"Horas perdidas...": San Diego, calle de mala noche

En el relato "San Diego. Calle de mala noche", el autor de "Horas perdidas en las calles de Santiago" evoca los almacenes de antaño, con eslogan que quedaron en el inconsciente colectivo, y recrea las tiendas actuales, los bares, la nocturnidad y anécdotas del ex Teatro Caupolicán.

02 de Mayo de 2001 | 14:08 | emol.com
SANTIAGO.- En el relato San Diego. Calle de mala noche, el autor Roberto Merino evoca los almacenes de antaño, con eslogan que quedaron en el inconsciente colectivo, y recrea en un paseo lo que se vive actualmente en esa arteria de la capital.

Abundan los negocios de imprenta y muchas tiendas con "objetos en permanente inmovilidad", dice en la crónica, sin olvidar las anécdotas pugilísticas en el ex Teatro Caupolicán y bares del sector. Esto y más en su libro Horas perdidas en las calles de Santiago, editado por Sudamericana.

SAN DIEGO. CALLE DE MALA NOCHE

Fea de día, atiborrada de baratijas y en constante ajetreo, San Diego lleva varios siglos de historia. Su nombre actual lo debe a una iglesia que ya no existe, pero en un momento se llamó Callejón de las Carretas y en otro -quién sabe por qué- Camino de las Ciudades de Arriba. Su vida nocturna, en tanto, es poca pero intensa.

Sin duda es el comercio -mediano, pequeño y al menudeo- el sello fundamental de San Diego en nuestros días. El batiburrillo empieza en la Alameda y no para hasta Franklin. Tiendas decanas han sido Enrique Guendelman, La Polar -que ha aportado al habla chilena la irónica expresión "llegar y llevar"- y Martín Guinguis, que en los años setenta auspiciaba las audiciones nocturnas de El Doctor Mortis en la radio Portales. Los avisos los leía el propio Doctor Mortis, lo que les agregaba un toque de ultratumba. La debacle del tiempo se ha llevado a La Mendocina, La Leona de Castilla y los almacenes El Rey que Rabió. El pintor Pedro Subercaseaux recuerda, pasado Avenida Matta, otro local de nombre estrafalario: El Canario Navegante.

Neruda dedicó a San Diego una de sus odas elementales. Según él, ésta es la calle donde lo transitorio se quedó para siempre. Tiene razón. En sus caóticas vitrinas siempre hay objetos en permanente inmovilidad. Trofeos, insignias, atuendos de huaso, tapones de plástico o colecciones encuadernadas de libros de leyes pueden pasar años sin más visita que la del polvo. Las librerías de viejo son ya una institución sandieguina. La mejor era la de Muñoz Tortosa, que se ha ido a las cercanías del Club Hípico. Lo encomiable de este lugar era su amplitud nunca vista. Los libros estaban bien elegidos y ordenados, lo que impedía ese súbito desgano o empachamiento que asalta al roedor ilustrado ante una oferta tumultuosa.

Calle de teatros, de burdeles, de circos y de chancherías (piénsese en El Rincón de los Canallas), San Diego tiene -según los entendidos- "mala noche". Esto quiere decir que internarse por ella pasadas las 12 es de exclusiva responsabilidad del interesado. Generalmente no pasa nada, pero a veces puede uno toparse con malacatosos. De cuando en cuando suele verse a altas horas ese espectáculo lamentable: un ciudadano desnudo que con una mano se cubre las partes pudendas y con la otra trata patéticamente de hacer parar a los taxis que pasan de largo.

Otra cosa digna de mención son los pasajes. Son tristes y, por algún motivo, atractivos, a pesar de que uno sabe que no va a encontrar en ellos nada demasiado notable. Hay algunos estrictamente ocupados por imprentas mínimas. Se especializan en tarjetas de visita y en esos calendarios de bolsillo con piluchas, tan apreciados por los colegiales. A mediodía estos sitios se impregnan de un olor rancio a comida que baja por las sombrías escaleras interiores.

Un capítulo propio en la historia de San Diego corresponde al Teatro Caupolicán (hoy Monumental). Las Águilas Humanas y el desolador Holiday on Ice sentaron aquí sus reales por años. Epicentro de populosos bochinches políticos, el Caupolicán prestó también servicios al catch-as-catch-can y a las penas y glorias del box nacional. Las anécdotas boxeriles del lugar son innumerables, pero aquí anotaremos una, de abril de 1981: al segundo round, un negro de Puerto Rico -ex campeón mundial- dejó inconsciente en la lona a Pajarito Reyes, crédito melipillano. Con toda impiedad, el ganador se puso a celebrar sobre su contrincante exánime. En eso estaba el negro cuando se subió al ring un tipo macizo, rubicundo, que se avalanzó sobre él y le propinó un combo que le hizo volar el protector bucal. Después se supo que el vengador respondía al apodo de El Colorado, que era hermano de Pajarito Reyes y que tras el exabrupto se lo llevaron a la comisaría.

Conversación con una estatua humana

Entrevista a Roberto Merino

Reseña del libro
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