¿Demasiado joven para sufrir una embolia? ¡Cuidado!

Uno de cada siete tuvo un diagnóstico errado de vértigo, migraña, intoxicación etílica u otros problemas y fueron enviadas a casa sin un tratamiento apropiado.

07 de Septiembre de 2012 | 16:14 | Por Jane Brody, The New York Times Service

Hace seis años, Todd McGee era un hombre atlético y delgado de 34 años de edad, trabajaba en la construcción y vivía con su esposa e hija infante en Martha’s Vineyard, donde pasaba los fines de semana del verano surfeando. Una embolia cambió su vida para siempre.


Actualmente, con un brazo inservible y dificultad para hablar, McGee, de 40 años, no puede trabajar. Dedica la mayor parte de su tiempo a mantenerse tan sano como sea posible. Si bien es capaz de conducir y cuidar de su hija, actualmente de siete años, todo le toma más tiempo, amén que tiene problemas para concentrarse incluso en actividades rutinarias que otros manejan sin problema alguno, como hacer la compra en la tienda de abarrotes.


“Definitivamente, desearía tener de nuevo mi vida de antes construyendo casas y barcos y surfeando en mi tiempo libre“, dijo. Su experiencia, complicada por una seria demora en el diagnóstico, es un poderoso recordatorio de que los derrames cerebrales pueden y efectivamente ocurren entre personas jóvenes. Mientras más pronto se haga el diagnóstico correcto, menores las probabilidades de que el resultado sea un daño de por vida.


Si bien una gran mayoría de las embolias ocurren entre personas mayores de 65 años (el riesgo es de 30 a 50 por cada 1,000 personas en este segmento poblacional), ocurren de 10 a 15 por ciento entre personas de 45 años y menos (riesgo de uno en 1,000). Un estudio por parte de médicos en el Programa de Embolia del centro médico de la Universidad Estatal de Wayne-Detroit arrojó que entre 57 víctimas jóvenes de derrames, una de cada siete tuvo un diagnóstico errado de vértigo, migraña, intoxicación etílica, ataque, desorden de oído interno u otros problemas y fueron enviadas a casa sin un tratamiento apropiado.


“Aun cuando las víctimas jóvenes de apoplejía son las más beneficiadas en las primeras etapas del tratamiento, se debe administrar en un plazo de 4 horas y media“, dijo el Dr. Seemant Chaturvedi, neurólogo en la Estatal de Wayne que dirige el programa y encabezó el estudio. “Después de 48 a 72 horas, no hay mayores intervenciones disponibles para mejorar el resultado de la embolia“.


“Los síntomas que aparecen repentinamente, incluso si parecen triviales, ameritan un enfoque meticuloso“, agregó. Los análisis de seguimiento del estudio de Detroit mostraron que los pacientes vistos por un neurólogo en la sala de emergencia, así como aquellos a quienes se practicó una resonancia magnética como parte del trabajo de valoración inicial, tuvieron menores probabilidades de recibir un diagnóstico equivocado.


“Los pacientes, de igual forma, deberían estar conscientes del riesgo de una embolia sin consideración a su edad“, destacó Chaturvedi en una entrevista. Los Centros de Control y Prevención de Enfermedades han informado de un marcado aumento en las embolias en personas de entre 30 y 40 años. Un aumento en los factores de riesgo - obesidad, diabetes, hipertensión arterial y apnea del sueño - así como un diagnóstico mejorado, explican este aumento. 


Sin embargo, los pacientes más jóvenes no están mejor hoy día para reconocer los síntomas de un derrame cerebral.


“Solo entre 20 a 30 por ciento de los pacientes llega a la sala de emergencias a las tres horas del comienzo de los síntomas“, dijo Chaturvedi. “Tienden a esperar para ver si los síntomas desaparecen de manera espontánea, y se presentan en la sala de emergencias 12 a 24 horas después“.

Una lección


Después de una intensa sesión en las olas el día anterior, McGee despertó una mañana con dolor de cabeza y sintiéndose raro. Fue a trabajar pero volvió a casa con náuseas y escalofríos. Acaba de empezar a presentar síntomas de la gripe que su familia acaba de tener. Después, a medianoche, un dolor de cabeza que describió como “el peor dolor de mi vida“ hizo que fuera a la sala de emergencias. El médico residente pensó que McGee tenía una jaqueca por tensión muscular, le dio tratamiento con medicación intravenosa para el dolor, le dio algunas pastillas y lo mandó a casa.


Avergonzando por haber ido al hospital “solo por un dolor de cabeza“, McGee se tomó las pastillas cuando el dolor volvió a la tarde siguiente. Poco después, sufrió lo que se creyó que fueron los efectos secundarios de la medicina. Actualmente, él sabe lo que fue realmente: un fugaz ataque isquémico, un mini derrame cerebral, que lo había dejado brevemente incapaz de hablar y sin sensibilidad de un lado.


Esa noche, cayó de la cama intentando llegar al baño y perdió el control de la vejiga en el camino. Uno de sus brazos, descubrió, había empezado a sacudirse en un aleteo incontrolable. Regresó a la sala de emergencias, donde dos médicos ordenaron una tomografía que sugirió ya sea una severa migraña o una embolia. El hospital no tenía equipo para resonancia magnética en esa época, lo cual podría haber revelado el verdadero problema: un derrame a causa de un desgarre en la arteria carótida, que alimenta al cerebro.


Para el momento que una ambulancia y trasbordador llegaron con McGee a Boston, donde el diagnóstico de derrame fue confirmado, ya era demasiado tarde para que el fármaco tPA, que revienta los coágulos, aligerara los efectos de la apoplejía: este fármaco se debe aplicar por vía intravenosa a las tres o cuatro horas. (Si bien algunos médicos les preocupa que el tPA pueda ocasionar sangrado fatal en una persona con la carótida desgarrada, Chaturvedi dijo que el fármaco es “seguro y efectivo“ en ese tipo de pacientes.)


Se cree que repetidos golpes derivados del surf, posiblemente combinado con una debilidad arterial inherente, son responsables de la apoplejía de McGee. Otras actividades que pueden causar un desgarre de la carótida son las que involucran repentinos tirones del cuello, como buceo, golf y tenis, así como manipulación quiropráctica y doblar la cabeza marcadamente hacia atrás (el llamado derrame de salón de belleza).


Sin embargo, la mayoría de los derrames que afectan a adultos jóvenes son el resultado de coágulos precipitados por los factores de riesgo usuales: obesidad, hipertensión arterial, alto colesterol y tabaquismo. El abuso de alcohol y drogas también son factores que contribuyen; entre mujeres, el uso de píldoras anticonceptivas puede elevar el riesgo de derrame cerebral. Las personas propensas a migrañas también presentan un riesgo ligeramente mayor de apoplejía.

Cuándo se debe actuar con rapidez

La característica distintiva de los síntomas de un derrame cerebral es su repentina aparición. De aquí, dijo Chaturvedi, sin consideración a la edad de la persona, la aparición repentina de cualquiera de los siguientes síntomas debería ser motivo suficiente para ir al hospital tan rápidamente como sea posible.

- Insensibilidad o debilidad de la cara, brazo o pierna, particularmente de un solo lado del cuerpo.
- Confusión, problemas para hablar o entender la expresión oral.
- Dificultad para caminar, mareo o pérdida del equilibrio o de la coordinación.
- Jaquecas repentinas y severas sin causa conocida. A diferencia de un ataque al corazón, la mayoría de las embolias no causan dolor. Incluso si desaparecen los primeros síntomas, deben tomarse con seriedad.


“Una tomografía no muestra bien los derrames en las primeras 24 horas“, notó Chaturvedi.


Recomendó que si el diagnóstico es incierto, se debería tomar una resonancia magnética y consultar a un neurólogo en la sala de emergencias.


“Los pacientes pudieran tener que ser proactivos e insistir en una concienzudo abordaje y pedir que los vea un neurólogo, en tanto los médicos de la sala de emergencias deberían considerar la posibilidad de una apoplejía sin consideración a la edad del paciente“, concluyó.


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