Giannina Richeda: La enfermera chilena que se la juega en zonas de conflicto

Hoy, desde Médicos Sin Frontera, ayuda a mujeres y niños en situaciones de riesgo por catástrofes y guerras. Está convencida de que las mujeres tienen una mirada especial de estos hechos y, por ello, es necesaria su presencia en las labores humanitarias.

09 de Enero de 2013 | 08:06 | Por María José Errázuriz L.
Cada vez que se acerca a un puesto de control de seguridad tiene que sacarse los anteojos de sol. Esa es una de las tantas medidas que Médicos Sin Frontera tiene protocolizadas para todos sus voluntarios en zonas de catástrofe o conflicto, porque es fundamental que los soldados y policías vean el rostro despejado y puedan mirar a los ojos.

Las historias de la enfermera chilena Giannina Richeda son increíbles y fascinantes, pero no dejan de estar vinculadas al dolor y la vulnerabilidad que afecta, especialmente, a mujeres y niños en lugares muy lejanos de la civilización occidental.

Desde que en 2004 partió a su primera misión en el extranjero su capacidad de asombro no la ha perdido, como reconoce. En India, donde estuvo a cargo de unas clínicas móviles, debió enseñar a la gente que no se debía escupir (acto de poder en ese país) dentro de los recintos porque con eso se propagaba la tuberculosis. En Yemen, en cambio, al frente de una maternidad, debió pedir permiso (y convencer) al suegro, no al marido, para que una mujer en riesgo por un parto complicado fuera trasladada. O esperar eternamente en un baño, en medio de la selva colombiana, a una mujer amenazada por las FARC, para coordinar su evacuación.

En sus periplos por el mundo se hace entender con español, inglés, portugués, francés, algo de amárico y árabe, pero por sobre todo, el lenguaje de las señas. Cumpliendo labores humanitarias, gracias a su especialización en manejo de emergencias, en la última década ha estado en Irak, Etiopía, Sudán (cuatro veces), Bolivia, Angola, Haití, Colombia, India, Yemen y ahora, probablemente, su nuevo destino sea Birmania o el Congo.

Con Médicos Sin Frontera comenzó a trabajar en 2010, cuando se produjo el terremoto en la isla caribeña. Lo había intentado antes, pero en su primera postulación consideraron que no tenía la experiencia suficiente en terreno.

De paso por Chile después de 16 años, Giannina asegura que no ve cercano el día de su retiro. Está convencida que todavía tiene mucho por hacer y aún cuando tiene tres hijos hombres y dos nietos en este país, no cree que vaya a regresar. “Ellos ya hicieron su vida y yo cumplí mi sueño”, dice al explicar por qué desea seguir en misiones humanitarias.

Nacida en Santiago, pero con padres de ascendencia italiana, estudió enfermería en el Universidad Católica. Trabajó, mientras criaba, en el hospital clínico, pero el terremoto de 1985 le dio la oportunidad de introducirse en el mundo del voluntariado al hacerse cargo de un programa de cooperación internacional que se implementó en Conchalí-Huechuraba.

A los pocos años, tras hacer cursos de salud mental y maestría en salud pública, partió a Canadá donde realizó su capacitación total en emergencias, catástrofes y conflictos. “Soy una trabajadora humanitaria que debe coordinar el apoyo para poder aliviar el dolor, desesperación y tristeza de las personas que en esas situaciones pierden todo”, explica.

-¿Tras el terremoto del 85, no hubo vuelta atrás en tu objetivo de ser voluntaria humanitaria?
“Creo que la posibilidad de ayudar a las personas en una tragedia siempre fue mi objetivo. Después de 10 años a cargo de programas de cooperación en Chile, tuve la oportunidad de formarme, en Canadá, como civil para trabajar en operaciones de paz. Mi primera misión en el extranjero fue el 2004 cuando salí hacia Irak para hacerme cargo de un programa de la Unicef de rescate de niños que trabajaban y en muy malas condiciones”.

-¿Qué fue lo más valioso de esa época de formación?
“Los canadienses le dan mucha importancia a la presencia de mujeres en las operaciones de paz y eso tiene una explicación. Una mujer, cuando observa un conflicto, lo hace de una manera distinta que el hombre; nuestra capacidad de negociar es diferente y priorizamos desde nuestra perspectiva, sensibilidad de mujer”.

-Saliste de Chile cuando tus hijos estaban grandes y te has radicado en Italia…
“Para mí volver a Italia, a la de mis padres, era un sueño. A pesar de que viví aquí hasta pasado los 40, algunas veces me sentía extranjera”.

-¿Cómo fue esa primera experiencia, cuando te enviaron a Irak, en medio de la guerra?
“Aprendí que tengo la capacidad de trabajo que requieren estas misiones, que además tenía la formación para enfrentarlo. En lo emocional fue algo muy duro; los niños pequeños deben salir a trabajar porque la ley musulmana se lo impide a sus madres viudas, entonces, rescatarlos es demasiado difícil. Hay que aprender a manejar las propias emociones para obtener un buen resultado del programa”.

-¿No hay tiempo para quebrarse?
“Hay tiempo para quebrarse, pero la verdad es que si lo haces, debes hacerlo en solitario o junto a una persona que realmente te pueda dar apoyo. Como yo tengo una formación en salud mental y practico budismo tibetano, eso me ha ayudado mucho a enfrentar estas situaciones. Mi objetivo siempre ha sido salvar la vida de esas personas y ese motor me mueve, entonces no hay tanto tiempo para quebrarse”.

-¿Has estado en situaciones de riesgo personal? Saliste de Yemen con escolta militar.
“No, desde Yemen salí con algo de protección, no militar, porque quedamos en medio de un conflicto tribal y preferí evacuar para no poner en riesgo la misión. Ahora, la verdad es que la situación de mayor riesgo fue cuando, en mi tercera misión en Sudán, me contagié de tifus y hepatitis. Ahí pensé que me moría, fue de alto riesgo, incluso me tuve que poner sola la cánula.
“Yo me había vacunado, pero en una oportunidad me vi obligada a comer algo, en medio de una negociación, con la comunidad. Estuve cinco días muy grave, con fiebre altísima, vómitos y diarrea, y me tuvieron que evacuar de Darfur a Khartum. Me sacó la ONU en un pequeño avión y yo alcancé a llamar a uno de mis hijos para decirle que la cosa no estaba muy bien, tratando de no alarmarlo…(se pone a reír)”.

-¿Qué tiene de divertido?
“Es que todas las cosas en la vida tienen su cosa divertida. Cuando ya estaba en la clínica en Khartum, todas las mañanas un árabe me traía el desayuno que consistía en un té, un pan y una cebolla. Yo me negaba a comérmela y él insistía, todo con señas”.

-¿Por qué ponerte en peligro?
“Porque creo que la gente que más necesita ayuda, desde el punto de vista humanitario, son y seguirán siendo las mujeres y niños. En todos estos conflictos, las víctimas son ellos y por eso, creo que hay que ayudarlos. Cuando uno tiene un sueño tiene riesgos, todos los sueños los tienen y estoy dispuesta a hacerlo y seguir haciéndolo con tal de darle un servicio de salud a quienes no la recibe. Creo, de verdad, que me puedo morir tranquila en este momento”.

-¿Qué ha pasado todos estos años con tu familia? ¿Te han pedido que abandones?
“No, nunca me lo han pedido. Hay algunas veces en que se han preocupado un poco más de la cuenta, pero nunca me han dicho ‘para’. Además, yo no abandonaría esto y gracias a todo mi entrenamiento tengo la capacidad de identificar hasta que punto tengo real capacidad de gestionar el riesgo como ocurrió en Yemen.
“Ahora, reconozco que esa situación fue tan difícil que vine a ver a mis hijos, a mis amigos y por eso estoy acá”.

-Te vas a Birmania o el Congo, ¿por cuánto tiempo te ves proyectada en esto?
“Buena pregunta. Por una parte me veo proyectada para siempre, no me veo fuera de esto. Pero por otra, creo que si puedo enseñar a otros con mi experiencia, también lo haría. Para mí, lo que consideramos el mundo normal, es mi lugar de vacaciones; por eso, vuelvo a Italia”.

-¿Te sigue motivando lo mismo del principio?
“Sí y con más ganas. Poder quitarle a la muerte una niña de 14 años que está perdiéndose por un aborto son motivaciones que no se quitan. En ningún momento he pensado dejarlo. A pesar de todo aún no pierdo mi capacidad de asombro y creo que no hay ningún lugar en la tierra donde me pudiera negar a ir”.

-¿Dónde te vas a jubilar?
“En Italia, yo amo Chile y le estoy muy agradecía, pero también lo estoy de Italia. Hay algo que me hace estar en la tierra de mis padres. Me encantan mis nietos, pero….”
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