Niños enfermos de cuerpo y alma

Les duele la cabeza, el estómago y a algunos de ellos se les llega a caer el pelo y pierden el control de esfínteres. Detrás de estos síntomas no sólo está el dolor, sino también una disfunción síquica que les hace expresar sus problemas emocionales a través del cuerpo. Son las enfermedades sicosomáticas, que cada día están llevando a más niños y adolescentes a las consultas médicas y que deben ser tratadas como lo que son: una patología que no sólo involucra los órganos físicos, sino también la salud mental de quienes la padecen.

05 de Abril de 2007 | 11:21 |
En diciembre del año pasado, Fernanda (7) comenzó a tener problemas digestivos cuando llegaba la hora de partir al colegio. Su madre, Sandra Bustamante, recuerda la experiencia: "Ella nunca iba al baño en la mañana, pero de un día para otro comenzó a tener la necesidad de hacerlo, porque se quejaba de que le dolía la guatita. Como le estaba dando yogur con cereales al desayuno pensé que eso era lo que le estaba haciendo mal y se lo cambié, pero siguió igual".

Sumados a los dolores de estómago comenzaron los llantos desconsolados sin motivo aparente. "Un día, mi marido tuvo que ir a buscarla y traerla a la casa porque se sentía muy mal. Cuando la tuve de vuelta en casa pensé que era pura maña, por eso no quise llevarla al doctor. Pero otra vez, en la medianoche, llegó a mi cama y me dijo Mamá, por favor sácame la cabeza para dejar de pensar. Ahí me contó que en el colegio le habían dicho lo que significaba la palabra gay (que en ese tiempo estaba de moda por la canción Pluma, pluma gay) y ella estaba muy asustada de poder serlo porque quería mucho a sus compañeras".

Al día siguiente Sandra llevó a Fernanda donde una siquiatra, quien le recetó ansiolíticos y, a través de la conversación, descubrió que el verdadero origen de sus miedos y ansiedades tenían que ver con el paso del kinder a la educación básica. "Estaba estresada porque ahora iba a estar en el patio de los grandes. La siquiatra me explicó que Fernanda era una niña extremadamente ansiosa, obsesiva y sensible. Que ésa era su forma de reaccionar, y que probablemente tendría algún otro cuadro similar durante su desarrollo".

No se arriesgan a dar cifras concretas, pero los especialistas en el tema aseguran que en los últimos años las consultas por trastornos sicosomáticos entre niños se están haciendo cada vez más frecuentes. Daniela Camponovo, siquiatra infanto-juvenil del Instituto Neuropsiquiátrico de Chile (INC), se sorprende de ver la cantidad de escolares que colman las salas de espera del área de Neurología para consultar por dolores de cabeza recurrentes que no tienen ninguna causa orgánica, en tanto que la doctora Carla Inzunza, siquiatra infantil de la Unidad de Siquiatría de Enlace del departamento de Salud Mental de la Universidad Católica, reconoce que en la consulta han aumentado los casos de niños afectados por episodios de alopecia areata - caída del cabello sectorizada- , enuresis secundaria - niños que se hacen pipí aun cuando ya saben controlar esfínteres- y problemas de vitiligo, a los cuales, además de existir las alteraciones orgánicas, se sabe que los factores sicológicos participan en su origen en forma relevante.

"Estas son patologías serias, donde uno muchas veces no logra llegar a tener un conocimiento certero de por qué se producen, aunque hay varios factores medioambientales que están incidiendo en su manifestación, como mayor estrés escolar, competitividad y desapego de los padres", explica la doctora. "Pero todos los que trabajamos con las emociones sabemos que en los niños los conflictos mentales frecuentemente se pueden expresar a través del cuerpo. Estos niños llegan al doctor con cuadros evidentes de aletargamiento e irritabilidad, y los pediatras cada vez nos están derivando más estos casos. Los estudios cada vez más hacen patente la relación mente-cuerpo".

Las enfermedades sicosomáticas infantiles son un área aún en estudio dentro de la siquiatría. Los manuales de clasificación de patologías las consignan, pero no las incluyen dentro de una categoría específica, y para diagnosticar a los niños los especialistas utilizan los parámetros establecidos para identificar este mal en los adultos: establecer si existen correlaciones entre la aparición de los síntomas y la vivencia de situaciones estresantes para los niños, además de ver cómo se manifiesta el mal a lo largo del tiempo, porque este tipo de enfermedades tiene la particularidad de no ser constantes: aparecen y desaparecen, y por eso muchas veces los padres no les toman mayor importancia.

Emociones que cuesta expresar

Detrás de estas manifestaciones físicas se esconden problemas emocionales importantes de saber identificar en los más pequeños. A diferencia de los adultos, ellos, por no tener un dominio cabal del lenguaje y la capacidad de observarse a sí mismos, tienen dificultades para reconocer lo que sienten. "Mientras más pequeños son, más problemas tienen para expresar y verbalizar sus emociones: yo me siento mal, yo estoy triste, estoy enojado, no me gusta lo que estoy viviendo. Esa dificultad para mentalizar es lo que puede producir o agudizar el síntoma físico", ejemplifica la doctora Inzunza.

Hay caracteres que son más vulnerables a generar enfermedades sicosomáticas. Ellos son los niños alexitímicos, que se caracterizan por su imposibilidad para leer y percibir sus propias emociones, y "pueden tener rasgos de perfeccionismo, altas expectativas personales. Son autosuficientes y muy responsables, que muchas veces tienden a negar y reprimir sentimientos como la ansiedad, la ira y la agresividad", describe Daniela Camponovo.

Por otro lado, están los niños que desarrollan altos niveles de ansiedad, gatillando sus crisis ante episodios de angustia y miedo: "Son los que viven angustiados antes de una prueba porque sienten que no han estudiado mucho, que siempre buscan qué culpa tuvieron ellos en algo, que viven con miedo: si la mamá sale y se demora, piensan que le pasó algo, que los va a dejar solos. Siempre creen que algo malo va a suceder. Además, se comen las uñas, tienen un mal dormir y una constante intranquilidad motora".

Los lactantes y preescolares son los más propensos a que sus problemas emocionales repercutan de una forma más indiferenciada y exacerben patologías físicas como la calvicie, los cólicos, la encopresis (falta de control en las deposiciones) y enuresis, los trastornos de la piel y de la conducta alimentaria. Los niños más grandes y adolescentes, en tanto, tienden a focalizar sus problemas emocionales en algunos órganos.
Familias ansiosas, niños ansiosos
Según los especialistas, el grupo familiar tiene una gran injerencia en la aparición y superación de los trastornos sicosomáticos infanto-juveniles. La siquiatra Daniela Camponovo explica que si bien es cierto las madres ansiosas no necesariamente tienen hijos con esta condición, si el niño tiene una disposición genética hacia la ansiedad, ésta se va a ver reforzada con una madre sobreprotectora.

"Es habitual ver una cadena de caracteres: detrás de un niño muy ansioso muchas veces hay una mamá excesivamente preocupada. A varias les cuesta comprender que las enfermedades tengan que ver con la siquis, rechazando la derivación a un siquiatra", afirma. Esta aseveración es compartida por la pediatra Verónica Gaete, quien cree que los padres muy aprensivos tienden a formar hijos inseguros y temerosos.

En esta misma línea, la siquiatra Carla Inzunza explica que muchos de los trastornos sicosomáticos, como los problemas alimentarios, se asocian con la conformación de los sistemas familiares. "Estos problemas generalmente se relacionan con familias que son aglutinadas, rígidas, sobreinvolucrados en los conflictos de unos y otros y evitadoras de abordar los problemas emocionales", asegura.

La pediatra y adolescentóloga Verónica Gaete, especialista de la Clínica Las Condes y del Centro Ser Joven de Lo Barnechea, los tipifica: "Son chiquillos a los que les cuesta relacionar lo que les pasa físicamente con lo sicológico, e incluso pueden atribuir sus molestias a otras cosas. Por ejemplo, creen que les duele la cabeza por problemas a la vista, lo que es un mito, ya que éstos dan otro tipo de molestias. También llegan muchos con molestias articulares y dolores abdominales recurrentes. Y no se trata de que estén fingiendo, algo que los padres pueden creer porque no se les encuentra nada físico. La cabeza les duele, el estómago les duele, pero el origen o el agravente de ese dolor está en la siquis. En los adolescentes este tipo de reacciones es bastante frecuente".

En la adolescencia

Un punto importante a la hora de tratar un trastorno sicosomático, especialmente en la infancia y los primeros años de la adolescencia, es que los padres sean capaces de identificar cuáles son los factores emocionales que desencadenan las disfunciones orgánicas. "Como son problemas mucho más difíciles de identificar que los déficit atencionales o de aprendizaje, los padres muchas veces no reparan en qué determina que se gatillen. Hay algunos que están alerta, y ante síntomas como la caída del pelo o la enuresis se han dado cuenta de que han ido acompañados de una separación familiar, un cambio de casa o alguna situación de tristeza para el niño, lo que permite iniciar un tratamiento. Y en el caso de las patologías más leves, como el dolor abdominal o las cefaleas, que son la formas de expresar la angustia, se puede trabajar con él intentando disminuir el síntoma", puntualiza la doctora Carla Inzunza.

Ese trabajo fue el que Rocío Martínez realizó con su hija Alejandra desde que ella comenzó con sus dolores de piernas. "Debe haber empezado como a los tres años. Se quejaba de que le dolían mucho las piernas y lloraba. Agarraba calcetines o mangas de chalecos y se hacía torniquetes y vendajes que se apretaba muy fuerte, porque decía que de esa forma se le quitaba el dolor". En un principio Rocío creyó que Alejandra estaba enferma, pero después se dio cuenta de que las molestias se producían cuando la niña entraba en situaciones de angustia, "cuando íbamos a salir y ella se quedaba sola, o la noche anterior a tener prueba". Como era enfermera escolar, Rocío tenía "pacientes habituales" del policlínico, a quienes ella atendía con placebos y que después eran tratados por la sicóloga. "Les daba vitamina C sin sabor, que ellos se tomaban como remedio y después se sentían regio". Esa misma técnica fue la que usó con su hija: "Le untaba las piernas con cremas bien olorosas y le seguía el juego, pero junto con eso también hacía todo un trabajo para reducir sus miedos: le decía que no tuviera susto de que saliéramos, que no la íbamos a dejar sola, que le iba a ir bien en la prueba. Trataba de darle confianza. Así se fueron pasando los dolores".

"No existe un tratamiento farmacológico específico para lo sicosomático", explica Carla Insunza. "Se usan medicamentos para tratar tanto lo físico como lo sicológico, pero lo que hay que trabajar terapéuticamente es el porqué de ese síntoma, y eso, en los más chicos, se realiza con el niño y la familia principalmente". En el caso de los más grandes, según la doctora Gaete, se puede agregar un trabajo sicoterapéutico individual, y cuando se trata de adolescentes muy ansiosos y tensos, enseñarles técnicas de relajación puede ser útil como un tratamiento complementario.

Esto fue lo que hicieron con Elisa B., quien en su terapia aprendió a identificar cuáles eran las instancias que propiciaban la aparición de su dolor y cómo contrarrestarlas: "Los dolores no se acabaron para siempre, pero ahora sé cómo enfrentarlos: sé qué medicamentos tomar y qué hacer para dominar mis nervios", explica.

De vital importancia, según la especialista, resulta que los padres tomen conciencia de lo que significan estas enfermedades, ya que los niños que se someten a tratamiento "tienen muchas más probabilidades de controlar sus problemas que aquellos que van al doctor, les dicen que no hay nada malo y se quedan ahí, sin hacer nada".

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