Artistas que dejaron una obra inconclusa 8/2/2004

08 de Febrero de 2004 | 00:00 |
Artistas que dejaron una obra inconclusa

Hace 35 años falleció Omar Nahuel, quien marcó el pulso del jazz chileno desde su aparición. Muchos otros grandes dejaron de existir en el mejor momento de sus vidas artísticas.

Íñigo Díaz 8/2/2004

Su nombre no es precisamente una referencia inmediata para el público masivo, sin embargo el pianista Omar Nahuel representa en el jazz chileno lo que para el rock es Gato Alquinta. Un intocable. Y con razones contundentes. Fue el impulsor de toda una generación de músicos modernos, uno de los primeros profesionales del jazz y, sobre todo, una leyenda por su vida y por su muerte.

El musicólogo Álvaro Menanteau relata en el libro "La Historia del Jazz en Chile": "Su aparición en el Club de Jazz (hacia 1958) no dejó a nadie indiferente. (...) Nadie de quienes lo conocieron en Santiago sabe a ciencia cierta cómo Nahuel llegó desde Rancagua tocando como ningún otro pianista del medio local". Omar Nahuel estaba en el jazz para dejar su marca.

Nahuel marcó el pulso de los 60 en el jazz chileno. Grabó el primer long-play de un conjunto establecido, hizo del jazz su profesión y fundó su propio club de jazz. En febrero de 1969 el automóvil que conducía volcó en la entrada a Valparaíso. Tenía 33 años.

Como él, varios otros grandes jazzistas se han ido en el mejor momento de su carrera.


Jazzistas legendarios
El adiós de Bird

Todas las crónicas y biografías coinciden en el relato del siguiente episodio: cuando el médico forense que examinó el cadáver de Charlie "Bird" Parker terminó el informe que debía entregar a la policía, éste describía el deceso de un hombre de unos 55 años mal llevados. Charlie Parker, el más grande de los jazzistas modernos de la historia, apenas tenía 35.

Pueden existir más o menos diferencias en torno a la narración de los hechos acontecidos en la suite del neoyorquino hotel Stanhope, que ocupaba la baronesa Pannonica de Koenigswater. En lo sustantivo, la noche del 12 de marzo de 1955, Bird moría, producto de un colapso de úlcera hepática que le provocó un ataque de risa cuando observaba un show humorístico por televisión. De todas formas, Parker se había autodestruido lentamente y su muerte sólo sorprendió a los más desorientados. En la historia del jazz pesa su partida tan prematura. Su aporte al género puede ser tan significativo y enorme como el que realizó Stravinsky en la música docta moderna. Son los rasgos de su muerte -y de su errática vida- los que a la larga lo transformaron en leyenda. Desde su saxofón alto surgieron las claves para un jazz que sobre el final de la Segunda Guerra necesitaba urgentemente desmarcarse del polvoriento swing que practicaban las grandes orquestas. Parker -y su alter-ego Dizzy Gillespie- comandaron entonces la generación de estos nuevos jazzers, de gafas ahumadas y trajes a la medida, que tocaban a toda velocidad una música creada para las elites intelectuales: el bebop.

Su catálogo de standards modernos, sus maravillosas grabaciones con Norman Granz y Ross Russell, y aquella inagotable capacidad para encontrar soluciones musicales distintas noche tras noche, retratan a Parker a seis columnas. Pero también lo hacen el desamparo, la infelicidad, la adicción a la heroína, el alcohol y cualquier estupefaciente que pudiera sacarlo "de la terrorífica realidad", como diría. Para el mundo del jazz, la pregunta ha rondado, por ahí, por siempre: ¿qué tipo de música hubiera creado Charlie Parker de seguir vivo?

Tal como Parker fue el nexo musical entre los períodos tradicional y moderno, su muerte se ubica en un punto equidistante entre los viejos mártires del jazz clásico y las desafortunadas desapariciones de la época contemporánea. Antes de Bird, la leyenda la había escrito el trompetista Bix Beiderbecke.


Las primeras leyendas

Bix, quien nació en 1903, está tan oculto en un pasado nebuloso que resulta sumamente difícil recuperar su figura tal cual fue. Ya no quedan testigos presenciales de aquella época. Se dice que Beiderbecke es más mito que realidad. Se dice que era un músico esclavizado por el perfeccionismo, inhibido e insatisfecho, y que por estas razones no disfrutó de la vida. Puede ser cierto para algunos o equivocado para otros, pero lo sustantivo es que musicalmente era el más importante solista blanco -y tal vez el único, más allá de las razas- capaz de enfrentarse de igual a igual a Louis Armstrong. O mejor dicho, sólo Armstrong era rival para Beiderbecke.

Actuó en los Wolverines a los 18 años. Era una legítima banda de Chicago, escuela estilística de la que poco después llegó a ser su líder histórico. Más tarde integró las orquestas populares de Jean Goldkette y Paul Whiteman. Ninguno de sus compañeros de sección, o de las otras, estuvo jamás a la altura de sus salidas al estrado. Menos aún los sidemen de sus propias grabaciones. Bix en murió en 1931, a los 28 años, víctima de una larga enfermedad pulmonar. Aún soplaba la trompeta durante su agonía. Tras él, se datan las muertes de dos hombres trascendentales en los viejos tiempos del jazz. El contrabajista Jimmy Blanton y el guitarrista Charlie Christian.

Curiosamente, ambos murieron por deficiencias pulmonares el mismo año (1942) y a edades similares (Blanton a los 23, Christian a los 25). Demasiado jóvenes. A pesar de que estos dos músicos fueron modelados en la época clásica del jazz, representan el punto de partida para la modernidad de ambos instrumentos. Algunos musicólogos plantean que gracias a ellos, tanto el contrabajo como la guitarra se transformaron en instrumentos "de viento". Es decir, podían llegar a efectuar solos en una época en que no tenían más valor que simples comparsas.

Blanton transformó a la orquesta de Duke Ellington de 1939 en la mejor que tuvo el director y pianista, gracias a sus rítmicas, armónicas y melódicas pulsaciones. De él provienen Oscar Pettiford, Ray Brown y Charles Mingus. Christian fue el primero en comprender que para igualarse a los bronces solistas, la guitarra necesitaba de una amplificación, y luego un plectro (uñeta de cuerno de concha). Poco antes de morir, pudo integrarse a la revolucionaria avanzada de músicos jóvenes que hizo del club Minton''''''''''''''''s de Harlem la cuna del bebop.


El jazz del futuro

El boca a boca cuenta la historia de que cuando el pianista Bill Evans se enteró de la muerte de su hermano del alma, entró en una espiral depresiva tal que no volvió a tocar durante un año completo. Se trataba de Scott LaFaro, un contrabajista ítalo-americano que con apenas 23 años ya dictaba cátedra de cómo debía plantearse este instrumento en el jazz del futuro. LaFaro integró los más importantes tríos modernos de Evans, aquéllos donde el contrabajo y la batería no estaban al servicio de un piano déspota, sino que se igualaban los pesos específicos. No existe contrabajista moderno de jazz que prescinda de su influencia. LaFaro no alcanzó a cumplir los 25 años cuando la muerte se lo llevó una noche, minutos después de que se estrellara el automóvil en el que viajaba.

En la mira

Eric Dolphy -como luego John Coltrane- es una de las más tristes partidas antes de tiempo en el jazz moderno. Su figura ha transitado siempre un paso más atrás que las de Trane y Ornette Coleman. Al profundizar en la música de su corta vida como líder (1960-64), podemos confirmar que Dolphy estaba a una misma altura estética. Introdujo el clarinete bajo en el jazz, se integró abiertamente y en igual proporción a las corrientes post bop y free jazz, además de la composición contemporánea. Falleció en 1964, a los 36 años, víctima de un coma diabético.

Vinculados a Dolphy estaban también John Coltrane, Booker Little y Albert Ayler. El primero era su mejor amigo y compañero de partidas jazzísticas; con el segundo estableció un moderno tandem saxo-trompeta y el tercero lo acompaña en la comunidad de los saxofonistas del free jazz. Todos ellos murieron prematuramente: Coltrane a los 41 años (1967), Little a los 23 (1961), y Ayler a los 34 (1970). Fueron las últimas partidas en una comunidad de músicos que aparte de ser dueños de una sensibilidad inusual para construir algo importante en el jazz, tenían toda la vida por delante. Pero estaban en la mira de la muerte.

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