Para oídos cándidos 9/7/2004

13 de Julio de 2004 | 15:49 |
Para oídos cándidos

Jueves 8 de julio.
Espacio Riesco.


Marisol García C. 9/7/2004

Habían transcurrido cuarenta minutos de concierto, y Amaia Montero acariciaba la cabeza del guitarrista Pablo Benegas para luego besarle la mejilla. Suficiente rato había pasado como para que uno supiera que sería eso lo más atrevido que llegaría a mostrar esa noche la cantante de La Oreja de Van Gogh, el grupo vasco que, con el agote de entradas para su concierto del jueves en el Espacio Riesco, se erige como la importación musical española sin los apellidos Bosé ni Sanz más exitosa desde Mecano.

¿De dónde salen los más de cinco mil chilenos [NOTA: la productora encargada informó posteriormente que fueron 10.100 los asistentes]que obligaron a cambiar el recinto original del concierto?, podía preguntarse uno durante la semana. Y la respuesta había que verla para creerla. Como una tarde de domingo en el Mampato, como un helado doble, como una matinée: ésta era una cita familiar motivada por niños y adolescentes que llevaron hasta Huechuraba a sus padres sin demasiado esfuerzo. Los unos y los otros coreaban las canciones que el quinteto español de nombre tan poco afortunado ha concentrado en tres álbumes, de los cuales Lo que te conté mientras te hacías la dormida (2003) es el de mayor difusión y venta hasta ahora. Es música que obedece sin chistar los códigos más elementales de la canción melódica, y que incluso los dulcifica con ideas robadas del mundo de la balada. La conjunción de romance y pop les ha funcionado históricamente a demasiados intérpretes como para que ahora vengamos a sorprendernos, y ha probado tener en Chile a un público excepcionalmente entusiasta. Este país reacio al rock y que derechamente se aterroriza ante la vanguardia, se acomoda en la música de Ella Baila Sola, Mecano, Alejandro Sanz y Miguel Bosé; porque encuentra ahí una oferta artística reconocible e inofensiva, de raíces escondidas —a estas alturas, no vamos a tragarnos que Alejandro Sanz sea flamenco ni Miguel Bosé, un músico “experimental”— y sentimientos nobles, aquellos que un padre quisiera que cultivase un hijo, aunque el púber aprenda luego que ni el amor es así de armónico ni la vida tan amable como lo pintan las canciones de La Oreja de Van Gogh.

Es ese engaño, y no la forma de presentarlo, lo que uno podría reprocharle más fuertemente al grupo de San Sebastián. Que sea música más o menos tranquila, más o menos aburrida, más o menos cursi... es un asunto discutible sobre el cual no hay para qué establecer dogmas. El público que el jueves trasnochaba a las 22 horas, tenía al frente una razón de alegría irrebatible. Y para estar la población pre-adolescente en medio de una crisis que enreda jornadas escolares extendidas, virus sincicial y colas para ver Shrek 2, habría que ser muy cruel para privarlos de un momento de auténtico goce. La Oreja de Van Gogh es un grupo cándido para oídos ídem. Es su audición entusiasta pasados los treinta años lo que puede constituir un síntoma preocupante. Incluso Mocedades sabía que el amor es un asunto complejo, y puede ser peligroso no querer darse cuenta de ello a tiempo.
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