Amor, desamor y el latido fuerte del corazón 30/7/2004

30 de Julio de 2004 | 00:00 |
Un disco grabado sin grandes expectativas, es hoy el vehículo del éxito para el mejor grupo argentino de pop electrónico desde Virus. El cantante de Miranda! responde aquí por qué los rockeros se visten tan mal, y por qué a Chayanne no le servirían sus versos de amor.



Marisol García 30/7/2004


El cantautor Alejandro Sergí ocupó todos los años equivocados en animar bandas independientes de pop. Eso del "estar en el lugar preciso en el momento justo" era todo lo que NO le sucedía a este fanático de ABBA, el rímel y las fotos bien producidas durante los años noventa. Sus recuerdos son patéticos:

—Entonces no había mucho espacio para lo que no fuera el rock más tradicional, de guitarras. Era un momento en Argentina en que parecía que daba vergüenza pasarlo bien. Había una cuestión de que el músico de rock tenía una postura bastante apática frente a la vida, y que no correspondía que se vistiera bien, por ejemplo. Terminabas tocando para gente que ni siquiera te entendía.

Las cosas han cambiado, y si hoy Sergí nos habla telefónicamente desde su casa en Buenos Aires es porque su innegable condición de figura lo obliga a ruedas de promoción con el extranjero. Cuando pensábamos que de Argentina no volvería a salir más que rock para estadios y cantautores muy preocupados de parecer "comprometidos", el tecno-pop de Miranda! ha encandilado a cada vez más países con el brillo de una enorme bola de espejos. El single "Bailarina" es la irresistible introducción a Es mentira (2003), un álbum construido con sintetizadores animosos, estribillos adherentes y versos de románticos que pierden la partida del amor. Fue grabado, sin productores ni mayor presupuesto, en el living de la casa de Sergí, junto a la cantante Juliana Gattas, el guitarrista Lolo Fuentes y el programador Bruno de Vicente, los tres músicos que hoy comparten con él el boom Miranda!, con una gira en curso por todo el interior de Argentina y un próximo disco pauteado para septiembre.

Debutaron en vivo en Chile hace casi dos meses (ya habían actuado en Buenos Aires junto a los santiaguinos Lulú Jam!), y su show generó comentarios que hasta hoy son entusiastas. ¿Se escucha mejor Miranda! sobre la pista de baile?, le preguntamos a un hombre reconocible por sus trajes blancos y delineador bien negro.

—Para nosotros el en vivo es el complemento fundamental de la banda; es lo que más nos gusta hacer. En el comienzo de la música no existía ni la grabación ni las fotos ni nada: era el músico tocando en un lugar. Un concierto es lo más primitivo y lo que los músicos más disfrutamos, porque ves la reacción de la gente inmediatamente. Es muy energizante.

—O sea, si no los has visto en vivo, no has entendido a Miranda!

—No, tampoco es para tanto. El concepto del grupo está muy presente en el disco, las letras o los videos. Todo tiene que ver con todo: el modo en el que nos vestimos, cómo nos sacamos las fotos, las letras... pero es lo que pasa con cualquier grupo, ¿no?

—Ajá. En una entrevista dijiste que Miranda! se preocupaba tanto del look como Los Piojos, que parecen siempre como recién levantados. Es que el descuido también hay que producirlo, ¿no?

—Pero, claro. Grupos como Los Piojos, La Renga, Árbol, como que de a poco comienzan a perder ahora la vergüenza de poner en el escenario algo del dinero que recaudan en la boletaría. Durante los [años] noventa, los rockeros no querían que los fans los vieran ganando dinero, siendo que es una consecuencia lógica. Lo que no sería lógico sería que subieran a tocar con un pantalón Zara todo roto.

La observación de Sergí es certera, pero no lo salva de las críticas fundamentalistas que acusan a Miranda! de una frivolidad inaceptable. Es lo mismo que se dijo alguna vez de Erasure, Pet Shop Boys o ABBA; y a mucha honra cree el argentino, pues acabamos de nombrar a tres de sus grupos favoritos (para sorpresa nuestra, Sergí dice que le gustaban más Soda Stereo que Virus).

—A nosotros nos encanta la ridiculez [sonríe]. El pop se asocia mucho a lo fabricado, a los castings televisivos y los productores que te componen todo. Ante eso, me parece lógico que la gente le preste atención a lo que hacemos nosotros: canciones de amor y de baile compuestas por jóvenes de verdad. Escribimos lo que nos pasa. Y la creación y la producción de nuestros discos corren completamente por nuestra cuenta.

—O sea, invierten más tiempo en un disco que en una foto.

—Y, claro, no es que nos preocupe más la estética que la música. Nos juntamos para hacer música, claro, pero si nos tenemos que sacar una foto nos preocupamos de vestirnos, maquillarnos y peinarnos más o menos parejo. De pronto hay gente que nos conocerá antes por una fotografía que por una canción. También nos gusta payasear. Para mí lo principal es divertirme.

No es justo dejar pasar los versos de Miranda! como más líneas de amor que sumar a la industria infinita de la balada. En su simpleza, hay un clima estético cercano y depurado. Es el romanticismo de clase media, de galanes que no siempre ganan y chicas ansiosas que esperan inútilmente una llamada. Gente como uno, que se hace expectativas que no se cumplen, y que cumple fantasías inesperadas luego de una noche en una discoteque.


—A mí no me parece que seamos nada frívolos. No andamos preocupados de mostrarnos comprometidos con nada, pero eso no significa que no lo estemos. Estamos comprometidos con hacer nuestra música, mostrarla en el escenario y disfrutarlo. Creo que las letras son bastante profundas. Son todas cosas que a mí me han pasado. He tenido la suerte de vivir relaciones con bastantes personas... como toda la gente que ha tenido amores y fracasos. Y me parecía que faltaba escuchar algo de eso: amor, desamor y el latido fuerte del corazón, que son emociones universales. Es a partir de ahí que nos podemos unir los seres humanos. Lo que me interesa es que la gente que va a un recital no se lleve ningún mensaje, sino que se conecten entre sí, que se olviden de qué barrio vinieron, de si andan en bus o en auto, de en qué butaca están. Y que se den cuenta de que coincidimos en que nos enamoramos, sufrimos y nos volvemos patéticos por amor.


—Aunque en tus letras hay matices que no está en las canciones de, digamos, Chayanne.

—Y, sí, pero por otro lado no creo que a Chayanne le vaya nada mal en el amor [se ríe]. Nuestra realidad es muy diferente a la de Chayanne. ¡Muy diferente!

—¿Cómo? ¿Aún no hay hordas de Miranda-maniáticas?
—Bueno... de a poco se van formando [sonríe]. Si somos una alternativa a Chayanne me pone feliz de la vida. Si alguien que escucha Chayanne elige escuchar Miranda!, pues me parece que le estamos haciendo un favor, porque somos un grupo de verdad. Somos un grupo de amigos, nos juntamos por amistad. Grabamos un disco en mi departamento, lo sacamos por un sello independiente y, bueno, un año y medio después está saliendo en Chile y en México. Creo que logramos las cosas desde un lugar más humano, tal vez. Tocando y haciendo lo que deberían hacer todos los músicos.

El encanto de Miranda!


Ilona Goyeneche

Miranda! es una banda que hay que ver en vivo. Uno puede escuchar una y otra vez su disco o mirar sus videos, pero sólo al ver a este grupo interpretar sus canciones sobre el escenario, se llega a entender la glamorosa esencia de este conjunto que se su autocalifica de pop-electrónico-melodramático.

De ellos, acá, se sabe poco. Cuando estuvieron en Santiago pareció que la euforia babasónica se tragó su aparición musical, que osó competir ese fin de semana con ese otro, ya consolidado, grupo argentino. Sin embargo, en el Pecado Capital, el club ubicado en la mitad del Barrio Bellavista y donde Miranda! tuvo su debut chileno, el ambiente era todo menos de indiferencia. El local estaba atestado de un público que parecían esperar ya hace rato la visita de este grupo que, se podría decir, ya no es tan emergente en Argentina. Allá ya sobrevivieron el momento de la novedad y gozaron con la primera gira por su país.

Lo más probable es que esa noche la sorpresa fuera mutua. Tanto para el público, que finalmente los veía en vivo, como para el grupo mismo que no pensó que se iba encontrar con un batallón de gente que se sabía sus letras de memoria. Así la interpretación histriónica de los dos vocalistas, Alejandro Sergí y Juliana Gattas, hacía sentido. Especialmente las muecas del primero que acompañaban su voz aguda que, cerrando los ojos, podía pertenecer a una mujer. Eso y todo el espectáculo fueron celebrados.

Alejandro Sergí era el rey de la noche y el que animaba la fiesta con unos cortos y graciosos "Come on" y largos y promocionales "Miiiiraaandaaaaaa", entre canción y canción. Juliana Gattas hacía una buena compañía y complementaba este dúo musical con algunos solos, nada despreciables, mientras los otros tres integrantes, dos con guitarra en mano y uno "tocando" el computador, cerraban el círculo.

En sus presentaciones todo vale. Es que las letras de este grupo argentino permiten esa mezcla de saltos, contorsiones, aleteos y muecas que termina en unos esquemas fáciles de seguir (y que, de hecho, se terminan siguiendo). Permiten esos diálogos musicales al más puro estilo de Pimpinela, pero en la era electrónica, que los dos intérpretes no dejaban de hacer durante toda su presentación. Son coherentes con la vestimenta barroca ochentera que lucían los integrantes. Y permiten que toda esa presentación melodramática cobrara un total sentido.

Esa noche podría haber sido más larga, y la eufórica presentación se quedó colgada por un rato en el aire del lugar. Un solo disco y presentación es muy poco. Y por eso esperamos más Miranda!


Lee aquí el comentario de Es mentira

Sitio oficial: http://www.popmiranda.com

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