevancia: es el regreso del reprimido.

¿Algo que estuvo reprimido por mucho tiempo y que ahora vuelve?

—Y es verdad que lo estuvo, no es posible negarlo. Pero ¿cuál es la relevancia de la experiencia indígena para un migrante venezolano de hoy? Me parece un romanticismo absoluto. Abstracciones sin vínculos con la realidad cotidiana de, no sé, un migrante venezolano, pero también un chofer de bus chileno en las afueras de Santiago.

"Me parece que en Chile existe hoy un consenso sobre la memoria de la dictadura. El Museo de la Memoria es una institución impresionante y podrían ir, digamos, un Gabriel Boric y un Arturo Fontaine, y más o menos estar de acuerdo con el relato del museo. Pero no hay consenso sobre el pasado colonial o la dominación de clase en la historia chilena. E imagino que también van a repensar —un neologismo horrible— la Guerra del Pacífico, por ejemplo".

A propósito de esta reivindicación de lo indígena, se lo plantea también como receta de futuro, diciendo, por ejemplo, que la cosmovisión indígena sería una respuesta a nuestros desafíos en materia ambiental. Hay también autores que hablan de un feminismo mapuche. ¿Tienen sentido esos planteamientos?

—Es un romanticismo de la izquierda extrema y del fascismo también: el regreso a la naturaleza. La idea de que el premoderno tenga las soluciones para enfrentar los desafíos del presente es, para mí, una tontería. Uno puede escuchar estas propuestas también en América del Norte: vamos a recuperar la salud ambiental por medio de lo que sabían los pueblos premodernos y que nosotros, los malvados modernos, habíamos reprimido. ¡Pero todos los premodernos morían a los 35 años...! Hemos entrado en términos de política cultural —y también de “política política”— a una época de sentimentalismo y romanticismo inéditos en los últimos cien años.

¿Y es peligroso eso?

—Qué sé yo en realidad, pero creo que vamos a vivir décadas de indigenismo, de feminismo y de, no sé cómo decirlo, “generismo” romántico, sentimental. Un contexto en el cual la importancia de la cultura será hacer la representación de comunidades ocultadas, reprimidas, olvidadas. Y las funciones tradicionales de la cultura —la trascendencia, por ejemplo— no van a tener la misma relevancia. Se ve una crítica bastante generalizada a la cultura burguesa, en favor de la cultura comunitaria. Para mí, esto es un desastre cultural. Pero aquí en los Estados Unidos, al mismo tiempo que se ha dado este triunfo del woke en la cultura —universidades, museos, filantropía, teatro, etc.—, cuando uno lee periodismo económico, los mercados están felices, es un momento espectacular para la economía de la gran burguesía. Si yo tuviera que hablar del futuro, pienso que vamos a ver una mezcla de esta visión utópica de la cultura, de la sociedad, pero con una vida empresarial más capitalista. En el caso de Chile, no puedo imaginar que vaya a renunciar al capitalismo y a los mercados internacionales.

Esa cultura radical tal vez no afecte entonces al capitalismo, pero ¿qué pasa con las libertades?

—Es una buena pregunta. Aquí entramos al gran debate de Isaiah Berlin y de las libertades negativas y positivas. Porque es obvio que el comunitarismo de izquierda no comparte las ideas de libertades "burguesas"; hay una fuerte crítica allí a las ideas de libertades "negativas" (esto es, que demandan la ausencia de coacción sobre el individuo) y hablan, en cambio, de libertades comunitarias, de derechos de las comunidades, etc.

Usted ha dicho que se vienen tiempos más puritanos...

—Sí. Hay un puritanismo según el cual la cultura debe servir al pueblo, ser útil, movilizar. La visión woke de la cultura es una que ya conocemos bien: la visión, más o menos, del comunismo, de la cultura al servicio de la bondad y de la justicia. Es la revolución cultural china, pero sin violencia, sin un castigo serio; no van a arruinar la vida de millones de personas como lo hicieron las guardias rojas. Pero creo que hay algunas ideas dentro de la mezcla de esta cultura progresista que se oponen a la cultura burguesa tradicional y a las ideas de la libertad negativa en el sentido de Berlin.

En la Convención chilena un concepto que ha flotado en las discusiones es el de negacionismo...

—Yo me opongo a todo castigo o prohibición por lo que se señala como negacionismo, ya sea que se trate de la Shoah o de la dictadura de Pinochet. No estoy de acuerdo con la decisión de muchos países europeos luego de la Segunda Guerra Mundial de haber prohibido el negacionismo. Si uno acepta la prohibición de negar la Shoah, ¿cómo puedes ponerte en contra de la prohibición de otros negacionismos? Es muy difícil moral e intelectualmente. Desde el punto de vista de la lógica, ¿qué hacemos? ¿Hablamos de cifras? ¿Puedes negar hasta 30 mil víctimas, pero no puedes negar de cien mil hasta seis millones?

A propósito de esa discusión, en una de las comisiones de la Convención se ha hablado de aplicar la prohibición del negacionismo incluso respecto de las personas que sufrieron abuso policial después del 18 de octubre de 2019...

—Yo diría que se ha regresado a la visión de Rousseau, la voluntad única: nosotros, las buenas personas, sabemos que la policía cometió abusos a los derechos humanos... Por eso soy tan crítico del Parque de la Memoria de Buenos Aires, porque las víctimas de la dictadura son sin duda víctimas, pero un montonero en 1970 que cometió un acto terrorista, ¿tenemos también que alinearnos con él? En estos debates, eso sí, me parece que hay que ser cautelosos, porque no es que quieran reprimir toda diversidad, no quieren prohibir todo debate. Pero sí piensan en expulsar más puntos de vista de la discusión. Es decir: sí, hay opiniones que no vamos a compartir pero nos parecen aceptables; sin embargo, hay también una gran cantidad de opiniones que simplemente no son aceptables. Para mí, este es el secreto del woke... y parece que también de muchas personas en la Convención.

Pero esto de tener más conciencia de los crímenes del pasado, de construir por la buena o por la mala un cierto consenso en su condena, ¿no nos hace mejores? ¿No ayuda a que se vuelva real el "nunca más"?

—No lo creo ni por un segundo. Lo he dicho en mi libro. No creo que las sociedades aprendan mucho del pasado. Siempre he sido un antiutópico, pero ahora estamos viviendo un momento de puritanismo, de romanticismo y de visiones utópicas del futuro. Y también están convencidos de sus ideas morales. Y es muy peligroso dejar de dudar de uno mismo. Es un totalitarismo espiritual. Por eso hablo de puritanismo. Lo que me ha interesado mucho de esta revolución cultural es que todos hablan de la diversidad, pero al mismo tiempo todos dicen la misma cosa. No la cosa que las personas decían hace cuarenta años, pero no hay diversidad de opiniones, hay una línea: una línea cultural, una línea sobre la naturaleza del género, etc. Dos veces por año estoy un poco celoso de esa confianza en su propia visión... pero solo dos veces y por no más de 15 minutos.

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