Eduardo Fuentes: El hombre sin ego

Desde “AR Prime”, apela por una farándula menos dura. Aquí, quien fuera el chistoso del tiempo explica cómo el budismo le ha mantenido los pies en la tierra y se mantiene ajeno a los vicios de la fama, a punta de terapia y litros de lágrimas.

23 de Abril de 2013 | 16:13 | Por Ángela Tapia. F., Emol
Alejandro Balart, La Segunda.
“Yo no soy ningún santo”, aclara apenas puede Eduardo Fuentes (38 años), con ese mismo rostro sonriente y cara de bueno que se ha ganado el corazón de tanta señora y televidente. El hombre que se fue inexplicadamente de Canal 13, para, según los expertos, levantar el rating de La Red con “Mentiras verdaderas”, regresó a la ex estación católica sin rencores y motivado con el desafío de conducir “AR Prime”.

Le dijeron que se había vendido a la farándula, que se pasó al lado oscuro de la fuerza, y por eso no se cansa de decir que su nuevo proyecto -junto a todo el panel y el equipo de producción- es hacer una farándula que aporte algo más, lejos de la agresividad y los juicios de valores, tomando en cuenta, como dice, que “todos tenemos tejado de vidrio”.

Por la vida, anda sin apuros -pese a sus compromisos con el canal y su programa en la radio “Ciudadano ADN”-, y con esa tranquilidad especial que parece evidenciar los libros de budismo leídos y la práctica de meditación que viene haciendo desde que conoció a su esposa, la editora de la revista Vanidades, Andrée Burgat. Fue esta mujer, con la que se casó en Playa del Carmen el año 2010, quien le abrió las puertas a un modo de pensar que bastante le ha ayudado a escapar de los egos inflados e ilusiones de la fama.

“Los medios son así. Te hacen sentir cosas que no son realidad. Te palmotean la espalda, te dicen que eres el mejor. Llega un momento en que al ir a un restaurante, ni siquiera te quieren cobrar; y te lo juro por Dios que no lo acepto, porque encuentro que no corresponde. Pero imagínate cuánta gente hay que les pasa eso y dicen ‘chuta, es que en realidad soy un gallo súper especial. Al restaurante le conviene que yo venga, porque se empieza a llenar de gente. Es más, yo creo que me deberían pagar por venir a comer aquí’. Cuando ya piensas así, se pudrió todo. Yo no soy perfecto, tengo los mismos apetitos y deseos de todo el mundo, pero trato de no caer en ese tipo de cosas”.

-Repites mucho eso de que no eres santo, y que tienes tejado de vidrio.
“Claro, porque la gente piensa que por el budismo, llego a mi casa y me pongo una bata y que quiero andar rapado. Pero no tiene nada que ver. Es lo más normal. Hay una escuela acá en Chile que se llama Shambhala, que creó un monje tibetano que escapó del Tíbet cuando fue invadido por China y que para evitar que se perdiera su tradición, la occidentalizó. De esta forma se pueden vivir los preceptos desde la vida cotidiana. Sería raro si me vistiera como un monje. Probablemente, no podría trabajar en televisión”.

-¿Y cómo te ha ayudado en un mundo que, se dice, lleno de traiciones entre los egos de la tv?
“Yo creo que al televisión no escapa a la media. El otro día vi la acusación constitucional (a Harald Beyer) e hice un paralelo entre eso y lo que se puede ver en los medios. Lo que pasa es que la televisión es mucho más expuesta, al igual que el nivel de estrés egocéntrico. La idea es abstraerse de eso, si no, el lobo te come”.

-¿De qué manera te come?
“En la medida en que vas creyendo que eres distinto por el solo hecho de trabajar en televisión; que eres más bonito, el más bacán, al que te pagan un buen sueldo porque debe ser demasiado bueno y especial. Te hacen sentir esas cosas aquí, pero nada de eso es verdad”.

-¿Siempre fuiste de este pensamiento?
“Yo hice una terapia, por otros motivos, no solo por eso. Y dentro de la terapia salió el que éste es mi trabajo, y que aquí es fácil perder la esencia. El valor agregado está en saber qué somos. Tú respondes a alguien, a una familia, al lugar donde naciste, a lo que viste de tus padres, al ejemplo que te dieron. Eso te convierte en alguien, y es lo que no hay que olvidar”.

“Llegué a la terapia porque estaba solo”

Lo que Eduardo no olvida es su vida en La Legua, donde se crió hasta los 18 años y cómo partió tras las cámaras, antes de transformarse en el hombre chistoso que daba el tiempo en Mega. “Mi papá tenía un bar en Curicó y cuando lo iba a ver, me decía que lo acompañara al supermercado. Él era amigo del que atendía en la parte de las cecinas, y le decía ‘éste es mi hijo que trabaja en la televisión’, como para que le creyeran. También tenía una foto mía con él en el bar, para mostrarles que era cierto. A mí me daba pudor, pero era muy tierno”.

De ahí vino el salto a Canal 13 en horario AM, con “3x3”, y programas como “Control remoto” y “Alfombra roja”. Fueron seis años en la ex estación católica, que terminaron abruptamente, por carecer proyectos en el canal. Apenas se supo la noticia, la gente lo paraba en la calle y le mandaba correos electrónicos, preocupada y buscándole trabajo. Nadie lo quería ver mal.

-Con tanto cariño, ¿cómo no se te subieron los humos a la cabeza?
“Pura terapia, y que me salió bien cara. No es que me iluminé de un día para otro. Al principio, odiaba a los psicólogos, porque tuve una mala experiencia cuando hice terapia de pareja. Sentía que no me podían ayudar, pero era puro ego. Hasta que me encontré con un psicólogo que me desarmó en la primera cita. Me pidió que me parara frente a él y yo, que a mis 34 años había sentido que le había ganado a la vida, me puse de pie como un sheriff. Pero él me desarmó por completo”.

-¿Qué te llevó a hacer terapia?
“Llegué a la terapia porque estaba solo. Se había muerto mi papá y mi mamá había fallecido años antes. Yo soy hijo único. Mi familia estaba en Curicó y me separé, sin hijos. Antes revisaba las cosas en mi vida. Pensaba: ¿Tengo trabajo? Sí. ¿El que yo quiero? Sí. ¿Me pagan bien? Muy bien. ¿Tengo casa? Sí. ¿Tengo auto? Sí. ¿Mascota? Sí. Lo tenía todo, pero algo me faltaba. Para cuando se murió mi papá, me sentí solo, muy solo. Hasta que con la terapia fuimos trabajando en eso con el psicólogo, y muchos litros de lágrimas después, me empecé a dar cuenta de las cosas”.

-¿Sigues haciendo ese checklist?
“Constantemente, pero siempre agradeciendo todos los días la vida que tengo. Un amigo me decía la otra vez que mi vida había sido muy dura, porque ya no tengo a mis papás. Pero, ¿será tan así? En el caso de mi mamá, ella murió de cáncer, pero tuve tres meses para despedirme de ella y decirle que la amaba todas las veces que no se los dije. Y con mi papá, justo el fin de semana antes de que él falleciera, los dos hicimos un viaje a Buenos Aires que se venía aplazando por dos años. Llegamos de vuelta un lunes y él murió dos días después. ¡Dime si la vida no ha sido buena conmigo, que me dio la posibilidad de estar ese fin de semana con él!
“Hay una cosa muy budista, que es el desapego, que quiere decir que tu mamá nunca te perteneció, no era una propiedad tuya. Esa es mi forma de enfrentar la vida, y sueño con poder encontrarme con mi mamá y mi papá; elegirlos nuevamente como padres en otra circunstancia”.

-¿Qué te falta marcar en la lista?
“Me falta tener un hijo. Profesionalmente, muchas cosas, desafíos y sueños. Me gustaría un día, cuando me retire, desempeñarme en algo que no signifique ningún tipo de estrés mayor que las ganas de hacer cosas por otras personas. También me falta aprender a nadar. Solo lo hago debajo del agua, pero no sé flotar. Cuando chico me ahogué en la playa y creo que tengo un bloqueo ahí. Siempre he dicho que si se me ahoga un hijo y tengo que salvarlo, moriré yo para rescatarlo de alguna manera”.

El año 2011, a propósito de la visita de Carola Julio a “Mentiras verdaderas”, donde la periodista recordó su lucha por tener a su hijo, Rodrigo, Eduardo también se sinceró y contó ante las cámaras su experiencia, entre tratamientos de fertilidad asistida, que junto a  su esposa realizan desde hace un tiempo. Hoy en día, la pelea continúa.

“Lo conté porque me interesa la labor de la Corporación Queremos ser Padres, que busca reunir a todas las parejas chilenas que no pueden acceder económicamente a una fertilización asistida. La infertilidad es una enfermedad a nivel mundial. En Chile, todavía no, pero el día que aquí la reconozcan como tal, podrá tener un código que permita tener descuentos por Fonasa e isapres. Mientras, existe un grupo de gente que quiere dar vida y no las pescan, y prácticamente tienen que andar pidiendo una limosna al Estado para poder hacerse, de forma experimental, un tratamiento de fertilización asistida. Eso no es justo”.

-¿Sirvió sincerarte ante las cámaras?
“Creo que sí. La presidenta de la corporación, me contó una historia muy potente de un señor que se hizo los exámenes y salió que tenía bajo conteo espermático, pero le dijo a su mujer que se tenían que separar, porque él la estaba engañando con otra mujer. No fue capaz de enfrentar su problema, porque para él, no poder ser papá significaba ser poco hombre. Pero después de escuchar la historia que yo relaté, él volvió a su casa y le pidió perdón a su mujer. Y se volvieron juntar y estuvieron dispuestos a dar la pelea. Ahí me di cuenta que valía la pena contarlo”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“El cine y los libros. Me gusta mucho Polanski y la ciencia ficción. De libros, no puedo recomendar ninguno, porque me carga hacerlo. Es como recomendar zapatos. Puede que no te queden bien y a mí perfectos. También dibujo y pinto en acrílico, pero para mí. Cuando veo lo que hago, me carga. Solo me relaja el proceso”.

-¿No tienes nada colgado en tu casa?
“Sí, hay uno, pero mi mujer lo puso. Yo los pinto y los regalo. Pero la fotografía es el principal pasatiempo y ése si lo muestro, porque no lo veo como vanidad personal, sino como algo que me permite mostrarle a alguien las cosas que vi. Tengo un perfil en Flickr”.

“(Piensa un momento) De manías, si no tengo algo para leer en el baño, me bloqueo. Para mí es un deleite agarrar el diario el fin de semana, después de almuerzo. Tengo mi baño especial donde leo, con libros adentro. Es realmente una sala de lectura. No puedo concebir una cosa sin la otra. Aunque claro, puedo leer sin…”, confiesa, riéndose, sin una pizca de pudor.
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