“Se compraron el cuento de que ser liberal es aceptar todo”

Historiadora y chef autodidacta. Ambas profesiones la definen en su ser más profundo, porque apuntan a las cosas que la motivan en la vida. Con su aguda visión hace un juicio crítico de quienes se dicen liberales hoy.

14 de Abril de 2005 | 10:55 |
Uno de los mejores panoramas a los cuales se podría aspirar es hacer un viaje acompañados de esta historiadora. No sólo se pasea por el arte, la historia, la política o la economía, sino que sus conocimientos abarcan áreas de la vida cotidiana tan interesantes como la comida que, unidos a su gracia y humor, la convierten en la compañera ideal.

Pergaminos le sobran, como un master en filosofía en la Universidad de Oxford, pero ella no los luce, tanto por humildad como porque le interesa más estar en constante movimiento, siempre persiguiendo nuevos desafíos.

Lucía Santa Cruz Sutil, casada, tres hijos, corre todo el día, pero se le ve feliz. Su tiempo lo reparte entre la dirección del Instituto de Economía Política de la Universidad Adolfo Ibáñez; cuatro directorios, entre ellos, Televisión Nacional de Chile; y el consejo del Instituto Libertad y Desarrollo.

Su bagaje cultural es su gran fuerte. Hija de diplomático, vivió parte de su adolescencia en Inglaterra, lugar al que regresó en los ´60 para realizar un Bachelor of Arts en Historia en la Universidad de Londres. A principios de los ´70, trabajó como periodista free lance para la BBC y Time, labor que continuó más tarde en Chile.

Hoy está dedicada cien por ciento a terminar un estudio sobre la elite chilena, cuyos avances han develado que Chile ha sufrido grandes transformaciones en las últimas cinco décadas.

A unos meses de su publicación, las primeras conclusiones extraídas indican que la elite tradicional, aquélla que va de la independencia hasta la reforma agraria, dejó de ser el eje del poder con el gobierno militar y la economía de mercado. También que ha habido un grado, más significativo de lo que se cree, de movilidad social en las elites. Y que éstas se pueden categorizar a partir de su nivel de estudio en tres: tradicional, de primera generación y emergente.

- Lo que define la elite son los estudios. ¿Qué pasa con el origen social?
“Efectivamente, hasta los 50, un elemento muy importante para pertenecer a la elite era el origen social, estaba basada en los derechos adquiridos de ciertas familias por ser los fundadores de la patria y vinculados a la posesión de la tierra. Ahora, en el año 50 ya había profesionales en la elite, incluso 7 postgrados, y hoy cerca del 30% tiene postgrados”.

- ¿La elite tradicional combina los dos aspectos?
“Claro, arrastran la tradición, pero además tienen todas las virtudes que se requieren para venderse en el mercado de forma exitosa. Los llamamos los reciclados; es decir, aquéllos que se pudieron adaptar al cambio”.

- La elite tiene influencia ¿está también vinculada a la riqueza?
“Cada vez más. El criterio de selección tiene que ver con la capacidad de generar riqueza, que es lo que el mercado premia más. Hoy el mercado no premia la cultura, ésta dejó de ser un bien deseable por la mayoría”.

- ¿Es éste uno de los cambios de las últimas décadas?
“Para mí es una de las grandes pérdidas. Se hizo una serie de preguntas de la vida cotidiana, como el tipo de comidas, lectura y otros, y descubrimos que sólo un 18% afirma que los fines de semanas, en lo que considera ocio, lee y eso incluye revistas y diarios”.

- Entonces los reclamos por la falta de cultura son un saludo a la bandera.
“Es que pueden haber otros sectores que son más cultos y que la valoren más”.

- Pero eso lo hace paradójico, porque, en general, acceder a la cultura implica recursos.
“Sí. El Teatro Municipal es uno de los símbolos de estatus y es un lugar de encuentro de las elites, pero antes la valoración de la cultura era mayor y de hecho la movilidad social que había estaba muy ligada al hecho de que había que ser culto”.

- ¿La pérdida de tradiciones también se cuenta entre los cambios registrados?
“Sí, pero se ve un deseo por reestablecer algunas tradiciones. El revival (resurgimiento) de la cocina chilena se inserta en una nueva búsqueda de conectarse más con la identidad nacional”.

- Eso parece más una moda.
“Lo que distingue una moda de una tendencia es la perduración, la moda es muy efímera y yo veo una tendencia”.

- ¿Concuerdas con algunos en que Chile es un país rasca, vulgar?
“Creo que se ha masificado. Un porcentaje importante de la masa está mejor de lo que estaba, tiene más posibilidades y un mundo más amplio; y las elites también se han masificado.
“Hay un problema de vulgaridad, se ve en la televisión, en el lenguaje, en la falta de buenas maneras como el respeto por los demás”.

- ¿Y cuál es la razón?
“Tiene que ver con una gran confusión ideológica que existe en Chile sobre qué significa ser liberal. Algunos se compraron el cuento de que ser liberal es aceptar todo, o sea, no hacer juicios ni éticos ni estéticos de ninguna naturaleza, porque todo estaría permitido. Que destacar a Shakespeare por sobre la Corín Tellado atenta contra el multiculturalismo, que es elitista y perverso. ¡No!, voy a morir diciendo que Shakespeare es mejor que la Corín Tellado. Creo que esa es la definición más vulgar de liberalismo. El liberalismo no tiene nada que ver con el relativismo ético ni estético”.

Lucía Santa Cruz tienden a ser optimista y realista a la vez. Ve las cosas con sus lados positivos y negativos. Por eso, cuando se le plantea que es desolador que la elite chilena no sea culta y además, sea la imagen de Chile en el exterior, reconoce serias preocupaciones.
“La elite debe tener un sentido de misión vinculado al destino al país”, sentencia.

- ¿Y eso no existe?
“No se puede ser tan categórico, pero en el estudio pudimos detectar que existen más proyectos individuales que un compromiso con la colectividad. Yo entiendo que eso es normal después de un exceso de proyectos colectivos”.

- ¿Cuáles? ¿Los de los ochenta?
“No, mucho antes, con los proyectos ideológicos de los ´60 y ´70. Ahí la gente pensaba que no tenía ni una opción de cumplir el “american dream”, de alcanzar el bienestar porque éramos un país pobre. Ahora, la sobredosis de utopías nos llevó a un pragmatismo político muy positivo en muchos aspectos, pero también contribuyó negativamente al individualismo exacerbado, al desinterés por el destino del país, a la apatía de los jóvenes en algunos temas”.

- Cuestión que reforzó el crecimiento económico y su individualismo ¿supongo?
“Lo negativo fue eso, pero nos permitió ver que podíamos ser un país sin pobreza. Antes era considerada un hecho de la causa y se la trataba de distribuir más que realizar un intento serio por superarla.
“Además, esto da cuenta de la movilidad social. El mercado por definición no permite no premiar a los más talentosos. Las empresas tienen que tratar de reclutar a los mejores, no se pueden dar el lujo de contratar al hijo del amigo”.

- Planteaste hace poco que la “meritocracia” avanza, pero el “pituto” sigue presente.
“Mira, es la eterna discusión sobre el vaso semilleno o semivacío. En los últimos cincuenta años han pasado cosas que reflejan que el pituto es cada vez más difícil. Antes el ingreso a la universidad no era ni competitivo ni anónimo. Sólo un 2,5% de los chilenos habían terminado su educación media, lo que significaba que sólo ellos podían aspirar a subir, y hoy un 35% tiene educación superior y puede competir”.

En este terreno, Lucía Santa Cruz se apasiona. Hace ver que las personas, además de sus títulos, “venden” muchas capacidades heredadas en el entorno familiar como son la asertividad, la seguridad y la sanidad mental. Apunta a que las falencias en esas áreas sólo se pueden superar con una reingeniería social muy grande, y por eso, demanda una radical, eficiente y urgente reforma educacional.

El esfuerzo, a su juicio, debe ser mucho mayor a los tímidos pasos dados en los últimos años porque se requiere modificar currículo, métodos de enseñanza y formas de evaluación.

“Esto no está en la agenda de nadie, porque la educación no gana votos”, se lamenta.

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