Petrarca: Un joven de 700 años

Moderno y precursor, Francesco Petrarca recupera la memoria histórica de su tiempo, según uno de los máximos expertos del poeta.

21 de Julio de 2004 | 14:04 | Patricia Mayorga/Corresponsal de El Mercurio en Internet
Petrarca
Su obra refleja un espíritu inquieto, cosmopolita, curioso y moderno.
ROMA.- Hace 700 años, el 20 de julio de 1304, una mañana luminosa de verano, nacía en Arezzo, en la verde y fértil región Toscana Francesco Petrarca, hijo del notario Petracco di Parenzo, un “güelfo blanco” que había sido expulsado de Florencia.

El joven Francesco pasó en realidad pocos años en su ciudad natal, ya que cuando tenía apenas 8 años, el padre se trasladó a Avignon, donde se encontraba la sede de la Curia papal. Luego, a los 12, fue enviado a estudiar Derecho a la Universidad de Montpellier y de ahí pasó al Ateneo de Bolonia, en ese entonces uno de los centros universitarios más prestigiosos de Europa, donde se decantó su vocación literaria.

Tras la muerte de su padre, vuelve a Avignon a los 22 años y aunque gracias a su talento e ingenio se convierte en figura central de la sociedad, se da cuenta que necesita una renta estable. Gracias a los contactos con altos prelados, logra tomar las “órdenes menores”, ya que la carrera eclesiástica era el único medio seguro para un intelectual sin otros ingresos y además dichas órdenes no implicaban trabajo pastoral.

Esta nueva y lucrativa profesión le permite viajar por Francia, luego visita Roma, donde la majestad de la ciudad intensifica su amor por los clásicos, entre ellos Virgilio y Cicerón. Es en este período cuando se va delineando su compleja personalidad que se reflejó en su obra literaria: un espíritu inquieto, cosmopolita, curioso y moderno, interesado en el acontecer político, un intelectual que piensa en latín, como la clase culta de la época, pero que escribe en “vulgar” el idioma del pueblo. Al mismo tiempo, un afán de conocerse a sí mismo que lo lleva a encerrarse en una exacerbada espiritualidad.

La dualidad de su vida

Francesco Petrarca jamás resolvió esta contradicción, intensificada tras el nacimiento de su hija natural Francesca, emblema tangible de esta dualidad, ya que las “órdenes menores” implicaban el voto de castidad.

Después de haber pasado un período en Milán, en la corte del Obispo Giovanni Visconti, se establece en Padua. Aquí transcurrió la mayor parte de su vida, en la corte de Francesco de Carrara (a) “El Viejo”, señor de la ciudad, para quien desarrolló numerosos trabajos, incluso cargos de representación institucional. Durante los años durante los cuales Petrarca vivió ininterrumpidamente en Padua, entre 1368 y 1374, la ciudad se convirtió en un centro neurálgico de aquella cultura humanista que encontró en el poeta una síntesis perfecta.

La ciudad se convirtió en meta de visitantes ilustres, como Giovanni Boccaccio, que encontraron un punto de referencia fundamental en el poeta y que fueron sus visitantes asiduos, ya sea en la casa donde vivió, ya sea donde murió, en Arquà, una pequeña ciudad colinar cerca de Padua.

Hasta el 31 de este mes, es posible visitar una gran exposición en el Museo Cívico de los Eremitas, en Padua: “Petrarca y su tiempo”, un nombre simple, que documenta las huellas que dejó su presencia en la ciudad a través de más de 170 obras, entre ellas códigos, manuscritos, ilustraciones, grabados y reproducciones.

La obra más importante de esta exposición es sin duda el Código Vaticano Latino 3196, prestado para la ocasión y excepcionalmente por la Biblioteca Vaticana. Según los expertos, se trata del código más importante de la literatura italiana, ya que contiene algunos borradores autógrafos de algunas cartas poéticas que Francesco Petrarca escribiera en momentos diferentes de su vida, desde 1336 hasta su muerte.

En el séptimo centenario del nacimiento del poeta, asimismo, la Municipalidad de Padua restauró la casa donde Petrarca dejó de existir, en 1374. Visitarla es como realizar un viaje en el tiempo hasta el siglo XIV. Aun se advierte la cotidianidad, ya que el edificio mantiene gran parte de su estructura original, a pesar de las numerosas restauraciones sufridas en los siete siglos transcurridos, sobre todo en el siglo XVI.

De este período son los frescos que se inspiran en escenas de la vida del poeta toscano, el “Canzoniere” y “Africa”. La casa, ubicada en Via Valleselle 4, en Arquà Petrarca (la ciudad fue “bautizado” con el nombre del poeta el siglo pasado) se puede visitar de martes a domingo desde las 9 de la mañana hasta las 12 y media y desde las 3 hasta las 7 de la tarde durante la temporada veraniega, es decir del 1° de marzo al 30 de octubre. Durante el invierno europeo, desde el 1° de noviembre al 28 de febrero, el cierre de la tarde es a las 17.30. La entrada cuesta 3 euros.

La figura del poeta toscano estuvo siempre rodeada de un halo misterioso, que se acentuó en noviembre del año pasado tras la exhumación de su cadáver. Los científicos querían analizar el cráneo para reconstruir su rostro a través de la computadora, pero se encontraron con una desagradable sorpresa: los huesos de la calavera que se encontraron en la tumba, pertenecían a dos personas diferentes, y ninguna de ellas era Francesco Petrarca.

En realidad el cadáver del poeta nunca tuvo un descanso tranquilo: solamente seis años después, de su muerte, en 1380 sus restos fueron trasladados al monumento fúnebre realizado especialmente por orden de los Señores de Padua, pero en 1630 un fraile, que sucesivamente fue condenado al exilio, abrió el sarcófago para robar algunas reliquias. La Segunda Guerra Mundial también tuvo consecuencias en el cadáver del poeta, ya que para evitar la destrucción por los bombardeos, en 1943 fue trasladado a los subterráneos del Palacio Ducal de Venecia, donde fueron cubiertos por pesadas planchas de mármol. Al final de la guerra los restos fueron colocados de nuevo en el sarcófago de Arquá.

Si bien Francesco Petrarca es figura fundamental en el panorama literario mundial de todos los tiempos, para la mayoría de las personas no siempre es fácil aferrar su validez, ofuscada en gran parte por el genio de Dante Alighieri, o la irreverencia de Boccaccio, a quien Petrarca conoció durante un viaje a Florencia.

Sin memoria histórica no hay desarrollo

En conversación con Emol, el filólogo Giuseppe Velli, uno de los expertos más importantes en Petrarca ex Director de los departamentos de los Departamentos de Filología Clásica y de Filología Moderna de la Universidad de Venecia, ex docente de la Universidad de California y de la John Hopkins University destaca sobre todo la clarividencia histórica del poeta “al darse cuenta que estaba viviendo un período de transición entre dos edades, ya que no es fácil que un contemporánea logre percibir esta crisis cuando la está viviendo”, explica.

“Petrarca entiende perfectamente que el imperio y el papado van perdiendo espacio socio-político y centralidad, lo mismo que sucede con las ciudades-estado como Florencia, Siena o Pisa. Para él, la herencia cristiana puede salvarse solamente gracias a la reapropiación apasionada y al mismo tiempo no exenta de problemas de la conciencia personal”, agrega el experto.

El profesor Valle recuerda que “él (Petrarca) sabe que la memoria histórica es el fundamento de la cultura y de la transmisión de valores, que hay que recuperar el pasado para mirar el futuro”. La Edad Media vivía el clasicismo como una continuidad que no se interrumpía en el presente, agrega. “En vez, Petrarca fue el primero que se dio cuenta en forma lúcida que lo antiguo es una dimensión particular del ser, hay que reapropiarse y convertirla en la base del enriquecimiento cultural futuro de la humanidad: fue el primero que lo advierte y en eso estriba su modernidad”, puntualiza.

Preguntamos al experto qué sentido tendría hoy estudiar el pasado cuando incluso a nivel institucional la historia antigua es considerada un “pariente pobre” e incluso la actual Ministra.
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