Sabrosos recuerdos antisísmicos

23 de Abril de 2010 | 08:39 |
No sé por qué, pero hoy desperté pensando en la casona de Santa Cruz, en los sabores y maravillosos olores de las comidas de mis abuelas: Olfa, especialista en comidas saladas, y Edith, maravillosa para los postres.

Si bien en Chile hemos perdido buena parte de nuestro patrimonio familiar construido, existe un patrimonio inmaterial imposible de ser borrado, que se mantiene incólume al paso del tiempo en nuestros sentidos más básicos: vista, olfato y gusto. Cualquiera que haya leído el libro El Perfume (de Patrick Süskind), podrá comprender lo que estoy hablando.

En esa enorme casa de más de 150 años, que ya no existe más que en los recuerdos, eran constantes los interminables banquetes sin pararse de la mesa entre almuerzo y once. Pero me quedarán siempre en la memoria los licores de rosa mosqueta, las mermeladas de cebolla, los patos asados, los verdaderos huevos de campo, la mantequilla… Y yo, el pernil que ayudaba según la confianza que me entregaban mis abuelas: primero desgranando habas, después alimentando el fuego hasta ganarme el espacio suficiente como para prepararles mis propios platos que hoy experimento con mi mujer, la Caco, quien me motiva desde hace 12 años.

Ver a la Caco fascinarse con mis preparaciones como algo tan sencillo como las tostadas francesas, me transporta temporalmente a esas comidas familiares, donde mis abuelas eran las que disfrutaban viéndonos comer.

Son recuerdos imborrables, antisísmicos; nada los puede borrar, ni terremotos, ni tsunamis, incendios o cualquier otra catástrofe nacional.

Hasta pronto,

Daniel Galaz


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