Papa celebra Pascua pidiendo una solución pacífica en Irak

El Papa, de 83 años y debilitada salud, celebró la misa en el atrio de la basílica de San Pedro, ante una multitud de peregrinos reunida en la plaza pese al temor de atentados y en medio de extremas pero discretas medidas de seguridad.

11 de Abril de 2004 | 08:42 | Agencias
VATICANO. - El Papa Juan Pablo II celebró hoy la misa de Pascua e impartió su bendición "Urbi et Orbi" (a la ciudad y al mundo) con una condena al terrorismo, y pidió por una solución pacífica para los conflictos en Irak, Cercano Oriente y Africa.

El Papa, de 83 años y debilitada salud, celebró la misa en el atrio de la basílica de San Pedro, ante una multitud de peregrinos reunida en la plaza pese al temor de atentados y en medio de extremas pero discretas medidas de seguridad.

En la bendición realizada al concluir la misa pidió a Dios que la humanidad tenga la valentía de oponerse de manera solidaria a los males que la afligen.

"Que se encuentre en particular la fuerza para hacer frente al inhumano y por desgracia extendido fenómeno del terrorismo que niega la vida y vuelve perturbada e insegura la existencia cotidiana de tanta gente trabajadora y pacífica", dijo.

El Sumo Pontífice se refirió también a los gobiernos nacionales e instituciones internacionales, en tácita referencia a la ONU, pidiendo que aceleren la superación de las dificultades y que se logre una solución satisfactoria de los conflictos de Africa, Irak y la Tierra Santa.

También apeló a "dejar de lado la venganza y abrir paso a la valentía del perdón y que la cultura de la vida y del amor haga vana la lógica de la muerte". Al concluir rogando por un mundo más justo y solidario, invocó el consuelo para los familiares de las víctimas de la violencia.

Los más de 40.000 peregrinos reunidos en la plaza estallaron en aplausos al concluir el mensaje que fue transmitido a 53 países, 13 de ellos de América Latina.

En un altar decorado con flores amarillas donadas por Holanda, el Papa apareció en bastante buena forma, después de una semana de celebraciones que pusieron a dura prueba su frágil salud y luego de que ayer, en la Vigilia Pascual celebrada en el Vaticano, apareciera muy cansado.

Un piquete de guardias suizos en sus estupendos trajes renacentistas con cascos plateados y plumas rojas, y de carabineros italianos en uniformes de gala, hicieron la guardia de honor al Pontífice.

Helicópteros, largas filas en los detectores de metales para poder ingresar a la Plaza de San Pedro, tráfico cortado en las calles que rodean el Vaticano y autos y camiones de policías y carabineros que custodiaban la plaza dieron la impresión de la mayor seguridad. Los peregrinos, que llegaron desde temprano al lugar acarreando niños y cochecitos con bebés, parecieron hacer oídos sordos al temor de atentados que habían difundido algunos medios de comunicación.

El Papa concluyó la celebración deseando en 62 idiomas -incluidos el suahili, arameo y maorí- una feliz fiesta de Pascua, con la paz y la alegría, la esperanza y el amor del Cristo Resucitado. En la plaza, grupos de mexicanos y españoles gritaban "Juan Pablo II, te quiere todo el mundo".

Mensaje del Papa
Este es el mensaje que el Papa Juan Pablo II pronunció en español:

1. "Resurrexit, alleluia - ¡Ha resucitado, aleluya!".
Este año el anuncio gozoso de la Pascua, escuchado con fuerza en la Vigilia de esa noche, nos llega también para hacer más firme nuestra esperanza.

"Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24,5-6).

El Ángel consuela así a la mujeres que habían ido al sepulcro. Así nos repite a nosotros la liturgia pascual, hombres y mujeres del tercer milenio: ¡Cristo ha resucitado, Cristo está vivo entre nosotros! Su nombre es ya "el Viviente", "la muerte ya no tiene dominio sobre Él" (Rm 6,9).

2. ¡Resurrexit! Hoy Tú, Redentor del hombre, te levantas victorioso del sepulcro para ofrecer también a nosotros, turbado por tantas sombras che nos amenazan, tu promesa de gozo y de paz.

A ti, Cristo, nuestra vida y nuestro guía, se dirija quien esté tentado por el desánimo y la desesperación, para escuchar el anuncio de la esperanza que no defrauda.

En este día de tu triunfo sobre la muerte, que la humanidad encuentre en ti, Señor, la valentía de oponerse de manera solidaria a tantos males que nos afligen.

Que encuentre, en particular, la fuerza para hacer frente al inhumano, y por desgracia extendido, fenómeno del terrorismo, que niega la vida y vuelve perturbada e insegura la existencia cotidiana de tanta gente trabajadora y pacífica.

Que tu sabiduría ilumine a los hombres de buena voluntad en el compromiso inevitable contra esta plaga.

3. Que la acción de las instituciones nacionales e internacionales, aceleren la superación de las dificultades actuales y favorezca el progreso hacia una organización más ordenada y pacífica del mundo.

Que se confirme y consolide la actividad de los responsables para lograr una solución satisfactoria de los conflictos que perduran, que ensangrientan algunas regiones de África, Irak y Tierra Santa.

Tú, primogénito de muchos hermanos, haz que cuantos se sienten hijos de Abraham descubran la fraternidad que los une y los mueva a propósitos de cooperación y de paz.

4. ¡Escuchad todos los que os interesáis por el futuro del hombre! ¡Escuchad, hombres y mujeres de buena voluntad! Que la tentación de la venganza abra paso a la valentía del perdón; que la cultura de la vida y del amor haga vana la lógica de la muerte; que la confianza vuelva a reanimar la vida de los pueblos.

Si nuestro futuro es único, es un compromiso y un deber de todos construirlo con paciente y solícita clarividencia.

5. "Señor, ¿a quién vamos a acudir?" Sólo Tú, que has vencido a la muerte,
"tienes Palabras de vida eterna" (Jn 6,68).

A ti dirigimos con confianza nuestra oración, en la que invocamos también tu consuelo para los familiares de las numerosas víctimas de la violencia. Ayúdanos a trabajar sin cesar para que venga ese mundo más justo y solidario que Tú, resucitando, has inaugurado.

En este esfuerzo está a nuestro lado aquella que creyó que se cumplirían las Palabras del Señor (cf. Lc 1,45).

¡Dichosa tú, María, testigo silencioso de la Pascua! Tú, Madre del Crucificado resucitado, que en la hora del dolor y de la muerte tuviste encendida la lámpara de la esperanza, enséñanos también a nosotros a ser, entre las contradicciones del tiempo que pasa, testigos convencidos y gozosos del perenne mensaje de vida y de amor que trajo al mundo el Redentor resucitado.
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