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Surf en la cárcel: los presos que construyen tablas en Valparaíso

Revista Viernes conoció la historia de condenados por robo u homicidio, que se rehabilitan construyendo tablas y se ilusionan con probarlas pronto en el mar.

26 de Febrero de 2016 | 15:36 | Por Cristóbal Bley, Revista Viernes.
De repente la música cambió. El rock en portugués que sonaba bien fuerte –canciones rápidas de tres acordes muy guitarreados y playeros– dejó de escucharse y la sufrida voz de Alejandro Sanz llenó los tres espacios del taller. Con la puerta cerrada, completamente solo en la sala de lijado, Diego Lobos Lobos (29) canta fuerte: “cuando nadie me ve, no me limita la piel”. Flaco y bajito, preso hace 32 meses y condenado a cinco años por robo en lugar habitado, Diego le da los últimos retoques a una tabla de surf, lijándola antes de que pase a la fase de pintado, mientras invoca las letras de Sanz. Cuando nadie lo ve, puede ser o no ser.

Diego canta recluido en el Complejo Penitenciario La Pólvora, la cárcel más grande de la Quinta Región, ubicada en el acceso sur a Valparaíso. Por entrar a robar en seis casas estuvo dos años preso en Limache, y hace siete meses fue trasladado hasta acá por su buena conducta. Ahora forma parte del Centro de Educación y Trabajo (CET), un recinto semiabierto dentro del penal, que capacita y hace trabajar a los internos que han cumplido dos tercios de su condena y que además poseen una evaluación positiva.

“Alejandro Sanz canta bonito. No es que me guste él, pero su música, sí”. Diego lija y sigue cantando. Desde fines de enero, junto a otros dos internos del CET, participa del primer taller que fabrica tablas de surf dentro de una cárcel chilena. En él, capacitados por Fabio García y Joao Santos, dos maestros brasileños más fanáticos del rock que de las baladas románticas, han aprendido cómo darle forma, balance y terminación a un objeto que últimamente se ha puesto muy de moda en las playas chilenas.

La idea de llevar el surf a un centro penitenciario -un deporte vinculado a las clases acomodadas de nuestro país, más practicado en Maitencillo que en El Tabo- fue de Arturo Irarrázaval (29). Publicista e ingeniero comercial, surfeando desde los siete años, ya en sexto básico sabía lo que quería: todos los días, después del colegio, pasaba por la tienda de ropa en la que trabajaba el pololo de su madre. Ahí, a los 11, atendía, ordenaba y vendía poleras, zapatillas y polerones de marcas relacionadas a los deportes extremos.

“Siempre lo tuve claro: quería una marca que fuera chilena, con nombre chileno, fabricada y diseñada en Chile. Y que un porcentaje de las ventas se usara en auspiciar a deportistas chilenos o a producir eventos acá”, dice Irarrázaval sentado en su oficina, que es una mesa instalada en el patio de una casa en Vitacura, que a su vez funciona como tienda de artículos de surf. “Lo único que me faltaba era algo que la diferenciara. Tenía que ser algo social y pensaba en medioambiente, en materiales reciclados, en educación, pero nada me convencía”.

El 8 de diciembre de 2010, la cárcel de San Miguel, sobrepoblada casi en un 100%, se quemó en un incendio que mató a 81 reos e hizo visible lo que hace tiempo era muy evidente: el precario estado del sistema penitenciario en Chile. En ese momento, Arturo Irarrázaval supo cuál sería el enfoque de su proyecto. En ese momento, nació COA Surf.

El surf y el coa


“¿Hemos visto alguna vez que en una cárcel se haga una tabla de surf? Eh, no. ¿Estamos en condiciones de poder marcar un hito de innovación en esta materia? Eh, sí. ¿Nos va a generar mucho esfuerzo? Mucho esfuerzo. Ok, sentémonos a trabajar”.

No es primera vez que el capitán Luis Ibáñez, jefe del Centro de Educación y Trabajo de La Pólvora, se atreve a experimentar en la cárcel. En enero de 2015 recibió un premio a la innovación regional por sus aerogeneradores de electricidad, implementados por internos del Taller de Energías Renovables, que permiten generar luz completamente limpia. Y su CET es conocido tanto por la cantidad de oficios que enseña a los presos –desde agricultura hasta imprenta, pasando por costura y panadería– como por la calidad de los resultados: los 1.400 kilos de pan que ahí se hacen cada día abastecen a la Armada y al Hogar de Cristo, además del propio centro penitenciario. En cada uno de estos talleres, los 58 reos que los integran reciben un salario, cercano al sueldo mínimo, que se ajusta según sus conocimientos y productividad.

Pero en septiembre, apareció una propuesta distinta: instalar una producción de tablas de surf, elaboradas completamente por los reos, para una marca que justamente se llama COA, como la jerga que se habla en la cárcel.

Lee más sobre este taller y la historia de los reclusos que trabajan en él en Revista Viernes.
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