Música, poesía y carácter: Chavela Vargas cumple 85 años

La voz ronca y aguardentosa de esta cantante de carácter, que el sábado cumple 85 años, sigue seduciendo al público de todo el mundo. La primera vez que esto ocurrió fue en su época de gloria, allá por los sesenta, y luego, en su “segunda vida”, a partir de comienzos de los noventa, cuando decidió abandonar el alcohol.

15 de Abril de 2004 | 11:10 | DPA
Chavela Vargas
Una imagen de su reciente recital en el Luna Park de Buenos Aires.
MADRID.- Chavela Vargas nació en Costa Rica, pero es mexicana hasta la médula. Fue una de las primeras mujeres en ponerse pantalones y en declararse abiertamente homosexual. Y según sus propios cálculos, bebió “más de 40.000 litros de tequila”.

La voz ronca y aguardentosa de esta cantante de carácter, que el sábado cumple 85 años, sigue seduciendo al público de todo el mundo. La primera vez que esto ocurrió fue en su época de gloria, allá por los sesenta, y luego, en su “segunda vida”, a partir de comienzos de los noventa, cuando decidió abandonar el alcohol.

El español Pedro Almodóvar tuvo bastante que ver en su exitoso regreso a los escenarios. El cineasta enmarcó momentos claves de películas como “La flor de mi secreto” y “Kika” con canciones de Chavela y la acompañó como presentador en muchos de sus conciertos.

Isabel Vargas Lizano nació el 17 de abril de 1919 en San Joaquín, Costa Rica. Tuvo una infancia infeliz, sin padre, madre ni abuelos que la quisieran, según suele recordar. Comenzó a interesarse por la música de muy joven y con sólo 14 años decidió trasladarse a México “para cantar como los mexicanos”.

Desde entonces, se enamoró de ese país. En su autobiografía, “Y si quieres saber de mi pasado”, editada en 2002 por Aguilar, afirmó: “México me lo dio todo. No es la madre la que pare sino la que cría”.

El reconocimiento le costó muchos años de trabajo... y de juerga. Empezó a actuar en cantinas y de a poco fue puliendo su estilo. Básicamente, le dio un rumbo diferente a la música mexicana, sin tantos mariachis y atuendos coloridos.

Iba armada sólo con su guitarra, vestida como la gente del campo, descalza, fumando un cigarro y bebiendo tequila. En su afán por “endulzar” la música mexicana, creó el bolero-ranchera.

“Les di a los mexicanos lo que esperaban: sencillez y dignidad a su música popular y resalté lo que más me llenaba de aquella poesía, ya fuera culta o popular”.

El éxito le llegó en los años sesenta. Fue cuando grababa canciones de José Alfredo Jiménez y Agustín Lara, sus compañeros de juerga, o “La Macorina”, un clásico dentro de su repertorio, y sus amigos eran Diego Rivera, Frida Kahlo (“uno de mis grandes amores”) o Lola Flores.

Luego, su afición por la bebida se le fue de las manos y vinieron “los 15 años en el infierno del alcohol”, como ella misma los define. La persiguió desde entonces una “leyenda negra” de excesos y transgresiones, de la que según ella “se inventaron muchas cosas”.

Con el apoyo de sus amigos, logró dejar el alcohol y volver a cantar. La ayudó mucho el español Manuel Arroyo, el hombre que llevó a Chavela Vargas, ya en plena madurez, a los escenarios de los teatros.

La cantante desarrolló entonces más y más su estilo intimista. “Se trataba de destilar aquella música y dejarla caer gota a gota por el corazón, dársela a sorbitos de pasión al público”.

Actuó en muchos teatros españoles y latinoamericanos, entre ellos el Bellas Artes de Ciudad de México, y en lugares emblemáticos como el Olympia de París y el Zócalo de la capital mexicana.

Se hizo amiga del cineasta Almodóvar, de los cantantes Joaquín Sabina - que le dedicó una de sus canciones, “Por el bulevar de los sueños rotos” - y Miguel Bosé, del ex presidente del gobierno español Felipe González, de la diseñadora Elena Benarroch... España se convirtió en su segunda patria.

Una y otra vez corren rumores acerca de que se retira, pero nunca son ciertos. De hecho, su reciente gira por Latinoamérica se anunció en algunos medios como despedida. “A mi edad, he pensado mucho en eso, pero finalmente creo que nunca voy a retirarme. Yo soy como los toreros, que se van, pero al rato regresan”.

La mujer del jorongo (poncho) rojo y negro, la voz triste y el alma de chamán no le tiene miedo a la muerte. “Detener el camino va a ser hermoso. Y no quiero lágrimas ni tragedias (...) No sean egoístas. Tengo derecho a descansar”, pide en el último capítulo de su autobiografía.
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