Columna de Astronomía | El gigante escondido en el jardín

El brillo de algunas estrellas nos puede encandilar y esconder de nuestra vista, y de los telescopios, objetos celestes enormes.

14 de Febrero de 2018 | 09:28 | Por Alejandro Clocchiatti
Por Alejandro ClocchiattiAcadémico del Instituto de Astrofísica de la U. Católica de Chile

Doctor en astronomía de las universidades Nacional de La Plata (Argentina) y Texas en Austin (EE.UU.). Fue investigador postdoctoral en el Observatorio Interamericano de Cerro Tololo. Actualmente es profesor titular del Instituto de Astrofísica de la Pontificia Universidad Católica de Chile, e investigador del Instituto Milenio de Astrofísica y del Centro de Astrofísica y Tecnologías Afines (CATA).

Los cúmulos estelares están entre los objetos más atractivos del cielo para la observación telescópica. Son grandes grupos de estrellas que nacen y evolucionan juntas, atrapadas por su gravedad mutua. Reconocemos dos grandes tipos: los globulares –formados por entre centenares de miles y algunos millones de estrellas–, y los abiertos, que contienen entre cientos y decenas de miles. Nuestra galaxia tendría entre 150 y 200 cúmulos globulares y cerca de 20 mil de los abiertos.

El más llamativo es un cúmulo abierto en la constelación de Tauro conocido popularmente como "El cochero" o "Las siete cabritas". El nombre formal es "Cúmulo de las Pléyades", en honor a las siete hijas del titán Atlas con la ninfa Pléyone, en la antigua mitología griega. Galileo Galilei se sorprendió cuando lo miró por primera vez con un telescopio y encontró no siete sino más de 40 estrellas en él. Hoy, las observaciones modernas revelan más de mil. Salvo las Pléyades, muy cercanas a la Tierra, los cúmulos se ven a simple vista como estrellas de apariencia difusa.

Desde la invención del telescopio los astrónomos hemos buscado cúmulos. Edmond Halley descubrió Omega Centauri, el mayor de todos, en 1677. Nicolas Louis de Lacaille, explorando el cielo sur desde Sudáfrica, descubrió Kappa Crucis (Cofre de Joyas) en 1751.

Un cúmulo estelar de unas 44 mil estrellas a una distancia tal que deberíamos haberlo notado la primera vez que miramos al cielo con ojos humanos

Alejandro Clocchiatti
Con el tiempo entendimos que los cúmulos son excelentes laboratorios para estudiar la evolución estelar porque proveen muestras de estrellas que nacieron aproximadamente al mismo tiempo y con la misma composición química, fijando así dos variables físicas críticas. Su búsqueda se intensificó gracias al desarrollo de mejores telescopios, placas fotográficas y detectores electrónicos. Los astrónomos considerábamos que el censo de cúmulos en nuestra zona de la Vía Láctea estaba completo y que relevamientos en el infrarrojo como el VVV, que permiten ver a través del polvo interestelar, nos darían la chance de completar el conteo de los más distantes.

La realidad, sin embargo, nos tenía guardada una sorpresa: un cúmulo estelar de unas 44 mil estrellas a una distancia tal que deberíamos haberlo notado la primera vez que miramos al cielo con ojos humanos. Pero nunca lo vimos porque estaba escondido atrás de la estrella más brillante del firmamento.

Gaia-1, tal es su nombre, está a solo 10’ de Sirio (la Luna llena tiene 30’ de ancho). Es imposible verlo a ojo desnudo o con apoyo de un telescopio porque la pupila se acomoda al brillo de esta estrella y pierde la capacidad de ver objetos débiles cercanos. Y, al usar placas fotográficas o detectores electrónicos, el brillo brutal de Sirio produce halos de saturación y reflejos que imposibilitan la detección de objetos vecinos. Para descubrirlo fue necesario GAIA, un telescopio espacial astrométrico de precisión exquisita. GAIA orbita al Sol en nuestro punto lagrangiano L2 (a unos 300 millones de quilómetros del astro) y desde allí hace escaneos múltiples del cielo para medir el pequeñísimo desplazamiento de las estrellas que resulta del cambio de posición anual del telescopio (la paralaje) y así obtener sus distancias.

Los grandes cambios de posición absoluta del satélite hacen que los halos y reflejos de Sirio aparezcan en diferentes partes según la imagen. La comparación digital de cientos de ellas permitió descartarlos, quedarse con las señales luminosas reales, y medir la posición y distancia de las estrellas detrás de Sirio.

Así fue como los colegas de GAIA descubrieron el cúmulo. Estrictamente no lo vieron, sino que notaron en sus tablas de datos que en esa zona del cielo había muchas estrellas juntas, todas a la misma distancia de la Tierra. Sea que trabajaron de astrónomos, o de contadores, descubrieron al gigante escondido en nuestro propio jardín y nos dejaron preguntándonos: ¿Cuántas cosas significativas habrá detrás de las luces que nos encandilan?

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