Ezequiel Campa: El argentino que se ríe de la actualidad chilena

Pasa viajando de Santiago a Buenos Aires, dividiéndose entre su programa de tv chileno y su stand up con Malena Pichot, la famosa “Loca de mierda”. Conoce a este trasandino que decidió estudiar actuación gracias a un chileno y a Neruda.

25 de Septiembre de 2013 | 08:45 | Por Ángela Tapia. F., Emol
Jorge Sepúlveda, El Mercurio.
“¿Cómo tirará Brad Pitt? Porque, obvio que no lo hace como todos nosotros. Además, si lo que uno puede ver de él se condice con lo que no vemos, su miembro debe ser un monumento”, reflexiona Ezequiel Campa (@EzequielCampa), el mismo que desde abril pasado se ríe del acontecer chileno en “Esto se va a saber”, el programa de actualidad que Vía X lanzó con este actor argentino como rostro principal.

Allí, repasa la contingencia nacional vista desde la mirada de un argentino y, de paso, burlándose de algunas cosas que ya parecen ser tan ilógicas que lo mejor es usar el humor para tragarlas. Es esta arma, llevada a otros planos de la vida humana, la que Campa lleva tres años y medio usando con Malena Pichot, la mujer que saltó a la fama como “La loca de mierda” y con quien mantiene récord de asistencia con su show “Campa/Pichot”, en Argentina.

Fue precisamente en una gira de la dupla en Chile, que la gente del canal de cable vio a Campa hablando de la sexualidad de Brad Pitt y le ofreció tener su propio espacio en la tv nacional. El actor, por su parte, si bien llevaba años trabajando en producciones argentinas -con Gastón Pauls entre sus compañeros de reparto-, explica que llegó un minuto en que no tenía nada más que hacer que jugar con su gato, así que agarró maletas y se vino a Santiago. No tenía nada que perder.

Eso sí, el éxito de su stand up con Pichot le obliga a viajar todos los jueves a Argentina para las funciones, y volver nuevamente al país el lunes, para comenzar las grabaciones de su programa a primera hora. No es fácil, pero le encanta. “Funciono mejor con presión. Ahora soy mucho más productivo que estando en mi casa haciendo boludeces o escribiendo pavadas en Twitter”, explica.

-Bueno, y con tu programa, ¿y qué te ha parecido la realidad nacional?
“Me parece que hay cosas que están muy buenas. Sobre todo comparándola con el estado de crispación que hay en Argentina, donde todo está muy polarizado y la gente se pelea mal. Pero hay cosas que creo que deberían cambiar, sobre todo lo que está relacionado con la educación gratuita, la libertad de la gente con temas como el aborto o el autocultivo.
“Faltan ideas progresistas, de grandes cambios, que importe lo que diga la gente. Por ejemplo, el político que dice estar en contra del aborto por temas de su religión, parece que no se pone en el lugar de la mujer violada, de la que por abortar en secreto lo hace en un lugar clandestino y muere, o simplemente, en la que no cree en lo mismo que él. Pero bueno, es una mirada sesgada que tiene que ver con el poco tiempo que llevo acá”.

-¿Es eso lo que más te llama la atención?
“No, hay cosas raras, como que son más benévolos en cierto sentido. Veo cosas o escucho cosas que si las dijeran en Argentina les cortan la cabeza, como, por ejemplo, dudar si existieron torturas o detenidos desaparecidos”.
“Todos estos temas es mucho mejor verlos desde el punto de vista del humor y la ironía, porque son herramientas que te permiten decir un montón de cosas”.

-Eso lo habrás aprendido con la experiencia…
“Los primeros síntomas en mi vida que me mostraron necesitaba del humor, me aparecieron muy de chico, en situaciones dolorosas o incómodas. Fue una forma de supervivencia, de descomprimir. Mis primeros chistes tenían que ver con romper situaciones de mucho estrés en discusiones familiares, o en cosas demasiado formales en el colegio o en mis primeros trabajos. Me gusta cómo se puede cambiar por completo un clima de mierda”.

-¿Algún problema con la formalidad?
“La formalidad me mata. No puedo con ella. Me parece una idiotez total, porque no tiene ningún sentido. Tenemos que ser formales porque hablamos un tema importante… ¿Por qué? ¿Quién dice eso? Y después está todo ese clasismo, donde hay que seguir protocolos según el lugar que ocupo si estoy frente a mi jefe. Al final es una situación que estresa, que no saca lo mejor de la gente y genera incomunicación. Hace que nos olvidemos que todos somos iguales y que estamos en conjunto tratando de hacer las cosas lo mejor posible”.

-Has acusado a la televisión chilena de apegarse a esa formalidad, de ser muy protocolar y no decir cosas importantes que incomodan…
“Sí. Y tiene que ver con estar inserta en una sociedad conservadora y claramente segmentada en clases. Así es obvio que la cabeza de la gente va a ser más cerrada. Creo que hay que luchar contra eso y entender que nadie se va a morir porque alguien diga algo incómodo”.

-Incómodo, ¿cómo qué?
“Como que hay un montón de temas que no se tratan, que hay mucha hipocresía; que qué importa lo que diga la Iglesia -la que sea- si yo no creo en lo mismo. ¿Por qué me tiene que decir a mí lo que debo o no hacer? Y si quiere decirlo, ok, que lo haga, pero si no le quiero hacer caso, que no me joda. Eso también corre para el Estado; que no me venga a decir lo que puedo o no hacer en la intimidad de mi casa. Se trata de ponerse en el lugar de todos. Por ejemplo, yo podría decir 'qué me importa a mí el aborto si yo nunca voy a estar embarazado', pero me importa. En mi caso, no decidí ser actor para darle en el gusto a los sectores de poder, ni hago stand up para quedar bien con las empresas. ¡Me chupan un huevo!”.

Fue en Buenos Aires, después de ver al actor chileno Franklin Caicedo –fallecido en marzo de este año- recitar los versos de Neruda, que Campa decidió que lo suyo era la actuación. “Tenía 17 años, en una época de mi vida donde no me importaba ni me conmovía nada. Lo fuimos a ver y me quedé loco con su capacidad interpretativa y los textos de Neruda. Después, cuando terminó el espectáculo, Franklin pasó caminando  por el pasillo central del teatro, agradeciendo al público. Pero se detuvo a mi lado, y me puso la mano en el hombro. Fui el único al que le hizo eso. Y me gusta pensar que desde el escenario, vio lo conmovido que yo estaba. Entonces, entendí que quería hacer un trabajo que le generara a la gente lo que este tipo me generó en mi”, recuerda Ezequiel, quien ha logrado ser considerado junto a su compañera de tablas, uno de los referentes del nuevo humor argentino.

-¿De qué se trata eso del nuevo humor?
“No sé, es algo que dice la gente. Supongo que tiene que ver con que nuestra comunicación es absolutamente informal. Con nuestro show tenemos apenas unas menciones en radio y redes sociales. Por otro lado, somos la segunda generación de ‘standaperos’ en Argentina, y tal vez, Malena y yo somos los primeros en destacarnos. Y nos diferenciamos de los primeros, porque son mucho más conservadores, adornan sus shows con coreografías porque no confían en su monólogo, y se alimentan de público haciéndose propaganda en los medios en que salen. Generan un montón de prensa que nosotros no tenemos. Sin embargo, llevamos igual o más gente que ellos”.

-Partiste en esto buscando una forma de ser feliz. ¿Lo eres hoy?
“Sí, y porque me preocupo de hacer cosas que me gustan. Trato de no estresarme, de tener tiempo libre, rodearme de gente que no me hace mal, de buscar el ingenio, la inteligencia, que me da mucha risa; estar con mis amigos, los asados, el fernet. Después de pasarlo muy mal siendo chico, decidí que no quería sufrir más”.

-¿Problemas familiares?
“Tuve una infancia nada fuera de lo normal, pero con la clásica familia disfuncional, con divorcio y quilombo. Pero decidí que ser feliz iba a ser mi prioridad. ¿Y cómo se logra eso? Saliendo del clóset. Hay muchos tipos de clóset, no solo está el sexual. Está el de asumir quién se es, quién se quiere ser. Aceptar que sí se quiere ser feliz y jugártela por eso. Yo decidí ser actor y pasé años de mierda porque no tenía trabajo. Pero aquí estoy y soy feliz”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Tengo miles, desde pavadas como que no camino por la calle, sino que corro, y que cuido mucho mis plantas de marihuana. Las tengo en Buenos Aires, con todo un sistema automatizado de riego, luz y ventilador que armé. (Saca su celular y muestra las fotos de su cultivo, con el orgullo de un padre que enseña a sus hijos). Después mis amigos se la fuman toda”.
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