La entrevista que Andrónico Luksic Abaroa dio a El Mercurio

El 7 de septiembre de 2002 apareció esta entrevista en que el patriarca habló de su origen, sus primeros negocios, su suerte y su familia.

19 de Agosto de 2005 | 08:42 | Enfoques, El Mercurio

Andrónico Luksic Abaroa.
SANTIAGO.- En una entrevista titulada "Don Andrónico cuenta su historia", Andrónico Luksic accedió a hablar en extenso con El Mercurio.

En un hecho inédito, uno de los hombres más poderosos e influyentes de América Latina, relató episodios desconocidos de su historia íntima y como empresario. El fundador de una de las mayores fortunas de Chile, cuyas fronteras se expanden hasta Europa, revisó su vida y, luego de más de dos horas de conversación, aclaró que sus grandes pasiones son su familia, su "querida" Croacia y la ayuda social.

El 7 de septiembre de 2002 se publicó esta histórica entrevista, realizada por la periodista Constanza Capdevila de la Cerda. A continuación reproducimos el texto íntegro.

"Don Andrónico cuenta su historia"

Si hay algo que Andrónico Luksic Abaroa ha intentado toda su vida es pasar lo más desapercibido posible. Y es que - como él mismo aclara- se trata de un hombre que ha conseguido prácticamente todas las metas que se ha trazado a lo largo de su vida. Excepto, la de no llamar la atención donde quiera que vaya. Efectivamente, ésta puede transformarse en una verdadera misión imposible si hablamos de uno de los hombres más ricos e importantes del país... y del continente.


Precisamente ésa fue la gran razón de por qué su permanencia como estudiante de economía de la Universidad de La Sorbonne, en París, alcanzó a durar la efímera cantidad de un día. Lo suyo fue debut y despedida a la vez. Tenía apenas 20 años y en su primera jornada como alumno fue citado, junto a los otros recién llegados, a una reunión en una gran aula, donde cabían unas 300 personas.

Cuando el maestro de ceremonias comenzó a nombrar a los nuevos estudiantes, ellos debían ponerse de pie. "Cuando me tocó el turno, el profesor me dijo: "Ah, un alumno de Chile, el país donde la tierra tiembla. Por favor, señor Luksic, cuéntenos de su país"".

Fue en ese instante cuando don Andrónico habría pagado lo que fuera para que lo tragara la tierra. La timidez que aún lo caracteriza, en esos años se traducía en un verdadero pánico a las grandes audiencias, y el hecho de sentirse observado por la multitud, simplemente lo liquidó. En su mejor francés, hizo el máximo esfuerzo para explicarles a los asistentes cómo era su patria, y apenas terminó la sesión, salió del salón y prometió nunca más volver a esa casa de estudios.

Mucho es lo que se ha escrito sobre la vida del patriarca de una de las familias más importantes de Chile. Pero en esta oportunidad, y en exclusiva para Enfoques de El Mercurio, es el mismo don Andrónico - el hombre de mirada amable y ojitos achinados cuando se sonríe- quien por primera vez cuenta algunas historias de su vida, de una existencia plagada de anécdotas y momentos que parecen sacados del mejor de los best sellers.

El mismo hombre que nos advierte al inicio de nuestro encuentro "no quiero hablar sobre ningún negocio" y que recuerda a cada instante que a él lo que le importa es figurar lo menos posible y ojalá "pasar desapercibido".

En esa casi obsesión por mantener un bajo perfil, don Andrónico tiene su oficina en pleno Paseo Ahumada, al llegar a la Alameda, y es su fiel secretaria Susana, colaboradora incondicional hace casi 18 años, quien "filtra" todo lo que pasa a sus manos. Ella nos advierte "no traigan fotógrafo, porque a mi jefe no le gustan las fotos".

Luego de prácticamente dos horas y media de amena conversación queda claro por qué este hombre ha llegado hasta donde está. No sólo por su gran inteligencia y habilidad para los negocios, sino también por su calidad humana a toda prueba y su manera franca y directa de decir las cosas, sin pretender aparentar nada.

Luego de múltiples peticiones de sus hijos, accedió a escribir sus memorias, pero "no pretendo publicarlas nunca, son sólo para mi familia", advierte. Y es esa familia la mayor de sus pasiones. Su mujer, Iris Fontbona, sus cinco hijos - Andrónico, Guillermo, Jean Paul, Paola y María Gabriela- y sus 19 nietos son la mayor de sus alegrías y la fuente de esa fuerza que lo mueve para seguir activo, con la energía de un adolescente.

- ¿Es efectivo que cuando se iniciaba en los negocios, usted ofreció vender una mina en Antofagasta por 500 mil pesos, y los compradores, que eran japoneses, entendieron que se refería a 500 mil dólares?

"Sí, pero no fue un error de traducción. Yo les di a los japoneses la opción de comprar, una vez que sus geólogos hicieran sus estudios de factibilidad. La mina se llamaba Portezuelo y era de cobre. Yo tenía el 70% de la propiedad y el resto era de un francés. Originalmente, los dueños habían sido también franceses y yo la fui comprando de a poco, en cómodas cuotas".

"Este francés, que era mi socio, les hizo la vida imposible a los otros, y ellos optaron por venderme. A los japoneses, que ya habían hecho los estudios, les gustó la mina y me pidieron que fijara el precio. El problema era que yo no tenía idea de cuánto valía un mina. En Chile no existían casos similares y les sugerí que contrataran asesoría extranjera para determinar el precio. El japonés me dice "¿qué le parecen unos 500 mil?". Yo saqué mis cuentas y concluí que 500 mil pesos era más dinero del que yo estaba pagando a 14 años por la parte que le había comprado a los franceses. Por donde lo mirara, era un buen negocio: iba a recibir dinero por adelantado, pagaba mi deuda y quedaba con plata para el bolsillo. Le respondí que estaba de acuerdo y el hombre se da vueltas y le dice al traductor "precio 500 mil DÓLARES".

- ¿Qué sintió en ese minuto?

"Pensé que se había equivocado y estuve a punto de corregirlo, pero de inmediato supuse que ellos se iban a dar cuenta solos. Sin embargo, ellos siguieron hablando de 500 mil dólares. Firmamos las opciones y acordamos que el cheque se entregaría cuando el directorio en Japón aceptara la negociación y se firmara el contrato definitivo en Chile".

Acto seguido, Don Andrónico llamó a su socio por teléfono a Lima, que era donde vivía, y le pidió que viajara de urgencia a Antofagasta. Apenas se reunieron, le contó sobre la venta de la mina y cuando terminó de explicarle, el francés se desabrochó su chaqueta, se sacó la corbata, se desabotonó el cuello y le mostró una enorme cicatriz que le atravesaba toda la superficie y le gritó: "¡¡Nunca en mi vida haría un negocio con un japonés. En Indochina me cortaron la cabeza y no morí porque Dios es grande. El tipo que cortaba las cabezas me pegó despacio y por eso me salvé!!".

El dilema es que Don Andrónico ya había firmado la opción con los japoneses y en ese minuto se encontró atado de manos. Después de unos minutos, el francés reflexionando le ofreció la posibilidad de que le pagara el doble de lo que Luksic le había cancelado a los antiguos dueños y socios, pero al contado, "dólar sobre dólar", y de inmediato. Don Andrónico no tenía recursos para eso. Su sueldo que ganaba gracias a la concesión de la marca Ford, que compartía con un tío, no era suficiente para asumir ese costo. Efectivamente tenía otros ingresos, provenientes de un negocio de cambio de monedas que había realizado durante su estadía en Europa, pero haberlos utilizado iba contra todos sus principios. Ese era otro negocio y era intocable.

El francés le dio un plazo fatal: 24 horas para que le contestara. Esa fue la única noche de su vida en que Don Andrónico prácticamente no cerró los ojos, "y eso que yo duermo de maravillas siempre. Mi gran problema es que nunca puedo leer en la cama, porque me quedo dormido". Las preocupaciones lo invadían y se pasó en penumbra intentando resolver cómo cumplir su palabra empeñada con los japoneses y lograr que su socio le vendiera su parte, pero de una manera más "viable".

A la mañana siguiente partió raudo a su oficina y "Monsieur" ya lo esperaba. Con su mejor cara le ofreció pagarle el doble del valor, pero era imperativo que le concedieran un período de gracia de dos años.


Junto a su esposa, Iris Fontbona.
- Pero en el fondo no le iba a pagar de inmediato, como él quería...

"Claro, pero yo estaba desesperado. Al final, el francés me cobró unos intereses bastante altos, pero conseguí los dos años de gracia. Feliz me fui a mi casa y mandé a mi empleada a comprar 20 paquetes de velas para prendérselas a un santo que me hacía muchos milagros en mis exámenes en la Escuela de Derecho: San Pancracio, que todavía es mi regalón. Pero también le puse a San Judas Tadeo y San Antonio, durante 120 días estuvieron encendidas, ¡¡me gasté una fortuna en velas!!".

"A los cien días recibí un telegrama de Tokio donde me informaban que el directorio había aprobado la adquisición de la mina y que estaba viajando el máximo ejecutivo de la compañía a Chile. En Santiago, en el Salón Llanquihue del Hotel Carrera, firmamos el acuerdo y yo recibí mi plata".

- ¿Tiene algo que ver que usted sea el actual dueño del Hotel Carrera?

"Me lo compré un poco por eso. Además, la oportunidad se presentó inmediatamente después de Allende y estaba muy barato".

- ¿Qué hizo con la plata de la venta de la mina?

"La deposité y la tuve siempre como un colateral para los bancos. Como había una inflación desmedida en Chile, comencé a cultivar amistades con los banqueros y financié mis negocios por medio de créditos. Mi colateral siempre lo mantuve depositado en el entonces Grace Bank de Nueva York".

- La mina El Tesoro la inauguró en momentos que el cobre atravesaba por uno de sus peores momentos, y se metió a invertir en Croacia en plena guerra. ¿Es su filosofía de vida invertir cuando el resto no lo hace?

"Exactamente, esa ha sido la principal razón. La única vez que hemos comprado caro fue el Banco de Chile. Yo no participé en esa decisión. Por supuesto me consultaron".

- ¿Estuvo de acuerdo con esa compra?

"En el fondo de mi corazón sí, porque era la última joyita que iba quedando en el país, como negocio. Además habíamos sido casi obligados de salir del Banco Santiago porque el precio que los socios pedían por el banco era US$600 millones por una parte de la propiedad, y por eso decidimos vender nosotros".

- ¿Pagaron muy caro por el Chile?

"A mi juicio fue muy caro, pero cuando uno compra una joyita tiene que estar dispuesto a pagar lo que vale, y más aún cuando no estaba a la venta. Sólo una oferta muy alta podía resultar tentadora".

Sus amores

A pesar de estar en óptimas condiciones, el 1 de enero pasado Andrónico Luksic Abaroa se retiró oficialmente de sus labores como ejecutivo. En buen chileno "se jubiló". Después de toda una vida de trabajo incansable, reuniones y directorios que superan los niveles imaginables, decidió dedicarse a lo que a él le gusta: su familia, su querida Croacia y la ayuda social.

El resto de sus cosas hoy está en manos de sus hijos - Andrónico, Guillermo y Jean Paul- , quienes son su motivo de orgullo y mayor satisfacción.

- ¿Por qué decidió jubilarse?

"Porque ya tengo una edad más que suficiente. A mis 76 años estoy en muy buenas condiciones, pero siempre he pensado que las personas debieran jubilar a los 65. No se puede tener la misma capacidad y, sobre todo, la misma audacia que se tiene cuando se es joven. Ser audaz es una condición vital para ser empresario y para tener éxito en lo que uno emprende, pero audaz en una forma racional".

Aunque está retirado de la vida laboral, Andrónico Luksic va con bastante frecuencia a su oficina, ubicada en el piso 10 de un céntrico edificio de Santiago. Asegura que sus preocupaciones son otras, entre las que destacan sus negocios en la querida Croacia, tierra de su padre, Policarpo Luksic. La adquisición de varios complejos turísticos en ese país lo tienen "fascinado". Hoy es propietario, en conjunto con la Compañía de Cervecerías Unidas (CCU), de casi el 100% de la propiedad, y por medio de la sociedad Atlas posee una firma de turismo que agrupa barcos de pasajeros, buses, restaurantes y hoteles. Y como si fuera poco, Luksic es dueño del complejo hotelero Plava Laguna, una cadena de 16 hoteles con "22 mil camas día".

- Croacia es uno de sus grandes amores...

"Todavía tengo una importante cantidad de familiares, pero están en la isla de Brac, que es de donde provienen mis antepasados, soy Braciani antes que Croata".

- Usted habla inglés y francés a la perfección. ¿Habla Croata?

"Desafortunadamente no. Cuando uno es chico, lo único que quiere es pasar inadvertido. Mi padre, "Polito" como le decía cariñosamente, me hablaba siempre en croata y a mí me cargaba porque mis amigos me veían como una cosa rara por hablar otro idioma. Le tomé una distancia tremenda y por eso nunca quise aprender. Ahora, de más viejo, he tenido profesores, pero me han intentado enseñar gramática y ortografía croata, dos cosas que para alguien que no nació en ese país resultan absolutamente imposibles".

- Además de sus negocios en Croacia, ¿a qué está abocado?

"Estoy personalmente involucrado, desde 1966, en la Fundación Luksic. Esta institución se encarga de dar becas, pero no de estudio ni de alimentación, sino que seleccionamos a un número de jóvenes de ingresos modestos, pero con condiciones intelectuales, y les damos una cifra mensual para costearse sus gastos personales. A los más chicos $50 mil, a los más grandes $70 mil y a los universitarios $100 mil mensuales. La idea es que tengan en su bolsillo su plata para que si en algún momento un compañero se compra un sándwich y una bebida, ellos no tengan que pasar por la humillación de no poder hacerlo".

Hace más de 20 años que la Fundación Luksic entrega estas becas a un total de 120 jóvenes anualmente. El modo de conseguir un financiamiento apropiado fue idea de Luksic, quien a través de una serie de movimientos en la Bolsa logró multiplicarlos, hasta convertirlo en US$30 millones en su momento de mayor auge. Hoy el patrimonio totaliza US$12 millones y Don Andrónico es el presidente de esta institución y trabaja junto a su hija Paola, su yerno Óscar Lería, Gonzálo Menéndez, Jorge Prado y Patricio Balmaceda, entre otros.

- Además de la Fundación Luksic, tengo entendido que está construyendo un parque ecológico en la X Región.

"Sí, tenemos 55 mil hectáreas en una zona entre el lago Panguipulli y el Riñihue. Dentro del fundo está el volcán Chosuhenco y un pueblito del mismo nombre, donde estamos a cargo de una escuelita y de una posta, que cuenta con una moderna máquina cardiovascular, prácticamente única en Chile".

Pero eso no es todo. Don Andrónico es un convencido de que la educación es la clave para "ser alguien en la vida". No en vano, estudió derecho en la Universidad de Chile, hizo su memoria en París y el tema fue "El Neoliberalismo Económico". Logró entrevistar a una gran cantidad de pensadores de esta corriente, "que era el primer movimiento que existía después de la II Guerra Mundial". Tan buena y prolija fue su investigación, que la comisión examinadora lo calificó con "tres coloradas".

El paso siguiente en su vida académica fue hacer su práctica en la Sindicatura de Quiebras. Ahí lo recuerdan como un "abogado brillante y sumamente eficiente". Incluso estuvo a punto de asumir un cargo de jefe, pero quien tenía que tomar la decisión final optó por un "conocido", sin tomar en cuenta que el más apto para el cargo era Luksic. El no se hizo problemas, y se metió de lleno en el mundo de los negocios... en buena hora. Sólo le faltó jurar como abogado ante la Corte Suprema.

"El mejor profesor del mundo"

Las principales compañías en las cuales tiene participación son Lucchetti, presente en Chile, Argentina y Perú, y la Embotelladora CCU. En el área industrial está Madeco y en servicios Hoteles Carrera y Habitaria, firma abocada al desarrollo de proyectos inmobiliarios. En el negocio de las telecomunicaciones el grupo está presente en Telefónica del Sur y Telefónica de Coyhaique, además de tener una participación minoritaria en Entel. En el área inversiones controlan Quiñenco, Antofagasta Holdings y VTR, presente en el negocio de la televisión por cable y satelital. También son controladores del Banco de Chile, y fueron los artífices de fusión de esta entidad con el Banco Edwards.

Pero es el rubro minero el más "apreciado" por don Andrónico quien posee las minas Los Pelambres, Michilla y El Tesoro.

- ¿Es el sector minero su actividad favorita?

"Sí. Mis hijos y Vladimir Radic me hicieron renunciar a la presidencia del Banco O'Higgins porque me quedaba profundamente dormido en las reuniones de directorio. Lo encontraba lo más aburrido del mundo. Lo que me gusta es caminar por los cerros y encontrar rocas que me puedan llevar a algo mayor".

- Cuando inauguraron El Tesoro usted señaló que ese era "su tesoro". ¿Tiene otros?

"Todas las cosas que hago. Pero, El Tesoro es algo importante, la tengo hace más de 40 años y además la trabajé yo. Hace poco me invitaron a ver la tronadura en que desaparecía el último túnel que hice en esa zona".

- ¿Cuál ha sido el momento más feliz de su vida como empresario?

"He tenido muchos, pero me acuerdo que fui muy feliz el día que mi hijo menor, Jean Paul, que vivía en Londres y estudiaba en el London Economics School, me dijo que quería trabajar en el sector minero. Todos pensábamos que se iba a quedar a cargo de la oficina en Londres. Un día que yo estaba de visita en esa ciudad me dijo que había decidido no quedarse en Londres y volverse a Chile. Al par de semanas de haber llegado, erróneamente creímos que, como había trabajado en el Banco Paribas, se iba a quedar ayudando a Andrónico en el Banco O'Higgins, era lo lógico. Pero me contó que quería trabajar en minería, a lo que yo le respondí: "Pero, si no sabes nada de minería" y él me contestó: "Tú tampoco sabías nada cuando empezaste y yo voy a tener un gran profesor". Creo que ese fue uno de los últimos minutos que yo podría llamar de felicidad extrema".

- ¿Es Jean Paul su hijo regalón?

"Cada vez que estoy con uno de ellos, ese es el regalón. Los quiero muchísimo a todos".

- ¿Por qué sus hijas no participan de las empresas del grupo?

"La misma pregunta nos hizo a mí y a mi hijo Guillermo, Fidel Castro hace cuatro años en una visita que realizamos a Cuba. Guillermo le contestó: "Porque aunque me molesta reconocerlo, somos muy machistas".

- ¿Son muy machistas?

"No. Lo que pasa es que mis hijas nunca han tenido mucho interés. Somos una familia muy unida, donde mis tres hijos y yo nunca hemos considerado que estamos trabajando, sino simplemente es una fascinación que tenemos por hacer las cosas. No tenemos horario y no existen inconvenientes para quedarse un sábado o un domingo donde haya que hacer algo de utilidad para alguna de las empresas".

- ¿Cómo logra dedicarle tiempo a su familia?

"Este esquema totalmente dedicado a mi trabajo, lo tuve hasta el día que murió mi madre. Yo era muy cercano a ella y teníamos una relación increíble, pero cuando murió yo tenía cerca de 50 años, y me di cuenta de que lo único que ella me había pedido siempre, sin decírmelo, era tiempo y nunca se lo pude dar".

Don Andrónico sentía una gran afecto por su madre, Elena Abaroa, a quien consideraba una mujer muy inteligente. Era su regalón, así como su hermano Vladimir era el más cercano a su padre. Tras la partida de doña Elena, decidió cambiar su estructura de vida y comenzó a dedicarle más tiempo a su mujer y sus hijos. Su hija Paola está casada y se dedica a trabajar activamente en la Fundación Luksic, y María Gabriela también es casada, tiene tres hijos pequeños, y está dedicada principalmente a las labores de madre.

- ¿Cómo logró inculcarle a sus hijos la pasión y su manera de hacer las cosas?

"De una manera muy especial. Cuando me casé por segunda vez, tenía bastante diferencia de edad con mi señora, Iris Fontbona. Yo tenía 34 años y ella 18, y una de las cosas que más me llamaban la atención de algunos amigos era la falta de diálogo que tenían con su mujer. Yo me propuse que eso nunca me iba a suceder. Así, cuando llegaba de la oficina a la casa, me metía en mi cama y a mi alrededor se sentaban mis cinco hijos y mi mujer, y yo les contaba lo que había sido mi jornada, con lujo de detalles. Al poco tiempo, me di cuenta de que de esas conversaciones salían novedosas soluciones a problemas que se me iban presentando. La conversación con mi familia se transformó en un aporte valiosísimo y muy útil."

"De esta forma, mis hijos, desde muy pequeños, se enteraron de todos mis negocios y sus mecanismos".

- ¿Una de las causas de su éxito como empresario fue el no marginar a su familia de sus negocios?

"Sí. Desde pequeños aprendieron lo que eran los balances, instituciones financieras, lo que era convencer a un cliente o a un competidor y llegar a un acuerdo, y saber aprovechar las oportunidades".

- ¿Qué rol ha jugado la suerte en su vida?

"Es un elemento vital. Para tener éxito en la vida hay que tener audacia, pero también hay que ahorrar, porque si uno no ahorra nunca va a ser próspero. Podrá vivir bien, pero el día que le vaya un poco mal, ahí se acaba la buena vida. Hay que trabajar sin horario y con gran entusiasmo porque en la medida que lo que hagas te fascine, no estás trabajando, sino que haciendo lo que te gusta".

- Ahora que está jubilado, ¿se siente un hombre feliz?

"Tiene delante suyo a una persona, no sé si habrá muchas, absolutamente feliz en todo sentido. Desde muy joven arreglé mi vida para no tener problemas".

- ¿Le falta algo en la vida?

"Nada, soy feliz. Había una cosa pendiente, pero ya la conseguí".

- ¿El Banco de Chile?

"No. Toda mi vida me he puesto metas muy simples, cuando vivía en Europa, en París, me moría de ganas de tener un reloj Patek Philippe que había en una joyería, y me propuse juntar mi plata. Cuando lo hice, fui y me lo compré. Después, debajo del departamento donde vivía, había un anticuario y había un maravilloso ajedrez rojo que me fascinaba, pero valía mucho dinero. Al final logré comprarlo. Lamentablemente lo perdí al volver a Chile".

"Estuve en la Cortina de Hierro y salí aterrado de ahí porque los oficiales rusos decían que se demorarían una semana en ocupar Gibraltar y yo estando en París, pensé que mucho antes de ese tiempo iban a ocupar esa ciudad. Por eso, preferí venirme a Chile, y dejé todas mis cosas en París. Recuperé un par de zapatos de gamuza que me los mandó una amiga envueltos en papeles de diarios, eran color habano. Después de unos años volví al lugar y no estaba ni el departamento ni mis cosas, ni mi ajedrez de marfil".

Lo que a Don Andrónico le faltaba para sentirse plenamente feliz era la "Villa Scherezade". Cuando visitó Croacia en 1947, estuvo unos días con su familia en Brac y después pasó por Dubrovnic. Ahí se alojó en el Hotel Argentina, un edificio construido a 200 metros de los históricos muros de la ciudad. Al lado de esta construcción había una villa maravillosa, que rápidamente llamó la atención del joven Andrónico. Preguntó quién era el propietario y le informaron que la había mandado hacer un banquero judío-austríaco para su amante, una turca. Cuando empezó la guerra, los tomaron presos y los llevaron a un campo de concentración. Así, la villa había quedado abandonada y el Estado la había confiscado. Mientras Luksic la contemplaba desde su habitación en el hotel, se propuso conseguirla.

Sus viajes a Croacia se hicieron más frecuentes. Retomó sus acciones para poder comprar la villa, pero sus esfuerzos fueron en vano, porque a pesar de ser muy amigo de los Presidentes de turno de ese país, la respuesta siempre era la misma: la villa pertenece a la ciudad y es inexpropiable. Pero... Hace un año don Andrónico compró el Hotel Argentina de Dubrovnic, y cuando estaba haciendo un recorrido por los jardines, le preguntó a uno de los encargados si podía contactar a alguien para ingresar a la villa, a lo que el hombre respondió: "Yo tengo las llaves. Es propiedad del hotel, por lo tanto, es suya".

- ¿Frecuenta su villa?

"Vengo de allá. Voy cada vez que puedo y ahora acaban de estar por primera vez mis hijos y mis nietos. Es mi obsesión de Croacia y la estamos reparando actualmente, al igual que el hotel, que fue declarado monumento nacional".

- ¿Qué se siente ser uno de los hombres más ricos y poderoso del país?

"Nunca me he sentido ni me siento así".

- Pero la gente lo percibe así. Además, usted figura en los rankings entre los más ricos de Chile y del mundo.

"Nunca me ha preocupado eso. Yo soy como soy".

La escuela agrícola Pascual Baburizza
En su afán por colaborar con los más necesitados, Andrónico Luksic también ha destinado tiempo y recursos a la Escuela Agrícola Pascual Baburizza, en Los Andes, desde 1988. Esta entidad, sin fines de lucro, brinda educación, capacitación y superación personal a jóvenes de escasos recursos. Se matriculan 400 alumnos, de todo el país, que estudian completamente gratis e incluso reciben uniforme y zapatos.

En 1892, proveniente de Croacia, llegó a Chile Pascual Baburizza, quien falleció en 1944 en su fundo Santa Rosa, cerca de Los Andes. En su testamento, pidió que se creara una fundación de beneficencia pública denominada Instituto Agrícola Pascual Baburizza, con el objeto de difundir y promover el adelanto de las ciencias y artes relacionadas con el agro.

"En 1988 apareció un día en mi oficina Carlos Urenda, entonces director de la entidad, y me invitó a conocer este proyecto, considerando que mi padre había trabajado con don Pascual. La escuela estaba muy endeudada y deteriorada. Al comienzo pensé que no tenía nada que hacer en un fundo, lo mío siempre habían sido las minas. Cuando era niño mi padre me llevaba a veranear siempre a su campo en Curicó y lo terminé odiando. No había ni amigos ni niñitas buenasmozas con quien entablar relación".

- Pero asumió el desafío.

"Conocí el lugar, vi que era un destino tan lleno de posibilidades y me encantó. Lo vi como una oportunidad de hacer cosas y decidí quedarme con la escuela. Hice un aporte económico, pagamos las deudas al Banco del Estado por US$2 millones y empezamos a ver qué hacíamos con la escuela".

Hoy esta entidad goza de reconocimiento y cuenta con modernas instalaciones como salas de computación, acceso a internet y laboratorios especializados. Es una de las organizaciones que mayores satisfacciones le han brindado a Andrónico Luksic, como la que experimentó a fines de 2001.

La escuela anualmente entrega, además de todos los beneficios, la beca "Andrónico Luksic" para que un alumno de último año pueda estudiar en la universidad una carrera relacionada con agronomía. En esa oportunidad la favorecida fue una joven que rompió en llantos al saber la noticia. Al acercarse a sus padres para felicitarlos, don Andrónico se encontró con una madre envuelta en lágrimas que le decía "no se imagina lo feliz que me ha hecho. Toda mi vida tuvimos un solo deseo y fue que nuestra hija fuera profesional. Usted ha hecho realidad algo que para nosotros era imposible, porque somos muy pobres". Esas palabras lo emocionan y son un estímulo para seguir ayudando a los necesitados, la mayoría de las veces en forma anónima. Es la cara más desconocida de este empresario.

Pero esta generosidad también la ha sabido traspasar a sus descendientes. Sabido es que sus hijos son partícipes activos en múltiples instancias de beneficencia como Paz Ciudadana y la Fundación Amparo y Justicia, entre otras.

Con este mismo espíritu, el clan Luksic completo partió el pasado 23 de diciembre a vivir una Navidad diferente. La idea fue de la señora Iris Fontbona, quien propuso que, en vez de hacerse regalos familiares, fueran todos juntos al Hogar Domingo Sabio en La Granja a celebrar con los 40 niños que ahí viven.
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