La reina del quilt

27 de Noviembre de 2009 | 08:35 |
Participar de una clase de quilt con ella debe ser algo entretenido y relajante.

Tiene historias para contar por montones, pero quizás, una de las más llamativas es que cuando se introdujo en este mundo, de géneros y acolchados, simultáneamente se preocupaba de saber si a los caballos de un hipódromo se les daban las drogas adecuadas.

Pilar Donoso es una institución en lo que a quilt se refiere, pero no precisamente por su edad, sino por la experiencia acumulada en los años en que vivió en Estados Unidos, uno de los países donde este arte-manualidad está más difundido.

Asegura que su primera aproximación a la costura fue a los 5 años, cuando se entusiasmó con la máquina de coser Singer a pedal que tenía su madre y que más tarde, modernizaron colocándole motor.

Luego, cerca de la pubertad, se vio conminada a hacerse su ropa porque a los 11 años se le ocurrió alegar contra los vestidos con vuelos que su mamá le hacía. La reacción materna fue obvia: desde entonces Pilar se vio obligada a vestirse y terminó haciéndose todo, hasta el vestido de graduación, al que por falta de tiempo, le cosió directamente los botones, sin hacerle los ojales.
Paso a paso
Sigue, junto a Pilar Donoso, este paso a paso de una aplicación infantil para un cojín.

Su fuerte era el tejido, dice, y aunque estudió historia y geografía, partió a los 21 años a Estados Unidos, siguiendo un amor y aterrizó en el mundo de la hípica. Instalada en California, en un motor home sin agua ni luz, se hizo cargo de los exámenes y estudios que los veterinarios hacían a los caballos de un hipódromo.

Al tiempo se hizo de un grupo de amigas que se juntaba y podían pasar horas cosiendo pedacitos de géneros. “No me cabía en la cabeza que ellas pasaran horas cosiendo tiras para después córtalas y volverlas a coser”, cuenta.

Pero desafiada por las gringas probó y le gustó: “Me fascine, me volví loca y dejé el tejido”, lanza con una carcajada.

Busquilla y sin hijos, se consiguió un segundo trabajo, de madrugada, limpiando una tienda especialista en quilting, tres veces a la semana, y el dueño la dejó participar gratis de los cursos siempre que hubieran vacantes.

Terminó de profesora y así, después de 11 años dejó los caballos y se dedicó por completo a su pasión (además del hijo que había nacido). Allá dictó cursos a niños de básica en colegios y también dio clases nocturnas, a las que asistían varios hombres.

Tras 20 años en EE.UU., regresó a Chile separada, con una mano por delante y otra por detrás. Rápidamente retomó su máquina y se puso a hacer chaquetas. Un año después, en 1997, arrendó un espacio en una tienda de manualidades en el Omnium y empezó a hacer clases.

Ya en 1999 se trasladó a Vitacura, donde tiene “The Quilt Shop”. Viaja a EE.UU. para imponerse de las últimas tendencias y ha organizado las únicas dos exposición que se ha hecho en Chile.

Quilting v/s patchword

No hay que confundir el quilt con el patchword y valga la aclaración.

Pilar Donoso precisa que el patchword es la técnica que comprende coser pedazos de géneros, en cambio, el quilt es la técnica del acolchado que necesariamente considera la existencia de dos capas de género externas más una napa interna.

En el quilt se puede usar el patchword o las aplicaciones, pero también se puede desarrollar en un género liso.

Asegura que este arte-manualidad no es detallista ni meticuloso. “No es un trabajo de chino”, afirma. Al contrario, sólo se requiere técnica y luego desarrollar la creatividad y sentido estético.

“Sólo se necesita saber cortar bien los géneros, usar una máquina de coser y planchar”, sentencia. Y de paso desmitifica esta labor: no se requieren moldes, no se rematan hilos. “Se necesita controlar lo básico, al igual como cuando se aprende a cocinar, después se comienza a experimentar”, dice.

Los requerimientos son mínimos, pero no por ello baratos: una buena máquina de coser (no existen máquinas especiales para quilt, cualquiera sirve), buenos hilos y géneros, lo más importante, porque deben ser ciento por ciento de algodón, sin polyester. Existen además, géneros especiales para poder imprimir fotografías y también se pueden usar otras aplicaciones como fieltro o plástico. “No hay límites”.

“No vale la pena dedicarle dos meses de trabajo a un quilt, para que en el primer lavado se descuadre y achique”, aclara.

Y precisa que el quilt no se hace ni con “retazos, sobras o trapitos”; es más, eso es lo que queda después de una obra.

En medio de su fascinante tienda –donde hay patrones con instrucciones, hilos y géneros y se dictan clases grupales- Pilar Donoso también hace una reivindicación de este arte textil: “Al quilt se le menosprecia con el título de ‘costuritas para mujeres’, cuando es un verdadero arte”.



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